Adam Zagajewski, memoria y libertad

La poesía como estética de la comprensión

La poesía era para el escritor polaco un refugio en contra del desplazamiento forzado para encontrar un lugar provisional, nunca del todo cierto y seguro, para poder habitar y transitar cual nómadas, sin espacio de posibilidad para arraigar o establecerse con horizonte definido.

Adam Zagajewski.
La ideología limita la libertad y, por tanto, va en contra de lo humano y de la poesía.
—Adam Zagajewski

En el Día Mundial de la Poesía, a los 75 años, se despidió Adam Zagajewski, autor que encontró en la literatura un sentido ético, que no todos o todas saben encontrar, porque no quieren, porque no pueden o porque no consideran que ese deba ser el sentido, motivo u orientación de la creación poética.

En una verdadera democracia, muy probablemente hablar de ética en relación con la creación poética resultaría, si no falaz, sí al menos un sinsentido. Confeso lector cautivo de Franz Kafka, el poeta polaco escribió: “En la lucha entre uno y el mundo, uno debe ponerse del lado del mundo. Siempre habrá tiempo de volver a uno mismo. De momento tienes que ponerte del lado del mundo para ser justo porque el mundo es más sabio que nosotros”. En algún otro tiempo posterior a la afirmación anterior constataría que “Escribir poemas es como montar un globo aerostático. Dependes de los vientos más que de tu mando”.

Adam Zagajewski, poeta, novelista y ensayista polaco nació en Lwów (actual Ucrania) el 21 de junio de 1945 y murió en Cracovia el 21 de marzo de 2021. Al igual que otros repatriados polacos de las Kresy de la extinta Unión Soviética, fue expulsado junto su familia —con apenas cuatro meses de edad— por los soviéticos, instalándose en 1946 en Gliwice, en la Silesia alemana que acababa de ser anexada al territorio de Polonia, convirtiéndose en desplazados–inmigrantes sin haber abandonado nunca su país. Estudió filosofía y psicología en la Universidad Jagellónica de Cracovia, donde más tarde fungió como profesor. Estuvo ligado al movimiento poético de la Nowa fala (Nueva ola) y al grupo literario polaco Teraz (Ahora), dando a conocer en revistas sus primeros poemas, como fue el caso en 1967 de “Música”, publicado en la revista Życie Literackie. Posteriormente publicaría en otras revistas como Odra (1969–1976) y Twórczość (1969, 1971–1973).

Heredero y continuador de la constelación de poetas polacos del siglo XX, Czesław Miłosz, Wisława Szymborska o Jan Twardowski, fue hasta 1972 cuando publicaría su primer poemario, Komunikat, y su primera novela Ciepło zimno (Caliente y frío). Como joven de la Europa de la Guerra Fría, difundía sus ideas en la revista clandestina Zapis, entonces una de las principales publicaciones de la oposición democrática polaca. Más tarde, publicaría en Sklepy mięsne (Carnicerías), grupo perteneciente a la Generación del 68, con el cual se le identifica y cuyos miembros comprometidos políticamente como Julian Kornhauser, Kipska, Ryszard Krynicki o Stanisław Baranczak, tenían como objetivo alzarse contra la ideología y la propaganda comunista, a las cuales acusaban de haberse apropiado del lenguaje para falsificar la realidad. Dos de los lemas más importantes que enarbolaban eran Powiedz prawdę (Di la verdad) y Mów wprost (Habla claro). Ese mismo año comenzaría a llamar la atención del público lector con poemario “El mensaje”, al que continuarán otros de vital importancia como “Ir a Lvov”, “Lienzo”, “Carnicerías”, “Tierra del fuego”, “Anhelo”, “Regreso”, “Antenas” y “Mano invisible”, entre otros.

“En tiempos como los nuestros, asediados por la estupidez y la amnesia, la memoria, naturalmente, es extremadamente preciosa. Y la poesía se considera a menudo una especie de tributo al dios de la memoria. La elegía se convierte en el rey de los poemas; no sólo evita el olvido de nuestras pérdidas, sino que lucha por inmortalizarlas, por preservar la frescura y la fuerza de lo que ha pasado.”

