Horas después de secuestrar a uno de los guardias del colegio lo arrojaron en la puerta, agonizando. Era casi un cadáver, desfigurado y sangrante. Los niños, los padres y los maestros sabían quién era el culpable, pero no podían decirlo.

No recuerdo cuál fue el primer cadáver que vi, es probable que haya sido un motociclista arrollado por un camión, lo normal en Guadalajara. Quién sabe. La imagen a la que sí tengo acceso directo en mi memoria es la de esa víctima que no estaba muerta, la que torturaron. Esa mañana vi lo mucho que pueden acercar a una persona a la muerte sin llegar a ella. Faltaba poco para las siete de la mañana, iba en el asiento trasero de la camioneta de mi mamá.
Vi una cobija con un bulto debajo, tardé unos segundos en encontrarle la forma de humano. A mi madre le pasó lo mismo, me ordenó cerrar los ojos, voltear a otro lado, pero no lo hice. Aquel manto cubría a un joven que tenía la cara inflamada, uno de sus ojos estaba cerrado por la hinchazón, el pómulo al otro lado de su rostro estaba aún más inflamado, le daba una forma irregular a su cráneo. Se hallaba tan cerca de la entrada del colegio que no pudimos rodearlo. Noté que aún respiraba hasta que pasamos más cerca de él. Alcancé a ver cómo una de sus manos se salía de la cobija, tenía la última falange de sus dedos llena de sangre, le habían arrancado las uñas. Me bajé del auto y me fui al salón, sexto–c.
En ese entonces cursaba mi último año de primaria en el Instituto John Adams, una escuela privada al sur del Área Metropolitana. Ahí estudiaban los hijos de empresarios, extranjeros adinerados, vicepresidentes de alguna compañía y narcotraficantes. Ninguno de mis compañeros respondía “al crimen organizado” cuando los maestros les preguntaban a qué se dedicaba su papá, pero había señales.
Una de las amigas de mi hermana era uno de estos casos. La familia de la niña era de Sinaloa, el padre se ausentaba seis meses a la vez y al menos una vez al año iban al funeral de un pariente suyo. Siempre eran muertes violentas. Lo que ocurría con más frecuencia era que algún tío, primo o tío de cariño era derribado del cielo por el ejército mientras volaba una avioneta Cessna hacia Estados Unidos. Le decían a todo mundo que en realidad los militares solían confundirlos con un criminal buscado, ellos sólo eran entusiastas de la aviación. Nadie hacía más preguntas.
Ahí estudiaban los hijos de empresarios, extranjeros adinerados, vicepresidentes de alguna compañía y narcotraficantes. Ninguno de mis compañeros respondía “al crimen organizado” cuando los maestros les preguntaban a qué se dedicaba su papá…
Otra señal común de que algún padre de familia era un criminal era cuando gritaba “¿No sabes quién soy?” o “¡No tienes idea de con quién te metiste!” si se le terminaba la paciencia. La segunda frase, me dijeron años después, la escuchó Jonathan, el tipo que mi madre y yo vimos tirado bajo la cobija, unas horas antes de que lo secuestraran afuera del colegio.
Contrataron a Jonathan al inicio de ese ciclo escolar como guardia de seguridad, era moreno, muy delgado, medía menos de un metro con setenta, usaba el cabello peinado en puntas con mucho gel y no tenía entrenamiento en defensa personal. Era un puesto casi simbólico, guiaba la fila de autos y la gente veía a un uniformado afuera de la escuela. Tenía veintiún años, menos de los que tengo ahora. Por lo general su trabajo sólo consistía en revisar que los conductores mostraran el tarjetón reglamentario de la escuela antes de entrar al estacionamiento a dejar a sus niños.
Uno de los padres no le enseñó el pedazo de cartulina enmicada la mañana en que se lo llevaron. El guardia estiró la mano para que se detuviera, el conductor intentó rodearlo por un lado, después por el otro. No lo logró. Jonathan nada más tuvo que dar un paso a su derecha e izquierda para bloquearle el paso al automóvil.
El sonido revolucionado del motor y el claxon que tocó las dos veces que se topó de frente a Jonathan hicieron que todos voltearan a verlos, los otros padres que llevaban a sus hijos en los asientos traseros y los maestros que iban a recibirlos. Los demás guardias en turno se acercaron. El tipo se bajó de su coche, dijo que no entendía por qué no lo dejaban pasar si lo veían ahí todas las mañanas. También señaló al niño dentro del auto que traía puesto su uniforme azul marino con rayas cafés y abrazaba su mochila por los nervios.
Después de unos minutos más de gritos el padre enfurecido tuvo que dejar a su hijo en la entrada trasera de la escuela, estaba a doscientos metros del lugar donde discutían. “¡No tienes idea de con quién te metiste!”, le rugió al guardia antes de azotar la puerta del conductor e irse. Tres horas después eran las diez de la mañana. Una camioneta se detuvo en seco frente al estacionamiento del colegio, se abrieron sus puertas, de ella bajaron dos sujetos armados que subieron a Joanthan por la fuerza y se fueron en menos de un minuto.
El tipo se bajó de su coche, dijo que no entendía por qué no lo dejaban pasar si lo veían ahí todas las mañanas. También señaló al niño dentro del auto que traía puesto su uniforme azul marino con rayas cafés y abrazaba su mochila por los nervios.
Se lo llevaron rumbo a Camino Real de Colima por las callecitas angostas y empedradas que separaban a esa avenida de la escuela. Hace menos de cien años aquella zona habría sido las afueras del poblado de San Agustín. Esa parte de la ciudad eran pueblos que fueron consumidos por la mancha urbana. Lo que nunca cambió fue que todos por ahí se conocían.
