Alemania en la Feria de Guadalajara

Entre Germania y Tiros en el concierto

Ser escritor y traductor a la vez genera el extraño peligro de poner demasiado de la propia cosecha en las traducciones, lo cual puede desagradar o gustar, según sean los criterios del lector. Dicho sea con verdad, resulta ingrato, mal retribuido, muy competido, además de exigente, el oficio de traducir literatura.

Fue mi tercer año en la Fil. Hasta ahora he asistido siempre por razones diversas: la primera como orgulloso colaborador de la revista Replicante el 2008, la segunda como ponente en un congreso de traducción el 2010 y esta última como participante en el Primer Taller Mexicano-Alemán de Traducción Literaria, abierto únicamente a seis participantes de expresión española y otros tantos de expresión alemana. Como cada año, teniendo mi residencia en Saltillo, es más fácil viajar en autobús que tomar el avión (con escalas o tiempo de transporte al aeropuerto de Monterrey, al final viene a resultar casi lo mismo), con la diferencia de que así es posible dormir durante el trayecto, cuando se tiene suerte, de manera continua. En esa época del año las mañanas acostumbran ser frías en Guadalajara. No es mala idea llevar un buen abrigo y una bufanda. Siempre tomo uno o dos autobuses urbanos para llegar a mi hotel. En esta ocasión, porque pregunté y tuve la fortuna de recibir un buen norte, sólo debí tomar uno, que se fue por todo Lázaro Cárdenas hasta el cruce con López Mateos.

El sábado 26 de noviembre, justo horas antes de partir, por el canal 22 de televisión, gracias a mi madre, pude oír el discurso de Cornelia Pieper, ministro adjunto de Relaciones Exteriores quien, con aquella gravedad y formalidad que caracterizan a los alemanes, enunció una lista de autores y de eventos que encabezaba naturalmente la premio Nobel de literatura 2009, Herta Müller. El timbre de la voz femenina, de tono más bajo y reposado, contrastaba con la ocasión de la entrega del premio más importante, que correspondió este año al escritor colombiano residente en México desde hace varios años, Fernando Vallejo. No dejó de sorprenderme la elección, incluso conociendo a ciertos miembros del jurado. La virgen de los sicarios y otras obras han dejado huella, sin duda, en la historia reciente de las letras latinoamericanas, pero me sigue pareciendo un poco excesivo el reconocimiento. No es de extrañar el motivo por el cual los deudos y herederos del escritor Juan Rulfo hicieron que retiraran el nombre de tal galardón.

Para efectos de revisión en el taller, propuse un texto sobre el que había trabajado hacía cosa de un año pero que no había vuelto a ver más, sobre el cual abrigaba grandes reservas, ni siquiera de un autor alemán sino austriaco, Thomas Bernhard, a quien empecé a leer en español a través de las versiones de Miguel Sáenz, especialmente la pentalogía de novelas (El origen, El sótano, El aliento, El frío y Un niño). Aparecido en 1963, “El italiano” de Thomas Bernhard (1931-1989) es un relato de fuertes resabios históricos y probablemente autobiográficos. Con una típica estructura de relato moderno, donde una historia velada o subyacente acaba por imponerse a la historia con la que da inicio y funge como título de la obra. Con la gran literatura austriaca ha pasado algo que era de esperarse: los alemanes la han declarado patrimonio común. Una cosa que se vuelve más clara cuando uno lee que Robert Musil, un autor austriaco, es considerado como el autor de la prosa alemana más fina del siglo XX, título que por algún tiempo se atribuyó a Thomas Mann, pero que los críticos literarios más autorizados, hacia finales del siglo XX, adjudicaron a Musil, un hombre que paradójicamente cuando vivo conoció una celebridad casi inexistente.

Con la gran literatura austriaca ha pasado algo que era de esperarse: los alemanes la han declarado acervo común. Una cosa que se vuelve más clara cuando uno lee que Robert Musil, un autor austriaco, es considerado el autor de la prosa alemana más fina del siglo XX.

