Entre Kapuściński y la verdad desnuda

Notas sobre crónicas y cronistas

Un texto armado con las herramientas del periodismo y de la literatura tendrá invariablemente componentes emotivos y dramáticos, inevitablemente ideológicos y políticos, pero éstos, creo, no deberían de interferir con la verdad que se quiere contar.

El poco agraciado ornitorrinco. Ilustración d The Natural History of Animals, de Carl Vogt y Friedrich Specht (Blackie, c 1880).

El poco agraciado ornitorrinco. Ilustración d The Natural History of Animals, de Carl Vogt y Friedrich Specht (Blackie, c 1880).

Mamotreto y monotrema son parónimos, palabras que tienen parecido fonético entre sí y con las cuales a veces se puede hacer un trabalenguas. La primera, según la RAE, viene “del latín tardío mammothreptus, y éste del griego tardío μαμμόθρεπτος, literalmente ‘criado por su abuela’, y de ahí, gordinflón, abultado, por la creencia popular de que las abuelas crían niños gordos”. Otra acepción ahí mismo dice que es un “libro o legajo muy abultado, principalmente cuando es irregular y deforme”. La segunda es el orden al que pertenece el ornitorrinco, el desgraciado mamífero semiacuático australiano que pone huevos, tiene pico de pato —eso significa ornithorhynchus en griego— y además tiene espolones ponzoñosos en las patas traseras. Un caprichoso adefesio prehistórico de la naturaleza que pasmó a los primeros europeos que lo vieron en 1798 al desembarcar en la tierra que llamarían Nueva Gales del Sur. “Se creía que alguien había cosido el pico de un pato al cuerpo de un animal parecido a un castor. [El naturalista inglés George] Shaw incluso utilizó unas tijeras para comprobar si había suturas en la piel disecada”, se consigna en el “Platypus facts file” del Australian Platypus Conservancy. Monotrema es un vocablo acuñado con las palabras griegas mono, uno, y trema, orificio. Es decir, creaturas con un solo agujero donde confluyen los tractos digestivo, urinario y reproductor, como las gallinas. Ignoro si los amantes de los animales querrían tener una mascota como ésta, o si en alguna lejana isla de Oceanía alguien ya lo acostumbra, pero sin la menor duda es un animal feo: un mamotreto, si forzamos un poco la analogía.

Viene a cuento este breviario cultural porque no creo que la crónica sea el “ornitorrinco” de los géneros literarios, como la ha definido un escritor muy exitoso y eternamente joven. Es una imagen inapropiada para describir un género proteico en el que el autor se apercibe de fuentes muy diversas y de las herramientas del periodismo tanto como de la academia: la observación, la investigación, la entrevista, la estadística, el cruce de datos, así como de la riqueza inagotable de la línea del tiempo de la literatura, desde la Epopeya de Gilgamesh hasta la crónica más reciente de Luc Sante o de Leonardo Haberkorn. Que hay escritores que hacen de la crónica un mamotreto deforme o irregular, un monotrema, sin duda los hay.

* * *

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad; y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero.” Así comienza uno de los relatos más antiguos y desconcertantes, pues quien escribió eso tenía que haber sido alguien con una enorme capacidad de imaginación protocientífica. A los cinco años mi madre me enseñó las primeras letras, y a los nueve o diez mi padre —ateo y comunista, en ese orden— me explicó que la Biblia era obra de muchos autores —jueces y profetas— y que debía leerse como una compilación de leyendas, mitos e historia —el Génesis, me dijo, era una metáfora del origen de la vida en la Tierra—, y no como la palabra de Dios, como nos aseguró una monja a mí y a mis hermanos en una atorrante sesión de catecismo a la que en mala hora aceptamos ir por invitación de una vecina persignada y entrometida.

"¡Muera Sansón, con todos los filisteos!"

«¡Muera Sansón, con todos los filisteos!»

