Anecdotario de una occidental en Jordania

De Ciudad Juárez a Amán

La distancia que tuvo que recorrer esta joven historiadora de Ciudad Juárez a Jordania fue larga. ¿Será de esas mismas proporciones la diferencia entre el trato que recibe una mujer en el norte de México y en los territorios del Islam?

© Claudia Piña

Un sabio italiano solía decirme que Occidente nunca se entendería con Oriente, pues la receta para sanar el mal de la decadencia occidental no se hallaba en convertirse al budismo, el hinduismo o islamismo, sino en intentar —nosotros, los occidentales— sumergirnos en la Antigüedad clásica y así buscar en las raíces de Grecia y Roma una suerte de alivio a nuestros males de hoy en día, tiempos convulsos de la “aldea global”.

No obstante, desobedeciendo el consejo del sabio, decidí hacer mis maletas y dejar atrás México para establecerme en el Medio Oriente por tiempo indefinido. Una crisis existencial me hizo ver que era hora de quemar naves y andar muy lejos. Nadie dijo que sería fácil para una mujer soltera sobrellevar la vida en medio del mundo musulmán. Tampoco creí que resultara a veces tan frustrante. A manera de anecdotario, intentaré plasmar detalles de la vida cotidiana para una occidental en el Medio Oriente, y lo lejos que estamos de lograr la alardeada fraternidad universal.

Welcome to Jordan

El viaje fue demoledor. Veintiocho horas de vuelo y trece mil kilómetros recorridos: Toluca-Nuevo Laredo–Hamilton-St. John’s–Horta–Valencia–Atenas–Amán. Todo en un pequeño avión de fabricación alemana que a estas alturas vuela día a día para el Servicio Aéreo Humanitario de las Naciones Unidas, y yo con él. Luego del maratónico traslado, llegamos al aeropuerto militar de la capital jordana y de ahí al hotel en el que me limité a buscar desesperadamente mi habitación, una ducha y una cama. Un par de horas después, unas voces a lo lejos me despertaron. Todo era en árabe —o, como buena occidental, eso fue lo que primero que me vino a la mente— y entre sueños pensé —también como buena occidental— que probablemente la primavera árabe se había extendido a Jordania y lo que escuchaba era un llamado a la rebelión musulmana (a este punto, a la carga de prejuicios occidentales, hay que sumarle el nacionalismo mexicano independentista que me hizo pensar de inmediato en el grito de guerra del cura Hidalgo aquella madrugada de septiembre en Dolores). Pero afuera el ruido continuaba y yo seguía sin dormir. Era un megáfono que paulatinamente desencadenaba más y más voces, el proceso parecía no tener fin, hasta que varios minutos después el silencio se apoderó nuevamente de la noche. A esas alturas mis sospechas del llamado a expandir la primavera árabe se desvanecieron y fueron sustituidas por un largo sueño. Desperté al mediodía y leí en el periódico que la monarquía Abdullah del Reino Hachemita de Jordania seguía en pie. Fue hasta ver el anuncio prayer times cuando caí en cuenta de que el ruido por la madrugada no era otra cosa que el Fajr, uno de los cinco rezos musulmanes que se practican a lo largo del día. Avergonzada por mi falta de atención y entendimiento del mundo musulmán, bajé a desayunar y saborear una canasta de pan árabe. Cuando se acercó el camarero pronuncié un desastroso As-salaam Ahlaykum-ahlan (hola), al que sólo me respondió: Welcome to Jordan, madame, con una cara de hartazgo frente a los novatos que llegamos de Occidente.

Los ojos de la abuela

Uno de los mayores temores para alguien que creció en la frontera de México y Estados Unidos es andar en calidad de turista y no de viajera. Pasé buena parte de mi vida al lado del Río Bravo, burlándome de los estadounidenses (green-go-home!) y su falta de sensibilidad y respeto por el otro. En los últimos años, por motivos de trabajo, me he dedicado a viajar. La última aventura la hice cargando las cenizas del sabio italiano que mencioné al inicio de este anecdotario, por lo tanto ir acompañada de una urna fúnebre me evitaba sentirme una turista. Al contrario, recorría ciudades, costas y mares tratando de observar a través de los ojos de un muerto. El viaje tenía un fin: dejar reposar a mi amigo en su natal Mediterráneo. En cambio, ahora el viaje por el Medio Oriente no tiene otro fin que sacarme de una crisis que quizás yo misma he inventado. Como bien decía Jorge Luis Borges, tenemos más problemas imaginarios que reales. Y —agrego— gastamos más tiempo, dinero y energía resolviendo los primeros que los últimos.

Mi sorpresa fue que en las calles del centro no había mujeres, en cambio filas y filas de hombres fuera de los pequeños locales. No podría ser peor que viajar en el metro de la Ciudad de México a hora pico, pensé… pero hasta en el D.F. existen políticas de género en los sistemas de transporte. En Amán las mujeres sencillamente no pasean por el centro y son muy pocas las que despachan en alguna tienda.

De cualquier modo, imaginariamente o no, hice hasta lo imposible por evitar caer en el cliché de la ignorante turista americana, y antes de la partida me hice de libros, música, películas, diccionarios y hasta apuntes de mis clases en la Universidad. Para una ex historiadora que va directo a la cuna de la civilización, entender un poco del conflicto en Medio Oriente se vuelve un reto. Curso autodidacta: De la antigua Babilonia a la Guerra de Irak. Imposible absorber toda esa historia, pero mejor morir en el intento que no hacerlo. Al curso improvisado habría que sumar luego tres guías de viaje, que no son otra cosa que cientos de páginas sobre sentido común. Recomendaciones obvias para mujeres: no escotes, piernas a la vista ni borracheras. De más está decir que los musulmanes no son adictos ni a las faldas ni al alcohol.

Con todo lo anterior en mente preparé el primer paseo por el centro de Amán: pantalones hasta la cintura, camisa de manga larga y cuello alto, zapatos cerrados, el cabello cubriéndome orejas y mejillas, todo en colores sobrios. Mi sorpresa fue que en las calles del centro no había mujeres, en cambio filas y filas de hombres fuera de los pequeños locales. No podría ser peor que viajar en el metro de la Ciudad de México a hora pico, pensé… pero hasta en el D.F. existen políticas de género en los sistemas de transporte. En Amán las mujeres sencillamente no pasean por el centro y son muy pocas las que despachan en alguna tienda. La fila de hombres manoteaba conforme yo avanzaba. No logré descifrar si sería síntoma de enojo o sorpresa. Los coches se frenaban bruscamente y desde ellos me gritaban en un idioma que no es el mío. Conforme pasaba el tiempo la temperatura aumentaba, digamos, a unos 40 grados. Empezaba a sentir sofoco con la ropa oscura y larga, y decidí parar en una pequeña plaza, donde luego de dar varias vueltas me hallé a una mujer que entendía un poco de inglés. Me notó confundida y me dijo que mis rasgos eran los de una mujer jordana, le confesé que la familia de mi abuela era de Líbano y heredé sus ojos. Me aconsejó usar un hiyab, el velo islámico que cubre el cabello y las mejillas, para entonar mejor con el ambiente. Seguí el consejo al pie de la letra y al día siguiente pude notar que los gritos en árabe disminuían. Repito la rutina en mis paseos sucesivos por el centro de la ciudad. Con suerte me hago pasar por muda y hablo sólo lo necesario. Sin los ojos de la abuela no sé qué sería de mí.

Apretando la vejiga

© Claudia Piña

Mis paseos con el hiyab se fueron incrementando. Descubrí así un pequeño local establecido en 1956 donde se prepara —dicen— el mejor falafel de Jordania. Mi táctica consistía en usar el hiyab y, una cuadra antes de mi destino, quitarlo de mi cabello y bajarlo a la altura del cuello, portándolo a manera de mascada. De ese modo podía hablar el inglés y se sobreentendía que el velo islámico no era lo mío. El falafel era en efecto delicioso, y lo mismo el pan del lugar. Todo pintaba de maravilla; al terminar el delicioso manjar pregunté por el baño, la respuesta, en palabras exactas, fue: “Existe un baño, pero las mujeres no lo pueden usar”. Pensé entonces que el baño era sólo de hombres. “No, es un baño de casa, pero las mujeres no lo deben usar”. Creí que era una broma, pero cuando le insistí al camarero y se dio la vuelta entendí que hablaba en serio. Tengo que reconocer que los jordanos son tajantes en sus modos y palabras, pues no dejan lugar para las dudas. Pagué la cuenta y salí del lugar, a fin de hallar un baño. Di varias vueltas, caminé apretando la vejiga y al final me detuve frente a un hostal de media estrella. Subí varios pisos y le pedí al dueño usar el hammaam. No cedió y hablaba un inglés rudimentario, entonces le hice señas de que estaba embarazada y que me era imposible seguir caminando en esas condiciones. Lo del embarazo era mentira, pero mi vejiga realmente estaba por estallar. Al final, y un poco a regañadientes, aceptó. Pasé, hice lo que debía y salí agradeciendo en un árabe muy pobre: Shukran jazeelan, jazeelan. Estoy casi convencida de que la próxima vez que coma un falafel será en pañales. Mis amigos se burlan diciéndome: “Hasta en Ciudad Juárez hay baños para mujeres, ¿no?” Y lo peor es que tienen razón: Hasta en Juárez. Y decir eso es decir demasiado.

