La nave de los necios

Leer sin entender, pensar sin pensar

Buena parte de los escritores, poetas, artistas e intelectuales son producto de las apariencias, la cobertura mediática, el oropel académico o los premios menores, medianos y grandes. No los sustenta su obra sino el juego de simulaciones que se ha consolidado como una realidad establecida.

I

Cerebro, s. Aparato con que pensamos que pensamos.
—Ambrose Bierce

El rey Salomón.

El rey Salomón.

El mundo que tenemos está plagado de apariencias. Lo que en los niveles profundos de las alturas filosóficas son los procesos de hipostatización mediante los cuales sujeto y predicado, objeto y concepto intercambian lugares, en la vida común tiene un símil aproximado en la aceptación como real de lo que alguien aparenta ser.

Así por ejemplo, en el más conspicuo de los casos, los dirigentes políticos lo son sólo porque sus respectivas clientelas los asumen como tales aunque no dirijan nada. Es el fenómeno que con una agudeza inusual señalaba Lucio Colletti, al concluir que la sociedad de las mercancías y del capital era la metafísica encarnada mucho antes que la expresa en la letra de la Ciencia de la lógica de Hegel. Al partir del siguiente pasaje de las Teorías sobre el plusvalor de Marx: “Cuando hablamos de la mercancía como materialización del trabajo [en el sentido de su valor de cambio], con ello entendemos únicamente un modo de existencia de la mercancía imaginario, esto es, puramente social, que no tiene nada que ver con su realidad corpórea”, Colletti llamaba la atención sobre esa existencia imaginaria y, sin embargo, social, e ilustraba: “Si decimos que el rey o incluso el presidente representan la unidad nacional o la soberanía popular es posible que, en cierto sentido, eso nos provoque risa. Pues se sabe que, desde ese punto de vista, no representan nada. Pero ¿cuántos lo saben? […] Lo cual no obsta, empero, para que todo funcione objetivamente como si los susodichos representaran realmente algo”.1

“Si decimos que el rey o incluso el presidente representan la unidad nacional o la soberanía popular es posible que, en cierto sentido, eso nos provoque risa. Pues se sabe que, desde ese punto de vista, no representan nada. Pero ¿cuántos lo saben?»

Lo mismo sucede con buena parte de los escritores, poetas, artistas e intelectuales, que son producto de las apariencias, la cobertura mediática, el oropel académico o los premios menores, medianos y grandes. No los sustenta su obra sino el juego de simulaciones que se ha consolidado como una realidad establecida.

En este equilibrio sobre el vacío es natural que se produzca la tragicomedia, eventos más cómicos que trágicos como las poses, las presunciones infantiles y el autoelogio. Intelectuales de intelecto precario y escritores que escriben mal; pensadores, en fin, cuyas pautas de razonamiento se torpedean a sí mismas bajo la línea de flotación.

Los artículos y declaraciones de unos y otros, independientemente del signo ideológico al que digan pertenecer, además de redundantes se componen de frases hechas y despliegan un arsenal de términos decididamente exiguo. Todo en ellos es vacuidad, vaguedad y demagogia.

Según Pierre Giraud las palabras no tienen sentidos sino únicamente empleos. A la vista de la palabrería de los políticos y de una porción claramente mayoritaria de los opinantes con acceso a la prensa, la afirmación adquiere un carácter axiomático y a la vez una carne que nada tiene que ver con la semántica pero sí con los asuntos de la ética y los del simple sentido común.

Los artículos y declaraciones de unos y otros, independientemente del signo ideológico al que digan pertenecer, además de redundantes se componen de frases hechas y despliegan un arsenal de términos decididamente exiguo. Todo en ellos es vacuidad, vaguedad y demagogia. Las palabras carecen de significado y cuando lo poseen denotan lo contrario de lo que a la letra dicen. Como un juego de espejos distorsionados en el que nada es lo que parece, estamos ante una Babel minuciosamente construida en la que para entender es necesario atender no al discurso, sino a las intenciones y motivaciones del discurso. Los conceptos mismos pierden su dignidad y se transforman en simples palabras y en palabras simples.

