Apariencias infinitas

Contemplar y nombrar

Entre lo que se ve y lo que se nombra hay siempre un profundo vacío por el que se cuela el aire y las cosas sin sentido.

¿Cuál es el propósito irrefrenable de querer nombrar todo? Lo que vemos, sentimos y pensamos. Cuando, muchas veces, aquello que contemplamos se explica por sí mismo.

¿Para que sirve esa absurda necesidad de hacer que un discurso banal parezca inteligente, cuando algo que más que sentido requiere sensibilidad?

Contemplar, sentir y deleitarse con lo que se admira, con ausencia de sonidos, es la base fundamental para la experimentación de ciertos estados anímicos trascendentales. El arte no es ciencia. Por lo tanto no necesita explicarse. Se encuentra más allá de lo que pueda ser nombrado. Por ello, en cualquier tiempo, se vale parafrasear aquel viejo juego de palabras dadaísta: “Esto no es una pipa”. Ni una pared es una puerta ni tampoco una silla es un caballo. El trino de un pájaro me recuerda los ladridos de un perro. Y el mar, por muy lejos que uno lo escuche, siempre me hace pensar en una locomotora. Por eso lo que vemos, aun sin ser nombrado, siempre, será muchas cosas.

¿Eso que veo es la representación material del pensamiento de otros?

Y el rojo, con su infinita gama tonal, ¿es rojo? O simplemente fue nombrado así: rojo, para no llamarlo azul. ®

Archivado en Febrero 2012, Fotografía

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