La pandemia y el teatro de la crueldad

Crueldad y peste artaudianas frente a la capitalopandemia

Fragmentado el cuerpo, secuestrado el discurso, interrumpido el lenguaje, postergado el presente, comprometido el futuro, en nombre de la conservación de la vida. ¿Dónde ubicar una salida al horror?

Antonin Artaud.

I

Giorgio Agamben inicia su libro Profanaciones recordándonos que los latinos solían llamar Genius al dios al cual todo hombre era confiado en tutela al momento de su nacimiento. La idea de “Genio Crueldad ante la imposición tecnocrático–populista del discurso mediático del miedo” que, aun en la actualidad continuamos asociando con la acción de generar, producir, inventar y crear. Ser genio = ser creativo. Pero estar en relación con el ‘genio’, el dios, implica una suerte de impersonalidad, de exterioridad, de ‘lo que excede’: de doble. Lo anterior implica a su vez que alguien que es ‘genio’ no puede ser sólo un ‘Yo’ y su conciencia individual.

Doble. Un doble que no duplica, sino que desdobla, que no separa, sino que une; la liason llamada y empleada así en la lengua francesa oralmente y por escrito. Antonin Artaud (1896– 1948) escribió una obra publicada por primera vez en 1938 que intituló Le théâtre et son double (El teatro y su doble), que contenía un apartado que llamó “El teatro y la peste”. La peste, que sería intelectualizada y conceptualizada en términos teórico–prácticos por el pensador francés por aquella época, como parte de lo que llamaría “Teatro de la crueldad”, siendo la peste, el cambio o giro epistemológico radical y revolucionario que —Artaud concebía— debía impactar ‘catastróficamente’ desde su propuesta teatral y la escena, los fundamentos sobre los cuales Occidente como “La” cultura fue concebida.

Unos años antes de publicar esta obra Artaud se había iniciado en el estudio de algunos tratados pertenecientes a antiguas civilizaciones de México y religiones ‘esotéricas’ de Oriente Próximo, es decir, se atrevió a pensar desde el otro lado, ‘el lado oscuro’. No fue el único, se podría decir que estaba de ‘moda’: Thomas Mann, Theodor Fontane, ya antes Arthur Schopenhauer, entre otros. Asimismo, se interesó por los naipes, el Tarot y la Cábala, dando así comienzo a la escritura de una obra sobre la historia del emperador romano Heliogábalo, cuyo título era Heliogábalo, el anarquista coronado (1933). Este autor en el cual se basó Quien existió en realidad y reinó en medio de la anarquía por un periodo de cuatro años (218–222).

En este personaje se proyectaría el mismo Artaud, sabiéndose, remando a contracorriente en relación con los fundamentos metafísicos–discursivos que dieron origen a la cultura occidental. Por paradójico que parezca, presentando a la anarquía como oposición y resistencia al caos como propuesta de redención. La peste presentando resistencia a los principios y valores fundamentales afines al logos, la razón y la cientificidad que avalaban o sobre los que descansaban las ‘verdades’ y justificaciones, que hacían de Occidente y del hombre civilizado, útil a la sociedad, iniciado en la verdad a la cual todos los seres humanos (y vivos no humanos, por lo tanto) debían conformarse, adaptarse, amoldarse e incluso aspirar, por imitación, por moralidad y por antonomasia. El progreso y el ‘espíritu objetivo’ estaban en franca dialéctica, realizándose fenomenológicamente en el tiempo abstracto, lógico, racional y científico, a pesar y sin importar si su ejercicio y puesta en práctica significaban atentar contra la vida. El progreso y la voz humana, la del técnico y el científico que conducen a la modernidad, de los cuales el teatro es sólo una muestra, y Heliogábalo y la anarquía, el cambio revolucionario que imagina para sí, para el teatro y para la cultura europea (Occidente).

El progreso y la voz humana, la del técnico y el científico que conducen a la modernidad, de los cuales el teatro es sólo una muestra, y Heliogábalo y la anarquía, el cambio revolucionario que imagina para sí, para el teatro y para la cultura europea (Occidente).

