Recordando a Humberto Moreira

La vez que le di un pisotón a la primera dama

La autora de este breve recuerdo del ex gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, sus delirios de grandeza y la corrupción durante su mandato, rememora también el pisotón accidental que le dio a la entonces esposa del orejón ex gobernador, quien después la dejaría por una belleza estatal.

Terminaban los días de poder y gloria.

Terminaban los días de poder y gloria.

Ahora que Humberto Moreira vive de sus “ahorritos” en Barcelona como un estudiante esmerado, no lo recuerdo, como torreonense que soy, por su omnipresente imagen plasmada en los cuadernos escolares ni por sus bailoteos estilo “chúntaro style” ni por sus grandes orejas, ni siquiera por la supuesta protección que le dio a Los Zetas… sino porque alguna vez pisé accidentalmente a su ex mujer y primera dama del estado: Irma Guerrero.

Cuando Groucho Marx visitó México tuvo un pequeño percance por un comentario malinterpretado en una recepción gubernamental y se ganó el ser relegado a un rincón del acto oficial.[1] Guardando la distancia, yo no llegué a tales extremos, pero sí me gané la furia de la esposa del gobernador antes de ser reemplazada por una ex reina de belleza, Vanessa Guerrero. Se divulgó una supuesta infidelidad suya y una golpiza que su marido le propinó. En Coahuila, los rumores de violencia marital corrían por doquier y la mujer desapareció de la vida pública.

Torreón estaba próximo a celebrar su primera centuria como ciudad en septiembre de 2007. El patronato conformado por algunos de los empresarios más acaudalados de la región se encontraba organizando el máximo mitote con fondos públicos, municipales y estatales. El “gober bailador” no perdió la oportunidad para ganarse su confianza mediante una aportación millonaria de “cien millones por cada año cumplido”.

Al final, ya no se celebró el cacareado partido entre el Santos y el Real Madrid (que sí fue en Las Vegas el año pasado) ni la visita de los reyes de España a la ciudad, como alguna vez se pretendió, y el festejo mal organizado resultó un fiasco donde los únicos “payasitos de la fiesta” fueron pequeños conciertos gratuitos de grupos como Zoé. Cualquier parecido con el bicentenario…

Al final, ya no se celebró el cacareado partido entre el Santos y el Real Madrid (que sí fue en Las Vegas el año pasado) ni la visita de los reyes de España a la ciudad, como alguna vez se pretendió, y el festejo mal organizado resultó un fiasco donde los únicos “payasitos de la fiesta” fueron pequeños conciertos gratuitos de grupos como Zoé. Cualquier parecido con el bicentenario…

Una tarde de enero de 2006 me encontraba en el teatro Nazas en una reunión masiva del patronato, a la que había logrado infiltrarme con el afán de buscar entrevistas para un reportaje. Humberto Moreira, en calidad de novel gobernador del estado, subió al pódium y tomó la palabra. Hizo algunos chistoretes sobre sus años como maestro en las regiones remotas de Coahuila que hicieron reír a los ricos del pueblo. Se sentía honrado de ser uno de sus máximos benefactores, como papá que se enorgullece de organizarle la fiesta de quince años a su hija.

Al terminar el acto traté de aproximarme para hacerle una entrevista “banquetera”, pero las estrechas filas que conformaban las butacas del teatro y el tumulto alrededor me entorpecían el paso. Finalmente pude acercar mi grabadora al ojiverde góber de orejas grandes e inquirí si su inversión podía utilizarse mejor en obras sociales prioritarias. Él, mirándome muy fijamente, me reviró con que el presupuesto para ese año ya estaba minuciosamente calculado para los planes alternos del estado. Era tanta la gente hacinada en un espacio tan pequeño que se podían pisar —y hasta manosear— fácilmente.

Al centro, la autora de este recuerdo.

Al centro, la autora de este recuerdo.

