Neoliberalismo, el huevo de la serpiente populista

Entrevista a Ciro Murayama

El principal problema económico de México es político: hay una clase política tan irresponsable que no se atreve a hablarle a los ciudadanos como mayores de edad, sino como niños a los que hay que prometer y, si es posible, engañar. Con esa clase política no se puede tener una buena política económica.

Ciro Murayama: «La democracia es política, pero no puede estar de espaldas a la economía».

Al terminar el primer cuarto del siglo XXI era necesario hacer un recuento de la economía y la política en México, así como de la forma en que se han vinculado. Por el estado que guarda el país, en un balance general las noticias no son tan buenas: se mantiene atrapado en la dinámica neoliberal y experimenta un retorno al autoritarismo.

Ese es el tema del más reciente libro de Ciro Murayama, El futuro que se escapa. Neoliberalismo y populismo en el México del siglo XXI (México: Ariel, 2025), una revisión crítica y documentada de las grandes líneas que en política democrática y desarrollo económico ha seguido el país en la presente centuria.

Sobre ello, Murayama escribe en su libro:

El principal problema económico de México, su bajo crecimiento, se debe a la renuencia política de incrementar los impuestos: la irresponsabilidad y la demagogia política están en la base del fracaso económico. Así, puede decirse que el mayor problema económico del país tiene un origen político. A la vez, el deterioro del sistema democrático se nutrió del desencanto producido por los magros resultados económicos de dos décadas de vida democrática: el problema político tiene una raíz económica.

Acerca de ese libro conversamos con Murayama (Ciudad de México, 1971), doctor en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid y en Economía por la UNAM, de cuya Facultad de Economía ha sido profesor. Ha sido integrante del Sistema Nacional de Investigadores y miembro de la Academia Mexicana de Economía Política, además de que fue consejero del Instituto Nacional Electoral. Autor de al menos siete libros, actualmente es director del Centro de Estudios Mexicanos de la UNAM en España.

—¿Por qué hoy un libro como el suyo, un recuento del primer cuarto del siglo XXI en materia política y económica en México?
—Estamos perdiendo lo que habíamos ganado en términos democráticos y se nos está yendo el tren en materia de bienestar económico, porque además nuestra población ya va a empezar a envejecer rápidamente.

El libro surge de la disconformidad de ver que las cosas no van bien, y que, más allá de los discursos autocomplacientes de distintos gobiernos, es necesario plantearnos qué tenemos que hacer y qué hay que corregir, para lo cual necesitamos ser honestos con nuestra realidad y reconocer que hay muchos aspectos que no están bien, además de valorar aquello que sí mejoró y que es un disparate perder, como el sistema democrático.

Este libro lo escribí en mi calidad de profesor universitario y trata de ser un ejercicio de persuasión desde las ciencias sociales.

—Desde el principio del libro usted señala que no se ha cuestionado la política económica, en especial los dogmas de corte neoliberal. ¿Cómo se explica ese continuismo? Por ejemplo, una de las promesas más fuertes que hicieron Andrés Manuel López Obrador y Morena fue cambiar el modelo económico, y él, ya en el poder, hasta declaró abolido el neoliberalismo.
—Considero que la política menos pública de México es la económica, que no se discute porque hay un enorme consenso en medio de nuestra polarización. Todos los días vemos que estamos peleados por cualquier razón, pero los que no se debaten son ciertos dogmas económicos, como que basta con tener la economía abierta al exterior y que el Estado no estorbe imponiendo una mayor carga fiscal.

Eso lo defendían los liberales más ortodoxos, que se llamaban a sí mismos “economistas neoclásicos”, y lo defienden también los gobiernos de Morena. En materia económica hemos vivido una suerte de gatopardo: cambió el discurso y también el partido que gobierna, pero no las grandes coordenadas de la economía.

Lo anterior es, en parte, el resultado de una derrota cultural en el sentido de que no hay una opción: el neoliberalismo arrasó las otras maneras de ver la economía, como la keynesiana, la más centrada en la necesidad de que el Estado sirva como un compensador de las desigualdades del mercado.

Ahora ya no hay quien se resista; no veo a ningún pensador cercano a los últimos gobiernos que reivindique una auténtica política de redistribución a través de más impuestos y mejor gasto público, o de mayor inversión pública en una política industrial fuerte, como la que han tenido los países que se han desarrollado. En eso son muy muy parecidos: en su momento José Luis Rodríguez Zapatero decía, como en la época de Carlos Salinas, que la mejor política industrial era no tener política industrial. Hoy no lo dicen, pero siguen sus pasos.

