Miradas independientes en España

Entre el fascismo y la libertad absoluta

Dos cineastas. Alberte Pagán: “No pago precio por rodar lo que me da la gana: recibo el premio de la libertad absoluta”. Emilio Ruiz Barrachina: “España es el único país donde el fascismo no fue derrotado”.

Emilio Ruiz Barrachina

No tienen demasiado que ver, valga la expresión, entre sí. O no: ambos son cineastas, todavía poco conocidos, con trabajos en el cine muy diferentes. Uno es madrileño y el otro gallego, pero por su forma de ver el cine y la vida en general podrían ser de cualquier sitio. Quizás lo que más los une es que son inclasificables y eso, para un periodista, es una lata. No poder ponerles etiquetas, no poder encajarlos en un movimiento, en una generación, en un grupo, es acongojante. Quizás es falta de apertura mental de un servidor. Puede que tras esta charla, sean ustedes capaces de adscribirles un lugar en el mundo.

Alberte Pagán estaba en Borneo cuando fue sometido a mis preguntas. Emilio Ruiz Barrachina en Madrid, rodando La venta del Paraíso. El diálogo entre la tercera isla más grande del mundo y la ciudad más contaminada de España quedó de esta forma:

—¿Qué estáis preparando ahora mismo?

Alberte Pagán: Estoy retocando la banda sonora de una película militante que rodé en Palestina el verano pasado, y que se llamará Película urgente por Palestina. Las imágenes hace ya tiempo que están montadas pero quiero grabar el comentario en varios idiomas. Ya tengo registradas las versiones en gallego, castellano y árabe, y quedan pendientes en inglés y hebreo. A pesar de tratarse del mismo comentario cada locutor aporta su personalidad al texto, modificándolo, haciéndolo propio. Es una especie de “anti Descripción de un combate”, de Chris Marker, película sionista donde las haya, y a la que se alude directamente en el comentario cuando la voz dice: “Esto no es la descripción de un combate. Esto es el combate”.

Emilio Ruiz Barrachina: Estoy rodando la adaptación de la novela La venta del Paraíso, que publiqué hace unos años y que trata sobre la gente que está harta de la promesa de tanto paraíso y quiere volver a las raíces. El guión lo escribí junto a Gonzalo Suárez y Andrés Acevedo en tono de comedia. Es una crítica divertida y cruel sobre los nuevos valores impuestos por la economía. Pero más allá de una problema puntual o social aborda en realidad la esencia rebelde del ser humano. No sé si a mucha gente le gustará ver Madrid saltar por los aires.

—¿Creéis que tienen suficiente mercado o adecuado público los documentales que se hacen en España? ¿O nos falta músculo en el marketing en nuestra anémica industria cinematográfica?

Alberte Pagán: No me gusta hablar de mercado, porque yo no quiero venderle nada a nadie. El oficio de vendedor es el peor del mundo, porque consiste en convencer a la gente de que necesita cosas completamente innecesarias. Si hablamos de cine, hablamos de cine. Si hablamos de industria cinematográfica, entonces no tengo nada que decir, porque es un tema que no me toca: ni formo parte de ella ni vivo de ella ni pretendo vivir de ella. Y tampoco considero que lo que yo hago se pueda calificar de “documental”. Ahora, ¿hay público suficiente para el cine experimental? Yo creo que sí. ¿Hay espacios donde mostrarlo, y cobertura crítica? Muy poco, aunque cada vez más. Las películas nunca fueron tan accesibles. Están ahí; quien quiera puede acceder a ellas. En mi caso, la mayoría están colgadas en internet; quien quiera una versión mejor no tiene más que ponerse en contacto conmigo. Esa facilidad, esa accesibilidad, está ahí, sin tener que meter al mercado de por medio.

Emilio Ruiz Barrachina: Nos falta tradición para ir a ver documentales a las salas de cine. Yo comparo el documental al ensayo en literatura: siempre tendrá menos público porque cuando se profundiza en los temas o se sube el listón cultural el gran público lo aparta. De todas formas el documental va teniendo cada vez más público. Creo que tiene otras vías, como internet o el DVD, donde funciona mejor incluso que en salas. Al menos eso ha sucedido con Morente, un documental que ha llegado a una nominación en los Goya, lo cual es de por sí un premio. Yo no pertenezco a la Academia de Cine, así que poco puedo opinar sobre no haber conseguido el premio. No obstante, el día en que la Academia se preocupe más por el cine que por la política habrá ganado bastantes enteros. (El documental que ganó ese Goya al que aspiraba el documental de Barrachina iba sobre el juez Garzón).