Me gustaban esos relatos de un Dios terrible y colérico que a veces salvaba a los israelitas y otras los abandonaba a la peor de las suertes. Más tarde vi películas como La Biblia, Los diez mandamientos, Ben–Hur, y Sansón y Dalila, mi favorita: con su sola fuerza un hombre podía someter y matar a un león y derribar un templo con sus puros brazos —que esa fuerza descomunal proviniera de su larga cabellera era un enigma fascinante—. Las imágenes cinematográficas concordaban más o menos con las que yo me había elaborado en mi mente infantil. El mundo antiguo me deslumbraba tanto como los cuentos y leyendas de El libro de oro de los niños o las atrabancadas aventuras de Rompetacones, un avispado personaje creado por Antoniorrobles —para más señas: Antonio Joaquín Robles Soler, nacido en Madrid en agosto de 1895 y fallecido ahí mismo en enero de 1983— que mi papá traía a casa. No había día, o noche, más bien, en que no llegara con dos o más libros bajo el brazo —entonces él trabajaba como corrector de pruebas en Ediciones Oasis, una casa modesta de un catalán republicano —el señor Virgili— que había publicado el Canek de Ermilo Abreu Gómez y obras de Luis Cabrera y Rafael Solana.

Durante unos años La Odisea y La Ilíada fueron mis libros de cabecera y Aquiles ocupaba un sitial de honor en mi imaginación. Otra vez el cine complementaba mis propias escenas. Helena de Troya, con una magnífica Rossana Podestá, debí de haberla visto unas diez veces, lo mismo que Jasón y los Argonautas —ah, el gigantesco guardián Talos— y Simbad y la princesa. No había nada más emocionante para un niño que las matinées con películas de monstruos, aventuras y héroes mitológicos —funciones dobles o triples a uno o dos pesos en cines de barrio como el Ideal, Ermita, Jalisco, Estadio o Hipódromo de la enorme y entonces amable Ciudad de México y sus estribaciones: mi pandilla de hermanos y amigos organizábamos excursiones al Cerro del Judío —donde había piedras con glifos prehispánicos— y a las faldas del Ajusco o a las angostas minas subterráneas del Pedregal de San Ángel.

De ahí el gusto por contar y de imaginar aventuras, supongo. Dibujé unos pocos cómics que terminé regalando a mis amigos de la primaria. En la secundaria publiqué algunos pasquines que deseché años después porque me parecieron un tanto sosos. La preparatoria fue un periodo muy oscuro en el que eché a perder mi trayectoria de alumno diligente y acostumbrado a figurar en el cuadro de honor. En esos tres años no hice gran cosa: era mal estudiante, fiestero y enamorado casi nunca correspondido, aunque hice amistades duraderas: alguien que sería un brillante físico de la UNAM; otra que se convertiría en una destacada poeta y una más que sería la última esposa de Huberto Batis. Por las tardes trabajaba como corrector en la oficina de mi padre, en la colonia Roma, donde de verdad podía aprender algo. Cuando no había tanto que hacer podía pasarme la tarde hojeando los gruesos tomos del diccionario enciclopédico de la UTEHA —la Unión Tipográfica Editorial Hispanoamericana, donde mi padre fue empleado hasta que lo corrieron por tramar la formación de un sindicato; otro despedido fue Manuel Tenorio, quien trabajaría después y hasta la fecha como mesero en la famosa cantina La Faena—. Mi padre se reunía con amigos de todas las profesiones, sobre todo escritores y periodistas que compaginaban las dos actividades, aunque también había filósofos, arquitectos y abogados. Los escuchaba con atención mientras ellos hablaban y tomaban. Conocí en distintos momentos a Emilio Uranga, Heberto Castillo, José Agustín, Gerardo de la Torre, Adela Palacios —ella era la viuda de Samuel Ramos y los últimos años de su vida trabajó en la puerta del cine Bella Época recibiendo los boletos—, René Avilés Fabila y a jóvenes como Alejandro Ariceaga y Jesús Luis Benítez el Búker, muertos a edad temprana estos dos.

