La Iglesia y la modernidad

La Iglesia y las libertades

La jerarquía vaticana vería en 1789 el origen de todos los errores modernos: la libertad de pensamiento, la libertad de prensa, la libertad religiosa, la soberanía nacional por la que se elaboraban leyes que procedían de un parlamento y no de Dios.

La muerte de Pío VI. Grabado de 1805.

Jacques Roux, a decir de Arnold Toynbee, fue un precursor de los curas obreros franceses del siglo XX. Sin embargo, se le denunció como si se tratara de un contrarrevolucionario más. Por lo general, la Iglesia reaccionó con hostilidad ante la Revolución francesa, aunque parece que no desde el principio y que su oposición fue de la mano con el radicalismo anticlerical de los nuevos gobernantes. No obstante, sería también un error suponer que el proceso político iniciado en 1789 se caracterizó por alguna especie de anticristianismo genético. Lo que sucedió fue que la propia dinámica de los hechos condujo, de un lado y de otro, hacia una polarización de las posturas que desembocó en un antagonismo incluso violento.

Se inauguraban cambios ideológicos profundos. La soberanía nacional sustituía al derecho divino como principio legitimador de la política. En adelante, el Estado se esforzaría en controlar aspectos de la vida cotidiana que hasta entonces permanecían en manos del clero, como el control de los nacimientos, los matrimonios y las defunciones.

La Iglesia también tenía motivos de queja de índole material. Se habían nacionalizado propiedades eclesiásticas y el gobierno había ocupado la antigua posesión papal de Aviñón. Por otra parte, la disciplina del clero se había visto quebrantada con la promulgación de una “Constitución civil”. Pero las razones más profundas de la animadversión antiliberal fueron, muy probablemente, de índole doctrinal. A decir de Pío VI en la encíclica Quod Aliquantum, no podía imaginarse mayor barbaridad que la de suponer que todos los seres humanos fueran libres e iguales. En adelante, la jerarquía vaticana vería en 1789 el origen de todos los errores modernos: la libertad de pensamiento, la libertad de prensa, la libertad religiosa, la soberanía nacional por la que se elaboraban leyes que procedían de un parlamento y no de Dios.

En aquellos momentos los conservadores de todo el continente, como Joseph de Maistre, miraban a Roma a la búsqueda de un pilar que garantizara la conservación del orden de la sociedad tradicional. De ahí que el papa viera reforzada su posición pese al cautiverio que le impuso Bonaparte. A la caída del emperador muchos veían en el jefe de la Iglesia a un héroe.

Napoleón tomó algunas cosas de la revolución y dejó morir otras. Garantizó la libertad de culto a la vez que estableció un concordato con Roma y reconoció el catolicismo como la religión de la mayoría de los franceses. Además, hizo que la Iglesia recuperara sus antiguas propiedades siempre que no hubieran sido vendidas.

¿Sobreviviría el Papado en una Europa inmensa en una continua convulsión? No pocos se arriesgaron a vaticinar, cuando murió Pío VI, que con él desaparecía el “último” pontífice. Sin embargo, su sucesor, Pío VII, iba a conseguir que el catolicismo recuperara una parte del espacio perdido. En aquellos momentos los conservadores de todo el continente, como Joseph de Maistre, miraban a Roma a la búsqueda de un pilar que garantizara la conservación del orden de la sociedad tradicional. De ahí que el papa viera reforzada su posición pese al cautiverio que le impuso Bonaparte. A la caída del emperador muchos veían en el jefe de la Iglesia a un héroe.

Por suerte para el pontífice, su secretario de Estado, el cardenal Consalvi, era una figura de primera magnitud, hombre lo bastante lúcido como para darse cuenta de que Europa había cambiado de una forma que ya no tenía vuelta atrás. En el mundo político la Revolución francesa había supuesto un cataclismo tan profundo como el diluvio en el mundo físico. Puesto que Noé, al salir del arca, no había hecho las mismas cosas que acostumbraba al entrar, no podía pretenderse que la Iglesia siguiera aferrada al pasado después de 1789. Por tanto, oponerse a cualquier cambio suponía un tremendo error. Como el de obstaculizar la plena ciudadanía de los judíos, en unos momentos en que se aceptaba como lógica su igualdad. O el de mantener los privilegios de la nobleza, cuando el mundo caminaba hacia la igualdad ante la ley.

Consalvi fue, seguramente, el diplomático más talentoso que tuvo la Iglesia. Recuperar los Estados pontificios en el Congreso de Viena fue un logro no pequeño. Por desgracia, los otros cardenales no compartían su inquietud por sincronizar la marcha del catolicismo con el reloj de la historia. Ni los papas. Gregorio XVI, en la encíclica Mirari Vos, cargó contra el liberalismo. Cualquiera de sus manifestaciones constituía un pecado, igual que poner en cuestión la autoridad de los reyes. Tampoco es admisible criticar a la Iglesia porque ésta, como obra divina, no está sujeta a ningún defecto. No hay necesidad de introducir reformas porque no hay nada que cambiar.

Pío IX pidió el apoyo de Austria para recobrar el poder absoluto sobre sus Estados y, durante el resto de su largo mandato, se mostró abiertamente beligerante contra la modernidad.