Al llegar al lobby se me acercó un individuo regordete y de traje gris. Titubeante, me preguntó para qué medio trabajaba y me comentó que la primera dama estaba sumamente molesta conmigo “por haberla pisado”. Arqueé las cejas y le dije: “¿En serio, señor? No me di cuenta”. “Es que ella me está pidiendo que vaya y le pida una disculpa. Yo entiendo que fue un accidente, pero ya sabe cómo son esas personas, por favor vaya”. “No se preocupe, señor, en un momento más acudo con ella y le pido una disculpa”. ¿Acaso creen que lo hice? Desde entonces no he dejado de reírme de ese “accidente”. La suerte ya no le sonrió más a la pobre señora, a diferencia de su ex marido, cuyo poder, equivalente a su sex appeal, le hizo ganarse el corazón de la entonces Señorita Coahuila.

Humberto y Vanessa.

Humberto y Vanessa.

Poco después llegó el catastrófico caso de Pasta de Conchos, la violencia en la Comarca Lagunera y una celebración centenaria que fue de mucho ruido y pocas nueces, pero el ex gobernador consideró que sus méritos bastaban para alcanzar la presidencia de su partido. Sin embargo, la dinastía Moreira permanece en Coahuila después de que su hermano Rubén tomó la estafeta y lo demás es historia: la disputa entre los cárteles de Sinaloa y los Zetas en La Laguna; violencia; el declive del orgullo de Humberto, la muerte de sus hijo Eduardo y su posterior exilio ibérico.

A Torreón, Coahuila, le espera una nueva etapa con las próximas elecciones del 7 de julio. ¿Una nueva oportunidad para la región después de la infamia priista y panista de sus alcaldes Eduardo Olmos y José Ángel Pérez? ®

Notas
1. «Un episodio marxiano en México. En su autobiografía —Groucho y yo— Groucho cuenta una anécdota acontecida en nuestro país, atestiguada por Harpo, y que demuestra el carácter humorístico e insolente del genial y verborreico actor descendiente de una estirpe de cómicos y comediantes de la Alemania judía arraigados en Nueva York, y muerto en Los Ángeles el 20 de agosto de 1977.
Hace años fui invitado a México en una gira de buena voluntad. Puesto que todo el viaje era gratuito y ya que viajar ha sido siempre una de mis predilecciones, acepté de inmediato. Era un festival cinematográfico en honor de actrices y actores famosos de todo el mundo. El primer día en la Ciudad de México se nos reunió en un salón enorme donde un representante del gobierno nos explicó en forma interminable dónde se realizarían y cuáles serían nuestras actividades durante la semana. Habló rápidamente en español, pero deteniéndose cada cinco minutos para permitirle a un asistente traducir sus comentarios al francés, portugués, alemán e inglés.
En un momento dado anunció: “Me honra gratamente informarles que a las cuatro de la tarde de mañana están todos ustedes invitados a encontrarse con el Señor Presidente en Palacio.” levanté mi mano. El traductor lo advirtió y me dijo:
—Sí, dígame, señor Marx…
Me apresuré:
—¿Qué garantía tengo de que él será todavía presidente mañana a las cuatro de la tarde?
A partir de ese momento, por alguna extraña razón, nadie en todo el salón me volvió a dirigir la palabra. Ni los del grupo de Hollywood ni los visitantes europeos ni el contingente latino juzgaron prudente ser vistos en mi compañía. Una intervención desafortunada y, de la noche a la mañana, al sur de la frontera, ¡yo era el equivalente de la peste!
Cada noche de la semana hubo un banquete honrado a éste o aquél, pero fuese cual fuese el acontecimiento, siempre me encontré sentado en una pequeña mesa para una persona en el extremo del comedor, lo más alejado de la concurrencia. Todos tenían vino con sus comidas. Lo más que pude conseguir fueron tamales y agua embotellada. Creo que el presidente se llamaba Alemán, o algo así…» Rogelio Villarreal, «Crónicas marxianas: Ray Bradbury conoce a Groucho Marx», en Periodismo cultural en tiempos de la globalifobia, México: Ediciones Sin Nombre/Conaculta, 2006.
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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2013

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