1029 años de El libro de la almohada

Los mandarinos tejen hojas verde oscuro

Sei Shônagon cuenta durante diez años el tiempo que avanza entre lunas. No pierde oportunidad para hacer versos en sus diálogos. Sin duda se revela como un ser que ama la palabra.

No se debe dejar jamás de repetir
a todo el mundo las
cosas hermosas que se han leído
—Sei Shônagon

Retrato de Sei Shonagon por Kobayashi Kiyochika (1896).

En la poesía japonesa existe lo que se designa como via makura o palabras almohada, porque en ellas reposa el espíritu del poema. Éste es uno de los motivos que dan nombre a este excepcional texto. Escrito en Kyoto durante la era Heian en el año 990, El libro de la almohada (Universidad Católica del Perú, 2002) es el testimonio de la menina predilecta —la dama Shônagon— de la consorte mayor (chûgû) Sadako Teishi del emperador Ichijo. Para formar parte del séquito debía tener capacidad política, musical, caligráfica y un profundo dominio del waka, género poético nacional, y del kanshi (poesía china).

Sei Shônagon Kiyowara llegó a los 26 años al palacio donde sirvió durante diez años, hasta la muerte de Sadako. En su cuaderno de cabecera habla de cómo la chûgû debía contar con una inteligencia serena, un carácter firme, una personalidad bondadosa y un espíritu noble para hacer de la corte un lugar esplendoroso.

Su escritura hermosa incluye versos chinos y japoneses y describe la tradición oriental. La dama, a manera de ensayo y diario, busca la elegancia, el refinamiento y pasar por la vida grácilmente. Mujer extraordinariamente culta y con una clara conciencia de su papel en la corte, hizo del centro de sus escritos la vida aristocrática de Teishi. En algunos momentos Sei habla de sus propios anhelos, tristezas y de lo que le agrada.

El libro de la almohada es el primer texto de literatura clásica japonesa cuya autora es una mujer. Se le considera una de las grandes obras de esta cultura pues retrata la vida cotidiana dentro y fuera de la corte. La escritora crea matices de la frágil hermosura que contempla, por esto se deduce que gozaba de su existencia, que estaba provista de una amorosa sutileza propia de la feminidad y que era razonable e independiente. Dotada de gracia y elegancia narrativa, su obra trasciende el tiempo y se mantiene vigente hasta nuestros días. Cuesta trabajo imaginar que se escribió hace 1029 años.

Describe lo inefable a través de la enumeración de sensaciones. Algunas desoladoras: un brasero frío, un perro que aúlla de noche, una cesta de pesca (vacía) en primavera; cuando alguien va de visita en carruaje y el dueño no está en casa; si una nodriza está ausente y el bebé llora de hambre…

Sei, conocedora de los poetas destacados de su época, aborda la transitoriedad de la belleza terrena. Sus cuatro temas abarcan asuntos que le interesan, sucesos de los que fue testigo, historias que escuchó y escenas de ficción.

Como librepensadora, expresa que las mujeres son audaces y que por ello debieran aspirar a tener más experiencias en el mundo y no sólo atender a su marido.

Describe lo inefable a través de la enumeración de sensaciones. Algunas desoladoras: un brasero frío, un perro que aúlla de noche, una cesta de pesca (vacía) en primavera; cuando alguien va de visita en carruaje y el dueño no está en casa; si una nodriza está ausente y el bebé llora de hambre; cuando uno envía versos muy buenos a una amiga y ella no contesta de inmediato o cuando el cuarto de partos ha permanecido callado después de cinco años de matrimonio.

Shônagon compila la obra poética de la época Heian; habla sobre experiencias que hacen palpitar y las que despiertan una tierna remembranza; sobre deidades budistas y animales y plantas afines.

Relata la costumbre de enviar cartas en papel de textura y color diferente, que portaban dos o tres versos, doblada de un modo particular y acompañada de flores y ramas silvestres de temporada. Como dictaba la cortesía, el destinatario contestaba completando los versos del remitente. No conocer la poesía era una clara indicación de pertenecer a una clase social baja.

Hay un pasaje lleno de ternura en el que aborda sus propios sentimientos. En él relata lo que pensó cuando uno de sus pretendientes soltó un rumor falso sobre ella: “Nunca traté de aclarar las cosas y dejé pasar el tiempo sin volver a dirigirle la mirada. Me sentía deprimida y me senté junto a un brasero”.

O cuando transcribe las palabras con las que Teishi se dirige a ella:

—Di algo. Es triste cuando tú no hablas.
A lo que Sei Shônagon responde:
—Contemplo la luna otoñal.

La autora cuenta durante diez años el tiempo que avanza entre lunas. No pierde oportunidad para hacer versos en sus diálogos. Sin duda se revela como un ser que ama la palabra. Como alguien tan sensible que cuando la emperatriz le escribe una misiva dice que su corazón retumba. Al abrirla se percata de que el papel envuelve un pétalo de rosa silvestre sobre el cual Teishi escribe: “Quien no habla de su amor”, con lo cual la dama de compañía queda rebosante de alegría. Igual sentimiento acompañará al lector cuando descubra los “encajes” verbales escritos por Sei Shônagon sobre los mandarinos que tejen hojas verde oscuro y los capullos de cerezo que tiemblan por el rocío matinal mientras su vida transcurre junto a Teishi. ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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