Al revisar la lista de publicaciones y el currículo de los traductores alemanes del español, era claro que existía una distinción capital: ellos son traductores profesionales, es decir, sobreviven de ejercer ese oficio, mientras que entre nosotros es más bien una actividad entre otras con la que cada cual se hace más o menos valer. Traducir literatura es algo de lo que es quizá posible vivir en Europa, cuando uno es bueno, desde luego, y además sabe cómo lidiar con los editores. Una de las razones por las que abandoné el mundo alemán es porque sentía que me estaba alejando demasiado de lo mío, de mi idioma, lo propio, y me estaba aculturando, cosa nada mala si uno luego se vuelve autor en alemán. Algo notable en aquella lengua es que no todos los escritores ostentan un alemán hablado perfecto, porque tantas veces son hijos de inmigrantes o bien pertenecen a minorías lingüísticas en el exterior, como es el caso del Banat en Rumania, la patria de Herta Müller, cuyo alemán es sumamente peculiar. No se diga hablado sino también escrito, muy rico y sugerente en asociaciones nuevas y originales, ella misma con humildad afirma que vienen por la influencia del rumano. Algo hay en estas mujeres de expresión germana, distinguidas con el Nobel, como fue el caso de la Jelinek de apellido checo pero nacionalidad austriaca, que sobrecoge. De apariencia un tanto sádica, suerte de dominadoras, vestidas con ropa negra, en ocasiones demasiado entallada, que sugiere látex, sólo les hace falta el látigo. Algo de teatral, de histriónico tienen ambas.

Un privilegio, asistir a la noche de gala con Herta Mülller. Me parece que en una versión anterior del programa, quien iba a acompañarla era el primer actor mexicano, Daniel Giménez Cacho; al final fue Arturo Ríos, quien no supo pronunciar bien ciertos españolismos de la peculiar traducción de Siruela, como jersey, que él lo intentó decir en inglés, eso sin contar los nombres alemanes y otros detalles de cadencia y tono. No es de extrañar, ya que la dirección de escena, con ecos bastante remotos de la Schaubühne, corrió a cargo de Mario Espinosa, oscilando entre el uso inconsistente de los multimedia y la alternancia del español impostado, algo grandilocuente y televisivo del actor, y el alemán oscuro, a veces difícil de entender de la autora. Hubiera servido de mucho que en la pantalla se proyectasen los títulos de manera legible y no empalmándose unos con otros tan vanguardistamente, en apoyo de aquellos que no hablaban alemán, o no hablaban español, o bien hablaban alemán pero hallaban en momentos impenetrable la pronunciación de la autora.

Con todo, el carácter llano y poético de la prosa de la Müller se abrió paso frente a cualquier obstáculo, fuera la mediación de la traducción, la voz del intérprete mexicano, los juegos con la tipografía, collages de letras de formas contrastantes, proyectados en la pantalla, no siempre sencillos de descifrar. El peso escénico de la autora es notable, rebasando incluso al actor. Lo curioso es que Herta Müller siempre está vestida de Herta Müller. Hojeé pasajes de Atemschaukel y otros libros en alemán, por desgracia sólo en exhibición en la Feria, no era posible adquirirlo. Me quedo con el carácter evocador y simple de su estilo. No sólo el trasfondo social, de la minoría suaba oprimida por los soviéticos, mantenida en campos de prisioneros, casi la antiversión de Auschwitz y Buchenwald, esta vez dirigida contra los propios alemanes. Me tocó ver por cierto cómo Herta Müller se marchaba de Guadalajara. En dos ocasiones, al abordar en el hotel la furgoneta que iba a conducirla al aeropuerto, nuestras miradas se cruzaron por un instante.

Hubo teatro, cine, música de varios géneros como parte de la oferta cultural. Me tocó asistir al concierto de la Filarmónica Joven Alemana, cuyas interpretaciones de Haydn, Telemann y Gluck me dejaron un agradable sabor de boca. Pude realizar también, como es consuetudinario en mis visitas a la Fil, una serie de entrevistas con autores. La primera con Antonio Skármeta, de origen croata, casado con Nora Maria Preperski, de origen polaco. Otra entrevista con Élmer Mendoza, a título doble, como remembranza del recientemente desaparecido Daniel Sada, quien como autor norteño era amigo suyo. Tuve oportunidad de conocer y saludar a Martí Soler Viñas, gerente editorial de Fondo de Cultura, toda una institución en el ramo editorial. Del trabajo propio en el taller me queda una impresión muy nítida: hay que empeñarse más por la revisión concienzuda del texto original, para identificar con certeza las voces de los personajes, hallar el tono, no escatimando ningún esfuerzo de consulta a través de la red y de todas las fuentes disponibles y, sobre todo, a manera de conclusión, el cotejo de la propia versión con el original. Ser escritor y traductor a la vez genera el extraño peligro de poner demasiado de la propia cosecha en las traducciones, lo cual puede desagradar o gustar, según sean los criterios del lector o los editores.