En ese entonces encontré muy vívidas y elocuentes las crónicas de los primeros libros de Monsiváis, Días de guardar y Amor perdido, escritas con un estilo que me parecía cinematográfico. Creo que supo adaptar algo del nuevo periodismo estadounidense al periodismo mexicano, aunque el impulso se agotó muy pronto.

Huberto Batis y Roger Bartra me publicaron mis primeros textos serios, por así llamarlos, en los suplementos que dirigían a fines de los ochenta y principios de los noventa: el sábado, del diario unomásuno, y La Jornada Semanal, de La Jornada, respectivamente. Braulio Peralta me había publicado en las páginas de cultura de La Jornada una breve crónica sobre El Nueve —la inaudita discoteca de Henri Donnadieu—, tan recortada que decidí rehacerla y publicarla de nuevo en La Regla Rota, la revista underground que dirigía entonces con el dibujante Mongo.1

No me corría prisa por publicar, aunque era algo que me gustaba hacer de vez en vez. Decidí heredar el oficio de mi padre, corrector de pruebas convertido en editor, y escribía poco. En ese entonces encontré muy vívidas y elocuentes las crónicas de los primeros libros de Monsiváis, Días de guardar y Amor perdido, escritas con un estilo que me parecía cinematográfico. Creo que supo adaptar algo del nuevo periodismo estadounidense al periodismo mexicano, aunque el impulso se agotó muy pronto. Después de hojear otros libros posteriores lo di por leído y pocas veces volví a él. Por varias razones, entre otras porque me parecía ya un tanto anacrónico, sobrevalorado y, años más tarde, por su entusiasta apoyo al conservador líder populista que compitió en las elecciones presidenciales de 2006. Lo expresa con precisión Héctor Villarreal:

La devoción monsimaniaca asegura que su ídolo tiene el don de la ubicuidad —nótese que le atribuyen una cualidad característica de algunos santos, como san Martín de Porres—, por el cual es el más actualizado, más amplio, más pertinente, más visionario, etcétera, cronista y ensayista, especialmente de lo que ellos llaman cultura o culturas populares.

Lo anterior es completamente falso, porque el señor se quedó en los años setenta, con La Familia Burrón, las películas de Tin Tan, los bailes de salón, el 68 y Juan Gabriel. Luego dio un saltito al tema de las costureras del Centro Histórico y el allanamiento a la UNAM del CEU. La última vez que quiso medio actualizarse en iconos populares se dio una quemadota ensalzando a Gloria Trevi, y eso fue hace mucho. ¿Cuáles son sus crónicas o ensayos de acontecimientos —que ni siquiera son nuevos— como el concierto de Rod Stewart en Querétaro (ah, es que no le gusta el rock), el primer Vive Latino (lo mismo), el Love Parade en el monumento a la Revolución (ah, es que no le gusta el tecno), Polymarsch en el Palacio de los Deportes (lo mismo), Manu Chao en el Zócalo (¡es de los suyos!) o los conciertos de duranguense de la Ke Buena en el Estadio Azteca (¿tampoco le gusta?)?

¿Cuáles son sus crónicas o ensayos sobre la comunicación por teléfono celular, Messenger o correo electrónico —que comparten texto, imagen y voz— como fenómeno masivo? ¿Cuáles son sus chistoretes sobre el esténcil, el culto a la Santa Muerte, el frontón en Tulyehualco y Tláhuac, el hip hop en Coacalco y Atizapán, las ferias en Milpa Alta y Xochimilco, la piratería en Tepito, el tianguis de la San Felipe de Jesús, el futbol —de las barras, al femenil y al llanero—, las revistas o fanzines en Internet, los cholos de Neza, los emos…? Quizá lo correcto sea decir que es una devoción de lo anacrónico [“Monsimanía, una devoción anacrónica”, Replicante 16, verano de 2008].

