Más allá de la política epidérmica

No lo saben, pero lo hacen…

La política no sólo se mueve en el reino de las apariencias: ella misma ha pasado a formar parte de ese reino aparencial. En las democracias llamadas maduras, y con razón mayor en las democracias entrecomilladas, la propia vida parlamentaria y la división de poderes es un escenario de simulaciones.

… el sufragio universal ha encontrado aposentadas élitestan amplias, tan fluidas y tan adaptadas a la vida del país, que esas élites,con ayuda del sufragio uninominal sin ballotage,han absorbido y orientado el sufragio, en vez de que el sufragio pudiera derribar las élites.
—Maranini, Miti e realtá dellademocrazia

De-de-democracia...

De-de-democracia…

1. El ejercicio de la política, y la política misma, tienen como suelo la contradicción, un constante conflicto intrínseco que se abre en un amplio abanico bajo la forma de disyuntivas, opciones, decisiones y dudas.

Se puede actuar políticamente para conservar o para renovar, y no siempre el objetivo planteado deriva de los propósitos. Es común que lo que se consigue sea lo contrario de lo que se perseguía, e incluso que no se sea lo que se cree ser ni se haga lo que se cree hacer.

Existe también la contradicción entre lo que se piensa y lo que se dice, y entre lo que se dice y lo que se hace, “conflicto” este que ha alcanzado el rango de anecdotario entre los políticos al uso.

2. Todo proceso político es concreto. Sin embargo, cualquiera de ellos se mueve sobre un conflicto siempre presente: el conflicto socioeconómico entre la individual pretensión privilegiada de dominio, de propiedad, de poder de decisión y de saber, y los contenidos de una sociedad fundada en la producción colectiva y sostenida, impulsada y mantenida en movimiento por las exigencias y las necesidades de mayorías no privilegiadas.

3. Pero el conflicto no sólo es externo; la actividad política no sólo se enfrenta y se enfrentará siempre a una sociedad invertida en la cual incluso las apariencias cobran un peso aun mayor que las realidades, una sociedad en la cual lo que parece ser a menudo es más fuerte que lo que es.

Estas apariencias efectivamente son construidas, a menudo no conscientemente sino en la cauda ciega de una cierta inercia de lo social. Pero construidas deliberadamente o no, ellas cobran realidad porque otros las creen y las aceptan como auténticas. Y unos y otros, constructores semiconscientes o inconscientes, actores y creyentes, se mueven de ese modo en una realidad artificial que, por ese mismo hecho, se transforma en una realidad real para todos los efectos. No lo saben, pero lo hacen.

El poder judicial simula ser el garante de la legalidad y la justicia y el presidente y el aparato central de gobierno pretenden encarnar el espíritu de la república, mientras el congreso aduce ser el representante del pueblo, en un fenómeno a la vez evidente y oculto.

4. En este marco decididamente delirante se desenvuelve el conflicto interno. Para los ejecutores y practicantes de una política organizada (digamos, simplificando provisionalmente, para “los partidos”) que se pretende democrática, la contradicción nace de las raíces mismas. Dejando de lado la profunda diferencia, regularmente oculta, entre lo democrático y lo liberal, y asimismo la multivocidad y las realidades varias de la democracia, no sólo los demócratas o socialdemócratas, sino incluso los que se pretendían revolucionarios, se han movido siempre sobre el pre-supuesto de la división entre dirigentes y dirigidos (división que, al llegar al poder estatal, se convierte en su par gobernantes-gobernados). División interna que encuentra su símil correspondiente externo: propietarios-no propietarios. Poseedores y desposeídos a los cuales, en un vano intento por anular el conflicto, se pretende uniformar e igualar con la categoría de “ciudadanos”.

El voto en México.

El voto en México.

5. De este modo la política no sólo se mueve en el reino de las apariencias: ella misma ha pasado a formar parte de ese reino aparencial. En las democracias llamadas maduras, las de vieja data, y con razón mayor en las democracias entrecomilladas, la propia vida parlamentaria y la división de poderes es un escenario de simulaciones: el poder judicial simula ser el garante de la legalidad y la justicia y el presidente y el aparato central de gobierno pretenden encarnar el espíritu de la república, mientras el congreso aduce ser el representante del pueblo, en un fenómeno a la vez evidente y oculto para todos de lo que Kelsen llamaba la ficción de la representación.

