El populismo es un proyecto político antiliberal que altera la agenda de gobierno y las estructuras del poder para refundar la democracia en torno a la unidad líder–pueblo sin necesidad de contar con instituciones representativas ni separación de poderes.

La política puede ser un arma noble para servir al pueblo si quienes la practican tienen principios y buscan el bien común.
—Nelson Mandela
Más allá de la escala izquierda–derecha, calificamos al populismo como una ideología porque satisface las funciones propias de ésta al explicar y evaluar la realidad política y proponer un curso de acción defendiendo un modelo sui generis de democracia que no corresponde con las expectativas asociadas a la distinción entre izquierda y derecha tradicionales.
Es una lógica política y un estilo discursivo que divide a la sociedad en dos bloques antagónicos: un “pueblo” virtuoso y homogéneo y una “élite” corrupta, presentándose a sí mismo como el representante auténtico de los intereses populares.
En algunos lados esa forma de gobernar se escuda en una izquierda impulsada por caudillos que han puesto todo su empeño en librar una batalla de ricos contra pobres, en la que se pretende imponer un régimen de igualdad transgrediendo todos los derechos.
Sin ser una ideología fija —puede ser de izquierda o derecha—, busca el poder mediante la movilización emocional, el antielitismo y la promesa de soluciones sencillas, a menudo socavando las instituciones democráticas y personalizando el liderazgo en un líder carismático que encarna la voluntad del pueblo contra los “enemigos”.
La idea central es la polarización entre “el pueblo” —honesto, trabajador, mayoritario— y “la élite” —corrupta, egoísta, alejada de la gente, a menudo vista como extranjerizante o conspiradora—.
Apoyada por el surgimiento de un liderazgo que se erige como el verdadero intérprete y defensor de la voluntad popular, personificando al pueblo y enfrentándose directamente a las élites.
Busca restituir la primacía política al pueblo, a menudo a través de una democracia directa o sin intermediarios institucionales, como los partidos políticos.
Critica a las instituciones —parlamento, medios, justicia— y a los expertos, y tiende a excluir a quienes no se identifican con el pueblo definido por el líder. Utiliza la retórica para movilizar, apelando a emociones como el resentimiento y ofreciendo soluciones simples a problemas complejos, generando una visión maniquea: buenos vs. malos.
Aunque no es una ideología fija, tiene un núcleo conceptual, el populismo es transversal; sus contenidos cambian según el contexto —izquierda o derecha.
De izquierda: politiza desigualdades contra las élites económicas. En algunos lados esa forma de gobernar se escuda en una izquierda impulsada por caudillos que han puesto todo su empeño en librar una batalla de ricos contra pobres, en la que se pretende imponer un régimen de igualdad transgrediendo todos los derechos. Lo que realmente quieren estos “liberales progresistas” es volver al patetismo, a la utopía, a la esclavitud, al comunismo, donde la gente debe servir al Estado y no al revés.
Vemos con alarma que ocurre como en los tiempos de la dictadura roja, que cualquier disidencia pública es peligrosa, como se busca acaparar la agenda pública atacando a los medios de comunicación que tratan de hacer un trabajo serio y no mentir a la población.
Se sienten de izquierda porque, al igual que los miembros del antiguo politburó, deliran, porque creen que sus países y sus “causas” están rodeadas de enemigos.
El populismo de derecha define al pueblo como homogéneo, nativo y culturalmente tradicional, oponiéndolo a élites globalistas y “extranjeros” —inmigrantes, minorías, organismos supranacionales—. Se caracteriza por un fuerte nacionalismo…
Por su parte, los adalides de la nueva “izquierda” esconden los archivos, censuran y modifican a su conveniencia los libros de historia, reintroduciendo el dogma de la infalibilidad del Estado. Fomentan la mentira para educar patrióticamente a las masas.
Por su parte, el populismo de derecha construye un pueblo culturalmente puro contra migrantes o “enemigos” externos. El populismo de derecha define al pueblo como homogéneo, nativo y culturalmente tradicional, oponiéndolo a élites globalistas y “extranjeros” —inmigrantes, minorías, organismos supranacionales—. Se caracteriza por un fuerte nacionalismo, discursos simples para problemas complejos, el uso de la polarización —amigo–enemigo—, carisma de un líder, rechazo al multiculturalismo y a menudo promueve valores conservadores, utilizando la retórica antiestablishment para ganar apoyos.
Sea de izquierdas o derechas, el populismo es una estrategia política que construye una identidad de pueblo unido contra enemigos, encarnada en un líder, que puede adoptar distintas formas ideológicas, pero que se caracteriza por su antielitismo, su lenguaje emocional y su tendencia a desafiar las estructuras democráticas.
Los debates derivados por la captura de un mandatario —no reconocido por la mayoría de las naciones— de un país sudamericano por parte de los Estados Unidos ha generado toda clase de posturas y controversias. Sin embargo, a la luz de lo expuesto en este artículo, al analizar las visiones de gobierno del captor y del capturado nos deja claro que no son tan diferentes. ®