Alberte Pagán: No me gusta hablar de mercado, porque yo no quiero venderle nada a nadie. El oficio de vendedor es el peor del mundo, porque consiste en convencer a la gente de que necesita cosas completamente innecesarias. Si hablamos de cine, hablamos de cine. Si hablamos de industria cinematográfica, entonces no tengo nada que decir, porque es un tema que no me toca.

—Emilio Ruiz Barrachina rodó un documental en Sudán, Pagán otro en Zimbabwe, ¿qué os llevó a África?

Emilio Ruiz Barrachina: El espíritu aventurero, supongo. Ya lo traía de Colombia, donde viví nueve años como reportero. Me interesaba mucho el tema de las niñas soldado que regresan de una guerra, la diferencia entre los chicos que vuelven a sus casas como héroes y las chicas que regresan como un problema, pues la mayoría vuelven con hijos, sida, etc… suelen ser expulsadas y acaban en las redes de prostitución. Es un problema que todos estos países están escondiendo.

Alberte Pagán: Lo de Zimbabwe fue una completa casualidad. Yo no veo ninguna diferencia entre rodar en Galiza o en Zimbabwe. Si la protagonista (y coautora) de Tanyaradzwa fuese gallega hubiese resultado algo muy parecido. Las personas somos iguales en todas partes. Por eso en alguna ocasión he definido Tanyaradzwa como una película anti-etnográfica, porque la etnografía busca la diferencia, acercándose a veces demasiado a la pornografía, y yo lo que buscaba en Tanyaradzwa, la persona, no era la diferencia, sino lo que teníamos en común. Al mismo tiempo, y creo que es algo que las palabras introductorias de la película dejan claro, es una película sobre Galiza, sobre la opresión cultural, la dominación política, la diglosia: probemos si no a cambiar la palabra “shona” (el idioma) por la palabra “gallego”, e “inglés” por “español” y veremos cómo todo encaja. Tuve que irme muy lejos para poder ver Galiza en perspectiva. No veo a Galiza de manera diferente al resto del mundo. Quizá la vea con algo de presbicia, precisamente por tenerla tan cerca. A veces hace falta alejarse de ella un poco para poder enfocarla. Mis películas de “temática gallega”, por decirlo de alguna manera, están hechas desde la distancia, tanto temporal como geográfica. Es el caso de Bs. As. Pero yo no diferenciaría entre lo que ruedo en Galiza y lo que filmo en otros lugares. Pó de estrelas, por ejemplo, podría haber sido hecha por un cineasta de cualquier lugar del mundo, y sin embargo yo creo que es muy gallega. La fotografía de Faustino 1936, que era la que iniciaba Bs. As., me es muy próxima, porque se trata de mi familia. Pero eso a nadie le importa: podría tratarse de cualquier familia y de cualquier conflicto bélico del mundo.

—También os une otro tema que habéis abordado en diferentes formatos: el franquismo. Mientras Barrachina en Le ordeno a usted que me quiera se mofa de la vida amorosa del dictador Franco en formato ensayo, Alberte Pagán en Faustino 1936 estudia de forma artística la herida de la guerra y la emigración, ¿Qué opináis de lo que está pasando en este país con Garzón y la memoria histórica? ¿Creéis que necesitamos aún muchos ensayos y películas sobre la herida del 36, igual que hicieron los americanos con Vietnam?