En materia económica hemos vivido una suerte de gatopardo: cambió el discurso y también el partido que gobierna, pero no las grandes coordenadas de la economía. Lo anterior es, en parte, el resultado de una derrota cultural en el sentido de que no hay una opción: el neoliberalismo arrasó las otras maneras de ver la economía, como la keynesiana, la más centrada en la necesidad de que el Estado sirva como un compensador de las desigualdades del mercado.

—Otra anotación que hace en su libro es que los años de la existencia de la democracia mexicana también han sido de continuidad en la conducción económica neoliberal. ¿Cómo se han vinculado ambos aspectos?
—Tuvimos una combinación muy desafortunada porque la democracia fue el resultado de la lucha popular, de manifestaciones, de plantones, de ciudadanos inconformes que votaban por un cambio de régimen político, y este cambio venturoso ocurrió en una época de muy escaso crecimiento económico, de nula movilidad social y de poca creación de bienestar.

Pienso que los actores directos de la política y principales beneficiarios del cambio democrático se sintieron muy cómodos, creyeron que llegar al poder y compartirlo era suficiente, pero no que había que transformar su ejercicio. Fue un “quítate tú para ponerme yo” y, aunque detrás tenían votos legítimos, no entendieron que el reclamo democrático también era por bienestar.

Quien sí entendió en su momento que había una enorme inconformidad fue Andrés Manuel López Obrador, quien dijo “Por el bien de todos, primero los pobres”. Entonces obtuvo el respaldo real de amplios sectores de la población desanimados del cambio democrático y fatigados de las promesas incumplidas. Pero él, en vez de cambiar el modelo económico, lo que transformó fue el modelo político para restaurar la Presidencia omnipotente, abusiva, sin equilibrio. Es una paradoja que el descontento con lo económico se haya traducido en un ascenso populista del autoritarismo.

Por eso digo que el neoliberalismo fue el huevo de la serpiente: incubó el descontento y el desprecio hacia los avances democráticos, y fomentó la idea de que la democracia sólo había favorecido a unos cuantos. El populismo autoritario fue la serpiente que envenenó al sistema político hasta acabar con la división de poderes.

Creo que hay una corresponsabilidad entre los liberales y los populistas que, al final, han sido parte de un deterioro de la vida mexicana. También creo que esto nos tiene que llevar a hacer una crítica de la propia democratización en términos de sus resultados.

No es cierto que la democracia política haya sido una imposición de las élites, ni es cierto que apareció cuando López Obrador ganó las elecciones. Él obtuvo la victoria porque había un régimen democrático que permitía el cambio pacífico de poder desde fines del siglo pasado.

Pero lo que ese régimen no hizo fue dar resultados sociales. Ese fue el gran pecado: una democracia que tiene una política económica clasista que favorece a unos pocos es una que se está autodestruyendo, que está cortando sus raíces porque, si no hay posibilidad de que se extiendan en el tejido social y de que la población se identifique con la democracia, es más frágil.

En México todas las encuestas nos dicen cada vez más que la gente incluso llega a simpatizar con soluciones autoritarias, lo que estamos viendo en todo el mundo. Como el populismo (que siempre es autoritario, sea de izquierda o de derecha) plantea puertas falsas para problemas complejos, tiene enormes adhesiones.

Movilizaciones que vimos, como la marcha rosa en defensa de democracia, fueron, sobre todo, de sectores de clase media que veían peligrar sus libertades. Pero en México todas las encuestas nos dicen cada vez más que la gente incluso llega a simpatizar con soluciones autoritarias, lo que estamos viendo en todo el mundo. Como el populismo (que siempre es autoritario, sea de izquierda o de derecha) plantea puertas falsas para problemas complejos, tiene enormes adhesiones.

Como ejemplos, allí están Donald Trump, Nayib Bukele, los triunfos de la extrema derecha en Chile, Costa Rica y en Europa, lo que se debe, en buena medida, a la insatisfacción económica. Tenemos un cóctel complicado.

Creo que México merece algo más que neoliberales insensibles desde el punto de vista social de la redistribución de la riqueza, y que populistas autoritarios a los que lo que les interesa es acabar con cualquier contrapeso del poder.

Se requiere una combinación en la que se logre mantener un sistema democrático de libertades, de gobernantes sujetos a la ley, de jueces independientes del poder político, de un Poder Legislativo no sometido al mandato presidencial, y en la que, a la vez, se entienda que su misión es mejorar las condiciones de vida de la población.

