Un trago de infierno

Entrevista con Pilar Boyle y Mariano Asseff

Niko, una joven actriz cansada de trabajar en programas televisivos intrascendentes y de fórmula, recibe el guion de una película: un drama intenso en torno a una madre abusiva y violenta. Sin embargo, a medida que esta mujer se sumerge en los ensayos del papel, aislada en una casa, la línea entre la realidad y sus sueños más oscuros se va volviendo difusa.

Fotograma de Un trago de infierno.

Se trata de la película argentina Un trago de infierno, ópera prima de la pareja formada por Mariano Asseff y Pilar Boyle, quien también funge como guionista y actriz protagónica.

A propósito del recorrido por festivales que ha emprendido la película —que la ha llevado a Tallin Black Nights (Estonia), Fantaspoa (Brasil), Macabro (México), Santiago Horror (Chile) y Buenos Aires Rojo Sangre (Argentina), entre otros— compartimos la entrevista con los realizadores, quienes hablaron acerca de las dificultades de filmar en su país, en el cual el cine y la cultura son vistos con desconfianza tras la llegada de Javier Milei al poder; de la manera en que influyó dentro de su proceso creativo el mudarse a la Ciudad de México, y de cómo invocaron a los espíritus de David Bowie y Pier Paolo Pasolini.

—Pilar, en la primera función de Un trago de infierno en Macabro mencionaste que la película no es tanto una crítica a la industria del cine, sino un acto catártico para poder reflexionar sobre el oficio de la actuación. Me gustaría empezar desde ese punto: ¿en qué momento sentiste la necesidad de, como describiste, “vomitar” tus ideas y exponerlas en la pantalla?
Pilar Boyle: Como bien señalaste, Un trago de infierno es una reflexión sobre nuestro papel, ya sea activo o pasivo, en una industria que genera, con mayor o menor impacto, pensamiento crítico, cultura y entretenimiento. Cuando empecé a escribir el guion de la película me encontraba cansada y muy triste por la ruptura que sufrió la industria en mi país tras la llegada de Javier Milei, con el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales arruinado y una transformación ideológica que, ante el ojo público, estigmatiza a quienes trabajamos en el sector cultural como vividores del Estado. Una de las primeras preguntas que me hice fue: “¿Para qué y para quién creamos?” Sin embargo, en lugar de quedarme en la queja y el lamento decidí exponerme y canalizar esa frustración en una película.

—Actualmente, tanto actores como directores enfrentan una presión constante: no solo se espera que participen en proyectos “serios” o prestigiosos, sino que también mantengan una presencia activa en redes sociales y sean vocales en temas como la guerra en Gaza, el movimiento #MeToo o cualquier controversia reciente. ¿Qué opinan sobre estas exigencias por parte de la industria, la prensa y el público, y cómo han lidiado con ellas en su trabajo?
Mariano Asseff: Definitivamente existe una presión constante en este medio. Todos queremos trabajar, hacer lo que nos gusta, ser reconocidos y, sobre todo, ganarnos la vida de manera justa. Pero en un país como el nuestro, donde la industria cinematográfica es pequeña y a menudo endogámica, la situación se vuelve complicada. Existe una batalla por pertenecer, por acceder a recursos y oportunidades. Nuestra película, en cambio, nació al margen de ese círculo industrial. Fue un proyecto con un presupuesto limitado, impulsado por un deseo de expresarnos. Al trabajar fuera de las estructuras tradicionales, tuvimos mayor libertad creativa sin pensar todo el tiempo en cumplir expectativas ajenas.

Pilar Boyle: Al escribir el guion también quise explorar de qué manera nuestros egos influyen en el trabajo que hacemos. Creo que esta presión por estar siempre presentes, por fijar nuestras posturas todo el tiempo en redes sociales o por encajar en proyectos “exitosos” está generando una dinámica casi adictiva, no sólo en los artistas, sino en buena parte de quienes trabajan en la industria. Es como si constantemente tuviéramos que demostrar que estamos en el lugar correcto. Personalmente, esa exigencia me agota y me pone mal. A veces siento que necesito un descanso, recargar energías y crear desde un lugar más auténtico, pero la industria no siempre te da ese espacio.

