MIGUEL VEGA, PINTOR

El presente congelado

La pintura tiene que aludir aunque sea de manera tangencial a la realidad, una entidad en crisis, para lograr algún tipo de empatía con el espectador, si no no trasciende su función ornamental. La realidad hace tiempo que se ha mudado a los medios de comunicación visuales, que a su vez se retroalimentan del enjambre tecnológico y el auge de las redes sociales como el medio relacional preferido de la era cibernética.

Los óleos que pinta Miguel Vega (Guadalajara, 1982) transmiten una extraña inquietud porque vemos en ellos un lenguaje reconocible, cercano y familiar aunque a primera vista no sepamos el porqué.

La serie de retratos de mujeres que empezó a pintar en 2007 se realizaron a partir de fotografías que amigas y amigos publicaban en las redes sociales del Facebook o el MySpace, utilizando el tipo de encuadre que se acostumbra en este tipo de retratos con la cámara del celular. Por esa razón nos parecen familiares, ya que son el tipo de fotografías más comunes y que en mayor número se hacen y las fotografías que más vemos.

Miguel Vega traslada al óleo una técnica convencional que lleva trabajando más de diez años, la estética visual predominante en una época en la que todos nos hemos vuelto productores de imágenes, de mensajes, en la que el contenido principal es la inmediatez por encima de cualquier otra consideración, por ejemplo las estéticas o las mínimas nociones de fotografía con sus tradicionales valores como la profundidad de campo. El angular que trae por default la mayoría de celulares con cámara todo lo aplasta, lo acerca a primer plano, asegurando en cada toma que el sujeto fotografiado aparezca en el centro del encuadre, pareciendo que está a punto de salirse de la foto o nosotros a punto de meternos en ella de tan cerca que parece que estamos, en realidad, al alcance de la mano, que es desde donde se capturan las imágenes vía celular.

Esa inmediatez, ese dinamismo, es lo que nos llama la atención desde un primer instante en las pinturas de Vega. No son retratos a partir de un estudio fotográfico en el que la modelo posa, son momentos y posturas atrapados del instante con la cámara de un celular, en un descuido, y por eso parecen la interrupción de alguna acción. De hecho, la pintura de Vega tiene un dinamismo latente porque en realidad esos retratos no prefiguran un presente congelado y detenido, sino que son el segundo antes de la siguiente acción, que queda en suspenso provocando esa ligera sensación de ansiedad.

Los retratos de Miguel Vega no nos hablan de lo que fue, ni siquiera de algo que es, sino de la vida que hay inmediatamente después de que sus modelos hayan sido capturadas por la cámara ágil y presta del celular.

Por eso a los rostros en sus retratos recientes los cubre una extraña capa de celofán, como cuando nos envían un regalo, ahondando en la frialdad emocional y soledad, incomunicación en definitiva, que nos depara esta época de interconectividad y llena de amigos virtuales e intercambios de instántaneas como las que pinta Miguel Vega. Artista visual que apunta a una trayectoria de largo recorrido. ®

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Publicado en: Mayo 2010, Plástica

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