Se nos han ido muchas generaciones de jóvenes mexicanos: cada año cerca de un millón de personas se han ido sumando al mercado de trabajo, pero no encuentran más que precariedad, exclusión e inseguridad. Es un panorama muy poco venturoso para México.

Por eso insisto en que debemos de tener el ánimo y la convicción para empezar una propuesta de salir de esta doble trampa, de estas dos plagas: la insensibilidad social del neoliberalismo y el autoritarismo populista.

—Para hablar de la cuestión social: si algo se ha alabado del gobierno de Morena han sido sus vastos programas sociales, con los que se dice combatir la pobreza y se presume, por ejemplo, que 20 millones de hogares reciben apoyos y que ha producido 13 millones de pobres menos. Sin embargo, usted indica en el libro que, más bien, ha sido una política de contención y no de generación de capacidades de desarrollo.
—Hay que reconocer un acierto fundamental de López Obrador, aunque ya había empezado con Enrique Peña Nieto: la política de recuperación de los salarios mínimos, que eran de miseria.

Lamentablemente, a los economistas ortodoxos y a quienes tomaban las decisiones les parecía muy buena idea seguir lastimando los salarios mínimos y la posibilidad de que la gente mejorara un poco sus condiciones de vida. El propio Banco de México combatió la propuesta que en 2015 salió de la Secretaría de Desarrollo Económico del entonces Distrito Federal: mejorar el salario mínimo para sacar a millones de personas de la pobreza.

¿Qué es lo que hemos visto? Que la recuperación del salario mínimo permitió que entre 2016 y 2024 disminuyera en 13 millones el número de pobres. Esto no nos vuelve una sociedad de clase media todavía, pero nos demuestra que sí había posibilidad de hacer algo de política redistributiva sin alterar los equilibrios macroeconómicos, porque no implicó ni que se nos desbocara la inflación ni que creciera aún más la informalidad (que estaba en alrededor del 60 por ciento y ahí sigue).

Este éxito de la política salarial de López Obrador tiene que ser reconocido, no los programas sociales de transferencias, que tienen riesgos: primero, que ya no hay de dónde sacar dinero. Los gobiernos de Morena desprecian la recaudación y no quieren subir impuestos a los más ricos: a pesar de que tienen un discurso supuestamente contrario a la opulencia, en términos fiscales no los han tocado, y las grandes fortunas de México han seguido acumulando riqueza en los años recientes. El señor Slim y compañía siguen en jauja, y a pesar de que la economía mexicana ha tenido un desempeño muy mediocre, no suben los impuestos y ya no hay cómo seguir gastando en programas sociales.

Los gobiernos de Morena desprecian la recaudación y no quieren subir impuestos a los más ricos: a pesar de que tienen un discurso supuestamente contrario a la opulencia, en términos fiscales no los han tocado, y las grandes fortunas de México han seguido acumulando riqueza en los años recientes.

¿Qué es lo que hacen esos programas sociales? Se financian recortando dinero a educación, a salud, al mantenimiento del mobiliario urbano y, sobre todo, a la inversión pública. No tenemos mejor infraestructura —carreteras, puertos, aeropuertos— para ser una economía que compita con los países que debería. Por eso estamos creciendo de manera tan mediocre: en 2025 el crecimiento fue de apenas 0.7 por ciento.

Los últimos cuatro años ha venido cayendo el crecimiento y llegamos al punto más bajo desde la pandemia; las cosas se están haciendo muy mal en materia económica y el salario no se puede subir eternamente. Así, lo que ya tenemos es un problema de crecimiento económico y de redistribución.

Insisto: los gobiernos de Morena no han hecho nada por mejorar el crecimiento, y el de López Obrador fue el peor de los últimos seis sexenios en términos de crecimiento económico. Después de la crisis de 1982 nunca había sido tan mediocre, y para allá va el actual gobierno; por ejemplo, la informalidad sigue en cerca del 60 por ciento y no veo que haya una política real de redistribución del ingreso.

Sin embargo, es una política electoralmente muy exitosa porque las transferencias en efectivo han aumentado la base electoral del gobierno, pero no está construyendo una ciudadanía del desarrollo, de la libertad, de personas que saben que tienen obligaciones y derechos, como la educación, la salud, el transporte público y la justicia de calidad. No tenemos esto ni, por tanto, las obligaciones de respetar la ley, al prójimo, y de cumplir con el pago de impuestos.