¿Puede haber un mentís más contundente a un exagerado Juan Villoro cuando afirma que su mentor “es el turista japonés de la crónica. Llega antes que nadie. Cuando uno cree descubrir algún tema, se da cuenta [de] que él ya estuvo ahí, dejó su firma y compró souvenirs. A los cronistas nos ha despojado prácticamente de cualquier tema aquí en México”? [Jesús Alejo, “Ya sé que nunca me van a privatizar: Carlos Monsiváis”, Milenio Diario, 28 de mayo de 2008].

* * *

La narración nació con el hombre mismo. En eso pensaba cuando era niño y mi abuelo nos contaba leyendas del viejo Torreón y poblados aledaños. “Un espectro se ve exactamente como nosotros, no son transparentes ni tienen el rostro desfigurado”, nos confió una noche en que lo escuchábamos fascinados y aterrorizados, quizá la última vez que lo vi. En algún libro leí que la especie humana se había esparcido por el mundo más fácilmente gracias al lenguaje, pues siempre había una avanzada que exploraba paisajes lejanos y regresaba para describir a la tribu lo que había visto. Lo mismo que harían miles de años después los viajeros que recorrían vastas extensiones de un mundo nuevo para ellos y todo lo registraban: “Prisionero en Génova”, escribe Carolina Depetris, “Marco Polo dictó sus memorias a Rusticello porque «sería gran desgracia no quedaran por escrito todas las grandes maravillas que vio o recibió por verdaderas» durante su travesía por Oriente”.2 No es difícil colegir que en esta pulsión se encuentra el germen de la literatura y del periodismo y de no pocas ciencias que parten de la observación, pues, como dice Depetris, “Observar es el complemento necesario del viaje y su escritura, y estas tres actividades lo son del conocimiento: viajar y observar para conocer otras realidades, escribir para transmitir lo conocido”. Por eso Marco Polo afirmaba que presentaría “las cosas vistas como vistas y las cosas oídas como oídas, de suerte que nuestro libro sea sincero y verdadero sin mentira alguna, y para que sus palabras no puedan ser tachadas de fábulas” [Depetris].

Marco Polo.

Marco Polo.

De un tiempo acá los cronistas se han vuelto una fauna prolífica y diversa, y los hay que respetan hasta donde es posible la sugerencia de Marco Polo y los que inventan y retocan aquí y allá sus crónicas para volverlas más literarias o más efectivas en términos periodísticos —a la vieja y noble crónica ahora la llaman “periodismo narrativo”—. Es célebre la maliciosa pregunta que García Márquez le hizo a Kapuściński: “Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?” Aquí la anécdota:

[…] García Márquez preguntó:

—¿Tiene derecho un periodista a “pintar” una lágrima en los ojos de una viejecita triste que aparece en un reportaje, aunque en la realidad no llegara a verter esa lágrima? “Pintarla” para reforzar el efecto literario.

La mayoría opinó que hacerlo sería una “traición periodística”. Pero el autor de Cien años de soledad, a quien se le ha cuestionado, por ejemplo, la veracidad de una de sus crónicas más célebres (“Caracas sin agua”), atajó:

—El periodista tiene derecho a pintar esa lágrima para reflejar mejor la atmósfera del momento, el estado anímico del personaje descrito. ¿Dónde está la traición? Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?3

¿Sólo a veces? La nota no dice si Kapuściński se sonrojó un poco. “Las cosas no son como ocurrieron, sino como uno las recuerda”, dice el Nobel colombiano a manera de justificación. Pero ¿hasta dónde puede llegar esa “traición”? Kapuściński la llevó muy lejos, si hemos de creerle a su paisano Artur Domosławski en la biografía no autorizada Kapuściński Non–Fiction (2010), donde da cuenta de las invenciones del celebrado periodista polaco, con las que edificó su propia leyenda:

