1 3 7 Disco Heaven

Crónica de un fin de año salvaje

Es el último día de los años setenta en la célebre discoteca Studio 54, donde la desinhibida y estrafalaria concurrencia festeja con excesos al ritmo de la música disco. En medio de la pista, una mujer muere de una manera muy poco usual…

Studio 54. Ilustración del autor.

Tuve la suerte de recibir yo mismo la llamada. Exactamente 17 minutos después estábamos tocando en la puerta trasera situada en la calle 53, lo que nos permitió un acceso rápido, y sobre todo, discreto. Mark Benecke nos abrió personalmente la entrada. Al ser un tipo inteligente y muy observador, me reconoció de inmediato: yo era uno de esos varios a los que había rechazado en la cadena precisamente dos años antes, en la noche de la fiesta de Año Viejo de Grace Jones, junto a los chicos con invitación de Chic. Fue la única ocasión en que yo había pretendido entrar como cliente. Y agradezco ese desplante, pues fue un momento afortunado: Bernard Edwards y Nile Rogers compusieron “Le Freak”debido a este desprecio y yo tuve la oportunidad de subir de grado porque a cuatro cuadras atrapé in fraganti a Josie Rapunzel Crane, la Comadreja del Bingo.

—Teniente, estamos a su completa disposición. Lo que necesite.
—Gracias, Mark, sólo guíanos a lo que ahora puedes llamar escena del crimen.
—La Umbría.

Supe de inmediato a qué sitio se refería Mark: los asientos situados en el tapanco al que cubría la escultura de la Luna Menguante con la cuchara de cocaína que había hecho tan famoso al Studio 54. Todo Manhattan estaba al corriente de que en esas bancas cubiertas de un plástico horroroso se escenificaban orgías que avergonzarían a Heliogábalo.

Meaty, como tacle de los Chargers, nos abrió el camino al Zopilote y al Cadenas, nuestros camilleros costarricenses, a dos técnicos de escena del crimen y al doctor Benavides y a mí mismo, enfundado en mi traje comprado en 1971 que parece ya antediluviano al competir con los coordinados de manga corta y los pantalones acampanados que revoloteaban en esa apretada pista de baile que atravesábamos sin que nadie volteara a vernos.

Llegó al Bronx a los quince años de edad, pues el gobierno cardenista le expropió su familia el terreno más productivo de la Costa Chica guerrerense para dárselo a esos descendientes de bantúes que en menos de dos años lo convirtieron en un erial.

Juan Carlos Benavides era el mejor patólogo que conocía, de una inteligencia inaudita y una claridad que ya envidiaría el superintendente. Llegó al Bronx a los quince años de edad, pues el gobierno cardenista le expropió su familia el terreno más productivo de la Costa Chica guerrerense para dárselo a esos descendientes de bantúes que en menos de dos años lo convirtieron en un erial. Por eso el doctor Benavides, desde sus casi dos metros de altura, de piel por poco albina y ojos profundamente azules, odia con igual ferocidad a los negros, a los socialistas y a los putos.

Sonaba “I Feel Love” y, a punto de poner un pie en el primer escalón, sentí que me tomaban el brazo: efusivamente, Marcus Barone me abrazó. Éste es de esos tipos que tienen todo: cualquiera reconoce de inmediato que es un atento galán y complementa esa hermosura casi teutona con una voz de bajo italiano y un talento impresionante para la producción musical con The Ring. En 19 segundos me platicó que los organizadores de esa fiesta de fin de año se habían forrado, pues hubo quien pagó hasta tres mil dólares por boleto. Por supuesto, a él casi le ofrecen pagarle por ir y Robert Isabell personalmente le pidió que importara seis mil latas de angulas, negocio que no le interesó. Nos despedimos con otro abrazo mientras subía rápidamente al tapanco.

El hedor a ciprina era impresionante y picaba en la parte trasera de la nariz, petrificando nuestra úvula. Un samoano cincuentón y obeso lloraba a un lado, hecho un ovillo en el piso. La víctima estaba tendida en el sofá, tal cual lo había descrito Benecke por el teléfono: completamente desnuda, las piernas abiertas y los ojos fijos en el techo. Su expresión era beatífica, como en los cuadros de las monjas extasiadas del Siglo de Oro español. Aunque no cabía duda que era pelirroja, sus labios mayores vaginales tenían un toque verde azulado, mientras los internos parecían el tintero de los dibujantes de la Pantera Rosa. Sus enormes pechos caían naturalmente a lado de su tronco y su bella piel de mezcla galesa–escocesa mantenía una turgencia que contrastaba con la resequedad que ya se percibía en sus labios y en sus ojos. El charco frente a sus piernas extendidas era enorme y agradecí que a ningún bedel se le hubiese ocurrido pasar rápidamente el trapeador.