Así, observamos una cantidad de transferencias crecientes, con un sistema de “te doy dinero y quiero obediencia”, pero que ya llegó a un límite. Prefiero una ciudadanía consciente de sus derechos y obligaciones que una clientela acostumbrada a recibir dádivas electoreras a cambio de obediencia y política, que es lo que estamos viendo.

—Usted señala en el libro que, muy paradójicamente, los programas sociales de López Obrador pudieron fondearse gracias a la tímida reforma fiscal que hizo Peña Nieto cuando aumentó el ISR. En ese sentido, usted destaca que construir un Estado de bienestar implica aumentar el peso de los impuestos en el producto interno bruto, lo que no se ha hecho. ¿Cuáles han sido las consecuencias sociales de esta baja recaudación tributaria?
—Tenemos un nivel de recaudación que era el que tenían los países centrales hace más de un siglo, que es lo que llevamos de retraso. Este menos del 20 por ciento es lo que tenían Estados Unidos, Francia e Inglaterra después de la Primera Guerra Mundial, cuando no existía el Estado de bienestar, sino uno más bien preocupado por la seguridad; es decir, preocupado en pagar policías, jueces y la defensa exterior.

¿Qué pasó después? Una enorme tragedia: la Segunda Guerra Mundial. Entonces se entendió que el Estado no sólo tenía que ser guardián, sino un Estado social que pudiera financiar educación, salud, redistribuir el ingreso, hacer frente a las oscilaciones de la economía y ayudar a salir de las depresiones de las crisis económicas.

Eso fue lo que permitió a Estados Unidos salir de la depresión de 1929 y después reconstruir Europa. Son Estados que ya se financian con un 40 por ciento del PIB, con un 8 por ciento del PIB en gasto en salud, una cantidad similar en educación y otro tanto en inversión pública y pagan pensiones.

México lleva un siglo de atraso: en términos de recaudación estamos como si fuéramos saliendo de la Primera Guerra Mundial. Ese ha sido el problema añejo del Estado mexicano y que no nos permite invertir para tener infraestructura que nos genere crecimiento, ni nos permite un gasto que impulse el desarrollo, que permita que haya suficientes hospitales, medicinas, médicos, lugares en las preparatorias, un transporte público decente, etcétera. La mayoría de la gente que vive en las ciudades en nuestro país padece horas y horas para ir al trabajo en el transporte público, que en realidad está privatizado porque son flotillas de microbuses y camiones expuestos a la inseguridad y en condiciones muy precarias, con accidentes que cuestan la vida a muchísimas personas.

Así, tenemos una vida precaria, paupérrima en el día a día, porque somos un Estado muy mal hecho, en buena medida por la mala recaudación.

La mayoría de la gente que vive en las ciudades en nuestro país padece horas y horas para ir al trabajo en el transporte público, que en realidad está privatizado porque son flotillas de microbuses y camiones expuestos a la inseguridad y en condiciones muy precarias, con accidentes que cuestan la vida a muchísimas personas.

Lo anterior no quiere decir que, si se recauda, por arte y magia un país se vuelve desarrollado. Hay que saber gastar bien, hay que gastar con eficiencia, con transparencia, no estar tirando el dinero en tonterías como Dos Bocas o en desastres ecológicos como el Tren Maya. Pero sin mayor recaudación no puede avanzar ningún Estado; la comparación internacional ahí está, y creo que es una obligación hacer una crítica de la política económica.

Hay otras variables que indican dónde estamos: la inseguridad, la falta de buenas policías, de mejores jueces, etcétera. Pero siempre andamos hablando de distintos factores que a los economistas nos sirvan de pretexto para no hacer una crítica a la política económica.

Yo me quise centrar en llamar la atención sobre cómo hay una profunda y enorme responsabilidad de la conducción económica en el desastroso panorama social y político de México. Pienso que con otra política económica, con resultados tangibles, la democracia habría sido más fuerte y no habría surgido con tanta fuerza este populismo autoritario.

Desde ese punto de vista, creo que los presidentes que salieron de democracia, de elecciones legítimas, quedaron a deber en términos de los resultados democráticos: no entendieron la dimensión del mandato que las urnas le daban, que era hacer un mejor país, no sólo para administrar el pluralismo. Había que alterar el curso de las cosas, hacer que la gente se sintiera incluida y tomada en cuenta. No lo hicieron y llegó un reclamo genuino que, por decisión de su líder, se volvió una apuesta autoritaria que ha avanzado muy lejos.