Movía sus influencias políticas para poder viajar y escribir sobre lo que le interesaba, negociaba la publicación de sus reportajes con los censores del Comité Central del Partido Comunista, pudo trabajar con soltura gracias a la “amistad” entre el bloque socialista y el Tercer Mundo, no fue amigo del Che ni de Allende ni de Lumumba, “adornó y le echó imaginación” a El emperador, aceptó que mutilaran El Sha con tal de que se publicara en Estados Unidos sin provocar incomodidades, colaboró con los servicios secretos (aunque sólo con algunas notas que carecían de verdadero interés)…4

Probablemente los libros de “el reportero del siglo” se seguirán vendiendo y su leyenda seguirá creciendo, no importa que esa leyenda se haya construido con cimientos endebles y más artificiosos que periodísticos. La escritora etíope Maaza Mengiste dice, a propósito de El emperador:

Él no dijo que el libro era una alegoría cuando fue publicado, dijo que era un reportaje. Aseguró hablar con las personas cuyas iniciales presenta y que nunca han sido identificadas. Asegura que tenían nombres para el emperador que nunca pudieron haber existido en amhárico. Hace afirmaciones sobre el emperador que muchos han demostrado como falsas. Los académicos etíopes han estado hablando sobre las falsedades en El emperador desde que fue traducido al inglés. No puedo excusar a Kapuściński por eso y por las otras maneras en las que contribuyó a estereotipar la comprensión que se tiene de la gente de África. Demasiadas personas murieron durante la revolución para permitir que esas imprecisiones, a título de periodismo, sean simplemente alegorías que representan a otro país.5

Ryszard Kapuściński en uno de sus viajes por el continente africano. Foto tomada de El País.

Ryszard Kapuściński en uno de sus viajes por el continente africano. Foto tomada de El País.

Esas traiciones —imprecisiones, omisiones— se encuentran en no pocas crónicas de nuestros contemporáneos; unas veces son intrascendentes y otras flagrantes atentados a la ética. El cronista que narra, por ejemplo, la visita al triste erial en que sepultaron a 72 migrantes asesinados por los Zetas sin mencionar que llegó allí acompañado por el Ejército omite un dato importante, pues no se trata de un héroe solitario, como Mad Max, que se aventura en un territorio ocupado por criminales. Están, esas traiciones, en crónicas y reportajes de periodistas travestidos en heroicas vedettes, falsos gonzos que presumen de haber dado tres vueltas al mundo. Entre decenas de aventuras que harían palidecer las de James Bond o Indiana Jones, Témoris Grecko enlista modestamente algunas de ellas:

Periodista independiente que ha escrito crónicas y reportajes en 91 países y territorios y le ha dado tres vueltas al mundo. Ha cubierto conflictos en Libia, Egipto, Irán, Siria, Palestina, Congo y Filipinas, cruzado desiertos de Asia Central, India y África, hecho road trips por el Centro Rojo de Australia y el Sudoeste de Estados Unidos, bebido con jinetes tuareg sobre las dunas en Tombuctú, entrevistado a esclavas domésticas en Líbano, cruzado peligrosos pasos en los Montes Himalaya, corrido como gallina descabezada bajo las bombas de Moamar Gadafi en Ras Lanuf, viajado con migrantes centroamericanos por México, bailado con una escola de samba en el carnaval de Rio, seguido gorilas por la selva en los volcanes Virunga, aspirado vapores sulfurosos junto a la lava hirviente en el cráter del Ert Ale, conversado con víctimas de violación en el Congo [lea un etcétera farragoso aquí].

Otra de esas estrellas veleidosas publicó un libro tendencioso pagado por un diputado de izquierda —¿con recursos públicos?— sobre el sufrimiento de los palestinos a manos de “los judíos”.6 (¿Está usted bien informado, de verdad bien informado? Responda: ¿Qué les hicieron los nazis a los judíos? ¿Qué les hacen los “judíos” a los palestinos?) Cronistas como éstos conciben el periodismo como un oficio glamoroso y moralmente superior a casi cualquier otro —con la excepción, acaso, del activismo que todo lo ve también en blanco y negro— y muy por encima también del trabajo periodístico hecho por medios a los que consideran cómplices del poder o pagados por el Estado. A Humberto Padgett le dije una vez en un encuentro de periodistas que en Televisa Denise Maerker hacía muy buenos reportajes. Me contestó, desdeñoso: “Tiene todos los recursos…”