Benavides incorporó al samoano con certeras patadas en el ano, se acercó a su babeante cara y empezó a interrogarlo. Sylvester cantaba “You Make Me Feel (Mighty Real)” y a nuestro alrededor la bacanal no se había detenido: unos maricones fornicaban contra una barra, un negro vomitado con una aguja en el brazo había sido orinado varias veces, una felatriz en un apartado atendía a tres granjeros que tuvieron la fortuna de entrar… seguro pignoraron sus tractores para hacerlo. Tendría que haber detenido a un mesero que estaba volteando a un borracho para sacarle la cartera. No dije nada, porque si me pongo a corregir cada una de estas minucias no me concentro. Benavides comentó.

—Nos están tratando de maravilla estos hijos de puta: no nos estorban y ya van varias veces que me acercan las charolas de canapés.
—Obvio, y se podría poner mejor: ¿no lo sabes?… Rubell y Schrager están jodidos. Los condenaron el mes pasado y este enero los sentencian, es un hecho que terminan embarrotados. Y van a tratar de ganarse a cualquier policía con tal de que no los violen desde el primer día.
—Apuesto que no llegan al cuarto… ya me imagino que les toque un rechazado en la cadena. ¿Quieres saber qué pasó?

Con un jalón de pelos, Benavides trajo al samoano y, torciéndole la oreja sin soltársela, le exigió que narrara lo que había hecho. Una buena cachetada lo obligó a que siempre se dirigiera a mí como teniente.

Miré con asombro a Benavides y confirmé que era el mejor investigador con quien había trabajado. Y como si un DJ celestial estuviera a cargo de la tornamesa, en ese momento sonó “Macho men”con Village People, casi podría decirse que era una marcha triunfal que el ritmo confeccionó a la medida de este doctorazo. Con un jalón de pelos, Benavides trajo al samoano y, torciéndole la oreja sin soltársela, le exigió que narrara lo que había hecho. Una buena cachetada lo obligó a que siempre se dirigiera a mí como teniente.

—Después de darle toda la coca que traía estábamos bailando, teniente, y ella misma empezó a jugar a los desvestidos: ella me quitaba una ropa y yo otra hasta que estuvimos encuerados, teniente. Y entonces, Donna empezó a cantar y yo, teniente, le dije: ¿quieres que te la chupe? Y empezamos ahí en el sillón y ella feliz, feliz, feliz y yo mueve y mueve la lengua y cuando Donna canta lo de ♫Love to love you baby baby, Love to love you baby baby, Love to love you baby, I love to love♪ yo me emociono, teniente, y muevo más la lengua al ritmo de esa letra que sí me sé y siento como que ya ella se pone durita y tiembla y tiembla y me llena la boca con su agüita y hasta parece que me estaba orinando la cabeza, pero no la solté y seguí, seguí y ella gritaba teniente, y gritaba más, más, más y ya de repente se pone dura, dura, dura y siento como que se dobla para atrás y yo le sigo, porque empezó Don Armando con la de “Deputy of Love” y…

Benavides le da un puñetazo certero en el epigastrio justo cuando en las bocinas se escucha “Contact!” y el tipo se dobla lo suficiente como para que yo pueda voltearlo de una patada directo al mentón, que lo deja frío en el suelo con el maxilar inferior hecho pedazos. En ese momento se escucha el bajo hipnótico de “Savage Lover” y no puedo más que sonreír pensando que Barone debe estar sacudiéndose de placer, como caracol con sal. Mis ojos le pidieron una explicación a Benavides con un simple destello.

—Falta la toxicología y los análisis, pero estoy seguro en un cien por ciento de esta hipótesis: codos de fraile, Quaaludes y la coca.
—¿?
—Thevetia peruviana: la semilla de los que viven pensando que son gordos. Está cargada de glucósidos que pueden provocar el colapso del corazón.
—Pero ella… es notorio que no fue cardiaco…
Benavides sonrió.

—No, fue una deshidratación severa e indetenible, como un choque hipovolémico. Por eso mi hipótesis tiene que ver con esos tres componentes: su sangre circuló como en una montaña rusa con subidas andinas, bajadas abismales y puntos muertos. Debo reconocer que este viejo samoano es digno de una oda: le hizo un cunnilingus bestial y sus glándulas de Bartholin y de Skene trabajaron al máximo: se vació.

Me quedé de una pieza: deshidratada por squirting. Imposible, me dije, pero quise verme ultra profesional.

—¿Pudo desaguarse por sus glándulas parauretrales? ¿Por su eyaculación femenina?

Benavides hundió los hombros y me dedicó esa mueca destinada a los escépticos y a los semi–imbéciles.

—Estamos viendo cosas más raras estos días. ¿Has sabido de todos los maricas y negros muertos? De un día para otro los agarra cualquier infección y adiós, a dejar de gastarse nuestros presupuestos de hospitales. Los putos dicen entre ellos que se enfermaron por un piloto en un bar, un tipo guapísimo al que no hemos localizado. Y los negros están convencidos de que esta maldición que les cayó, muy merecida, es porque otros negros organizaban violaciones de mandriles en Uganda. Total, no tengo explicación y mientras se mueran rápido y barato… ¿qué más da?

Todos bailábamos al calor del disco, pues incluso los que trabajábamos ya éramos parte del atrezo de la decadencia, simples transistores en ese nuevo amplificador llamado Studio 54: droga, sexo, porquerías, individualismo, epicureísmo, perversión, cinismo y nihilismo.

—Sólo hay un punto que no encaja con tu hipótesis, doctor… nadie se puede deshidratar tan rápido.

Benavides sólo levantó los brazos y entonces lo sentí: no sólo el urticante olor a fluido vaginal, también el calor extremo, el humo de millones de colillas, la humedad corrosiva y el olor penetrante de semen, alcohol, pedos, bocadillos, orina, dinero y centenares de meneantes culos que justo en ese momento llegaban al paroxismo dionisiaco cuando gritaron al unísono:

“Get on your feet and dance to the beat and dance!”

Era tal cual lo describía la canción de Sylvester: todos bailábamos al calor del disco, pues incluso los que trabajábamos ya éramos parte del atrezo de la decadencia, simples transistores en ese nuevo amplificador llamado Studio 54: droga, sexo, porquerías, individualismo, epicureísmo, perversión, cinismo y nihilismo. No cabe duda de que los ochenta serán grandes.

Meaty se atascaba con una charola de galletas resecas y caviar. Desde que apareció el LP Bat Out of Hell se había convertido en fan irredento de Meat Loaf y quería homenajearlo adquiriendo su rollizo cuerpo. Ya iba en los 180 kilos, logrados con las mejores pizzas de Queens. Le hice una seña: silencioso, sin dejar de atascarse, le indicó al resto del equipo que se preparara para el levantamiento del cadáver.

El samoano me miró reverencial, con apocamiento, tragándose el pavoroso dolor que seguro sentía, sabiendo que su suerte estaba echada. Le di la espalda: ¿Para qué fichar a un idiota cuya única falta era haber provocado el orgasmo más colosal jamás visto en Nueva York? Los jefes carcamales se reirían en público y se lamentarían amargamente en privado por no tener esa habilidad.

Estábamos a ocho minutos de 1980. El DJ bajó las luces e inició “Light my fire”, con Ammi Stewart. Todos comenzaron bailando abrazados, hombres y mujeres sin distinguir género compartían besos y manoseos, toqueteando vergas erectas y panochas tan mojadas como el Hudson. A los 45 segundos estalló la canción y se inició el pandemónium: era el código sagrado de la pista; el momento en que el sudor, las lentejuelas y la fuerza centrífuga convierten el baile en un trance, en un ritual báquico, en un corral de marranos en celo; el relámpago en que danzar es besar el cielo sin pedir perdón. Ammi susurraba: “1 3 7 Disco Heaven”, justo cuando el Zopilote y el Cadenas embolsaban a la chica. Ese momento siempre es un lindero para lo que apreciamos como esencia vital, y el cultísimo Benavides no desaprovechó para hacer su última observación aguda de la noche.

1 3 7: Unidad, trinidad y un descanso final al séptimo día… Ella verdaderamente encontró su paraíso en una disco.

Bajamos el cuerpo y cruzamos la pista sin que nadie nos hiciera el mínimo caso. No era de extrañar: el año nuevo está a punto de comenzar en el Studio 54, en el anhelado y codiciado ambiente de exceso y descontrol, donde es imperativo dejarte llevar por tus instintos y deseos más bajos, donde gracias a Dios, por unas horas, la moralidad y la decencia no existen, y puedes sentirte libre de hacer lo que quieras, sin consecuencias. En eso estaba cuando una chica rubia que podría ser mi hija se pone de puntillas y me planta un beso en el hocico que retorné con naturalidad. Ella sólo me dijo.

—Por si no te vuelvo a ver.

A lo lejos, aferrados como estacas, Marc Benecke, Steve Rubell y Ian Schrager están  juntos, mirándonos inconmoviblemente sin mover un músculo facial. Cuando la camilla salió con la occisa pude ver cómo dejaban salir un suspiro sincronizado de alivio. Nadie más nos peló. En la banqueta alcanzamos a escuchar, con el ilógico fondo musical de “As Time Goes By”, interpretado por The Love Unlimited Orchestra, los gritos de algarabía a la que no apagaba el soul sinfónico.

¡Diez!
¡Nueve!
¡Ocho!
¡Siete!
¡Seis!
¡Cinco!
¡Cuatro!
¡Tres!
¡Dos!
¡Uno!
¡FELIZ AÑO NUEVO! ®

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Publicado en: Narrativa

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