Alberte Pagán: Tampoco vayamos a convertir a Garzón en un santo, cuando es uno de los responsables directos de toda la represión política y cultural que sufrió y sufre el pueblo vasco. Pero su juicio es una auténtica farsa que demuestra quién tiene el poder en este país y cuáles son los cotos vedados que no se pueden tocar. Que se ilegalicen partidos porque no “condenan” la violencia (una violencia muy concreta, por cierto) y que sin embargo nos gobierne un partido que no sólo se negó repetidamente a condenar los años de franquismo sino que se escandaliza cuando se retira una estatua del dictador, es esperpéntico. Que la Fundación Francisco Franco campe a sus anchas y que los parientes de las víctimas sólo pretendan “reabrir viejas heridas” es insultante. No creo que haya que hacer muchas más películas sobre la guerra civil, ya hay muchas. Creo que deberíamos hacer películas sobre este momento político, no sobre Franco, sino sobre sus herederos, sobre cómo se están riendo de todos nosotros. O mejor aún: quizá deberíamos dejar de hacer películas, y de trabajar, y dedicarnos a tomar las calles hasta que los echemos a todos.

Emilio Ruiz Barrachina: Yo creo que revisar la historia, de uno y otro lado, siempre es un ejercicio de sanación si no se hace desde el rencor y el revanchismo. En España tenemos dos problemas principalmente: Uno es común a otros países y es que una guerra dura cien años y todavía la nuestra no ha terminado. La otra, que nos diferencia del resto, es que éste es el único país donde el fascismo no fue derrotado. Así que todavía quedan un par de generaciones para que podamos estudiar nuestra guerra con cierta paz.

—Derechos de autor, propiedad intelectual: ¿creéis que se está adaptando bien la industria cultural al universo internet y de la copia infinita o debería mejorar?

Emilio Ruiz Barrachina: Creo que internet ha superado hace tiempo todas las previsiones y ha dejado atrás la legislación, que suele ser lenta y poco previsora. Ahora va a ser complicado ponerle puertas al campo, pero algo tendremos que hacer entre todos para llegar a un acuerdo entre los derechos de los creadores y los derechos de los internautas. Esta vez va a ser un tema más de consenso que de aplicación de leyes, poco eficaces en internet.

Alberte Pagán: Si la propiedad privada es un robo, la propiedad intelectual es completamente obsoleta. La industria cultural directamente no se está adaptando, ni bien ni mal. Lo que quieren estos señores industriales es vivir a costa del trabajo de los demás. Porque debemos aclarar que, cuando se llenan la boca con palabras como “derechos de autor”, en realidad están diciendo “derechos de productor, de editor, de compañía discográfica”, porque obligan a los artistas, a los creadores, a “ceder” sus derechos (y si no aceptas, la alternativa es la autoedición). Y lo que es triste es que sociedades privadas con ánimo de lucro como la SGAE, que aparte de corruptas están esquilmando a todo el mundo, campen libremente arrogándose la representatividad no sólo de todos los artistas españoles, sino del mundo (pregúntale a cualquier tabernero que ponga música africana en su bar cuántas veces ha tenido que ir a juicio por negarse a pagarles). Una pandilla de gángsters que cuentan con el apoyo del gobierno, que son otra pandilla de gángsters. Y lo que aún es más triste es que los artistas, o algunos artistillas, defiendan a la SGAE, cuando ellos mismos han malvendido sus derechos a las discográficas o editoriales. Y lo que es tristísimo es que utilicen el argumento de que “la cultura hay que pagarla”. Ahí se les ve el plumero. La privatización de la cultura. Era lo que nos faltaba. Si la cultura hay que pagarla, eso quiere decir que sólo podrán tener acceso a ella los que tengan dinero. Y los pobres, además de apaleados, a seguir incultos de por vida. Tristes tiempos se avecinan.

Versos sueltos

Como cada uno es un caso aparte, hay preguntas que sólo podrían responder sobre su esfera particular.

Alberte Pagán

Alberte Pagán

—¿Qué precio pagas por rodar lo que te da la gana?

—No pago ninguno. Al contrario, recibo el premio de la libertad absoluta. Podría en algún momento dado echar de menos un gran aparataje de medios, una grúa gigantesca con la que hacer planos secuencia impresionantes. Pero, ¿para qué? ¿Para que el productor de turno me diga lo que tengo que hacer y lo que no debo hacer? Si hay producción, automáticamente se espera un beneficio: esa es la lógica del mercado.

—¿En qué cambiaste desde que empezaste?

—Ahora soy más viejo, y dudo que más sabio. Aparte de eso, no creo que hayan cambiado mis intereses ni mi manera de hacer cine.

