Reto de perros

Fragmento de Cuartos para gente sola

Aislado en un inmundo cuarto de azotea, Edén sandoval vive entre el tedio cotidiano y los abusos de una casera paranoica. Un día, ante la oportunidad de ganar una apuesta, acepta enfrentar a un peligroso perro de pelea en una arena clandestina. El dispar duelo probará si puede quebrarse la materia de la que está hecho un guerrero del infortunio.

Se juntaron las apuestas y todo quedó listo. Algunos mi­rones ya se habían retirado del terreno, quizá exhaustos de tanto grito y perturbados por lo sangriento de la car­nicería. No obstante, aún quedaba una buena cantidad de vagos decididos a presenciar la última tanda de la noche.

Me recorría un escalofrío, la emoción me raspaba el paladar, fumaba ansioso en sustitución de un trago de alcohol, que para entonces necesitaba desesperadamente. Contagiado por la sed de sangre y el morbo petulante del público, quería intervenir de algún modo, pero sin decidirme a apostar, sólo me interesaba el combate en sí mismo y repasar mis conocimientos sobre perros. Pu­diera parecer absurdo que eso mismo no me motivara a jugar dinero, pero no estaba dispuesto a correr el riesgo de que en una sola pelea mis pronósticos sobre qué ani­mal debería de ganar en razón de su talla y energía se de­rrumbaran por un rato de mala suerte. Es un espectáculo hipnótico verlos ladrar y revolcarse furiosos, enseñando al adversario sus blancos colmillos romos y mortíferos como estacas, caminar en círculo acechando el cuello que habrán de desgarrar. Todo ello es lo que lleva a un perro a ganar la pelea, pero necesita de mucha fuerza en las patas traseras para impulsarse y, dado el caso, sobrepo­nerse a una caída que lo coloque al borde de la muerte; debe aprisionar de una dentellada el cuello del adversario y con el mismo impulso ponerlo de lomo al suelo.

Todos sabíamos que nadie saldría de pobre con las apuestas, pero la emoción del combate exigía de ello. Era el aderezo de la ensalada. Lo único que importaba era ganar unos pesos y reír del perdedor, un perro, a fin de cuentas; a su dueño, simplemente no se le hablaba, no tiene caso estar cerca de quien ya defraudó la confianza de otros, había que esperar a que trajera otro animal, y en caso de que ganara entonces sí, expresarle respeto a cam­bio de unos cuantos pesos. ¿Qué era el respeto, si no, entre esa masa excitada y demandante? Una vez de regreso a nuestros lugares de origen, todo retornaría a la rutina. Negociábamos un rato de desahogo.

Colocaron a los dos perros en el centro de la arena y ambos entrenadores llevaron a cabo la prueba de lim­pieza. Los tipos sacaban sus lenguas tanto como podían para pasarla una vez y otra vez desde el hocico hasta la punta de la cola. Por momentos, lentamente; otras veces de prisa, tomándose breves lapsos de reposo para escupir, renovar la saliva y continuar gustosos mientras les aca­riciaban el lomo. Al terminar, azuzaron a sus animales, los hocicos quedaron a unos cuantos centímetros. Los ladridos eran cavernosos, desesperados y llenos de an­siedad. Los hombres se pusieron de acuerdo, desabrocha­ron los collares y salieron del óvalo.

La decepción y la burla inmediata fueron generales, uno de los perros se echó a tierra apenas sintió el hocico de su contrincante y entregó su cuello aullando de mie­do. El inminente ganador lo mordía y agitaba la cabeza buscando desgarrarle la piel. Entre los aullidos de dolor y los gritos de los presentes se generó una confusión que estuvo a punto de terminar en una bronca gene­ral. El dueño del perro sometido le gritaba al otro que quitara a su animal de encima, resignado. Pero era casi imposible, el Pitbull dominante arrastraba a su presa y a cada dentellada le ganaba un pedazo más de piel; no tardaría en romperle la tráquea. El otro animal patalea­ba, gemía y aullaba indefenso y con la cabeza inmóvil, olfateando su muerte.

El dueño del perro ganador esperó a que éste resolla­ra, entonces lo jaló de la cola mientras que con la mano libre trataba de agarrarlo de los belfos. Luego de un rato logró ponerle el collar metiéndole un palo en el pequeño hueco que se formaba en el hocico. La nula resistencia del otro perro ayudó a destrabarlo poco a poco. Al fin lo controlaron y pudieron retirarlo de la arena en medio de gritos y bromas insultantes que comparaban la virilidad del perdedor con la de su dueño. Apenas se vio libre del castigo, el perro salió corriendo despavorido a refugiar­se en un rincón lejano, desde donde gruñía y se revolca­ba, restregando su cuello contra la tierra seca. El dueño del Bull Terrier que quedó fuera del sorteo aprovechó el momento para acercarse rápidamente al organizador y ofrecer a su perro, pero el ganador del último combate se rehusó satisfecho, temeroso de la fuerza de su nuevo contendiente. Acariciaba a su animal mientras miraba en torno suyo, orgulloso. Poco después salió del óvalo y lue­go del baldío en compañía de otro hombre que lo alcanzó en la barda. Nadie se preocupó porque volviera a lamer a su mascota.