Los dueños de la lavandería le dijeron a la cajera de las tortas que el vehículo pasó con una rapidez endemoniada frente a ellos. Después se enteró uno de los chicos que surtía de pan a la cafetería donde algunas madres iban a platicar después de dejar a sus hijos. Les contó la noticia. Los dueños de los negocios fueron quienes pudieron reconstruir la ruta de la camioneta hasta que la perdieron de vista o hasta el punto donde la gente pierde la memoria por seguridad, por miedo.
En los años que asistí al Instituto John Adams ésa fue de las pocas veces en las que algo así pasó tan cerca de nosotros. En general nuestros padres intentaban protegernos de todo. Vivíamos en cotos cercados, no a pie de calle; nos llevaban en auto hasta la entrada del colegio en lugar de dejarnos ir en transporte público, entre otras cosas que nos aislaban de sus realidades. Intentaban alejarnos de todo por amor a nosotros. No es que el mundo de los adultos siempre lograra evadir el nuestro, el de los niños, lo normal era que ese choque sucediera en las casas de mis compañeros, no en la escuela.
Recuerdo cómo durante un tiempo al padre de Micaela Flores, una de mis compañeras, lo llevaban preso por lo menos una vez al mes. Vivíamos en el mismo fraccionamiento a unas cuadras de distancia. Al “indiolón”, como lo llamaba mi madre, solían aprenderlo a la hora de la comida. Entre las tres y las cuatro de la tarde. Llegó un punto en el que nos acostumbramos a ver las camionetas de la Policía Federal frente a su casa en nuestro camino de regreso.
Mi madre me decía que guardara mi distancia de esa niña sin ahondar demasiado en el porqué, yo era demasiado joven como para entender todo el panorama. Ese tipo de cosas hacían que la convivencia entre vecinos, compañeros o padres de familia fuera en su mayoría superficial. Todos tenían cuidado de no alzar demasiado la voz, de no extender los saludos más de lo necesario, de no hacer enojar a nadie, de no conocerse demasiado. Era una soledad que compartíamos.
Ese tipo de cosas hacían que la convivencia entre vecinos, compañeros o padres de familia fuera en su mayoría superficial. Todos tenían cuidado de no alzar demasiado la voz, de no extender los saludos más de lo necesario, de no hacer enojar a nadie, de no conocerse demasiado.
Micaela nunca faltaba a clases, la vi en el salón después de cada arresto. Esto pasaba cuando cursábamos el tercer año de primaria, nunca hablé de eso con ella, algunas veces ni siquiera se veía muy triste. Su papá siempre volvía a casa luego de uno o dos días, saludaba a todos sus vecinos con una sonrisa grande y enviaba cajones de fruta a todas las familias que lo conocían. A nosotros nos mandaba sandías.
A las doce del día, unas horas antes de la salida, tres policías federales tomaban las declaraciones de los guardias que habían sido testigos del secuestro, junto con la de unos profesores. La directora, una gringa que hablaba tres palabras de español también estaba ahí. Ese día no nos dejaron salir al patio a la hora del recreo, los que pudimos ver aquello lo hicimos desde la ventana de nuestro salón. No nos dijeron nada de lo sucedido.
Mis padres tampoco me dieron demasiadas explicaciones sobre lo que pasó. A la mañana siguiente los niños cuyas madres insistían en llevarnos más temprano de lo necesario vimos a Jonathan tirado con la cobija encima. Pudimos hilar algunos hechos. Hacía pequeños movimientos con las piernas, era imposible saber si intentaba levantarse sin éxito o si eran espasmos. Los huesos orbitales de su cara estaban rotos, también su brazo derecho, el de la mano sin uñas, y tres de sus costillas; tenía el resto del torso lleno de hematomas por los golpes.
Román, un amigo que durante un tiempo dio clases en un colegio de los Legionarios de Cristo, me explicó que los maestros siempre sabían quiénes eran hijos de narcotraficantes.
La cámara de seguridad que vigilaba esa calle captó cómo una camioneta distinta a la del día anterior se detuvo frente a la escuela poco antes de las siete de la mañana. Se abrió su puerta trasera para dejar caer al joven envuelto en la cobija. Aterrizó de costado, rodó un cuarto de vuelta, por eso su mano ensangrentada salió del manto.
Nunca logré que mis profesores hablaran a profundidad sobre lo que vimos esa mañana, ni siquiera cuando yo ya era mayor y volví para hacer preguntas. Román, un amigo que durante un tiempo dio clases en un colegio de los Legionarios de Cristo, me explicó que los maestros siempre sabían quiénes eran hijos de narcotraficantes. Las discusiones que tenían acerca de ello eran sobre cómo no podían darles un trato distinto por eso. Las pláticas siempre concluían en que el trabajo de los padres tenía poco que ver con los estudiantes. Lo único que podían hacer en el salón era aparentar que todos eran iguales.
Sonó la campana, era hora de la primera clase. Nadie tenía idea de qué decir, si es que algo podía hablarse, ni siquiera los profesores sabían cómo empezar el día. Hubo partes de eso que nunca supimos quienes no estuvimos involucrados: por qué le hicieron eso al guardia y quién había sido. Lo que sí fue claro para todos de una forma u otra fue que no dejaron a Jonathan justo afuera de la escuela por casualidad. Los maestros nos regañaban si nos escuchaban hablar de eso; mis padres y los de algunos de mis compañeros, según supe, nos ordenaban no platicar de esto con nadie. Se nos recordó que era mejor no conversar más de la cuenta, no conocernos, no recordar. A estar solos. ®