—Si bien Un trago de infierno no se concentra en el contexto político o económico actual de Argentina, al inicio hay una secuencia en la cual la representante de Niko, mientras la persuade a que acepte el papel que terminará por trastocarla, le dice: “El país está yéndose en picada”. En ese sentido, ¿cómo dialoga la película con este marco?
Pilar Boyle: Contar la historia de una actriz a la que “le va bien” en Argentina ya era, en sí mismo, un desafío, porque en mi país, incluso cuando te va bien, ese éxito nunca es del todo pleno. Queríamos que la protagonista tuviera ciertos privilegios, pero en Argentina los privilegios suelen ser más culturales o intelectuales que materiales. Para que esto fuera entendible en la película tuvimos que amplificar y hasta exagerar algunos aspectos de su vida, como mostrarla en un entorno más acomodado de lo que una actriz conocida realmente podría permitirse. Aun así, la intención siempre fue que el contexto social sólo fuera el telón de fondo.

Queríamos que la protagonista tuviera ciertos privilegios, pero en Argentina los privilegios suelen ser más culturales o intelectuales que materiales. Para que esto fuera entendible en la película tuvimos que amplificar y hasta exagerar algunos aspectos de su vida, como mostrarla en un entorno más acomodado de lo que una actriz conocida realmente podría permitirse.

En medio de la lectura, por parte de Niko, del guion acerca de una madre abusiva, irrumpe la misteriosa figura de Fer, cuya identidad nunca queda del todo clara (¿un excompañero de profesión?, ¿un antiguo amante con quien mantuvo una relación tóxica?). La dinámica de poder que ambos establecen (¿continúan?) refleja cómo prevalece cierta posición que la mujer ocupa en espacios públicos y privados.

—Pilar, ¿cómo fueron escritos los personajes?
—Cuando escribí el personaje de Niko, el cual interpreto, quería explorar las violencias y los miedos que se acumulan con el tiempo, producto de las exigencias que la sociedad impone, especialmente a las mujeres. La película no es autobiográfica, pero sí está muy impregnada de experiencias personales, como escuchar preguntas sobre cuándo tendré un hijo o comentarios acerca de lo que se espera de mí en la vida. Quise que esos temas resonaran, sin ser explícitos, que el público los percibiera a través de las decisiones del personaje. Para mí, hacer una película se trata de compartir una visión e invitar al espectador a pensar cómo ciertas problemáticas nos atraviesan a todos.

Fotograma de Un trago de infierno.

En cuanto a la relación que Niko mantiene con el personaje de Rafa, interpretado por Ignacio Torres, no me interesaba retratar estereotipos de víctimas y victimarios, sino mostrar una dinámica complicada, ambigua, en la que afloran tensiones reales. Por ejemplo, Rafa dice verdades crudas, pero lo hace desde un lugar humano, y eso me genera cierto aprecio por él, porque así somos las personas: ni tan buenos ni tan malos, sino una mezcla de ambos lados. En el cine actual se busca simplificar a los personajes, pero yo quería lo opuesto: aprehender su complejidad.

—¿Cómo se conocieron y comenzaron a colaborar artísticamente?
Mariano Asseff: Pilar y yo nos conocemos desde hace once años; somos pareja y comenzamos a trabajar casi de inmediato. Junto con nuestros amigos Sergio Albornoz y Ricardo Ryzak en abril de 2018 fundamos el Teatro Quirón en Buenos Aires, un espacio donde desarrollamos nuestras primeras historias con los recursos que teníamos a la mano: obras alternativas y experimentales pensadas desde la autogestión. Siempre tuvimos el deseo de hacer una película, pero la crisis en la industria cinematográfica argentina se agudizaba cada vez más. Al mismo tiempo, la tecnología para filmar se volvió más accesible y llegó un punto en el que ya no había excusas para no intentarlo. Esa mezcla entre necesidad, deseo y posibilidad fue lo que finalmente nos empujó a dar el salto.

—Mariano, mencionaste que filmaron con un presupuesto limitado. Sin embargo, la película no refleja esa restricción. ¿Cómo fue la producción de Un trago de infierno para lograr ese resultado?
Mariano Asseff: Para nosotros la clave siempre fue el equipo con el que trabajamos. Desde el director de fotografía, Mariano Attolini, hasta la directora de arte y de vestuario, Déborah Teplitzki, pasando por nuestra asistente de dirección, Berenice Zapiola, todos compartían una pasión genuina por esta historia. Más allá de los recursos técnicos o de los elementos de arte que pudimos conseguir, fue el espíritu colectivo lo que hizo posible la producción de esta película.

