Editorial

La cárcel: vigilar y castigar

En México, si el Estado no es fallido está muy cerca de serlo, por lo menos en regiones que escapan por completo a su control, sobre todo en el norte. Entre los espacios que han dejado de pertenecer al Estado y su monopolio de la fuerza se encuentran varios de los penales más importantes del país —por no hablar de las miserables cárceles pueblerinas en manos también de funcionarios corruptos y coludidos con los narcocriminales. En un porcentaje que debe ser alarmante, el Estado de derecho no existe, no cubre buena parte del territorio nacional.

Cárcel de Copenhague

Así las cosas, entre la fallida guerra contra el narco y la corrupción generalizada, es pertinente plantear varias preguntas relacionadas no solamente con la justicia, la seguridad y la viabilidad misma de un país donde hay miles de presos inocentes o que cometieron delitos de poca gravedad y en el que, paradójicamente, andan sueltos criminales peligrosos y funcionarios cómplices de distintas formas del crimen, igualmente funestos. En un Estado casi descoyuntado como éste, ¿quién nos va a decir qué es lo justo y cómo vamos a normativizarlo? ¿Cuáles son las leyes para enjuiciar a los culpables y quiénes los elegidos que las ponen en marcha? ¿Cuáles fueron los hechos históricos que moldearon nuestro sistema penal? ¿A qué huele la celda de un penitenciario antes de irse a dormir? ¿Cómo se comparan las cárceles y los presidiarios de México con los de Dinamarca? ¿Y el poder por qué viene a colación? ¿Cuáles son los mecanismos disciplinarios y cómo se puede moldear el comportamiento? ¿Qué queda del hombre después del trabajo forzado? ¿Cuánto tiempo dura un minuto en cadena perpetua? Y una vez más, ¿quién vigila al vigilante?

En Vigilar y castigar, un ensayo filosófico que no ha envejecido un día desde su publicación, Michel Foucault apunta lapidariamente:

Si algo político de conjunto está en juego en torno de la prisión no es, pues, saber si será correctora o no; si los jueces, los psiquiatras o los sociólogos ejercerán en ella más poder que los administradores y los vigilantes; en el límite, no existe siquiera en la alternativa prisión u otra cosa que la prisión. El problema actualmente está más bien en el gran aumento de importancia de estos dispositivos de normalización y toda la extensión de los efectos de poder que suponen, a través del establecimiento de nuevas objetividades.

La cárcel, ya se ha visto, no regenera a nadie y solamente ocasiona inútiles gastos millonarios. ¿Qué hacer? Por lo pronto, exigir una urgente reforma penitenciaria que vaya encaminando sus esfuerzos hacia un sistema penitenciario humanista y de veras justo, donde se trate incluso al peor de los criminales como persona y se insista en su reinserción en la sociedad cuando esto sea posible. Ningún sistema será perfecto, pero al menos puede buscarse la eliminación de atavismos y corrupción y superar las visiones arcaicas de las nociones del delito y el castigo. Ciertamente, el crimen atroz debe castigarse con dureza y justicia, pero las cárceles, definitivamente, deben dejar de ser universidades del crimen, y los funcionarios —a éstos sí hay que vigilarlos— deben dejar de ser cómplices de criminales poderosos. En esto la sociedad en su conjunto también debe participar, como lo hace ya exigiendo de varias maneras el cese a la guerra contra el narco y la legalización de las drogas.

Pablo Santiago, quien vivió en carne propia la cárcel, rescata el pensamiento de Peter Kropotkin, padre del anarco-comunismo, para indagar sobre los efectos que el encierro penitenciario puede tener en el individuo, más allá de lo que represente como institución de control social.

“He podido convencerme a mí mismo de que, en cuanto a sus efectos sobre el preso y sus resultados para la sociedad en general, las mejores prisiones reformadas —sean o no celulares— son tan malas, o aun peores, que las sucias cárceles antiguas. Ellas no mejoran al preso; por el contrario, en la inmensa y abrumadora mayoría de casos ejercen sobre ellos los efectos más lamentables. El ladrón, el estafador y el granuja que han pasado algunos años en un penal, salen de él más dispuestos que nunca a continuar por el mismo camino, hallándose mejor preparados para ello, habiendo aprendido a hacerlo mejor, estando más enconados contra la sociedad y encontrando una justificación más sólida de su rebeldía contra sus leyes y costumbres, razón por la cual tienen, necesaria e inevitablemente, que caer cada vez más hondo en la sima de los actos antisociales que por primera vez le llevaron ante los jueces”.

En esta edición de Replicante confluye una variedad de puntos de vista de analistas, periodistas y escritores mexicanos y de otros países sobre un tema acuciante y que dice mucho de las sociedades actuales: cómo se trata a los que han cometido delitos menores y a los grandes criminales. ®

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