Ser escritor y traductor a la vez genera el extraño peligro de poner demasiado de la propia cosecha en las traducciones, lo cual puede desagradar o gustar, según sean los criterios del lector. Dicho sea con verdad, resulta ingrato, mal retribuido, muy competido, además de exigente, el oficio de traducir literatura.

Me tocó oír desde una pantalla colocada afuera del salón al filósofo Rüdiger Safranski discurrir sobre una posible explicación acerca de la maldad humana, tan relacionada con la culpa nazi, con los hermanos Pérez Gay sentados al lado, ambos con audífonos para la traducción simultánea. Sin querer comencé a traducir del monitor para mí mismo, como una suerte de reto y ejercicio. Estudiar filosofía por diez años sirve para algo, me dije. Al menos se está familiarizado con el vocabulario. En el Pabellón Alemán hojeé libros de varios autores. Me llamó la atención Monika Maron, una escritora de la antigua República Democrática Alemana, con un sentido de la prosa, particularmente sensible en el dominio del relato y la crónica. Varias veces la vi pasar de largo por el restaurante del hotel pero no me atreví a abordarla. En ese momento no había leído una sola línea de ella. Su novela Animal triste causó gran revuelo cuando se publicara, reacciones o muy favorables o bien contrarias, que se pueden ver en YouTube, en una sesión de 1996, con Das Literarische Quartett encabezado por el crítico judío polaco Marcel Reich-Ranicki. Precisamente la época en que yo regresaba de Europa y abandonaba, como quien dice, mi sueño alemán, ante el surgimiento en el norte, particularmente en Rostock, de grupos neonazis y ataques perpetrados contra los inmigrantes.

El broche de oro de la Feria del Libro fue, sin embargo, la entrega del premio de periodismo cultural Fernando Benítez, que este año correspondió a Guillermo Sheridan (Ciudad de México, 1950). Flanqueado por el crítico literario Christopher Domínguez Michael y el politólogo Jesús Silva-Herzog Márquez, el consumado humorista y crítico social hizo ostentación de su ingenio, aderezando con la Guía Roji de la Ciudad de México y el nombre de las calles, ironías y donaires que fueron subiendo de tono con gusto algo dudoso, como es costumbre en él. Domínguez Michael, a nombre de Letras Libres, afirmó que esa semana había sido particularmente honrosa para ellos, por varios títulos. Silva-Herzog Márquez recalcó que la crítica de Sheridan no conocía cortapisas de ningún tipo. El mismo galardonado recordó todas las ciudades donde lo habían aborrecido incluyendo París, porque simplemente había querido ser claridoso. Habló el rector de la Universidad de Guadalajara, Marco Antonio Cortés Guardado, y también Raúl Padilla López, presidente de la Feria del Libro, a quien hacia el final una multitud de estudiantes abuchearon, diciendo: “Premian a los escritores, fomentan la literatura, por un lado, ¡qué bonito!, y por el otro, quieren imponer cuotas exorbitantes en la preparatorias públicas, a las que todos tenemos derecho”. La sonrisa sardónica de Christopher Domínguez se esfumó. El entrecejo de Sheridan se frunció aún más de lo habitual, ante semejantes claridades. Ahora sí hubo Tiros en el concierto. Padilla no hallaba donde meter la cara. Es claro que el país atraviesa una etapa donde la Feria del Libro, con todas sus bondades, es quizá un lujo que ya no puede seguirse permitiendo. Veinticinco años no son poca cosa, reflexioné. Como tenía un autobús que tomar, salí con premura, preferí no ver la manera en que los de seguridad, y luego probablemente la policía, harían entrar en razón a los estudiantes que ostentaban aquellas camisetas blancas con ciertas leyendas. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Libros y autores

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