El proceso completo de Un trago de infierno, desde la escritura del guion, por parte de Pilar, hasta el primer corte de la película, tomó aproximadamente un año, lo cual fue muy rápido para una producción de esta naturaleza. La filmación se conformó de seis días consecutivos en la locación ubicada en Tigre, un partido de la provincia de Buenos Aires, que fue el núcleo del rodaje. Luego grabamos algunas escenas adicionales de manera esporádica, sumando unos tres días más. Después del rodaje nos mudamos a Ciudad de México, y toda la posproducción se realizó aquí.

Tigre tiene una mística especial que lo hace muy atractivo. Es un lugar aislado, silvestre, casi salvaje, donde el río lo define todo. Tuvimos mucha suerte, porque no enfrentamos problemas como una sudestada o las fluctuaciones del agua que, hemos escuchado, otras producciones sí tuvieron.

—En fechas recientes Tigre ha fungido como escenario de películas argentinas pertenecientes al cine de género, como Luciferina (Gonzalo Calzada, 2018), La sudestada (Daniel Casabe y Edgardo Dieleke, 2024), Masacre en el Delta (Facundo Nuble, 2024), la cual también se pudo ver en la pasada edición del festival Macabro, y precisamente Tigre (Ulises Porra y Silvina Schnicer, 2017). ¿Qué cualidad tiene ese territorio para que hayan decidido filmar ahí?
Pilar Boyle: Tigre tiene una mística especial que lo hace muy atractivo. Es un lugar aislado, silvestre, casi salvaje, donde el río lo define todo. Tuvimos mucha suerte, porque no enfrentamos problemas como una sudestada o las fluctuaciones del agua que, hemos escuchado, otras producciones sí tuvieron. Tigre no es fácil de filmar, pero su energía y su carácter único aportaron una dimensión especial a la película, como si el lugar mismo fuera un personaje más.

Fotograma de Un trago de infierno.

Mariano Asseff: Tigre es un lugar fascinante porque, a medida que te adentras en sus islas, la atmósfera cambia por completo. Las primeras áreas son más accesibles, con tiendas y cierta actividad social, pero al alejarte, tras una hora y media o dos en lancha, todo se vuelve más solitario, más denso y envolvente. Filmamos en una época del año con mucha neblina matutina, lo que creaba un ambiente mágico. Los sonidos del lugar despiertan sensaciones que transforman tu percepción. Sin duda, Tigre influyó mucho en nuestro trabajo y terminó alimentando la narrativa misma de la película.

—¿Qué los llevó a tomar la decisión de mudarse a México y cómo fue el proceso de posproducción en otro país?
Pilar Boyle: Nunca imaginas hasta dónde puede llegar un proyecto como éste, pero estamos muy agradecidos con México. Este país nos ha dado un espacio para crecer artísticamente. La decisión de mudarnos no fue inmediata; consideramos varias opciones, pero todo cambió cuando visitamos Oaxaca durante el Día de Muertos. Nos enamoramos de la energía de esa celebración, de la ciudad, de su vibra; fue un flechazo inmediato. Más allá de esa fecha, México tiene una fuerza única como nación; quizás ustedes no estén tan conscientes de ello, pero el país es una potencia cultural con una identidad muy viva. Eso nos interpeló mucho.

Mariano Asseff: Mudarnos a México, donde llevamos viviendo un año y medio, fue un paso fundamental para nosotros. Queríamos traer algo de nuestro país, una especie de esencia creativa, y transformarla acá.  México nos dio la oportunidad de empezar de nuevo, con una perspectiva fresca.

La posproducción fue un proceso muy introspectivo. Estábamos conociendo la ciudad y a su gente, lo que hizo que durante los primeros meses prácticamente viviéramos entre la edición en nuestra casa y visitas al mercado de la colonia Escandón. Esa experiencia se filtró, consciente o inconscientemente, en las decisiones de edición, desde los cortes hasta el ritmo final de la película.

Nos interesa lo simbólico, ese espacio donde el espectador puede completar la escena con su propia imaginación. Para mí, el cine debe permitir soñar que, de pronto, nos convertimos en conejos y salimos volando, sin necesidad de artificios ni efectos grandilocuentes, tipo Avatar.

—En la misma función, dentro de Macabro, mencionaron que el imaginario visual de Un trago de infierno, el cual transita insistentemente entre lo onírico y lo realista, no fue planificado del todo. ¿Cómo construyeron juntos esa estética y puesta en escena tan particular?
Pilar Boyle: Al trabajar con recursos económicos limitados buscamos que todo fuera lo más auténtico posible. Esto nos llevó a crear un imaginario donde lo fantástico no es exagerado, sino que se mezcla con lo cotidiano de una manera sutil. Por ejemplo, un insecto que irrumpe de repente o un detalle que parece fuera de lugar, pero que se siente plausible. Nos interesa lo simbólico, ese espacio donde el espectador puede completar la escena con su propia imaginación. Para mí, el cine debe permitir soñar que, de pronto, nos convertimos en conejos y salimos volando, sin necesidad de artificios ni efectos grandilocuentes, tipo Avatar.