Había que explicar, como fuera, el trauma de la revolución. Por eso se atribuyó a los filósofos ilustrados la responsabilidad de las convulsiones políticas. Parece que, en épocas de crisis, lo normal eso, la conspiranoia y suspirar con nostalgia por un tiempo pasado, antes de que diabólicas novedades corrompieran el mundo. Los judíos, a finales de la Edad Media, no reaccionaron de otra forma ante las persecuciones cristianas, primero con los pogromos de 1391 y después con la expulsión decretada por los Reyes Católicos. Para los más tradicionalistas, si los hebreos se convertían en masa al cristianismo en lugar de perseverar en su fe, la culpa la tenían los pensadores que se obstinaban en armonizar la revelación con la fe. El judaísmo, desde esta perspectiva, había sido corrompido por nefastas concepciones filosóficas.

Desde la mentalidad conspiranoica del papa, el mundo estaba gobernado por una banda de malvados empeñados en propagar absurdos como la libertad de pensamiento, todo con el fin de destruir a la Iglesia.

Después un largo periodo involucionista, la elección de Pío IX suscitó grandes esperanzas que el papa, con su moderado reformismo, contribuyó a alentar involuntariamente. Surgió así el mito del pontífice liberal, un simple espejismo. Como quedó claro tras la revolución de 1848. Pío IX pidió el apoyo de Austria para recobrar el poder absoluto sobre sus Estados y, durante el resto de su largo mandato, se mostró abiertamente beligerante contra la modernidad. Eso significó, entre otras muchas cosas, oponerse a la unificación de Italia. Eso le convirtió en un punto de referencia para los tradicionalistas de todo el mundo en contraposición a Garibaldi, el héroe al que admiraban los progresistas.

Los anatemas vaticanos se dirigieron contra toda clase de libertades, tal como se demostró en los quince concordatos que firmó la Santa Sede, todos encaminados a controlar la educación y restringir la libertad de las otras confesiones. Desde la mentalidad conspiranoica del papa, el mundo estaba gobernado por una banda de malvados empeñados en propagar absurdos como la libertad de pensamiento, todo con el fin de destruir a la Iglesia.

En 1861 los Estados pontificios quedaron reducidos a Roma y sus alrededores. Nueve años después la ciudad del Tíber caía en manos de las tropas italianas. A partir de ese momento el papa se consideró prisionero en el Vaticano y, por más que tenía libertad para viajar, no aceptó salir de su reducido perímetro. Esta ficción se mantendría durante más de medio siglo, hasta que la Iglesia firmó un concordato en 1929 con el régimen de Mussolini.

Respecto de la cuestión social, la Iglesia se manifiesta en términos de absoluta beligerancia. El socialismo y el comunismo son nocivos, utopías que sólo pueden precipitar a los pueblos hacia el abismo. La propiedad, en cambio, es un derecho de origen divino. Si los hombres se dividen en ricos y pobres, es porque la desigualdad corresponde a la naturaleza de las cosas.

Bajo León XIII, a falta de otro remedio, la Iglesia empieza a aceptar el mundo moderno, por más que lo haga con lentitud y a regañadientes. La encíclica Rerum Novarum, en 1891, marca un hito en la tardía respuesta vaticana a los problemas sociales. Se trata de una respuesta prudente, demasiado prudente, en la que pesa mucho el pánico a los demagogos que pueden inflamar a las masas. Pero esta cautela representa, en sí misma, una novedad radical. En esta ocasión, por primera vez, la Iglesia no proclama al mundo una verdad indiscutible. Por el contrario, se siente perpleja ante un problema incierto, en el que no es fácil discernir el mejor camino a tomar.

Catolicismo social no es lo mismo que catolicismo liberal. El ideal romano sigue siendo el Estado confesional, la tesis, por más que la real politik obligue a llegar a un modus vivendi con las democracias, la hipótesis.

Pese a que el papa muestra una moderación extraordinaria, también es cierto que no deja de decir algunas cosas fuertes. Denuncia la lógica capitalista del beneficio a toda costa y afirma que la riqueza de una sociedad proviene de los trabajadores. Los ricos no deben tratarlos como si fueran sus esclavos. No es moral imponer a nadie un trabajo que esté más allá de sus fuerzas ni pagar salarios injustos, insuficientes para alimentar a un individuo “frugal y morigerado”.

¿Evolución progresista? Según como se mire. Catolicismo social no es lo mismo que catolicismo liberal. El ideal romano sigue siendo el Estado confesional, la tesis, por más que la real politik obligue a llegar a un modus vivendi con las democracias, la hipótesis. El propio León XIII evidenció la continuidad respecto a tiempos pasados al protestar enérgicamente contra una estatua en memoria de Giordano Bruno. ¡La Iglesia no había hecho nada malo al quemarlo por hereje!

La Iglesia, a primera vista, parece inmersa en una profunda crisis derivada del triunfo liberal. Sin embargo, el siglo XIX es también un momento de auge para las misiones. Su impacto en otros continentes ha merecido valoraciones contrapuestas. ¿Instrumento del imperialismo o herramienta que introduce la modernidad con elementos como la atención sanitaria o las escuelas? Seguramente las dos cosas a la vez. ®

Compartir:

Publicado en: Política y sociedad

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *