André Manué, tú no sabe inglé

Estupidez, clasismo e inglés

El presidente, además de su enorme y muy frágil ego, tiene la posición económica, la ayuda profesional y el tiempo para aprender inglés. Si tiene tiempo para jugar béisbol –juego de origen gringo–, tiene tiempo para aprenderlo.

El presidente Joe Biden con Andrés Manuel López Obrador en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Washington, 12 de julio de 2022. REUTERS/Kevin Lamarque.

Kamala Harris habla y, a su lado, López Obrador no entiende. Se nota. La expresión de su cara lo traiciona. Pero se sabía: el presidente no sabe nada sobre el idioma inglés. Luego viene lo previsible: AMLO es criticado en medios sociales, nacen los memes y el obradorismo tuitero abusa de las palabras patria y clasismo para dar una batalla más por el ídolo burlado.

Hay críticas, con o sin burla explícita, que provienen de personas clasistas, pero también hay críticas y críticos sin clasismo. En buena lógica eso significa que la crítica en sí no es clasista. Pero así como unos no entienden inglés, otros no entienden razones, aunque las razones vayan en español. Ahí están los “inesperados” adalides obradoristas del idioma hispano, que incluso presentado como el idioma mexicano sólo es la variante mexicana de aquél, es decir, no deja de ser –también– español. Esos seres que por poses de antiimperialismo yanqui se trasforman en defensores sin más del español que no suelen escribir bien, sea de la clase que sean (el obradorismo es multiclase). El rebaño del señor presidente, como siempre, se contradice, es inconsistente sin corregir un error. No sólo es posible criticar a López Obrador, como a cualquier otro jefe del Estado mexicano contemporáneo, por no hablar inglés, sino que es posible que la crítica no sea clasista, “memista” ni imperialista.

Aun siendo radicalmente antiimperialistas u odiando a España no se deja de hablar español. Paralelamente, hablar/escribir/leer/aprender inglés a nadie convierte automáticamente en imperialista o “proyanqui”, tampoco en clasista.

Empecemos: en casi toda Latinoamérica hablamos español y no por eso somos hispanoimperialistas ni clasistas. Ni siquiera todos los latinoamericanos son hispanófilos. Aun siendo radicalmente antiimperialistas u odiando a España no se deja de hablar español. Paralelamente, hablar/escribir/leer/aprender inglés a nadie convierte automáticamente en imperialista o “proyanqui”, tampoco en clasista.

Criticar a López Obrador por no entender inglés ni querer aprenderlo no es en sí clasismo. No sólo porque algunos de los críticos no somos clasistas, también por dos razones no desvinculadas: primera, AMLO, presidente de la república que recibe legalmente mucho más de un millón de pesos anuales por ocupar el puesto, forma parte de la clase alta, como sus hijos; no es un mexicano pobre ni un simple ciudadano de la clase media-baja. ¿Es un individuo clasista? No, según parece, pero no se necesita ser clasista para estar económicamente en la clase alta (tampoco es necesario ni suficiente estar en la clase alta para ser clasista; se puede ser de clase alta y no clasista, y clasista sin tener el dinero de la clase alta). Aun cuando quieran creerlo o descreerlo, López Obrador no encarna al pueblo, y el pueblo no es Andrés Manuel en el Palacio. No es posible una crítica total y propiamente clasista sin presuponer que el criticado habita una clase económica inferior a la de quien haga la crítica, lo que, supone el clasista, haría inferior al miembro de esa clase en todo lo que se dé como relevante. Probablemente la mayoría de los repetidores del obradorismo estén, asimismo, confundiendo “clase (económica) alta” con “alta cultura”, con lo que harían inadvertidamente un favor a esos clasistas –creyendo que es cierto lo que ellos creen– y autoevidenciarían el nivel de su cultura.1

La segunda razón es la segunda cara de la misma moneda: clasismo sería exigir a una persona indígena de la montaña de Guerrero, por ejemplo, dominar o aprender el inglés en la montaña misma o criticarla por no hacerlo sabiendo cuáles son sus condiciones económicas y sociales. El licenciado López Obrador no vive ninguna de esas condiciones. No es pobre, no está aislado –geográficamente, porque sí está aislado de otros modos– ni le faltan ayudantes u otras posibles ayudas. Y es el jefe de un Estado vecino y socio de los Estados Unidos en el siglo XXI. En cuanto al dinero, agrego: aprender inglés no depende exclusivamente del dinero ni de ser rico; puede depender, entre otras cosas, de un dinero, esto es, de una cantidad no excesiva sino suficiente para. AMLO y sus borricos sólo tienen prejuicios y pretextos.

Y le convendría, como Jefe de Estado, aprenderlo. Sería una forma de ganar prestigio, aumentar respeto, ampliar la entrada, crear simpatía, profundizar la comunicación, maximizar eficacia, y hasta dar cachetada con guante blanco… Ni qué decir de evitar ser ridiculizado.

En realidad, el idioma inglés, dominado por alguien que no es hablante nativo, es una herramienta de múltiples aplicaciones. Un instrumento muy útil, como otros, cuyo uso ni siquiera implica la necesidad u obligación de renunciar al español. Teniendo recursos temporales, económicos y mentales para aprender el idioma, no hacerlo y envanecerse por ello es un timbre de orgullo ignorante, y algo contradictorio si son mexicanos y obradoristas de la vida real (por sus confusiones y por el origen del español como idioma de México). Nuestro presidente, además de su enorme y muy frágil ego, tiene la posición económica, la ayuda profesional y el tiempo para aprender inglés. Si tiene tiempo para jugar béisbol –juego de origen gringo– entre semana, tiene tiempo para aprender inglés. Y le convendría, como Jefe de Estado, aprenderlo. Sería una forma de ganar prestigio, aumentar respeto, ampliar la entrada, crear simpatía, profundizar la comunicación, maximizar eficacia, y hasta dar cachetada con guante blanco… Ni qué decir de evitar ser ridiculizado. Hablando inglés también se puede hacer el ridículo, mas no por haber aprendido el idioma sino por lo que se dijera con él. Pero a López Obrador le sobran necedad, superficialidad y patrioterismo, y tal vez lo que le haga falta es otra cosa, aparte de curiosidad: cabeza, la necesaria capacidad.

Desde luego, se puede decir “¿Y por qué no aprenden español los presidentes gringos?” Pero no es una respuesta necesariamente digna ni justa ni superior ni realistamente estratégica; sólo es igualitaria en el sentido de que te iguala al criticado: haces lo mismo que criticas, sin que en este caso la asimetría de poder borre bien la contradicción. Es, por tanto, una respuesta que se revuelca ebria en un simbolismo ocioso, inútil, bastardo. Se olvida que el hecho de hablar inglés no equivale a “yanquismo” imperialista, que se conoce mejor al enemigo –si lo concibes así– leyéndolo en todas sus fuentes originales y que en inglés y con inglés se puede criticar el imperialismo y a Estados Unidos. Si hoy no aceptamos, con razón, que alguien sea experto sobre Latinoamérica si no conoce el idioma español, ¿por qué creen ser expertos sobre Estados Unidos si ni siquiera entienden el inglés? Se olvida también que para ser antiimperialista no es necesario ni suficiente ignorar un idioma.

Que AMLO no domine otra lengua no es la peor de sus características ni lo peor que puede ocurrir en su gobierno, pero sería bueno o mejor que pudiera entender dos o más paquetes lingüísticos. También se agradecería que revisara su español. En fin, sería bueno o mejor que el presidente no fuera de mente y cultura tan cerradas.

Extra. Ojalá los obradoristas, que se lanzan al vacío con la bandera del español y no se cansan de sobar las palabras racismo y clasismo, fueran tan valientes frente a la política migratoria de su dios, política que conviene a los racistas, y frente a su política de no reforma fiscal, política que conviene a los clasistas de clase alta y a toda la clase alta como tal, sobre todo a su extremo más rico. ®

Nota

1 En efecto, acabo de hacer una crítica no clasista que podría ser culturalmente elitista. Nótese que a cada individuo de una clase no corresponde una única cultura. Puede haber “mínimos” culturales mayoritarios, intraclase, unos cuantos elementos que la mayoría de una clase siempre tiene en un periodo, pero no una sola cultura dentro de la clase, ni una cultura total. En las clases bajas y medias existen muchas culturas y subculturas que se combinan u oponen de muchas maneras y crean muchas posibilidades individuales y grupales. No suelto el punto del que venimos: si alguien que no está en la clase alta critica a un López Obrador que sí está en esa clase, por lo que el crítico es económicamente inferior a López Obrador, ¿su crítica es verdaderamente clasista? Ricardo Salinas Pliego puede hacer una crítica clasista al presidente, porque es económicamente superior a él, pero los “clasemedieros” no pueden hacerle una auténtica crítica clasista en el sentido común de clasismo, porque son económicamente inferiores al presidente. Dije que un clasista puede no estar en la clase alta, no dije que puede no creer en la inferioridad individual general de quienes son pobres o menos ricos. El clasista no puede creer que los miembros de clases inferiores no sean inferiores en otros aspectos a causa de la inferioridad en dinero. Si así fuera, si no creyera eso, no sería clasista.

Nota del editor: “Tú no sabe inglé, Vito Manué” es una canción de 1965 interpretada por el célebre cantante cubano Bola de Nieve, compuesta por E. Grenet.

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Publicado en: Política y sociedad

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