Yéndonos aun un poco más hacia atrás en el tiempo, en una carta que Artaud escribió en nombre de los miembros del movimiento surrealista en 1925, conocida como Lettre aux Médecinschefs des asiles de fous, que aparecería compilada posteriormente en La Révolution surréaliste, refiere que los locos son las víctimas individuales por excelencia de la dictadura social, y que en nombre de esa individualidad, reclamaban, se les liberara a todos aquellos que siendo llamados como tales y señalados así por la sociedad por encontrarse forzados ‘de la sensibilidad’. Para Artaud la historia de Heliogabalus estuvo siempre relacionada con ideas, motivos y temas asociados a la irracionalidad, la anarquía, la corporalidad, la sexualidad incestuosa y el libertinaje sexual. Por irracional que parezca —y más si a todas luces no suena ni parece ser tal— ¿qué tanta irracionalidad podría ser capaz de aceptar e incluir la racionalidad, para seguirse aceptando como tal?, ¿o qué tanta, poca o mucha irracionalidad podría aceptarse como próxima o dudosa al territorio de lo que podría denominarse ‘toda–vía’ racional, al grado de generar dudas sobre su cercanía con lo racional, sobre todo en términos de creación artística, poesía, etc.? ¿Hasta dónde el caos, hasta dónde el orden? ¿Hasta dónde lo saludable y deseable, y hasta dónde lo no saludable y por tanto indeseable?

II

Para enfrentar, sobrevivir y resistir el tiempo, el ‘estado de cosas’ en el cual a Artaud le tocó vivir, hizo uso de la palabra oral y escrita a través de los medios de los cuales disponía. Una época en la cual ya se había alejado de la poesía por creer que no era comprendido lo suficiente, ni resultaba satisfactorio para lo que su interior le exigía. Lo había hecho también del cine porque consideraba que éste tendía a masificarse y mercantilizarse (no se equivocaba en lo más mínimo en esta percepción). Pensador ubicado entre la modernidad y la condición posmoderna, Artaud fue alguien que —entre sus visiones opiáceas y alcaloides— supo leer muy bien los convulsos tiempos de la primera mitad del siglo XX, en los cuales las dos grandes guerras mundiales tienen lugar, las vanguardias artísticas ponen a todo mundo a pensar hasta dónde ‘sus libertades’ no rebasaban las libertades (leyes) que ‘todavía’ en el papel no los obstaculizaba, y un estrepitoso devenir tecnocientífico que tenía entre sus manifestaciones más importantes la Guerra Fría y los “ismos” sobre la que se sustentaba.

Entre severas neuralgias —diagnosticadas por la psiquiatría, ciencia o conjunto de ciencias de corte empírico–experimental y su correlato, el psicoanálisis freudiano cada vez con mayores adeptos— que, así como le impedían la movilidad y lo postraban en la frustración y la internación institucional psiquiátrica, le ofrecían la fuente de los efluvios para su inspiración y creatividad, con la cual construyó su obra escrita y escénica que resulta en síntesis, en su propuesta de “El teatro de la crueldad”. Un teatro o experimento artístico que se caracteriza, entre otras cosas, por la búsqueda de un lenguaje que coadyuva a la restauración del vínculo entre cuerpo y mente. Una restauración que de ser posible fácticamente tendería a la creación de un cuerpo ‘nuevo’, un cuerpo pensante sin los atavíos dicotómicos típicos en los que el fa(lo)gocentrismo del pensamiento occidental lo ha reducido a mera sombra.

Sombra, como la que ‘universitariamente’ no dejan de repetirnos; diagnosticarnos, examinarnos, recetarnos y evaluarnos en torno a ella, como lo indeseable, lo enfermo, lo deleznable, lo sombrío–enfermo y aquello a lo que racionalmente debemos renunciar, con el objetivo ontológico, metafísico y epistemológico por el que debemos renunciar por su poderosísimo poder. Poder capitalopandémico por su esencia y postpandémico por su temporalidad: organismo, institución, discurso, tema, motivo, cuerpo y poder postoccidental en su autocomprensión; o postplatónico–cartesiano en cuanto a la forma de asumirse, comprenderse y estudiarse.

Sombras que son reales —por fantasmagóricas que parezcan al logos científico, moderno, platónico–cartesiano— y que han sido tradicionalmente asociadas con la irracionalidad, con el no–ser, por tanto, incapaces de conducir a otro destino que no sea a la heliogabálica anarquía u otra de sus amorfas y perversas ‘formaciones sociales’ próximas al primitivismo y el tribalismo. Sea la ‘aldea global’ mcluhaniana, el ‘hibridismo’ cancliniano o las comunas rosaluxemburguesas o björkianas, la crítica de Artaud, iniciada a partir de, desde, contra, por y para la metafísica que ‘sostenía’ (sostiene) y soportaba (soporta) a Occidente, un Occidente en el que a México nos toca no sólo, pero principalmente lo hemisférico geográfico–cartográfico, no puede (si puede), ni debe (no debiese) quedar(se) en el mentalismo (mediatismo Facebook) estetista–mediático de la revuelta (pinta) de los surrealistas (selfistas) que no atinaban a convencer a nadie de que su propuesta (¿propuesta?) —tuviese motivos e intenciones— fuese en verdad revolucionaria, y menos cuando la mayor parte de sus miembros se identificaron con el comunismo bolchevique (antiderechista).

