¿QUÉ HAY EN EL NOMBRE?

Eso que llamamos arte…

Exit through the gift shop puede ser la historia del ascenso de Thierry Guetta, un paciente mental con una cámara, al patíbulo del arte, pero acaso es también la inteligente exposición disfrazada que hace Banksy del inevitable ciclo del arte, en el que un cualquiera que se introduzca en un medio y aprenda sus reglas puede reproducirlas a placer para una máquina de consumo masivo.

Quiero llamarlo arte primitivo, pero temo a los curadores y a los críticos, esos taggers lingüísticos del arte. ¿Pero qué si no es el street art?

Esa forma carente de envoltorio, marco e intermediario que nos toma por asalto, punzando con su mensaje, atacando a nuestros sentidos con su gesto solidario. Primitivo cual acto infantil realizado por adultos que otros adultos califican de “vandalismo”. Primitivo porque flirtea con el peligro real (esa cualidad tan olvidada por el arte contemporáneo) e implica la apropiación salvaje de un territorio domesticado con un simple rayoneo de aquel primer regalo que nos hace el lenguaje: el nombre.

“Aquí estuvo…

El nombre como identidad y al mismo tiempo el nombre como anonimato. Contrasentido falaz con el que el street art se debate día a día, pues algunos de esos “rayones” trascienden el deseo de la pared buscando “colgarse” en los límites impuestos por el embalaje y el encuadre para entregarse a las fauces del consumo. Nada más alejado de su naturaleza primitiva, pero quizás también es algo de lo que no se puede escapar. Su contradicción de principios puede ser una inserción inevitable al ciclo del arte, que sin su sagrada trinidad “artista-crítico-comprador” prácticamente no valida su existencia. Una certificación de vida que los primitivos dicen no necesitar, porque volvamos al principio: el nombre es identidad y a la vez no.

Una vez más el vándalo profesional se ha salido con la suya. Y cada vez que ese nombre anónimo aparezca habrá que conducirse con cuidado para saber reconocer si se es un cómplice o una víctima.

En el centro de este juego de paradojas del street art surge el nombre de Banksy como el primero que se debate en la delgada línea de este contrasentido. Nadie sabe quién es y al mismo tiempo sus “pintas” y demás artefactos se cotizan con cierta decencia en el mundo del arte regular. Y aunque él insiste en autodenominarse como un “vándalo profesional” sus gestos solidarios en las calles de Londres y el mundo, así como sus intervenciones en museos y lugares de recreación, han llegado a repercutir en el inconsciente colectivo al grado de que los ayuntamientos defienden la conservación de los muros que ha tocado, las casas de subasta venden su obra sin preocuparse de cómo será removida y la aparición de una de sus ratas en cualquier parte del mundo es un suceso de noticia que anuncia: “Banksy estuvo aquí”.

Detrás de la rúbrica yace una risilla silenciosa. Una vez más el vándalo profesional se ha salido con la suya. Y cada vez que ese nombre anónimo aparezca habrá que conducirse con cuidado para saber reconocer si se es un cómplice o una víctima.

Un producto denominado “Una película de Banksy” no puede escapar a los simulacros de este artista. Si bien el medio es narrativo, el trampantojo distintivo del “hombre de las ratas” se hace presente.

Exit through the gift shop puede ser la historia del ascenso de Thierry Guetta, un paciente mental con una cámara, al patíbulo del arte, pero acaso es también la inteligente exposición disfrazada que hace Banksy del inevitable ciclo del arte, en el que un cualquiera que se introduzca en un medio y aprenda sus reglas puede reproducirlas a placer para una máquina de consumo masivo. Después de todo, y como se anuncia desde el título, lo único que pretenden los museos es que salgamos por la tienda de regalos.

Al final de la proyección persiste la risa, pero se tiene la ligera sospecha de que alguien detrás nuestro ríe más fuerte. Quizás sea ese cosquilleo, esa repentina necesidad que siente el cuerpo por poseer un pedazo de Banksy. Ya sea en la forma de un póster, una incosteable serigrafía o un muro, si es que la venta de uno de tus órganos saludables puede pagarlo. Hemos caído en la trampa del genial vándalo.

Y pensar que todo empezó con el nombre… ®

Archivado en Aquí no es aquí, Noviembre 2010

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