Todo el norte

Élmer Mendoza recuerda a Daniel Sada

A propósito de la desaparición de Daniel Sada (Mexicali, 1953-Ciudad de México, 2011), una de las voces más destacadas en la escritura del norte tuvo a bien hacer la siguiente remembranza.

Élmer Mendoza

Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), narrador, dramaturgo, profesor universitario, ha publicado los siguientes títulos: Mucho qué reconocer (1978), Trancapalanca (1989), El amor es un perro sin dueño (1992), Cada respiro que tomas (1992), Buenos muchachos (1995), Un asesino solitario 1997), El amante de Janis Joplin (2003), Efecto tequila (2004), Cobrárselo caro (2005), Balas de plata (2008) y La prueba del ácido (2010).

—Daniel Sada representaba de alguna manera una voz, quizá la más autorizada que hablaba por el norte, con todas las diferencias entre este y oeste, las dos vertientes que separa la Sierra Madre, ¿qué recuerdo guardas de él?

—Daniel Sada era mi amigo, en primer lugar, eso. La figura de un hombre que era capaz de sostener una amistad con profundidad, con respeto, con ánimo, con llamadas de atención, con todo, con defensa del amigo. Lo que recuerdo de él más vivamente es su capacidad de ser amigo, y después de eso, al escritor. Un escritor absolutamente riguroso, un buscador, un lector compulsivo. Andaba siempre en busca de autores y, quizá por la formación, dicen que los autores que no hemos crecido en la Ciudad de México tenemos una formación diferente a causa del contacto tardío con el arte. Nosotros oímos nuestros conciertos a los veinte años, la sinfónica y todo eso. Nuestras lecturas son de clásicos, casi siempre narradores del siglo XIX, que es la formación de Daniel como lector y la mía propia. Eso hace que la sensibilidad se cultive, crezca, se desarrolle de manera distinta. Creo que él lo manifestaba en su obra. Esto que Daniel Sada da por llamar el barroco, que a mí no termina de gustarme, creo que viene de ahí, del contacto con ese tipo de literatura, que es el aprendizaje de cómo escribir. También recuerdo nuestras comilonas, pues éramos de muy buen diente ambos. Eran horas que empleábamos en comer y en hablar de platillos. También recuerdo que nosotros nunca tuvimos mayores complicaciones políticas. Si un candidato nos caía bien, fuera del partido que fuera, pues íbamos por él. Sabemos que ningún político puede ofrecer un programa, digamos, que te seduzca. Y como tampoco queríamos ser víctimas de los medios, entonces buscábamos a alguien que nos cayera bien por alguna ocurrencia. Una forma absolutamente sencilla, la de Daniel, de ser hombre de su tiempo.

Daniel Sada era mi amigo, en primer lugar, eso. La figura de un hombre que era capaz de sostener una amistad con profundidad, con respeto, con ánimo, con llamadas de atención, con todo, con defensa del amigo. Lo que recuerdo de él más vivamente es su capacidad de ser amigo, y después de eso, al escritor. Un escritor absolutamente riguroso, un buscador, un lector compulsivo.

—Creo que hay una gran diferencia entre el llamado barroco de Daniel Sada y tu escritura, que es mucho más directa, más actual, más periodística, ¿hay algo que las hermane, que las vuelva característicamente del norte?

—Creo que, en primer lugar, es la intención de estilo. La voluntad de estilo, que implica la utilización de un registro lingüístico particular: mientras Daniel tenía interés por lo que es el habla de Sacramento, un pueblo pequeño donde él vivió su niñez y su primera juventud en Coahuila, yo siempre tuve interés por el lenguaje de la calle. A mí lo que más me gustaba de Daniel, claro, eran las tramas y todo eso, pero ante todo el lenguaje. El lenguaje es básico en su escritura y en la mía también. En segundo lugar, el humor de Daniel, que es muy norteño, a mí me recordaba siempre a mis abuelos, esa charla con café o con aguardiente, esas bromas que no parecen bromas, los dobles sentidos que no parecen tales, como aquello que Daniel solía referir en sentido irónico: “No me presentes a gente que no conozco”. Eso se da en su obra también y, desde luego, el riesgo, el ritmo narrativo. Las historias que contaba son historias muy de nuestra gente, historias que uno oye en las charlas, oye en los caminos. Ahí están los personajes de Daniel, están vivos, personajes que ven amanecer y ven atardecer.

—¿Cómo se ligan todas estas impresiones con tu última novela?, si es que de alguna manera lo hacen.

—Yo de entrada voy a contar historias de delito y Daniel siguió contando lo que es el corazón del norte. Él tocó eso que tiene que ver con nuestra historia, con nuestra gente, pero es la microhistoria. En cambio, yo estoy contando la historia contemporánea, que tiene que ver con las debilidades, con las complicaciones que surgen por lo que hemos tenido que hacer, que tienen que ver con las rutas del trasiego de droga y las personas que participan en ella. Sigo pensando que son escrituras complementarias: mientras Daniel cubre con absoluta solvencia un tiempo, una época, la historia del lenguaje, los personajes, yo me ocupo de la historia contemporánea, de una parte por lo menos. ®

Archivado en Libros y autores, Mayo 2012

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