Razón y sueño, monja

Juana, rezar por ti no puedo,
pues ya no tienes cárcel,
y los rezos no tocan
lo que ha perdido sus contornos

Sor Juana Inés de la Cruz. Miguel de Cabrera, 1750. Foto Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

a Rómulo Ramírez Daza, sorjuanista

La razón, oh Juana Inés,
apunta, en ocasiones
de esporádico cometa,
o imparables veces,
como lluvia de verano,
al vacío carente de edificio,
pero tupido de fuego;
aunque en la meta consciente
que es formar un sueño,
la materia que lo realiza
viene, de origen, infectada,
y lo que el pálpito de amor
formó en un día, o en años,
la sombría noche
de la luz verdadera
lo desmiente;
que más fácil sería
que lo hechizara,
para tan solo decir
es pura vanidad
o forma despistada,

y seguir flotando. Mas no:
la cierta y fuerte ilusión
es que, bajo la huella
del sentido (y su sentir),
no lo parece; en cambio,
es viva fuente, se piensa,
y no el retrato vivo,
como lo es,
de aquella fuente.
Juana, rezar por ti no puedo,
pues ya no tienes cárcel,
y los rezos no tocan
lo que ha perdido sus contornos,
o más bien, estos ignoran
si agreden con amor cosa alguna,
imagen tras su velo,
o caen al fondo sin sino
del que emite su calor votivo
y en él se extingue,
solitario, inexistente.
Ni tú por mí harías un rezo
que tocara fiel
(como se toca lo interior
y lo ignorado,
mas no los sueños de tu vida,
sino la propia, viva)
la forma de mi mente,
pues no conozco
mayor lenguaje de ti
que tu memoria,
y la memoria,
para el acto presente del amor,
es hoja seca,
sabia partera sin futuro.
Ni conociste de mí
otro lenguaje
que el de la lógica buena
que, por el bien de la especie,
asumió una descendencia
segura, pero anónima;
supiste de mí, pues,
solo por ser hombre;
ni de mi rostro y nombres,
pues no fuiste pitonisa,
tuviste algún recado.
Valga, pues,
como mínimo diálogo,
estas letras firmes
en tu idioma, pero vacuas,
esta fuente fluida
que no marca destinos
sino solo preguntas,
dudas sin lucidez,
solo un pobre deseo;
tan pobre, que no merece
ser dicho de esta forma,
ni de ninguna otra:
solo su lento y hondo tono
suma su nota a la canción
de ancianos conocida,
melodía infinita,
creada entonces
cuando nada existía.
Solo callar y ver, Inés,
por el momento,
callar y empeorar, monja,
sentir y pensar,
silenciar complejamente,
con tus ondas de luz
certeras, enredadas,
lo que, tras los sentidos,
helados con razón
o calientes de fervor,
resulte ser, de Dios,
revelación:
duro crepúsculo
o amanecer definitivo. ®

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