En 1923 Artaud redacta un Prefacio para una antología de los escritos del doctor Toulouse, en el que afirma:

Nacemos, vivimos y morimos en la atmósfera de la mentira. Nuestros educadores, aquellos cuya sangre nos hacía allegados, fueron no conscientemente, por un hábito ancestral, malos consejeros […]. Mantener el prejuicio en una admirable tarea, pero la plenitud vendrá del enderezamiento de los entuertos sociales y morales derivados de su prolongación.

La utopía que debemos rescatar debe tener mucho cuidado de no mantener ‘a huerzas’ una retrotopía que más vale la pena asegurarnos de que descanse en paz. “No re–conectar sea caso sospechoso, confirmado, deceso por covid, por dudoso covid, por covid quién sabe, por ‘en espera de que el sistema nos dé aviso sobre la columna en la cual DECIDIÓ administrativamente integrar ‘la gráfica’.” Renegaba Artaud sobre la tiranía que el texto ejercía sobre el despliegue del ‘actor’ sobre el escenario, sobre lo que el primero autoritariamente —con la venia ‘profesional’, o sea, lega del director erudito conocedor del texto dramático que se ADAPTA a la escena: representaba, es decir, comunicaba, daba fe, mostraba las evidencias inapelables sujetadas al sujetado cuerpo del actor que ‘dominaba’ el texto y al autor del texto. ¿O podríamos decir del presidente–Autor–Médico, que domina el guión, el telón, el discurso, los actores, la pantalla, la crítica, la comunicación… y sabe inyectar soluciones salvíficas como lo hizo y con grandiosa efectividad la Inquisición, la Democracia–Republica(na) estadounidense, el Nazismo, la Revolución Cultural y (el régimen de) la Posverdad postpestífero de la capitalopandemia.

La división que veía Artaud entre el cuerpo y el espíritu, que sin duda afectaba y oscurecía aún más la presencia de ‘lo sagrado’ (de acuerdo con la teología artaudiana de corte metafísico, místico, gnóstico y chamánico, y no en términos cristianos) en la vida humana diaria, la de la civilización, el mercado, la técnica y el progreso, entendiendo ‘lo sagrado’ como lo más verdadero de la vida humana, aquello que es más propio del rito de lo individual y no del individualismo, de lo colectivo y no de lo ideológico–político masificado, de lo metafísico y no de lo meramente estético, es decir, de lo que nos hace ser seres humanos y debe ser desnudado a través de la ‘crueldad’, sin la jerárquica presencia del lenguaje ni la tiranía del texto sobre la ‘comunicación’ poética que en lo más interior nos interpela a unirnos con los otros, con el cosmos y con la naturaleza.

III

‘Franquear el círculo’ se propone Artaud. Permitir la aparición —invocar si no— de la presencia de las brujas macbetianas, aun si resulta difícil distinguirlas al mimetizarse con los dueños del logos, es decir, los de la salud, los de los datos, las cifras, los números, las estadísticas, las gráficas, las tendencias, los que nos cuidan, los que nos dicen, los que nos mantienen encerrados, separados, seguros, desarticulados con miedo, con incertidumbre, con hambre y sin trabajo, sin ingresos, etc.: los dueños monológicos (la autoridad y la autoridad en la materia) del logos y las dicotomías eugenésico–capitalistas contemporáneas. Suicidio en la corte, hambruna en el establo, convite entre las elites celestial (plutocrática, sea tecnocentrista o populista) e infernal–mundana (o sea, nosferatuania, la irracional, la que sólo puede sobrevivir siempre y cuando no sea vista salvo por unos cuantos, la de los máximos y mínimos de la inframínima elite programada para ello y máxime si no goza con los títulos emitidos por el sector salud: “inmunidad bursátil–especulativa”: ricos, jóvenes, sin obesidad, sin hipertensión, etc., ¿de a cómo?); decesos: pobres, no importa lo demás. Nada más bursátil y especulativo que el ‘tiempo del énter’ (intro).