II

Filosofía.— Ciencia del charlatanismo, ó sea fluxo de hablar de todo sin entender de nada.
—Canónigo Ayala (1811)

No es precisamente filosofía, pero el resto les encaja como un guante. A riesgo de parecer machacón he de insistir en que, quizá por alguna deformación personal, los asuntos que tienen que ver con la teoría, o que lo pretenden, desde siempre me han parecido prioritarios. Pensar es en sí mismo un ejercicio de abstracción, si bien muchos simulan pensar sólo para abstraerse de la realidad o para acomodarla a sus convencimientos inamovibles, a sus ideas fijas, sus verdades reveladas o llanamente a sus fobias e idolatrías.

Cuando no se está bien armado para el pensamiento abstracto sucede lo mismo que cuando crees saber más de lo que sabes: tus formulaciones “teóricas” son galimatías que sólo se exponen al escarnio, o bien pasan inadvertidas o reciben el aplauso de otros convencidos de cacumen aún menos nutrido. Así, en alguna ocasión en La Jornada, para decir que el PRI no es el mismo de antes y criticar entonces lo que él hizo en el 2000, Octavio Rodríguez Araujo teorizaba: “A la forma de Estado se le ha llamado también régimen político, y el aparato estatal es el tipo de composición [?] de los órganos del Estado para llevar a cabo su función [como si “la función del Estado” fuese algo sobreentendido e invariable] en la lógica del régimen político adoptado por las fuerzas sociales y políticas…”. En el párrafo no es posible encontrar sintaxis ni lógica pero sí tautologías. La forma-Estado no equivale, por más que “se le haya llamado” así, a régimen político, pero incluso si así fuese el texto completo es un sinsentido, circular como toda tautología: el Estado es el aparato estatal, que a su vez son los aparatos estatales “compuestos” que llevan a cabo su función según la lógica del Estado. Incluso Perogrullo, si se lo rodea con la suficiente palabrería, puede pasar por pensador profundo.

Cuando no se está bien armado para el pensamiento abstracto sucede lo mismo que cuando crees saber más de lo que sabes: tus formulaciones “teóricas” son galimatías que sólo se exponen al escarnio, o bien pasan inadvertidas o reciben el aplauso de otros convencidos de cacumen aún menos nutrido.

En el mismo diario el desaparecido Luis Javier Garrido solía reeditar una y otra vez cansinas letanías. Era como la venta del mismo artículo, maquillado aquí y allá, pero siempre sobre la base inmodificada de un discurso de estridente terrorismo verbal desprovisto de todo matiz: fuerzas de la extrema derecha, contrarreforma neoliberal, Estado policiaco de carácter totalitario, etcétera, etcétera.

De este modo la “izquierda teórica” mexicana, asentada sobre estos formidables pilares, no encontrará más destino que el de ser perpetuamente un enano con pies de barro humedecido. Debería tratarse, por el contrario, de pensar al Estado, desempolvar la teoría de los partidos, detectar, re-aprehender e identificar con suficiencia el suelo que se pisa, discurrir con la propia cabeza y ejercer el criterio. En suma: pensar de una manera menos barata. Mientras no se esfuerce en ello y sólo atienda a lo anecdótico, a lo inmediatamente visible, a la emoción, al entusiasmo y no al intelecto, aquella izquierda seguirá estando incluso por detrás de aquel personaje de la serie de dibujos animados, Los Thundercats, que quería “ver más allá de lo evidente”.

III

Lector, quien quiera que seas:
de cuantas cabezas veas,
pocas hallarás vacías:
pero diez tienen ideas,
y noventa tonterías.
—Manuel del Palacio

No han faltado quienes, en artículos impresos, canten las bondades de Wikipedia, que pone al alcance casi de cualquiera un cúmulo de información a la que antes sólo se podía acceder yendo en busca de enciclopedias impresas. Más de uno incluso se la ha fusilado para ahorrarse el trabajo de acudir a fuentes más serias y confiables.

Cabeza hueca.

Cabeza hueca.