En poemarios como Comunicado y Tienda de carne (también traducido como Carnicerías), denunció la falsedad del lenguaje oficialista, demandando sinceridad en el discurso público. Fue cercano a personajes como el filósofo Roman Ingarden y el escritor Stanislaw Lem. Tradujo a pensadores como Raymond Aron, Mircea Eliade, entre otros. Tras los Acuerdos de Helsinki se unió en 1976 al Comité de Defensa de los Obreros (Komitet Obrony Robotników, KOR), dando motivo suficiente para que las autoridades comunistas prohibieran la publicación y difusión de sus obras en los circuitos oficiales. Decide exiliarse y marcha hacia Estados Unidos, convirtiéndose en profesor en la Universidad de Houston. En 1982 regresa al continente y se establece en París, alternando entre Berlín y Estados Unidos (donde trabajó como profesor invitado en las universidades de Chicago y Houston). Un exilio del cual reconoce haber sacado aspectos positivos, como haber descubierto en París a Yeats, en Berlín a Nabokov y en Houston a un Proust mucho más rico del que conocía de antemano.

En 2002 regresa a Cracovia junto con su mujer, Maja Wodecka. Forma parte de la redacción de Zeszyty Literackie, haciéndose acreedor al Premio Vilenica en 1996 (concedido en Eslovenia) y al Premio Adenauer de Literatura en 2002. Autor muy traducido en todos los géneros en los que escribió, ya ensayos, ya poemarios, como En defensa del fervor (2005), Poemas escogidos (2005), Deseo (2005), Dos ciudades (2006), Solidaridad y soledad (2007), Releer a Rilke (2017) y Asimetría (2017), entre otros. [Estas fechas se corresponden con el año en que estas obras fueron publicadas al castellano en cierta editorial, esa en lo que quien esto escribe revisó, y no a aquellas en las cuales se publicaron por primera vez.] Cobró fama mundial luego de publicar el poema Try to Praise the Mutilated World (Intenta celebrar el mundo mutilado), aparecido en The New Yorker después del 11 de septiembre de 2001​ y por sus publicaciones sobre el también poeta y paisano suyo Czesław Miłosz, Premio Nobel de literatura en 1980, a quien consideraba un gigante y padre de la poesía polaca moderna, siendo Zagajewski —a juicio de él mismo— uno de los hijos de la generación que su coetáneo forjó.

En su obra Dos ciudades reflexionaría sobre ese adentro y afuera, ir y venir, de aquí y de allá en el mismo sitio que ofrecía realidades distintas sin cambios de residencia, siendo los otros los que llegaban y se iban cada determinado tiempo siempre teniendo como factor común la violencia. Zagajewski dice que “En el fondo siempre me he sentido una especie de desplazado, y por ello la figura del exiliado forma parte indisoluble de mi forma de concebir la literatura en general, y la poesía en particular”. Lo cual se actualiza en una manifestación más contemporánea sobre los tiempos actuales de migración forzada, sea por las condiciones propiciadas por el capitalismo global de nuestros días, o por otras derivadas de lo mismo, aunque disfrazadas de disputas políticas por el poder, como guerras y extremismos de investidura pseudorreligiosa, en donde afirma que “Asistimos a la dramática situación de las gentes que tienen que abandonar sus lugares de origen. Estamos en un momento peligroso y la pandemia lo hace aún más peligroso”.

