Recuerdo la primera vez que sentí el terrible miedo de morir

Cumplir una promesa…

Recuerdo la primera vez que sentí el terrible miedo de morir, pero no de morir simplemente, ya que durante muchos años me he considerado una suicida potencial.

«La pesadilla» (1871), de Johann Heinrich Füssli.

He encontrado en la promesa de la muerte una casi esperanza de libertad, como alguien que sufre claustrofobia y, al estar en cualquier lugar, observa continuamente la salida de emergencia, y eso es precisamente lo que hace que no caiga en el pánico común y desproporcionado que acompaña las fobias. Pero, como quien ve el mar por primera vez: majestuoso y a su vez implacable, que puede llenarte de asombro tanto como de terror, el miedo que entonces yo sentí en ese momento fue específicamente el de morir antes que mis padres.

Primero, había sido una promesa que me hice años antes después de una conversación casi casual entre mi madre y yo, en la que ella me contaba una plática que tuvo con su hermano después de que éste perdiera a uno de sus hijos. Mi tío le había dicho que no había dolor más profundo que perder un hijo. Ella no supo en ese momento —ni después— el impacto que esas sencillas palabras tuvieron en mí, quien constantemente pensaba en la mejor y más sencilla forma de morir. Ese día lo prometí: jamás atentaría contra mi vida mientras mis padres estuvieran vivos.

Aquella noche, después de que atravesara por una extraña enfermedad cuyo síntoma principal era una fiebre que ni los fomentos ni los baños con agua fría lograban mitigar, intentaba dormir, recostada, boca arriba, en absoluta oscuridad; sentí cómo algo se desprendía de mí. No sabría explicar con exactitud qué era aquello que salía de mi cuerpo, podría decir quizás que era como una sombra que va saliendo, o como ese vapor que sale del pavimento caliente con las primeras gotas de lluvia y del que no somos conscientes hasta que se hace visible; incluso, parafraseando a Saramago, que era como una nube cerrada. No estoy segura de si mi conciencia iba en esa esencia que salía o si estaba quedándose en mi cuerpo, pero sí puedo decir que sentí con claridad el pequeño desprendimiento. Como un desvanecimiento breve de la vida que empieza a filtrarse poco a poco por los poros de la piel que pronto perderá el calor, el color y el sentido; cuánta calma puede sentir un cuerpo cansado de luchar.

Esta muerte estaba siendo perfecta, hasta que, como un destello de luz, pensé en mi padre, que estaba en la habitación contigua. Lo imaginé entrando a mi habitación, preguntando cómo me sentía, regañándome por esos días sin comer. Lo vi llamándome, moviendo mi cuerpo frío, abandonado, tratando de detener las lágrimas…

En algún momento llegué a pensar que ese episodio había sido resultado precisamente de la fiebre, pero sé que morir debe ser algo similar. Una muerte lenta, con cierta calma, sin el caos de los llantos, de los gritos de desesperación, sin el dolor del arma que perfora la piel o el impacto traumático —aunque definitivo— sin las largas esperas en los hospitales pidiendo a un dios sordo que deje descansar de una vez por todas. Sobre todo, sin la carga del pecado mortal. Esta muerte estaba siendo perfecta, hasta que, como un destello de luz, pensé en mi padre, que estaba en la habitación contigua. Lo imaginé entrando a mi habitación, preguntando cómo me sentía, regañándome por esos días sin comer. Lo vi llamándome, moviendo mi cuerpo frío, abandonado, tratando de detener las lágrimas, ahogando el llanto, sosteniendo mi cuerpo con sus brazos de hombre, con su dolor de padre, y entonces supe que no podía morir.

La esencia que se desprendía regresó a mi pecho con una violencia tal que me hizo despertar, llena de miedo, con un llanto ahogado que no podía detener. Y fue ahí donde nació ese terrible miedo.

Como si de una mala broma se tratara, mi padre murió una semana después, y yo, entre el dolor y la culpa, sentí que la mitad de mi promesa había sido cumplida. Mientras caminaba detrás de la carroza que llevaba su cuerpo rumbo al panteón, en esa soledad absoluta entre él y yo, le pedí, le imploré… su permiso para irme después de él.

No hubo respuesta, ni una señal, ni un mensaje en sueños en que me diera esa luz que me permitiera avanzar en una decisión tomada hace tantos años.

En un contraste casi paradójico, veía a mi madre llena de vida, sonriente, libre y con unas impresionantes ganas de vivir; la observaba en silencio, pensando en esa fuerza que no imaginé que podría tener. He querido hablarle, preguntarle, como si de alguien más se tratara, tratando de liberarla de la promesa del amor de madre y así de la mía propia. ®

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Publicado en: Narrativa

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