Fotograma de Un trago de infierno.

Mariano Asseff: Nos atrae explorar lo extraño, pero no como algo ajeno, sino como una dimensión que de alguna manera enriquece la experiencia narrativa. Mi experiencia en animación influyó mucho en este proceso. Cuando trabajás en animación tenés control total sobre el escenario, los personajes y los movimientos de cámara, lo que libera la imaginación. Con Un trago de infierno intentamos trasladar esa lógica al rodaje: dejar volar la creatividad desde el guion y luego encontrar la forma de poder plasmarla. Cada cuadro y sonido se construyeron para reflejar esa mezcla de lo real y lo onírico, permitiendo que la historia pudiera respirar en un espacio donde todo es posible.

—En festivales especializados, como el citado Macabro, cada vez se ha vuelto más común que las películas de terror tengan elementos de comedia o de ciencia ficción o de drama psicológico o de algún otro género. Existe un cambio de paradigma en el cine de terror que abraza esa hibridez, aunque algunos espectadores todavía esperan un género más definido y una iconografía tradicional, y se quejan airadamente si no lo encuentran. Al respecto, Un trago de infierno juega constantemente con las expectativas del público, manteniéndolo en suspenso sobre lo que vendrá después.
Pilar Boyle: Nos interesa un cine que se parezca un poco más a la vida: bizarro, caótico, a veces gracioso, a veces triste, pero sobre todo impredecible. Por eso, la película no se ajusta a un género puro. Sabemos que romper los cánones y las reglas puede parecer “incorrecto” para algunos espectadores del cine de terror, pero no es algo que nos preocupe demasiado.

Mariano Asseff: También vale decir que las historias que elegimos contar determinan la forma misma de la película. En este caso, optamos por una narrativa con personajes complejos atravesados por situaciones extrañas, ambiguas, a veces contradictorias. Cada historia tiene su propia lógica. No se trata de forzar la hibridez, sino de dejar que la historia mande.

Mientras escribía el guion de la película escuché “The Man Who Sold the World”, una canción que había oído millones de veces, pero esa ocasión me impactó como si la hubiera escuchado por primera vez. Investigando, descubrí que Bowie la escribió a inicios de los años setenta, en un momento de su vida en el que lidiaba con su propia sombra, su ego, su fama…

Fotograma de Un trago de infierno.

—En los créditos finales me llamó la atención ver una dedicatoria muy particular a dos figuras tan opuestas entre sí como David Bowie y Pier Paolo Pasolini. ¿De qué manera se relacionan estas influencias con la película?
Pilar Boyle: Soy una gran admiradora de David Bowie; diría que es el único artista del que realmente me considero fan. Mientras escribía el guion de la película escuché “The Man Who Sold the World”, una canción que había oído millones de veces, pero esa ocasión me impactó como si la hubiera escuchado por primera vez. Investigando, descubrí que Bowie la escribió a inicios de los años setenta, en un momento de su vida en el que lidiaba con su propia sombra, su ego, su fama y la tensión de pasar del lado artesanal a un lugar más industrial. La canción está inspirada en el poema “Antigonish”, de William Hughes Mearns, el cual mi personaje recita en la película. Esa lucha interna de Bowie resonó con el espíritu emocional de Un trago de infierno, aunque no necesariamente con mi realidad personal.

En cuanto a Pasolini, lo admiro por su libertad como cineasta. Con los recursos que tenía, era capaz de crear universos que entrelazaban lo religioso, lo sexual y lo político de una manera que me parece fantástica. Durante el proceso creativo muchas veces me imaginé conversando con él, como si le respondiera a su obra. Me preguntaba: “¿Qué le diría yo a Pasolini hoy, desde esta época convulsa en que vivimos?” Su contexto en Italia, con sus propias tensiones políticas, me parecía un eco de lo que enfrentamos ahora. Aunque eso no se ve en la película, en mi proceso de escritura y nuestro trabajo de filmación, hubo una especie de invocación: una forma de conectar con personas que me inspiran, para así pensar, desde el cine, el estado actual del mundo. ®

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Publicado en: Cine

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