Segregada por la moda

Llegué a Jordania para trabajar como azafata de vuelo, y comparto la aventura con el resto de la tripulación. A uno de los pilotos lo acompaña su familia desde México, y una de sus hijas tiene once años. Al segundo mes de estancia en Amán la enviaron a clases de inglés, y a los pocos días me contó sobre su escuela.

C: ¿Y cómo te fue en las clases, N?

N: Bien, aunque ya todos saben que soy cristiana.

C: ¿Te preguntaron?

N: No, llegué en shorts y me dijeron: “Eres cristiana”.

C: ¿Y qué les contestaste?

N: Pues que no, que soy católica.

C: ¿Y luego?

N: Pues para ellos es lo mismo. Si lo bueno es que no soy judía.

Su última frase me dejó boquiabierta. Yo, con 26 años y un título de historiadora soy incapaz de entender el conflicto en Medio Oriente; ella, con once años, lo resume en pocas palabras. Es increíble cómo desde pequeños interiorizan esas diferencias. N lleva casi dos meses en la escuela, y en Ramadán come escondida en los sanitarios, mientras sus dos mejores amigas siguen el ayuno a lo largo del día. La intolerancia que se vive en un salón de clases es la que se refleja en la guerra. De nada han servido, ni sirven ni servirán, los predicadores y las misiones de paz cuando desde la escuela se cultiva la semilla de la intolerancia.

Los olivos del Ramadán

Encontramos buena sombra y tapamos la comida a fin de que ninguno nos reprochara el ayuno del sagrado mes del Ramadán. El sol iba cayendo. Un grupo de cabras andaba en los alrededores. A lo lejos, los focos verdes de las mezquitas comenzaban a encenderse. Se acercaba la hora del Maghreb y, minutos antes de que comenzaran los rezos, un hombre en la cima de la colina nos empezó a gritar.

De las cosas que no entiendo del Islam —que sin duda son muchas—, el significado del Ramadán me parece el más lógico. Ayunar por voluntad y compadecer al que no come involuntariamente. De tal suerte, decidí buscar un sitio de tranquilidad, mirar el atardecer y comer después de la puesta de sol, cuando es permitido. En las afueras de la ciudad fui a dar a una colina llena de olivos, en la que disfrutaba del silencio y el atardecer en compañía de otro extranjero, con quien comparto el origen occidental. Cargamos agua, salami, aceitunas, pan y queso. Un picnic improvisado. Encontramos buena sombra y tapamos la comida a fin de que ninguno nos reprochara el ayuno del sagrado mes del Ramadán. El sol iba cayendo. Un grupo de cabras andaba en los alrededores. A lo lejos, los focos verdes de las mezquitas comenzaban a encenderse. Se acercaba la hora del Maghreb y, minutos antes de que comenzaran los rezos, un hombre en la cima de la colina nos empezó a gritar. Parecía molesto y de todo lo que decía, sólo entendíamos: “Ramadán, Ramadán”. Quizás se haya enfurecido de vernos ahí sentados, pero la comida y el agua no estaban a la vista. Mi compañero subió la colina y se acercó a hablar con él. Los chivos seguían paseando. Por un momento sentí miedo. Ahí solos, a un par de occidentales, bien podrían hacernos cualquier cosa. No había a quién pedir ayuda, y esa preocupación pasaba por mi cabeza cuando el hombre en la cima soltó una carcajada. Su risa tuvo en mí un efecto tranquilizador. Good, good, good, every good, nos dijo. Luego comenzaron los rezos musulmanes. La ciudad a lo lejos y el sol cayendo daban un espectáculo fascinante. Echada bajo los olivos, pensé en el sabio italiano y su consejo. Pensé en otro gran italiano, San Francisco, que también debajo de un olivo en la colina de Asís compuso las rimas del “Cántico de las criaturas”, un himno a la fraternidad universal. Pensé lo lejos que estamos de alcanzar esa fraternidad. La falta de entendimiento entre dos mundos. Las guerras y los odios creados. El engaño del orientalismo que reduce a los árabes a un mundo homogéneo que es insostenible, como reprochaba Edward Said. Pensé en México y en la cultura del Islam que llegó con los españoles. En lo mucho que ignoramos y nos declaramos ajenos a esa cultura, en una suerte de orgullo no bien entendido. Pensé en mi carga de prejuicios —occidentales y de todo tipo—, y en la vida que no me alcanza para combatirlos. En mi origen fronterizo y los atardeceres del desierto, como los que se ven desde la inhóspita Ciudad Juárez. Más turista que viajera, pensé en los ojos de mi abuela, partí el queso y lo saboreé. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Crónicas antiturísticas, Destacados

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