¿Hay algo malo en el periodismo activista o “comprometido”? No, por supuesto, salvo si se apartan de la advertencia que hacía Miguel Ángel Granados Chapa en su decálogo: “Combata la ambigüedad: no insinúe, no exagere, no minimice. Elija una postura y defiéndala. Un juicio no depende de la complicidad del lector sino del apego a la verdad”. Hace unos días escribió Miguel Ángel Bastenier en Twitter: “Ya es bastante tarea tratar de interpretar honradamente la realidad como para que los periodistas además tengan que asumir un sacerdocio social”. Un sacerdocio que, no obstante, asumen gustosos pues les reditúa prestigio y respetabilidad: son la encarnación pura del pueblo y de sus causas —periodismo de a pie, ciudadano, alternativo—, y se baten heroicamente contra la corrupción, la impunidad y, en última instancia, contra el Estado, el origen de todos los males. La imparcialidad puede esperar. Emocionados, pintan más lágrimas en los ojos de aquella viejecita triste y, de paso, se permiten enjugar unas cuantas lágrimas propias.

* * *

A los cronistas del siglo XVI que describían con el mayor rigor posible lo que veían en las tierras desconocidas la realidad les jugaba malas pasadas, bromas pesadas. Aun cuando afianzaban “la veracidad de sus noticias en la visión” describían “seres gigantes, ciudades encantadas e infinitas «maravillas»”, escribe Depetris. Algo parecido sucede con los cronistas–activistas. Es cierto que un texto armado con las herramientas del periodismo y de la literatura tendrá invariablemente componentes emotivos y dramáticos, inevitablemente ideológicos y políticos, pero éstos, creo, no deberían de interferir con la verdad que se quiere contar, “de suerte que nuestro libro sea sincero y verdadero sin mentira alguna”, como deseaba Marco Polo. ®

—Este texto es la presentación de mi libro ¿Qué hace usted en un libro como éste?, publicado por El Salario del Miedo.

Notas

1 En mi libro Sensacional de contracultura (Ediciones Sin Nombre, 2009) relato la historia de La Regla Rota y de La Pus moderna. En Tengo que morir todas las noches (Debate, 2014) Guillermo Osorno narra la historia del Discobar El Nueve.
2 Carolina Depetris, La escritura de los viajes. Del diario cartográfico a la literatura, Mérida: Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales–Universidad Nacional Autónoma de México, 2007.
3 “Tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?”
4 Ibid.
5 Anna Styczyńska, “Una novela sobre la revolución etíope. Entrevista con Maaza Mengiste”.
6 Higinio Martínez Miranda, coordinador; Alejandro Almazán y Óscar Camacho, reporteros; Daniel Aguilar y Ulises Martínez, fotógrafos, Palestina. Historias que Dios no hubiese escrito. La invasión judía a Palestina, 2011, sin pie de imprenta. Martínez Miranda “Laboró como Jefe de los Servicios Médicos de la Universidad Autónoma de Chapingo. Militante del Partido Mexicano de los Trabajadores, fundó al lado de Heberto Castillo y Demetrio Vallejo el Partido Mexicano Socialista. Participó en la creación del Frente Democrático Nacional, cofundador del PRD en 1989. Ha sido Diputado Local en la LII Legislatura del Estado de México, Senador de la República, Candidato a Gobernador del Estado de México, y Presidente Municipal de Texcoco cargo en el que ha dado mucha controversia ya que al finalizar su mandato adquirió muchas propiedades como casas, departamentos y hasta un parque de diversiones, de las que se duda su legalidad” [Wikipedia]. En el sitio de la Cámara de Diputados se lee que ahora es diputado con licencia —27 de febrero a 15 de junio de 2015— por el partido Movimiento Ciudadano.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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