¿No inventaron los romanos la divisa? ¿No escribió Maquiavelo las obras de El príncipe para darnos a conocer las distintas maneras de acceder, arrebatar y conservar el poder, por medio de la virtu(d), y si es necesario, por la fuerza? Y ¿los Discursos sobre la primera década de Tito Livio? ¿No dijo Adam Smith algo parecido a “no esperamos comer gracias a la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino a la consideración de su propio interés”, es decir, no quejarnos de si es egoísta o no (que claro y obvio que lo es), sino [A]tentando y pensando en el máximo provecho que podemos ofrecer, buscando por antonomasia y prioritariamente satisfacer el nuestro? Lo anterior, sólo como ejemplos de ideas que se tienen y se aceptan como ‘ideas’ éticas de lo que es bueno y por tanto deseables en el Occidente, como imaginario que concibe Artaud. Tal vez por ello la teoría ética utilitarista tiene, se ve obligada, como los partidos políticos ‘chiquitos’ (dirigidos cuando no fundados como resultado de caprichos políticos de berrinchudos aspirantes a hombres de poder en México) a afiliarse a otras teorías éticas intentando sobrevivir, cosa que los programas universitarios de los formadores de ‘líderes del mañana’ ven con más que con buenos OJOS.

Hundir, para resetear la economía (capitalista). The capitalism must go on! No para recuperar la salud, los bríos, para continuar la vida y abrazarnos. No. Estirar la liga lo más posible en tanto no se rompa, mientras no acabe de romperse. Más materialismo y un lenguaje mediático del Estado salvador, paternal, en donde quienes más se quejan —como en su momento fueron los burgueses y aristócratas en los escenarios europeos que vivían de sus herencias producto de las conquistas sangrientas y peleteristas coloniales y que a la postre llevaron a las grandes guerras mundiales— son los más ricos de la sociedad (mexicana), allí, a un ladito del poder político nacional a la manera del ‘Estado ampliado’ y su ‘hegemonía’, incluyendo los medios masivos de comunicación. ¿Resultado de un drama abiertamente irracional y mítico —con discurso aparentemente racional–científico y cifrado— que pretende convencernos a través de una imagen con la que los espectadores/ciudadanos nos identifiquemos para disuadir la ‘crueldad’ artaudiana o la violencia cuya aparición es necesaria para despertarnos del letargo en el que vivimos sólo para después girarse sobre sí misma, hasta recuperarnos, haciendo así justicia luego de la esfera exteriorista en la cual ‘genialmente’ se nos mantiene secuestrados?

Fragmentado el cuerpo, secuestrado el discurso, interrumpido el lenguaje, postergado el presente, comprometido el futuro, en nombre de la conservación de la vida. ¿Dónde ubicar una salida al horror? ¿Dónde una entrada al eros que sirva para resistir a la imagen que atenta y hace imposible la aparición del lenguaje que comunica, de la palabra–cuerpo que articulándose en el espacio prohibido de lo público ponga entre paréntesis la posibilidad de habitar para el espíritu, espacio propio para vivir ‘lo sagrado’ de la interioridad humana: lo realmente social?

Agamben considera que —en gran parte debido a lo anterior aquí expuesto—, una vez que se declare terminada la emergencia, la peste si es así, no cree que al menos para aquellos que han mantenido un mínimo de claridad, sea posible volver a vivir como antes. Y esto es quizás lo más desesperado hoy, incluso si aquellos que siempre se han y se les ha considerado por sus seres queridos o conocidos cercanos, se cree, se pretende e incluso son ejemplo del optimismo, la confianza en el futuro y en los otros, como sello existencial sea comunitario, sea individual, sean las dos cosas, de la esperanza. La ‘crueldad’, la ‘peste’, el teatro y sobre todo su ‘doble’ deben servirnos como ejemplo pedagógico–autodidáctico para perfilarnos heliogabálicamente. Enfermedades, pandemias, Pestes: principios y finales, con buenos y malos prólogos y epílogos, nos hemos hechos humanos (¿bien? o ¿el problema radica en otro lado?: ¿lingüística, lenguaje, semiótica?, y, así parece que al menos, mientras el planeta nos aguante, lo seguiremos siendo. Pero que no sea la voz, la cifra, la representación o imagen la que nos determine. Violencia simbólica, ‘crueldad’, teatro, cuerpo: ¡defendámonos, resistamos! ¡Dancemos con nuestro cuerpo sin aceptar la imposición de mutilaciones sin importar la herramienta declarada, el verdugo procurado o el lector de la homilía!