En este conglomerado de contradicciones, apariencias y ficciones es donde “los partidos” han de moverse. Y, como se sabe, el movimiento puede ser a favor de la corriente o en contra de ella.

5. Alguna corriente de pensamiento concibió al parlamento como un sistema de diques; no contra los otros poderes ni contra las corporaciones económicas, sino contra el pueblo al que dice representar. Aquella ficción de la representación no significa entonces, en modo alguno, la ausencia de toda representación. El parlamento, igual que antes, sigue representando, pero no al pueblo sino a los titulares del poder estatal y privado. “Y cuando el pueblo llano —la gran mayoría— se orienta según el Estado y se comporta cívicamente; cuando con un espíritu de lealtad a la constitución y confiado se atiene a la manifestación de voluntad de órganos estatales de elección libre […], entonces no hay ya un largo trecho hasta la inversión del principio de representación y el retorno a la antigua sumisión conservadora: el parlamento representa al Estado ante el ciudadano corriente, y el representante del pueblo se convierte en un ‘representante del Estado’”.

6. En este conglomerado de contradicciones, apariencias y ficciones es donde “los partidos” han de moverse. Y, como se sabe, el movimiento puede ser a favor de la corriente o en contra de ella. Para los que asumen la primera opción no se plantea ningún problema, puesto que se encuentran entre los beneficiarios-usufructuarios de ese conglomerado.

El parlamento europeo, en Bruselas.

El parlamento europeo, en Bruselas.

Quienes apuestan por otro orden de cosas, por las modificaciones y el re-encauzamiento, por “liberar y reformar”, se enfrentan primero a la necesidad de re-conocer la complejidad de este entramado de ilusiones sociales y apariencias políticas. Para salir de un laberinto, es requisito elemental ser consciente de que te encuentras en un laberinto y no en un camino real que transcurre por terreno abierto.

7. El camino para crecer y ganar espacios transita por la hegemonía, y esta sólo se consigue cosechando el consenso: hegemonía como contrario de la autoridad impuesta; consenso como el opuesto de la anuencia obligada de la clientela.

Existe efectivamente un camino mucho más corto: convertirse en lo que antes se combatía o criticaba, sin modificar el efecto de dominio sino simplemente sustituyendo a quienes antes lo operaban. Para ello ha servido, en la inmensa mayoría de los casos históricamente documentables —y a distancias siderales de la complejidad que he tratado sólo de esbozar—, la silvestre noción de la democracia como simple asunto de votantes y votados; una noción decididamente escolar según la cual la apoteosis de la democracia se concentra en el voto; un voto que, de ser un derecho perseguido y ganado, imperceptiblemente mutó —por obra y gracia de la influencia de aquel reino de las apariencias, que logró colar ese truco de mago incluso en los intersticios de “la conciencia” de aquellos que creen oponerse al establishment— en obligación cuasi moral.

8. El sufragio, entonces —que en los orígenes de la leyenda democrática era el medio a través del cual el elector se erigía en ciudadano que delegaba el poder en un cuerpo representativo funcional—, se escindió de su objeto al separarse la masa de los electores de un aparato estable e independizado que se representa a sí mismo y a la estructura político-orgánica; que no sólo no representa, sino que enfrenta, ignora y daña a lo que se supone es su fuente de origen y de poder.

Estamos, a todas luces, ante una jugada maestra: la absorción —mediante la cesión de una parte del goce y el usufructo— de los partidos “auténticamente democráticos” y la domesticación —a niveles tan profundos como los de la conciencia política— de aquellos que ven en el voto (laico) una obligación (religiosa), la cual, como todo mandato moral y no político, transforma en irrelevante la catadura ética, la trayectoria documentada y el nivel de congruencia de aquel —partido o candidato— por el cual se vota.

No existe círculo vicioso más perfecto que aquel en el cual los adversos se convierten en sustento. ®

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Publicado en: Días del futuro pasado, Marzo 2014

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