—Otra parte muy importante del libro es la dedicada al bono demográfico: en este siglo México tuvo la oportunidad de que dos terceras partes de su población hayan estado en edad de trabajar. ¿Qué pasó con esto? Parece que terminó volviéndose una carga, además de que esa ocasión terminará en 2030. ¿El país está preparado para atender el envejecimiento de su población?
—Estamos hablando de uno de los temas más penosos de nuestra realidad: el desperdicio del bono demográfico. Las cosas se alinearon muy bien al inicio del siglo: dejamos de crecer tan rápidamente en términos poblacionales, porque ya no había siete niños por mujer, sino que se había reducido a tres y luego a dos, y teníamos al grueso la población no en edad de ser dependiente, sino en la de producir. Dejamos de multiplicar bocas y teníamos cada vez más manos dispuestas al trabajo.

Esa oportunidad única que nos dio la demografía, y gracias a que mucha gente se ha sumado a la ocupación, es que ha crecido México, a pesar de la mala política económica, de la escasez de inversión productiva, de la falta de política industrial y de expansión tecnológica.

¿Qué es lo que tiene a México siendo una economía más grande que lo que era a principio de siglo? Hay mucha gente trabajando a todas horas a lo largo y ancho del país. Si algo de riqueza tiene México es a sus trabajadores y su capacidad, que no sólo ha hecho rico a México, sino a Estados Unidos.

¿Qué hemos hecho? En vez de aprovechar este gran capital humano, que además es gente mucho más educada que la que había en el pasado (cada vez hay más gente que termina la educación media superior y superior, y cada vez son menos los que abandonan la primaria y los que tienen rezago educativo), tenemos un capital humano más numeroso y de mejor calidad que hubiéramos tenido nunca en la historia, y lo desaprovechamos porque esa gente no ha tenido una inserción productiva en el sector formal y está cuidando changarros y en el comercio de baja productividad.

¿Qué va a pasar dentro de quince o veinte años cuando tengamos más viejos que nunca y no hayamos construido un sistema de pensiones fondeado con el empleo formal, cuando no tenemos una recaudación que nos permita seguir extendiendo los programas sociales a los adultos mayores?

Ya estamos a la vuelta de la esquina del gran vuelco demográfico porque vamos a tener ya más personas mayores de 65 años que de menos de quince; es decir, empiezan a pesar más los viejos. Esto va a ser muy rápido. ¿Qué va a pasar dentro de quince o veinte años cuando tengamos más viejos que nunca y no hayamos construido un sistema de pensiones fondeado con el empleo formal, cuando no tenemos una recaudación que nos permita seguir extendiendo los programas sociales a los adultos mayores? Es una situación de crisis.

Pero esto no es una fatalidad ni una condena: es una situación en la que vamos yendo hacia el abismo cerrando los ojos, y creo que hay que abrirlos para ver si lo podemos evitar.

—Al respecto hay otros dos problemas: la informalidad y la pobreza laboral, situaciones en las que han vivido las generaciones que debieron haber sido aprovechadas. ¿Qué efectos ha tenido esto?
—La informalidad es la expresión del desperdicio del capital humano, del factor trabajo en México. Hoy son 33 millones de personas trabajando en la informalidad, es decir, fuera de la protección que las leyes le deberían de dar a cada trabajador: no tienen contrato, no tienen vacaciones pagadas ni baja por enfermedad o por parto, además de que no tendrán pensión, no tienen aguinaldo.

El gran eslabón que une a la economía y a la población es el empleo; si se tiene un empleo seguro y bien pagado, se tiene una existencia de calidad. Pero si el empleo es precario, la existencia de la población lo es también.

Creo que nos hemos acostumbrado a la informalidad y nos hemos vuelto insensibles a ella y a la desigualdad. Ya estamos acostumbrados a que la economía crece muy poco y a que la mayoría de los trabajadores son informales. Eso es aceptar una situación que no corresponde con lo que un país decente espera para sus habitantes.

Desde el gobierno se dice: “Bueno, pero es que tenemos una tasa de desempleo muy baja”. Pues claro que es bajísima porque la gente no se puede dar el lujo de estar desempleada. En los países desarrollados con Estado de bienestar hay seguro de desempleo y la gente recibe un monto para mantenerse y para buscar trabajo. Pero en México, al no haber seguro de desempleo, ¿quién puede estar desempleado? Curiosamente, los desempleados abiertos, que son apenas el 2.5 por ciento, son los que más estudios tienen, que pertenecen a familias con mayor poder adquisitivo y pueden mantenerlos en lo que buscan trabajo, al igual que los respaldaron para que estudiaran una carrera universitaria. Pero la gente más amolada no puede darse el lujo de estar en su casa desempleada y sale a buscarse la vida, a estar de “viene, viene”, a tener un carrito para vender cosas o para transportar mercancías; en fin, a lo que sea.