El público permaneció expectante, indeciso de reti­rarse, pendiente de un alegato secreto que sostenían el organizador de las peleas y el retador. Tardaron unos cuantos minutos hasta que al fin se pusieron de acuerdo. Uno fue por su perro y lo condujo al centro de la arena. El otro llamó a su ayudante, le dio instrucciones y fue al centro del óvalo. El mandadero no tardó en regresar con un costal de lona que cargaba al hombro con mucho esfuerzo. Lo depositó en la tierra y de inmediato regresó a su puesto de vigilante. El organizador alzó la voz para que todos lo oyéramos:

–A ver, aquí el amigo apuesta veinte mil varos a quien se aviente un cerrón con su perro, y aparte regala un ca­chorro. Su animal gana si los tira al suelo y los agarra de una pierna, o si el luchador grita que paren la pelea. Quien se anime gana si mata al perro o lo inmoviliza totalmente.

Risillas nerviosas y ruido de zapatos removiendo la tierra fueron la primera respuesta.

Nadie miraba a los dos hombres situados en el centro del óvalo, la atención se centraba en el perro, jadeante y con la legua de fuera. Se veía tranquilo, manso.

–Qué, ¿no se avientan? Aquí en el costal hay una malla de alambre para protegerse desde la cabeza hasta aquí –el tipo señalaba los muslos y miraba retadoramente a los presentes–. Órale, estaban muy animados, no me van a decir que le tienen miedo a este pinche perrito. Chingá, más mordidas les dan allá afuera y ni de pedo l’hacen, aquí siquiera se van a ganar una buena feria. Piénsenlo bien.

Instintivamente hubo quienes recularon; escupían y se miraban entre sí, taimados, viendo si de casualidad halla­ban entre ellos quien aceptara la apuesta. Otros optaron por cruzarse de brazos como si no les cayera el veinte. Sentían que la afrenta no iba dirigida a ellos, ya sea por debilidad física o porque estaba sobrentendido que no te­nían otra intención que gozar de las peleas. Eran los que más ganaban sin arriesgar dinero o presencia, ocultando sus risotadas tras la espalda de los que apostaban o se mantenían en el filo de la cerca metidos en los combates y el dinero que se les abanicaba inalcanzable.

La sangre estaba a punto de hacerme explotar las sie­nes como si el reto me lo hubieran hecho de frente. Mi orgullo estaba lastimado al saberme en medio de energúmenos que ahora no tenían valor siquiera para repli­car algún pretexto.

Se quedaban callados, igual que mis compañeros de trabajo cuando el supervisor los regañaba amenazándolos con quitarles la chamba, como si no hubiera otra forma de ganarse ese sueldo miserable. En cuclillas, el apostador acariciaba a su perro y presumía un fajo de billetes enro­llado con una liga. Lo odié por prepotente y fanfarrón, seguro de que la oferta sería rechazada y su orgullo que­daría intacto. Hasta como cabrón iba a quedar.

Las manos me sudaban. Mi emoción iba por el filo de una hoja de afeitar. Sabía que nadie me tomaría a mal no hacer caso del reto, nadie me conocía, era una mancha más entre ellos, ¿a quién le importaba lo que yo decidiera?, bastaba con irme de ahí y regresar en otra oportunidad confundiéndome entre la bola. La sensación que me abra­zaba era similar a cuando uno está a punto de darse en la madre con alguien: estudiando las posibilidades, propias y las del adversario para dar un primer buen golpe y no caer al suelo derrotado, que nadie dijera que se pierde por pendejo. El asunto es no echarse para atrás.

Apenas me doy cuenta de la intensidad de mis exhala­ciones tibias y apestosas a clorofila. Nadie en ese momen­to existía en torno mío. Todo tomaba un matiz fantasmal, que me asediaba para atestiguar mi reacción y registrarla en el ambiente como yo en mis obsesiones.

No dije una palabra. Salté la bardilla y di unos pasos en dirección al apostador. De pronto me detuve con la vista fija en el animal. Los murmullos zumbaban en mis oídos igual que cuando uno va a ser víctima de un desmayo. ®

—Fragmento de Cuartos para gente sola, México: Almadía, 2012. Reproducido con autorización de la editorial. Título de Replicante.

Archivado en Fragmentaria, Junio 2012

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