La poesía como lenguaje de la memoria y de la libertad última

El lenguaje en la poesía es al tiempo una declaración y un arabesco. Uno no tiene sentido sin el otro.
—Adam Zagajewski

La poesía era para el escritor polaco un refugio en contra del desplazamiento forzado para encontrar un lugar provisional, nunca del todo cierto y seguro, para poder habitar y transitar cual nómadas, sin espacio de posibilidad para arraigar o establecerse con horizonte definido. “La poesía es propia de aquellos desdichados que, con un patrimonio ridículo, se balancean al borde del abismo, a caballo entre continentes”. Varsovia, Cracovia, Polonia toda ocupada por el poder soviético dejaba poco espacio, pero muchos motivos para la poesía polaca que exigía libertad, no sólo para recuperar al lenguaje del secuestro en que los soviéticos y la camarilla “nacional” lo tenían, sino para reivindicarlo política y culturalmente, haciendo un llamado a disentir incluso de la disidencia si ésta amenazaba con convertirse en ideología. De hecho, afirmaba no haberse sentido nunca tentado a seguir una orientación poética en particular. Zagajewski afirmaba: “Hay que distinguir entre ideología y filosofía. Cada escritor, cada poeta, tiene su propia filosofía, pero los poetas no son ideólogos”. El poeta polaco siempre estuvo en contra de que la poesía y la literatura fuesen usadas como bandera política, lo cual no significaba que la ciudadana debiese renunciar a luchar por sus libertades, incluyendo a los poetas como ciudadanos con derechos civiles y políticos, los cuales estaban negados por el régimen de la hoz y el martillo. Se mostraba convencido de que “La poesía tiene un valor extra sólo cuando la vida humana está en peligro, cuando la sociedad está a punto de perecer. Quizá sea mejor para la poesía que no sea tan vital, tan necesaria”, pero siempre a disposición de defender al pensamiento de los genocidas subterfugios de la propaganda y la ceguera.

A partir de años noventa la temática y la forma de su poesía viran hacia terrenos más intimistas, existenciales y ontológicos, tanto en su propuesta ensayística como poética, tal es el caso de Solidaridad y soledad o el poemario Antenas, en los que la indagación de la belleza pasa a primer término sin abandonar la preocupación que siempre fue suya por la profundidad de la existencia humana con una sensibilidad estética singular. En una entrevista dice Zagajewski à propos de su poesía y su relación con el mundo y la realidad, que

El mundo me intriga. Y no el mundo solo, por así decirlo. Percibo la realidad como una estructura fascinante, rica y sin fin —una estructura que tiene algunas ventanas hacia lo que hay fuera de ella. Y lo que encuentro tan atractivo es contemplar estas esquinas del mundo donde se puede ver esta rica sustancia de la realidad y una ventana abierta o medio abierta o entreabierta, hacia algo más. No me preguntes por favor qué es este algo más, no podría responder en forma de definiciones o de descripciones.

En un poema incluido en Tierra del Fuego, en la publicación de una editorial española del año 2004, con la traducción de Xavier Farré, se asume el recién fallecido autor polaco en un papel similar al que en algún momento estuvo Rainer Maria Rilke cuando escribió sus Cartas a un joven poeta, aconsejando a quien se inicia en este arte en un presente urgente de ética, sobrado de mentiras y falsificaciones en el lenguaje mismo.

Carta de un lector
Demasiado sobre la muerte, sobre las sombras. Escribe sobre la vida, sobre un día normal, sobre el deseo de orden.
La campana de la escuela puede ser un modelo de templanza hasta de erudición.
Demasiada muerte, un exceso de negro deslumbramiento.
Mira, naciones amontonadas en estadios apretujados cantan himnos de odio.
Demasiada música, falta harmonía, tranquilidad, cordura.
Escribe sobre los momentos cuando los puentes de la amistad parecen ser más duraderos que la desesperación.
Escribe sobre el amor, sobre los largos atardeceres, sobre el amanecer, los árboles, sobre la infinita paciencia de la luz.