Estos últimos constituyen la gran masa que la economía mexicana no logra absorber; entonces, la informalidad tapa el desempleo, pero no es una salida hacia el bienestar y la prosperidad. Es un síntoma de precariedad, de pobreza, de mala economía.

—Uno de los grandes orgullos del gobierno de López Obrador y del oficialismo ha sido el superpeso. Usted tiene una visión crítica sobre este asunto.
—El superpeso es de estos consensos que entusiasman a la gente; por ejemplo, lo aplaudían Claudia Sheinbaum y Maricarmen Cortés, de los Alebrijes, a las que se podría identificar en las antípodas de la ideología económica, y a las dos les parecía muy bien. Creo que hay cierta incomprensión de lo que implica tener una moneda tan fuerte.

Nuestra moneda es cara y las otras son baratas, y entonces podemos importar mucho, sean productos chinos y de todos lados. Así, lo que más creció entre las familias en México fue el consumo importado: hay un peso que permite traer mucha ropa que se produce en el exterior y que se vende en los almacenes de las ciudades medias y grandes del país. Pero esto no se traduce en crecimiento de nuestra economía, sino en la exportación de Vietnam, de China y de otros países.

El superpeso es una gran noticia para las familias que hacen shopping en Houston, pero no para los productores. Abarata salir de viaje al exterior y los productos de fuera, pero encarece los mexicanos y vuelve menos competitivos los que comerciamos con el exterior.

Hay que ver lo que los chinos han hecho durante muchos años: devaluar su moneda para ser competitivos. No se les ocurre andar presumiendo una moneda superfuerte. Ahora el propio Donald Trump está tratando de devaluar al dólar para ganar competitividad.

Además, facilita lo que en la economía son llamados bienes y servicios no comerciables o no transables: lo que no va a competir, como las peluquerías y los pequeños comercios que se multiplican. El superpeso favorece la changarrización de la economía, no la modernización de las actividades intensas en tecnología.

Es un arma de doble filo. Hay que ver lo que los chinos han hecho durante muchos años: devaluar su moneda para ser competitivos. No se les ocurre andar presumiendo una moneda superfuerte. Ahora el propio Donald Trump está tratando de devaluar al dólar para ganar competitividad. Creer que una moneda fuerte es sinónimo de una economía sana es una mala lección del miedo que nos quedó por las feas devaluaciones del pasado.

Un asunto es no querer una devaluación como la de 1994, y otro es estar castigando a la planta productiva mexicana con una moneda que le quita competitividad frente al resto del mundo, porque seguimos, a pesar de todo, en un mundo globalizado, sobre todo los sectores más intensivos en tecnología, que son los que pueden sacar adelante a la economía.

—Hay otra parte del libro en la que usted afirma que el mayor problema económico del país tiene un origen político, pero que, a la vez, el problema político tiene una raíz económica. ¿Cómo se han vinculado pues estos dos ámbitos para conducirnos a este populismo neoliberal, como le llama usted?
—Soy un economista político, o un analista político con formación económica, no puedo separar las dos esferas. Pienso que la economía determina la política y viceversa. El fracaso de la economía mexicana al no dar resultados es, en buena medida, producto de una política económica equivocada.

Quizá la mayor equivocación de los políticos en materia económica fue renunciar a hacer una reforma fiscal para tener un Estado con suficientes recursos para detonar el crecimiento y redistribuir la riqueza, para acabar con la profunda desigualdad o mitigarla de manera realmente significativa.

Pero se renunció a hacer eso. Los políticos de México saben prometer, pero les da pánico exigir y decir que hay que hacer algún sacrificio, que hay que pagar impuestos, que los derechos tienen obligaciones. Les gusta prometer programas sociales, pero se olvidan que hay que financiarlos.

Así, tenemos una suerte de demagogos en todos los partidos. Allí hay un gran consenso del PAN, pasando por el PRI y llegando a Morena, y, por supuesto, el Partido Verde, Movimiento Ciudadano y el PT.