IV

Artaud deseaba la creación de un nuevo orden, más originario que moderno, más cercano a lo primigenio y las culturas ancestrales que lo que el progreso y la técnica como correlatos de la razón le estaban dando al mundo y a la humanidad. Si el teatro —seamos o no conscientes de ello— resulta que corresponde a una parte inmanente de nuestras vidas que no somos capaces de hacer a un lado, una actividad que no podemos olvidar o dejar fuera sin sentirnos afectados, implica que cumple con una especie de espejo en el que podemos reflejarnos. Hay teatro de nosotros y en nuestras vidas diarias, como hay cuerpo, lenguaje, enfermedad, salud, ansiedad y acciones, entre otras cosas, como aquellas emanadas del sufrimiento, de la pérdida, ‘originadas’ como consecuencia de la pandemia —pero también ‘indirectamente’ generadas por ella ‘genialmente’, como resultado de la violencia consuetudinaria en nuestro país y ya por desgracia, normalizada y hasta estetizada por los mismos medios que nos representan en barras horizontales y verticales, histogramas, ojivas, ‘pays’, áreas, etc., de lo cual nunca pudo escapar Artaud y cuyo dolor nos ‘obligó’ a vivir junto con él cada vez que nos arriesgamos a aproximarnos a su obra–vida.

Artaud deseaba la creación de un nuevo orden, más originario que moderno, más cercano a lo primigenio y las culturas ancestrales que lo que el progreso y la técnica como correlatos de la razón le estaban dando al mundo y a la humanidad.

Decir que estaba loco es el síntoma más común de quien intenta distanciarse y ‘poner entre paréntesis’ lo que se quiere imponer como ‘verdadero’, ‘justo’, ‘sano’, ‘libre’, etc., en el corazón, y lo que Artaud consideraba como ‘sagrado’ en el tráfico de sus propios problemas cotidianos, vitales, existenciales y tal vez, por qué no, como ya dijimos, eróticos, sin lograrlo, o de quien al intentarlo cree alcanzar su meta para decirse a sí mismo ‘que no ha sido alcanzado’. Afirmaba Michel Foucault en 1964 “tal vez un día ya no sabremos bien lo que ha podido ser la locura […] Artaud pertenecerá al suelo de nuestra lengua, y no a su quebrantamiento”. ¿Equivocado? El relato historiográfico como la crónica del tiempo presente, llamémosle ‘crónica de la pandemia’, se entreteje —y habrá que ver de qué manera y en qué manera nos ayudó Artaud— la historia del pensamiento, de la filosofía, de la medicina, de las mentalidades, de la cultura, etc., se teje junto a la de la locura, la creación artística, el panóptico cibernético. Como dice Susan Sontag, finalmente en cada sociedad las definiciones de cordura y locura son arbitrarias y, en gran parte, políticas. ¿Estará equivocada? Artaud al menos logró que su audiencia sonriera, llorara, frunciera el ceño, sospechara, se estremeciera, gesticulizara, se masturbara, se vomitara, asesinara, violara o se dispusiera a abandonar la sala: MOLESTA/AFECTADA/TRANSFIGURADA. No pudo —muy probablemente— volver a pensarse —al menos como cuerpo— olvidándose de que también era cuerpo y que no hay cuerpo ni peste que salve: sin trabajo previo a considerar. Un cuerpo–espíritu sano al menos tiene con qué oponerle resistencia, o sea, ‘crueldad’ en términos artaudianos a las imposiciones de control hegemónico fundadas en el miedo y la ignorancia, al ‘teatro’ que pretende una vez adueñado del lenguaje confinante como obra de arte total tal como él mismo, Wagner, Brook, Greenaway y muchos otros han intentado y seguirán intentando… u otros.

El hecho de que Artaud haya estado afectado de su salud durante la mayor parte de su vida sin duda se refleja en la concepción, el contenido, los temas y las formas de sus obras, pero ¿y por qué habríamos de querer sospechar de él, al grado de vacunarlo, conectarlo, encamarlo, entubarlo, y si sale… aplaudirle sólo para que salga de un aislamiento a otro aislamiento? En una “Carta dirigida a los directores médicos de los asilos para lunáticos” en 1925 Artaud asegura que ‘todos los actos individuales son antisociales’. Susan Sontag considera al respecto que, de cualquier manera —y retomando la idea de ‘Genio’ de Agamben—, ‘la locura es el final lógico de la exploración de la individualidad, cuando esa exploración es llevada hasta sus extremos’. La locura considerada como enfermedad es tal vez lo más humano de lo que pueda definir como tal a un ser humano, ¿entonces? Acaso ¿cada vez que el comportamiento ‘cruel’, ‘pestífero’, ‘heliogabálico’, se torne lo suficientemente individual, se tendrá que convertir y traducir necesariamente en algo objetivamente antisocial, y, por lo tanto, considerado por los demás como locura? ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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