Poemas

(Del libro Víspera del fuego)

Aires de Bizancio

Ella mezcla los astros encima de la mesa
como en un dominó.
Con la boca entreabierta
liba el aire azulado sobre las dos orillas.
El ámbar traza el rumbo del ojo que la mira.
Tarde o temprano entregará su cuello
la piel de terciopelo que el fuego curtirá.
Tarde o temprano morderá la cicatriz
y a cuentagotas
chupará la sangre eterna de su sed.
Un puñado de títeres volcarán en su oreja
hierbas amargas y un redondel de holanes
que apagarán en su cuerpo el resplandor.
Después
sólo el zumbido de una mosca
en el silencio sordo de las tres.
Una vez más la noria sobre su punto muerto
y ella mezcla los astros como en un dominó
mientras la luz se ensaña sobre el ámbar de sus ojos.

Luz binaria

He visto
en ciertos bosques de coníferas
una voluta de humo inexplicable
que se enreda entre las hojas altas
y observa
desde allí
la huidiza nebulosa.
He visto cómo
a la luz del relámpago
traza el humo una forma inasible
una estructura de aire
que asemeja a la nube.
Un segundo
un fragmento de segundo la deshace
y la voluta se pierde
entre las hojas bajas.
En la ribera
dos muchachas la contemplan
una pone uvas verdes en los labios de la otra
para que sienta el ácido que añeja la distancia
y aquélla abre su boca lentamente
sólo para decir la tétrica palabra
el monosílabo.
Allá en el cielo
la nube la repite como un eco
como una luz binaria que se enciende y se apaga.

En la playa

Viendo un cuadro de Picasso

Como si en ello les fuera la esperanza
las dos mujeres corren
tomadas de la mano
sobre la arena gris.
Suelta la cabellera
al sol los senos pálidos
estalla su alegría contra el cielo de nubes.
Una mirando al infinito azul
y la otra al horizonte
que acaso son lo mismo.
¿Qué harán después
cuando caiga la tarde
y el tiempo eche sobre sus cuerpos
la penumbra robusta de la noche?

Las palabras ajenas

Qué designio rebota en las narices
y me trae la memoria de los días sin fe
de la sangre podrida en la casa de espantos.
Qué designio levanta la vieja empalizada
como un telón de fondo
como un confesionario.
Yo nunca pude ser la amante y la enemiga
nunca quise enfundarme en otros ojos
ni poner en mi boca las palabras ajenas.
Ahora que diluvia
escucho en el chasquido
las voces que mañana han de quitarme el sueño.
Cada gota desciende como un remordimiento
y levanta en el agua una huella engañosa.
Yo nunca quise ser la hermana y la asesina
ni mojar con mis dedos el labio contrahecho.
Ahora que el diluvio anega las riberas
y mi sueño se torna una horrorosa vuelta
el chasquido descubre esa huella hechizada
que me hace estremecer.
Contra mí la quijada y el tenebroso labio
el muñón y la espina
el surco que atraviesa la mano de jugar.
Yo nunca quise ser la idiota el agujero
que dejaba en la piel la candencia del hierro
un alfiler clavado en la pupila
y en el alma
clavado
otro alfiler.
A la sombra del árbol más endeble
me cobijé del viento que yo misma inventaba
una gota de tinta sobre las aguas mansas
la mano ensangrentando la palabra final.

La patria

Se fue quedando sola
rodeada de fantasmas
que subían del mar con las venas abiertas
y chupaban la savia del famélico paso.
Se apagaron los cantos
la fiebre del verano desataba la lluvia
y el agua diluía el torvo plano
trazado a semejanza de un antiguo velero.
Como lenguas de fuego
las olas carcomieron el muro del cansancio
y no enciende el verdor a la hierba quemada.
Los fantasmas pasean
envueltos en banderas que destiñó el salitre
pendón de carnaval que el viento deshilacha.
Allí
tras las ventanas
flota una esencia inmunda
una vergüenza
como el escalofrío de una mueca en la tarde. ®

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Publicado en: Poesía, Septiembre 2012

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