A nadie se le ocurre plantear una reforma fiscal en serio; no lo hizo Fox ni tampoco Calderón, mientras que Peña hizo una muy tímida, y López Obrador de ninguna manera. Sheinbaum ha dicho que no hace falta, y no sé de dónde saca sus cuentas para afirmarlo. Esa irresponsabilidad, esa falta de convicción para fortalecer la capacidad recaudatoria del Estado mexicano arrastró la economía a la mediocridad y la prolongó en el estancamiento.

Hay una clase política tan irresponsable que no se atreve a hablarle a los ciudadanos como mayores de edad, sino como niños a los que hay que prometer y, si es posible, engañar. Con esa clase política no se puede tener una buena política económica.

Por eso digo que el principal problema económico de México es político: hay una clase política tan irresponsable que no se atreve a hablarle a los ciudadanos como mayores de edad, sino como niños a los que hay que prometer y, si es posible, engañar. Con esa clase política no se puede tener una buena política económica.

Por lo anterior afirmo que el principal problema económico de México está en el origen político de sus élites, que han sido muy irresponsables. Eso se ha traducido en la debilidad estructural de la democracia mexicana, que es la falta de resultados económicos.

Si hubiera bienestar, si los padres supieran que sus hijos van a vivir mejor que ellos, si vieran que hay movilidad social, que las generaciones van mejorando, que fue lo que pasó a lo largo del siglo pasado, sería distinto.

Yo tuve una abuela analfabeta, y su hijo —mi padre— fue a la universidad, y yo acabé siendo un profesionista. Se progresaba: alguien nacía en el campo, y al cabo de dos generaciones su familia se volvía parte de una clase media urbana profesional.

Pero ese tipo de historias dejaron de pasar en México. Sin esa idea de progreso, del sentimiento de pertenencia económica, las democracias no echan raíces. De ahí que yo crea que esa debilidad económica es la principal causa del deterioro político de México.

Esa debilidad económica también está detrás de la inseguridad y de tantos jóvenes subiéndose a las actividades delictivas y siendo víctimas del crimen organizado. No es dándoles un dinerito como vas a cambiar esa situación, porque los cárteles también dan dinero y pueden darles hasta una camioneta y armas.

A los jóvenes hay que darles oportunidades reales de desarrollo: educación, empleo formal, posibilidades de progreso a lo largo de su vida, no dinerito, porque hay quien puede dárselos de manera más efectiva, como hemos visto.

Por eso empiezo el libro con una cita de Jaime Ros: “El estancamiento también conduce a la delincuencia, que, con toda esta anomia social, inhibe la economía”. Estamos en un círculo vicioso del que hay que salir. Ese es el propósito del libro.

—En los últimos años en México hemos vivido un retroceso democrático. ¿Qué consecuencias puede tener sobre la economía?
—Ya lo estamos viendo: que se haya acabado con la independencia del Poder Judicial nos lleva a que la inversión privada siga cayendo, y sin inversión no va a haber crecimiento porque es equivalente a las semillas que siembra un agricultor, quien no verá crecer su cosecha si cada vez siembra menos. Y no se va a ir a sembrar donde está amenazado.

Las señales que se han dado a los empresarios con las abusivas reformas unilaterales son que no hay seguridad jurídica. Así que están cosechando el resultado de esta concentración autoritaria y de mostrar que no hay un gobierno de leyes, sino que las leyes son la plastilina con la que están manipulando. Así no va a llegar la inversión.

Estoy viendo que, lamentablemente, las decisiones arbitrarias y autoritarias están contribuyendo al estancamiento económico y no se ve que se quiera rectificar. Tenemos incluso ya la amenaza de una reforma electoral.

—Usted ha señalado que los partidos gobernantes en este siglo, el PAN, el PRI y Morena, han mantenido la política económica neoliberal. ¿Usted observa que haya algún partido o fuerza política que plantee alguna opción?
—No, es la hora que no. Creo que hay una miopía en los actores políticos en general; por eso no milito en ningún partido, además de que es de muy mal gusto que un exárbitro se vuelva jugador. Por eso hago mi lucha desde la universidad, desde el campo de la academia y del pensamiento.

¿Qué podemos hacer nosotros? Pienso que plantearnos una ruta de desarrollo que pasa por deshacernos de los atavismos neoliberales y de los excesos autoritarios. Hagamos un esfuerzo por combinar democracia y bienestar, porque no es cierto que el autoritarismo nos hará un país más justo y más próspero.

Creo que el peso de la realidad es muy fuerte como para seguir ignorando y creyendo que esto puede seguir así. Espero que pueda haber espacio para replantearnos las cosas.