Aunque la información de Wikipedia diste mucho de ser en general precisa y confiable, no deja de ser —junto con la ingente cantidad de datos e incluso obras que pueden encontrarse sólo con sentarse ante una pantalla— una enorme ventaja de la que carecimos quienes no arribamos al mundo con internet ya presente. En un mundo tal la información está ahí disponible: la llamada “cultura general”, y también documentación, obras literarias, textos especializados en “ciencias duras”, música, cine y un largo etcétera.

Pero la sola accesibilidad de “la cultura” no genera automáticamente personas cultas. Que la información esté ahí, al alcance de unos teclazos, no significa que la gente acuda en masa a buscarla. Con internet y todo hoy debe de haber tantas o quizá más personas que no leen que en la época del traslado a las bibliotecas y de la búsqueda a menudo angustiosa de libros. Y aun cuando se lee habría que hacerlo del modo que indicaba Descartes, quien en su Discurso del método (que poseo, por cierto, de aquellas ediciones masivas, baratas aunque en pasta dura, que hacía la madrileña Editorial SARPE) cuenta que al terminar sus estudios, cuando “es costumbre ser admitido en la jerarquía de los doctos”, se encontró dueño de más dudas al descubrir cada vez mejor su ignorancia.

Se ha de leer, entonces, para adquirir certezas provisionales y parciales, pero también para obtener nuevas dudas. Pocos se plantan ante la lectura con esa actitud. Los más leen, memorizan y anotan sólo para buscar —de nuevo Descartes— una gloria adquirida con títulos falsos, aquellos que “hacen profesión de saber más de lo que saben”. Viejo de varios siglos, este fenómeno ha alimentado jocosas sátiras y duros juicios. “El francés —escribió Rousseau— lee mucho, pero sólo libros nuevos; o, más bien, los hojea, no para leerlos, sino para decir que los ha leído”. Y un personaje de La nave de los necios (1494) de Sebastian Brant se jactaba: “Para mí el libro lo es todo, más precioso incluso que el oro/ Tengo aquí grandes tesoros, de los que no entiendo ni palabra”.

“El francés —escribió Rousseau— lee mucho, pero sólo libros nuevos; o, más bien, los hojea, no para leerlos, sino para decir que los ha leído”. Y un personaje de La nave de los necios (1494) de Sebastian Brant se jactaba: “Para mí el libro lo es todo, más precioso incluso que el oro/ Tengo aquí grandes tesoros, de los que no entiendo ni palabra”.

Cristóbal Suárez de Figueroa (1571-1639) se burlaba de aquellos que escriben “papelones esterilísimos de todas buenas letras”, los que “faltos de experiencia, ciencia y erudición, escriben y publican sobre temas absurdos librajos inútiles, guarnecidos de paja y embutidos de borra”.

Antes que Suárez de Figueroa el franciscano Antonio de Guevara (1480-1545), en su Década de Césares,2 se lanzaba con saña similar:

Ay muchos en estos nuestros tiempos, los quales tan fácilmente se arrojan a escrevir como se atreven a hablar, de manera que lo que sueñan esta noche escriven mañana, y lo que escriven mañana publican otro día; lo qual ellos no harían si supiessen lo que hazen, porque dezir uno una locura procede de inadvertencia, mas ponerla por escripto es caso de locura. […]

Los que no tienen saber para componer, ni tienen estilo para ordenar, muy sano consejo les sería dexar la pluma y tomar la lança, porque si a dos palabras nos cansa un hombre tibio y frío, quánto más nos cansará un hombre nescio y prolixo.

Hubo incluso quien, con sorna, escribió este libro: Los Eruditos a la Violeta. O curso completo de todas las Ciencias, dividido en siete lecciones para los siete días de la semana, compuesto por Don Joseph Vázquez, quien lo publica en obsequio de los que pretenden saber mucho, estudiando poco. Madrid, en la Imprenta de Don Antonio Sancha, 1772.

Una reedición actualizada de este último, no lo dudo, tendría un éxito impresionante entre muchos escribientes contemporáneos.

