El fin de las ciencias sociales

Los científicos sociales y la ciencia ficción

Más ocupados en promover sus carreras políticas y massmediáticas con discursos valorativos que en el progreso de los estados de conocimiento, algunos científicos sociales realizan investigaciones en las que la veracidad de sus conclusiones es irrelevante y su validación está amparada por el estilo narrativo y el cumplimiento de requisitos protocolarios. Investigaciones y militancias que a fin de cuentas son intrascendentes para transformar la realidad.

La militancia de los científicos

© Ángel Pantoja

“La constante mezcla de investigación científica de hechos y de razonamientos valorativos es una de las características más difundidas, pero también más perniciosas en los trabajos de nuestra especialidad”, apuntaba Max Weber en 1904 al referirse a la objetividad del conocimiento en las ciencias sociales, con lo que rechazaba el establecimiento de normas e ideales con el fin de derivar de ellos rectas para la praxis.1

En alusión a la cita de Weber, véase el siguiente ejemplo tomado al azar de la revista arbitrada Estudios Sociológicos —incluida en el índice de revistas científicas de Conacyt—, en el que la antropóloga Marta Lamas dedica “A Claudia Colimoro, realizadora de utopías” el artículo “Trabajadoras sexuales: del estigma a la conciencia política”, en el cual se ocupa de plantear propósitos de su militancia y no sólo de explicar un problema de investigación: “para construir una legitimidad sexual más equitativa, menos represiva, hay que desentrañar los procesos sexuales mediante los cuales las personas nos convertimos en hombres y mujeres”.2

Lo peor no es la inclusión de valoraciones u orientaciones ideológicas en textos arbitrados, sino el fenómeno de la espectacularización de las prédicas morales de los científicos sociales. Ellos son los cardenales de la democracia, los doctrinarios de la corrección política. Sus sentencias pontificias sobre lo que conviene o no para el país, la ciudadanía, los pobres o las instituciones a partir de juicios de valor parecen apuntar más al beneficio de sus carreras políticas y tecnocráticas que al avance en los estados del conocimiento de sus supuestas áreas de investigación. Institutos electorales, comisiones de derechos humanos, cámaras legislativas, dependencias de la administración pública y grandes medios de comunicación son más sus habitáculos que las aulas, los cubículos, las bibliotecas o los congresos académicos.

Ésa puede ser una de las explicaciones de por qué no hay ninguna aportación importante a las ciencias sociales que haya surgido en México. No hay una sola teoría identificada con algún autor mexicano. No hay un solo libro de un autor mexicano en los programas de estudio de las licenciaturas o posgrados en ciencias sociales en otros países, ni siquiera en los hispanoparlantes, con excepción de los que ha coordinado Luis F. Aguilar en cuanto a políticas públicas. En lugar de ello, por lo general los científicos sociales en México se dedican a reaccionar contra las obras que se escriben en otros países, principalmente en Estados Unidos, para despotricar contra sus autores con insultos o para efectuar juicios de valor sobre sus ideas.

En radio ya hay mucho más horas de programas de análisis político y social que radionovelas, y en televisión falta poco. El camino a las cámaras y los micrófonos pasa cada vez más por la ruta de un doctorado en el extranjero y una cátedra en una institución de educación superior privada de prestigio que por el Centro de Educación Artística de Televisa. Los científicos sociales pasaron de invitados a conductores y ahora comienzan a sustituir a periodistas y actrices como lectores de noticias.

Los cuarteles ideológicos

Por si fuera poco, además de las prédicas morales de los científicos sociales en el ágora, los espacios de investigación están al servicio de la corrección política y de la militancia de sus directivos e investigadores, así como las rectorías son plataformas para luego ocupar puestos de elección popular o en la administración pública.

Por si fuera poco, además de las prédicas morales de los científicos sociales en el ágora, los espacios de investigación están al servicio de la corrección política y de la militancia de sus directivos e investigadores, así como las rectorías son plataformas para luego ocupar puestos de elección popular o en la administración pública.

Allí está el caso de Marcela Lagarde: diputada, militante feminista e investigadora. En su ficha curricular se lee: “Profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México; feminista y asesora de diversos organismos internacionales y de organizaciones de mujeres de América Latina y de España. Fue militante del Partido Comunista Mexicano y fundadora del PRD. Es autora de varios libros y de múltiples trabajos de investigación sobre la condición de género y feminismo, y sobre desarrollo y democracia. Es secretaria de Organización del Colegio de Académicos Universitarios de la UNAM, coordinadora de los Talleres Casandra de Antropología Feminista”.3 ¿Es política de carrera o profesora-investigadora científica? ¿Se puede ser las dos cosas al mismo tiempo sin que el trabajo académico se convierta en una extensión de los intereses de partido? Así como en el caso de Diego de Fernández de Ceballos que ha litigado a favor de particulares y es senador de la República, ¿no puede en este otro también considerarse que hay un conflicto de intereses?

En su Primer informe de trabajo como diputada, con el subtítulo “Vinculación académica”, la doctora Lagarde dice: “De manera reducida continúo mi trabajo académico en la Universidad Nacional Autónoma de México… En este periodo imparto el Seminario de Teoría Política Feminista en el Posgrado de Sociología”, y luego se lee una larga cuenta de otras actividades que realiza en esta universidad, entre las que incluye las que lleva a cabo en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CIICH).4 Sin duda, una agenda sin espacios en blanco, como para poder cumplir también con su “trabajo parlamentario internacional”.