Muy en consonancia con la época que atravesamos y que nunca le fue ajena, habiendo sido —como muchos otros polacos y europeos del este— extranjero en su propia tierra, exiliado de su lengua y su cultura, nos ofrece el siguiente poema:

Refugiados
Doblados bajo cargas que a veces
se pueden ver y a veces no,
atraviesan en ocasiones pantanos
o la arena de los desiertos,
corvos, hambrientos,
hombres silenciosos bajo pesadas chamarras,
vestidos para las cuatro estaciones,
ancianas de rostro arrugado
que ocultan algo bajo el rebozo
¿un niño, la lámpara de la familia,
el último trozo de pan?
Podría ser Bosnia, Polonia
en septiembre del 39, Francia
ocho meses después, Alemania en 45,
Somalia, Afganistán, Egipto.
Siempre hay un vagón,
o al menos una carreta
llena de tesoros (una cobija, una copa de plata,
el desvaneciente aroma del hogar),
un carro sin gasolina botado en una zanja,
un caballo (que pronto queda atrás), nieve,
mucha nieve,
demasiada nieve, demasiado sol, demasiada lluvia,
y siempre un andar desgarbado,
como si pudiera irse a un mejor planeta,
con generales menos codiciosos,
menos nieve, menos viento, menos cañones,
menos Historia (pero ay, no existe
tal planeta, sólo este desgarbo).
Arrastrando los pies
se mueven lenta, muy lentamente
hacia el país de ninguna parte
y la ciudad de nadie
en el río de nunca jamás.

En otra entrevista al mismo diario español afirmaba: “Obtenemos algo de fuerza de la parte nocturna de la vida, porque la noche no es solo el símbolo de la oscuridad y del miedo, aunque puede serlo, sino que también es el símbolo del arte y de la reflexión”.

Noche
Danza bellamente
y tiene grandes deseos.
Busca el camino.
Llora en los bosques.
La matan el amanecer, la fiebre
y el canto del gallo.

Para Adam Zagajewski “El mundo hoy no es trágico sino dramático, porque está todo abierto”. Poco antes de morir había advertido que “El populismo difuso es una forma de semifascismo, porque la gente no respeta las palabras. Y no les importa la verdad”. En entrevista realizada en junio de 2020 por un diario español se definía de la siguiente manera:

Soy, en cierto modo, un hijo de la guerra, aunque no fui testigo de sus horrores. Diría que, en cierta manera, los horrores están, no en mis genes, pero sí dentro de mí. Parte de mi vocación es no olvidar el corazón de esa guerra, y, en cierta manera, recordarlo. No es lo único que quiero hacer, por supuesto, porque no me considero un político, pero es parte del punto de vista que tengo, esa presencia. Siempre recuerdo que Auschwitz está a una hora en coche de donde vivo.

A Zagajewski le toca ser testigo activo y receptivo de la memoria de los horrores de las dos grandes guerras mundiales y muchos otros conflictos bélicos suscitados durante la segunda parte del siglo XX y las primeras dos décadas del siglo XXI, posando sobre ellos la mirada y la pluma a la que les presenta su propuesta ética a través de la poesía y su trabajo ensayístico y periodístico humanístico. En su poema “Jardín de Luxemburgo” se lee: “Gigantesco herbario silencioso que no recuerda a quienes pasaron por él”. Un trabajo de desmemoria exitoso al que los regímenes actuales de la posverdad acuden iterada y escatológicamente para posicionarse efectivamente, y al que la poesía intenta no siempre de manera exitosa oponerle resistencia. En su obra Solidaridad y soledad escribe:

Después del fin del mundo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Es preciso recordar lo que ha ocurrido y pensar en lo que ocurrirá, pero hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Dar largos paseos. Contemplar la puesta de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada.

Como buen europeo heredero, sobreviviente y testigo activo de lo que fue el siglo XX europeo, denominado por Michel Foucault como la “metafísica de la muerte” —y no sólo el europeo—, recordemos que la Guerra Fría tuvo y sigue teniendo consecuencias atroces en todo el orbe, las que hoy amenazan con agudizarse, el poeta polaco nos deja unos poemas —entre muchos otros— sobre el recuerdo, la migración, y sus otros temas siempre presentes como la noche, la ciudad, el bosque, la naturaleza y el sueño.

