El gran Rockdrigo

A 37 años del 19 de septiembre de 1985

El día del temblor, el edificio ubicado en la calle de Bruselas 8 se derrumbó completamente. Al mismo tiempo, Nina tuvo que salir apresuradamente de su casa porque una pared se había caído. Nadie sabía que Rockdrigo había quedado sepultado bajo toneladas de concreto.

Rockdrigo en su departamento de la colonia Juárez, en la Ciudad de México.

I

Cuenta Nina Galindo que conoció a Rockdrigo en una fiesta en la casa de Roberto González, por los rumbos de Xochimilco, y que cuando platicaba con él todos pensaban que se estaban ligando: él era muy enamorado. “Oye, Alejandro Lora anda diciendo que “Metro Balderas” es de él y yo sé que es tuya”, le dijo Nina, lo que sacó mucho de onda a Rockdrigo, pero no dijo nada. Alternaban en las actividades que se llevaban a cabo en el Museo del Chopo, se reunían con frecuencia en la casa de Rodrigo de Oryazábal para ensayar. Después de cantar algunas rolas, Nina mencionó que le gustaría interpretar canciones suyas, como “Tiempo de híbridos”, pero él le dijo que cantara “Ama de casa un poco triste”. “Yo creo que me veía muy chavita”, dice Nina.

Rockdrigo tenía varios años de vivir en la Ciudad de México y empezaba a ser conocido en el ambiente musical de la ciudad de hierro. Había pasado ya la etapa en la que recorría las calles cargando su guitarra en un estuche que abría y colocaba en el suelo, después arrojaba varias monedas y empezaba a interpretar sus canciones; este ritual hacía pensar a las personas que le estaban lanzando dinero al estuche. Y le funcionaba.

Para aquel entonces se presentaba de manera permanente en un bar de la Zona Rosa, a donde lo fue a ver tocar José Agustín, quien escribiría al respecto:

En una ratonera enanísima, junto a la glorieta del Metro Insurgentes y de nombre Wendy’s Pub (ni modo), Rodrigo González canta todas, o casi todas, las noches […] Es un cantante y compositor nato. A los primeros versos de su rola sobre la estación Balderas del  metro, yo, como todos los asistentes, nos hallábamos francamente cautivados […] Con  su  voz, presencia, lira  y armónica, Rodrigo González arma un show notable, en el que abundan las sonrisas, las complicidades, el buen ritmo y el gustito de compartir a la perfección las andanzas y muchas de las aventuras urbano–realista–metafísicas de este maestro que  maneja los matices notablemente bien.

Por aquellos días el llamado profeta del nopal había entablado negociaciones con el productor José Návar con la finalidad de realizar un disco —Rockdrigo nunca grabó de manera profesional—, así que el panorama era prometedor, se empezaba a consolidar y parecía que venían cosas buenas en su camino.

Fue por esas fechas cuando Rockdrigo le entregó a Nina Galindo un casete y le pidió que lo cuidara “como la niña de tus ojos”; le dijo que lo copiara y sacara canciones con las que iba a poder trabajar.

Nina Galindo venía de una larga temporada cantando al lado de los Teen Tops, pero en ese grupo ya no se sentía a gusto. No eran de su generación, así es que cuando conoció a los integrantes del llamado “movimiento Rupestre” abandonó a los viejos rocanroleros. Con los Rupestres se sentía como pez en el agua, le gustaba cómo decían y hacían las cosas. “Cuando conozco a Rockdrigo González, Beto Ponce, Roberto González, Jaime López, al grupo Qual, Emilia Al­mazán, me sentí en casa de verdad”.

En septiembre de 1985 Nina vivía en Paseos de Taxqueña y Rockdrigo en la colonia Juárez. Para hablar por teléfono Nina tenía que caminar hasta una caseta telefónica en Prados de Taxqueña. Pocos días antes del temblor intentó comunicarse con Rockdrigo, pero por diversas razones no lo encontró. Hizo tres o cuatro intentos. El día del temblor, el edificio ubicado en la calle de Bruselas 8, domicilio de Rockdrigo, se derrumbó completamente. Al mismo tiempo, Nina tuvo que salir apresuradamente de su casa porque una pared se había caído. Nadie sabía que Rockdrigo había quedado sepultado bajo toneladas de concreto.

Cuando se supo, nadie se atrevió a darle la noticia. La que se lo dijo fue su mamá. Fue algo que nunca olvidaría. Nina quiso ir a donde lo iban a velar, pero la ciudad era un caos y nunca dio con el lugar. Fue espantoso.

La noche previa al terremoto Rockdrigo tocó en la celebración del primer aniversario del periódico La Jornada. Tenía un equipo de sonido y una combi que le había prestado un vecino. Iba acompañado de su novia la francesa. Roberto González contaría que estaba melancólico, reflexivo. “Me dio un aventón. Le invité a una fiesta a  la colonia Santo Domingo, era una madrugada lluviosa, estaba preocupado, hablaba de sus canciones, estaba realmente ensimismado, manejando muy despacio”.

Guillermo Briseño relata que el día del sismo se fue la luz en su casa, y cuando ésta regresó prendió la televisión, en donde apareció la unidad móvil de Jacobo Zabludovsky que recorría las calles de la ciudad mostrando escenas terribles: la losa de los edificios que aprisionaban cuerpos humanos. Entonces, dice Briseño, sonó el teléfono, era su amigo Chac, artista plástico, quien le dijo: ¿Estás viendo la tele? ¿Te diste cuenta la escena que acaban de pasar? ¡Es el edificio de Rockdrigo! ¡Se cayó!

Chac se puso de acuerdo con Briseño y, no sin complicaciones, se trasladó a la colonia Juárez. Al llegar al edificio de la calle de Bruselas vio los cadáveres de Rockdrigo y Françoise, su novia, como si estuvieran dormidos. Los cuerpos fueron trasladados al Parque de Béisbol de Viaducto y Cuauhtémoc. Ahí fueron a reclamarlos.

II

Días después, y sin entender completamente qué había pasado, Nina empezó a escuchar el casete que Rockdrigo le había encargado, era un día en el que se encontraba completamente sola, y su cuerpo se erizó al oír las composiciones. Fue como si Rockdrigo se hubiera ido a despedir de ella.

Mecanuscrito de «Los intelectuales», de Rodrigo González, con anotaciones de su propia mano. Colección de Rogelio Villarreal.

El contenido del casette estuvo bajo resguardo de Nina durante muchos años, hasta que se reunió con Mireya Escalante, la madre de su hija, Amanda Lalena, y con Modesto López, de Discos Pentagrama, para sacar al mercado No estoy loco.

Alguien le dijo a Nina que las regalías del disco se iban a donar, y ella aceptó con gusto. El disco salió con canciones de otras grabaciones, no quedó como el casete, lo cual no le pareció mal. “Yo sólo quería sacar de este casete las rolas “Solares baldíos” y “Tiempos de híbridos”. Lo importante es que se me pidió el permiso y salió el disco para placer de todos los seguidores de Rockdrigo González”.

Rockdrigo González murió ese 19 de septiembre de 1985. A 37 años de distancia, el gran legado del músico tamaulipeco es haber imaginado que existen sueños innecesarios y rotos, que volamos sobre historias de concreto y que no tenemos tiempo de cambiar nuestras vidas. Porque, como lo ha señalado José Agustín, las canciones de Rodrigo González han influido en varias generaciones de personas que gustan de la buena música y han contribuido en el desarrollo de un rock crítico, inteligente y mexicano. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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