Además, tenemos un entorno internacional particularmente adverso: Trump sólo llegó para mal al mundo, y para México, que lo tiene tan cerca, también. ¿Qué podemos hacer nosotros? Pienso que plantearnos una ruta de desarrollo que pasa por deshacernos de los atavismos neoliberales y de los excesos autoritarios. Hagamos un esfuerzo por combinar democracia y bienestar, porque no es cierto que el autoritarismo nos hará un país más justo y más próspero, ni tampoco seguir con las recetas del pasado nos va a dar resultados distintos.

Hay que dejar de insistir en lo mismo: hay suficiente evidencia de que tanto la política monetaria como la fiscal han sido equivocadas en México. Trato de contribuir al diagnóstico, a generar cierta inquietud intelectual y, al mismo tiempo, a plantear que sí hay alternativas.

No es cierto que estemos metidos en una fatalidad, ni tampoco que sea un Dios maldito el que nos metió en esto. No: hemos sido nosotros con las decisiones que se han tomado y con otras que se han dejado de tomar. No estamos condenados al autoritarismo ni a la miseria, a menos que queramos.

—Quiero concluir con una cuestión: ¿no hemos sobrecargado de expectativas a la democracia, y esto la ha devaluado? Le escucho hablar de los pobres resultados de la democracia en términos tanto sociales como económicos. Pero también me llama la atención que en su libro, por ejemplo, usted menciona una definición minimalista que dio Norberto Bobbio, que me recordó aquella de Karl Popper: que la democracia sirve para quitar malos gobiernos sin derramamiento de sangre. En ese sentido, ¿no deberíamos tener un concepto más humilde de la democracia?
—La democracia es un fenómeno político; es plural, formal y representativa. En efecto, para lo que sirve básicamente es para deshacernos de más malos gobiernos sin derramamiento de sangre, sin violencia.

Es el gran invento de la humanidad para que la disputa por el poder, que es consustancial a cualquier grupo humano, se dé de manera civilizada y no a garrotazos. Por eso hay que cuidarla muy bien.

Pero en sociedades tan masivas y tan complejas como las de nuestros días, la democracia tiene un componente mayoritario: la mayoría dice quién gobierna. Pero si esa democracia no da resultados, también se vacía. Entonces, no es sinónimo de felicidad y no hay que pedirle que nos vuelva un país distinto de la noche a la mañana. Lo que sí hay que exigirnos es que en democracia nos planteemos mejorar la condición de vida de la gente. No basta con tener elecciones libres: es el principio, no el final. Es un principio irrenunciable, y no podemos o no debemos perder lo que lo que hemos construido y estamos perdiendo. Lo tenemos que defender porque la democracia es un fin en sí misma, pero también es un medio para que la sociedad mejore.

Murayama: «La democracia es política, pero no puede estar de espaldas a la economía».

Creo que nuestro problema es que nos quedamos en la idea de la democracia como fin: quienes mandan llegaron por elecciones limpias y ya hay democracia. Entonces se dedican a administrar la desigualdad y una economía mal hecha, con un país que tiene muchísimos pobres, y ahí la llevan porque tienen controlada la inflación, no hay fuertes devaluaciones, no se dispara la tasa de interés y las calificadoras internacionales les dan palmaditas en la espalda. Pero no: la calificación importante es la de la gente, y de ella sí se desentienden.

Creo que la democracia no es sinónimo de felicidad, pero tampoco se puede desentender de las condiciones de vida de la gente. Y por supuesto que es irrenunciable la definición minimalista, que está en peligro en el mundo, como lo hemos visto con Trump, quien quiso dar un golpe de Estado al tratar de impedir la toma de posesión de Joe Biden. Lo vimos con Jair Bolsonaro, que también le quiso dar un golpe a Lula, y Nicolás Maduro sí lo hizo. Tenemos muchos gobernantes dispuestos a acabar con el componente mínimo de la democracia.

Nosotros estamos en ese riesgo permanente cuando se acaba con la independencia del INE y del Tribunal Electoral, e incluso se quieren destruir las capacidades del instituto para instalar las casillas y contar los votos, como se han contado ahora en elecciones limpias. Ahora quieren volver casi a un ejército de Siervos de la Nación y acabar con el Servicio Profesional Electoral; es decir, que la estructura política de Morena va a hacer las elecciones como en la época del PRI. Eso es perder la democracia en el sentido de la definición minimalista, pero, insisto, la democracia es política, pero no puede estar de espaldas a la economía. ®

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Publicado en: Libros y autores

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