A mí mismo en mis memorias
Fluye, fluye, nube gris,
se abre la flor de la peonía,
nada te une ya a esta tierra,
nada te une ya a este cielo.
Delira en la canícula el jardín,
un gato da bostezos en el porche.
Caminas por la calle de los tilos
en flor, de qué ciudad, lo ignoras,
en qué país, no lo recuerdas.
Brillan livianos los estorninos,
la noche se aproxima suavemente,
juegan al escondite los capullos de las rosas.
Eres tan sólo un sueño, una imagen,
sólo un anhelo eres.
Cuando te vayas, como las nubes,
se teñirá de bronce tu recuerdo.
Y rondarás los ríos
y las sombras de los árboles,
pero naufragarás en la tierra, en la tierra, en la tierra.
Canción del emigrado
En ciudades ajenas venimos al mundo
y las llamamos patria, más breve es
el tiempo concedido para admirar sus muros y sus torres.
Caminamos de este a oeste, ante nosotros rueda
el gran aro del sol
ardiente, a través del cual, como en el circo,
salta ágilmente un león domado. En ciudades extrañas
contemplamos las obras de viejos maestros
y, sin asombro, en añejos cuadros vemos
nuestros propios rostros. Habíamos existido
antes, e incluso conocíamos el sufrimiento,
nos faltaban tan sólo las palabras. En la iglesia
ortodoxa de París los últimos rusos blancos,
encanecidos, rezan a Dios, varios lustros
más joven que ellos y, como ellos,
impotente. En ciudades ajenas
permaneceremos, como los árboles, como las piedras.

Cuando muere un poeta el abismo toca a las puertas de la existencia. Su voz, su palabra y su tinta quedan a disposición de la memoria y de la “posteridad presente” que se niega a apagarse en tanto existan espíritus prestos a mantener la llama encendida por él o por ella o por ellos. Luz y calor que pueden servir de guía y acompañamiento para transitar la gélida historia del poder que es uno de los otros nombres que recibe la historia de la violencia o la historia de la humanidad. En Tierra de fuego (1994) escribió: “En mí vivían antiguos poetas, cantaban”. Susan Sontag se refirió a la vida y obra del hombre que pasó a caballo del siglo pasado a éste como un artista al que le tocó lidiar con “la dificultad de pasar de los tiempos heroicos del anticomunismo a los momentos de relativismo actual, de expectaciones morales disminuidas y estándares artísticos superficiales”. Es aquí donde las propuestas de Zagajewski, W.G. Sebald, entre otros, cobran una importancia significativa al resistirse al olvido, anteponiéndole a éste la restitución del recuerdo y la recuperación de la memoria. La poesía es la posibilidad de recuperar el pasado en el presente, curándola o al menos previniéndola de las artimañas del poder y de la ideología que perviven en la eterna tentadora presencia de los populismos y las tecnocracias escatológicamente fundacionales de lo mismo. Zagajewski afirma que:

En tiempos como los nuestros, asediados por la estupidez y la amnesia, la memoria, naturalmente, es extremadamente preciosa. Y la poesía se considera a menudo una especie de tributo al dios de la memoria. La elegía se convierte en el rey de los poemas; no sólo evita el olvido de nuestras pérdidas, sino que lucha por inmortalizarlas, por preservar la frescura y la fuerza de lo que ha pasado. ¡La elegía no es un epitafio! Está más cerca de un epitalamio, ya que celebra el matrimonio del pasado y el presente.

En una entrevista el autor polaco comentó que “No escribimos por los premios, no deberíamos de pensar mucho en ellos ni medir a nadie por la cantidad de ellos que tenga. Y, sin embargo, en nuestra sociedad, donde la poesía es vista como una reliquia miserable de la antigüedad, probablemente sea bueno que existan”. Zagajewski recibió en vida muchos premios y reconocimientos que no mencionaré por respeto a sus sabias palabras. Fue candidato al Nobel en varias ocasiones desde 2007. De no haber sido polaco, sino británico, alemán o francés, muy probablemente lo habría recibido por unanimidad. ®

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Publicado en: Ensayo

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