—¿Te sientes próximo a alguien en tu forma de expresarte audiovisualmente? ¿Algún mentor, algún ídolo, aunque ya haya caído?

—Yo sigo una tradición cinematográfica que es tan vieja como el cine, y que ha recibido diferentes nombres a lo largo de la historia: cine puro, cine poemas, vanguardia, experimental, formal, underground, materialista, estructural, crítico, abstracto, no figurativo, alternativo… Lo que indica tal variedad de nombres es que se trata de un cine inclasificable, que no sigue ningún código, completamente libre. Una puerta abierta a la libertad creativa absoluta: películas que se realizan sin cámara, proyecciones en las que no hay película en el proyector… Todo vale. Y son numerosos los cineastas a los que me siento próximo como para citar algún nombre.

—¿No temes cierto autismo en lo que estás haciendo? ¿No te cabrea que te etiqueten en cualquier rincón de “actividades artísticas” y pasen de lo que denuncias en tus obras?

—Igual que no me importa el devenir comercial de mis películas, tampoco me importa en exceso la recepción crítica (cuando existe, pero ése es otro tema), que no deja de ser un tipo de mercadeo. A la “gente del cine” en general les falta un pequeño hervor político. Y a los periodistas otro. Los primeros “acusaron” a Pó de estrelas de ser “ineficaz”, “demagógica” e “inocua”. Y alguien llegó a mencionar, literalmente, “el irresponsable discurso de Pó de estrelas”. ¿Irresponsable? Esta gente es la que luego aplaude el trabajo de Chris Marker sobre Israel.

Emilio Ruiz Barrachina

—Quizás hasta ahora tu película El discípulo, una historia alternativa sobre Cristo, sea tu trabajo más controvertido. Luego de lidiado el toro, ¿qué regusto te ha quedado?

—En países como Inglaterra es una película muy valorada. Aquí ha sido escondida y fustigada, pero era lo esperado. Con el tiempo va ganando. Yo creo que a la gente le dio cierto reparo acudir a las salas. Sin embargo, para este diciembre salió el DVD y se ha vendido mucho, como si el público hubiera preferido verla a solas en casa.

Emilio Ruiz Barrachina: Nos falta tradición para ir a ver documentales a las salas de cine. Yo comparo el documental al ensayo en literatura: siempre tendrá menos público porque cuando se profundiza en los temas o se sube el listón cultural el gran público lo aparta. De todas formas el documental va teniendo cada vez más público.

—Por aquel trabajo te llamaron incluso “anticristo”. Se supone que con tu “llegada” se avecina el Apocalipsis. ¿Es este año entonces, en diciembre, como dicen que dijeron los mayas?

—Yo ya le respondí a la señora que me lo dijo en Lérida que cómo se le ocurría decirme eso con la cara de seminarista que me gasto. España es un país donde todavía pesan mucho los púlpitos, y desafortunadamente será así por mucho tiempo… más allá de diciembre me temo.

—Tu primera película fue A la sombra de los sueños, basada en un libro tuyo del mismo título. ¿Qué se aprende en un primer rodaje?

—Se aprende más que en toda la carrera junta. Aprendes sobre todo de los errores y a convivir con un equipo de gente muy dispar. Y también se aprende mucho de técnica y de producción. Aquella película, una de las primeras digitales rodada en España, ha sido la base para seguir dirigiendo y afrontando temas con cierto riesgo.

—Tus comienzos fueron en el periodismo, en Latinoamérica, e incluso has ganado el premio de poesía “Rubén Darío”. ¿Notas grandes diferencias entre ser periodista, cineasta, poeta o novelista?

—Primero me vienen las ideas y luego estudio la mejor forma de plasmarla. En algún caso he optado por hacer novela y guión, o viceversa. La diferencia entre el cine y los demás géneros es que una película la hace mucha gente, mientras que lo demás es un trabajo solitario y de responsabilidad única. Me gusta escribir después de lidiar una película porque esa soledad que te permite la literatura, al menos en mi caso, es necesaria para seguir creando. ®

Más información en las webs: Alberte Pagán, IMDB, IMDB y YouTube.

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Publicado en: Destacados, Marzo 2012, Otro cine es posible

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