La majestad del protocolo

Lo que socialmente reconocemos como ciencia no es otra cosa que aquello que los expertos convienen en ello. La veracidad de las conclusiones de cualquier investigación es irrelevante, especialmente si confirman los postulados de la corrección política y si el autor posee prestigio. El método es lo único que cuenta.

De eso trata el libro de Alan Sokal Imposturas intelectuales [Barcelona: Paidós, 1999], quien adquirió notoria fama en 1996 por haber dado a conocer que le fue publicado un artículo en la revista arbitrada Social Text, plagado de errores y falacias que anotó deliberadamente. Lo que hizo fue cumplir rigurosamente con el protocolo requerido: la manera de citar y referir la bibliografía adecuada, el uso de una jerga sofisticada y un estilo para apantallar.

Otro autor, William M. Epstein, escribió un artículo falaz en materia de trabajo social basado en autores ficticios y en otro artículo publicado dieciocho años antes. De 150 revistas, aproximadamente, a las que dirigió su artículo, sólo seis árbitros “demostraron tener un conocimiento real del tema”, doce lo aceptaron y sólo dos se percataron de que se trataba de un engaño. La conclusión de Epstein fue que “la mayoría de los árbitros son ignorantes o incompetentes. Se podría ir aún más allá, acusándolos de arbitrarios, en cuanto a rechazar artículos sin someterlos a arbitraje, o hacer una parodia del arbitraje, desestimando un artículo por ‘irrelevante’”.5

De modo que el conocimiento se expande a los lados, casi sin avanzar, como un creciente cúmulo de referencias recíprocas entre los miembros del Sistema Nacional de Investigadores para cumplir cuotas de citas y otras metas relativas a los indicadores para permanecer en él. El fin de la investigación ya no es entonces el conocimiento sino su performación.

La irrelevancia del conocimiento de lo social

Los deseos y las militancias de los científicos sociales, así como sus conocimientos, son irrelevantes para transformar la realidad —como dicen. La tecnología es la que produce los cambios. Por eso los egresados de ingenierías tienen un mercado laboral mucho más amplio y mejor pagado que el de los egresados de licenciaturas en ciencias sociales.

Los deseos y las militancias de los científicos sociales, así como sus conocimientos, son irrelevantes para transformar la realidad —como dicen. La tecnología es la que produce los cambios. Por eso los egresados de ingenierías tienen un mercado laboral mucho más amplio y mejor pagado que el de los egresados de licenciaturas en ciencias sociales.

Por ejemplo, no han sido las politólogas, sociólogas o antropólogas feministas las que han promovido la liberación de sus congéneres, sino la industria farmacológica que produjo la píldora anticonceptiva —investigación financiada por la Fundación Rockefeller— y el Banco Mundial que ha influido en las políticas públicas de los países pobres para que reduzcan sus tasas de natalidad. Asimismo, las industrias culturales y del vestido, motivados por sus intereses económicos —y recientemente muchos otros avances médicos y farmacológicos— cambiaron los estilos de vida de millones de mujeres —y no los estudios de género.

Los estudios laborales, esos que se dedican a estudiar al movimiento obrero y los sindicatos, son como trabajo arqueológico ante las dinámicas de los mercados de trabajo condicionadas por los procesos de globalización dominados y las tecnologías de la información. Algo parecido puede decirse de los estudios sobre la pobreza, que se debaten entre fórmulas e indicadores para medir la cantidad de miserables y polemizar sobre cuál es la mejor metodología para ello.

Por último, ¿no han sido más importantes las relaciones con Estados Unidos y el peso de los poderes fácticos con sus intereses económicos para promover la transición democrática en México que todos los textos publicados en revistas de ciencias sociales y los discursos de sus autores?

De la globalifobia panfletaria de Chomsky al manifiesto tercerista fracasado de Giddens, o de la videofobia apocalíptica de Sartori a la esquizofrenia antipublicitaria de Klein, los científicos sociales hacen cada vez más prescindibles a los novelistas y escritores de ciencia ficción. ®

—Publicado originalmente en Replicante no. 8 “Sólo ciencia”, verano de 2006.

Notas
1 Max Weber, Sobre la teoría de las ciencias sociales, México: Planeta, 1993, p. 19.

2 Marta Lamas, “Trabajadoras sexuales: del estigma a la conciencia política”, Estudios Sociológicos, El Colegio de México, vol. XIV, núm. 40, enero-abril de 1996, p. 45.

3 Grupo Parlamentario del PRD en la Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, “Semblanza. Diputada María Marcela Lagarde y de los Ríos”.

El Instituto de las Mujeres del Distrito Federal consigna en su sitio en internet el nombre de Marcela Lagarde entre los 44 de la “lista de mujeres destacadas” “en el curso de la historia”, junto con celebridades de la talla de Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez, Digna Ochoa, la comandanta “Ramona”, “Nadia Comanesi” (sic) y “Coatlicue” (sic), entre otras. Véase www.inmujer.df.gob.mx

4 Marcela Lagarde y de los Ríos, Primer informe de trabajo. Por la vida y libertad de las mujeres, México: Grupo Parlamentario del PRD en la Cámara de Diputados, LIX Legislatura, pp. 13-15. Es autora, por cierto, del capítulo “La condición humana de las mujeres” en un libro publicado por el CIICH de la UNAM.

5 Véase Mauricio Shoijet, “La broma de Sokal y otras experiencias”, La Jornada, 4 de septiembre de 2000.

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Publicado en: Destacados, Enero 2012, La ciencia del futuro

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