IV

Pues ¿qué más quieren los que sólo estudian
títulos de libros,
si con fingirlos de cartón pintado
les sirven lo mismo?
—Tomás de Iriarte

Por motivos que sospecho pero que no viene al caso argüir aquí, la preocupación por pensar la teoría fue abandonada desde hace ya varias décadas. La derecha sólo ocasionalmente la albergó, y la izquierda de entonces, aunque menos despreocupada, no fue precisamente prolija ni prolífica al respecto. Quizá ello explique por qué, ahora, casi los únicos casos en los que se vislumbra ya no la preocupación teórica sino la pretensión de “ser teórico” se encuentren en eso laxamente llamado “sector progresista”. Todo es cosa de reunir las suficientes frases lapidarias (si a la vez son rimbombantes y un tanto cuanto huecas, mucho mejor), conceptos antiguos y nuevos, hacer acopio de citas y nombres de autores y libros, y ya está.

De la cosecha de Alfredo Jalife-Rahme en dos artículos ya viejos, de los muchos con que suele agobiar el ánimo de los sensatos y a la vez concitar las flores de sus fans que se refieren a él como “maestro”, algunas de esas frases: “La crisis de la civilización occidental, que subsume una crisis multidimensional, ante todo axiológica”, “la dislocación geopolítica mundial y la crisis financiera y económica global”, “el caos monetario internacional”. Como el título de uno de aquellos artículos aludía a Hegel, don Alfredo se sintió obligado a catalogar como “aseveración nítidamente hegeliana” a una frase absolutamente común: que un fenómeno, “aunque sigue las tendencias globales, puede tomar algún tiempo”. ¿Qué tiene eso de hegeliano, por las barbas de Federico Engels?

Y como se trataba de asombrarnos con una teoría de las revoluciones sustentada en la demografía, hizo una pregunta ella sí anonadante: “¿Es la revolución hegeliana, genuinamente femenina y juvenil, ante todo ginecológica y obstétrica?” Y hablaba de “una desmitificación del mundo, como la llamó Max Weber”, sin importar que una frase semejante haya sido pronunciada por muchos otros antes y después de Weber, y se refería a “la interpretación de la hermenéutica”, prueba insoslayable de que el pecado de introducir a troche y moche conceptos que no se han digerido conlleva su penitencia, en este caso la del pleonasmo.

Don Quijote y Sancho Panza.

Don Quijote y Sancho Panza.

Un riesgo diverso aunque emparentado con lo anterior son las citas fallidas, otra penitencia por no leer, leer mal o confiar en demasía en quienes les elaboran las fichas. Alguna ocasión el entonces senador Ricardo Monreal, al criticar en Milenio los altos sueldos, bonos y prestaciones de “la burocracia dorada” —de la que excluía a diputados y senadores, que también cobran lo suyo—, aludió asimismo a Weber (y yo me pregunto si alguno de los muchos citadores del pensador alemán ha leído las 1,237 páginas de su Economía y Sociedad) para informar que, antes que él, “El Quijote describió la entraña de esta forma depredadora de disponer de lo ajeno, cuando designó a Sancho Panza gobernador de la ínsula de Barataria en pago a cuentas pendientes como su escudero”. Pero la cita subsiguiente nada tenía que ver con esa descripción, ni fue Don Quijote quien hizo gobernador a Sancho sino el Duque. En ese pasaje Alonso Quijano, ya cuerdo y en su lecho de muerte, dispone el pago a Sancho por sus servicios, estipendio que no podía incluir un gobierno perdido mucho antes. La burlesca designación de Sancho como gobernador se encuentra más de 200 páginas atrás.

En verdad os digo que algunas citas sostienen a los textos del mismo modo en que la soga sostiene al ahorcado. ®

Notas

1. Lucio Colletti, La dialéctica de la materia en Hegel y el materialismo dialéctico, México: Editorial Grijalbo, 1977.

2. Antonio de Guevara, Obras completas, I. Libro áureo de Marco Aurelio. Década de Césares, Madrid: Emilio Blanco ed., Turner-Biblioteca Castro, 1994.

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Publicado en: Días del futuro pasado, Diciembre 2013

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