Animal de corral

Sobre el miedo, la libertad y el encierro

Un hombre libre puede tener miedo, pero un hombre que da su propia libertad por dejar de tenerlo es, en todo aspecto, un auténtico pendejo.

Ilustración del siglo XIX. ClipArtEtc.

Hay un proverbio —italiano, por cierto— que dice que el pájaro en la jaula no canta de placer sino de rabia. Lo mismo podría decirse del tigre y el león en la jaula: que no rugen de placer sino de rabia; del mono en la jaula, que no salta de placer sino de rabia; del tiburón en la jaula, que no nada en ella de placer sino de rabia, y de cualquier otra especie animal no humana a la que se saque de su entorno natural para encerrarla.

En toda la naturaleza, a decir verdad, existe un solo animal al que se le priva de la libertad convenciéndolo de que es por su propia seguridad; un solo simio al que se le pega en las patas mientras se le hace bailar; un solo tonto al que se condena al cielo mientras se le hace rezar. Y ese animal no sólo fue el que inventó la palabra “racional” sino que, convencido de que era el único capaz de pensar, enjauló al pájaro para hacerlo cantar, al tigre para hacerlo rabiar, al mono para verlo payasear y a sí mismo para cuidarse de enfermar.

Pero como ese animal siempre tuvo miedo de llamar miedo a lo que le provocó más miedo, y como en el mundo natural no encontró un ejemplo que le sirviera para escapar del peligro sin apelar a ese término, como no halló, mejor dicho, a otra especie que se condenara por gusto al encierro, se persuadió de que lo hacía por la comodidad que no encontraba afuera y sí encontraba adentro.

Aunque, en realidad, no fue por comodidad que se resguardó de la furia del sol, la lluvia y el viento; tampoco fue por comodidad que aprendió a juntar madera para proporcionarse un techo; la comodidad no fue la que lo llevó a dejar de dormir sobre el suelo ni a abandonar la madera para levantar sus paredes con ladrillos y acero; ni a juntarse con otros hombres para vivir comúnmente con ellos; ni a inventar sistemas y leyes para someterse a un único gobierno; ni a construir murallas para protegerse de otros pueblos; ni a reclutar ejércitos para apropiarse por las armas de los recursos ajenos; ni, en fin, a inventar mil nombres distintos para explicar el origen de cosas que no nacieron mucho más allá de su miedo.

El miedo, no la casualidad, la voluntad, dios o la razón, fue siempre el principio que despertó al hombre y lo impulsó. En compañía del miedo llega todo niño al mundo, en compañía suya se hace adulto, y en compañía suya le rinde tributo a la muerte.

El miedo, no la casualidad, la voluntad, dios o la razón, fue siempre el principio que despertó al hombre y lo impulsó. En compañía del miedo llega todo niño al mundo, en compañía suya se hace adulto, y en compañía suya le rinde tributo a la muerte. La del miedo, por lo demás, es la única fuerza natural que hoy puede movilizar y mañana paralizar, que un día puede dar vida y al otro matar, que en un instante puede hacer odiar lo que segundos antes podía hacer amar. Sí: solamente el miedo tiene un poder tan intenso como para provocar dos efectos totalmente opuestos, y sacar de esos mismos efectos las causas que reconciliarán luego sus más lejanos extremos. ¿Es, pues, racional sentir miedo? No sólo es racional, sino que es absolutamente natural. ¿Es natural dejarse arrastrar por él? Sí, también. Nuestra fuerza no alcanza sino para oponerle una pequeña resistencia. ¿Cuántos tipos de miedo hay? Millones, quizá; aunque todos ellos se pueden categorizar dentro de un tipo de miedo social y otro individual. ¿El miedo individual alimenta el miedo social, o el miedo social alimenta el individual? Lo grande se alimenta siempre de lo pequeño, y lo pequeño de las sobras de lo grande y sus excrementos. Lo lógico, pues, no sólo es que el miedo más grande se nutra del más pequeño, sino que lo tiranice y lo convierta en su esclavo y su instrumento… Y sí, quizá suene un tanto absurdo y paradójico que sea el miedo del individuo el que alimente el miedo colectivo, y que posándose en su boca pretenda salvaguardarse de su mordisco. Es, desde luego, sumamente contradictorio que el miedo particular, siendo el alimento por excelencia del miedo general, trate de escapar de él dándole algo nuevo que tragar, o, mejor dicho, que un hombre sucumba ante el miedo de los demás sacrificándole su propia libertad, y que la entregue a cambio de lo que equivocadamente llama seguridad. Un hombre que sabe vivir con sus temores es, naturalmente, un hombre sensato, pero un hombre que con su libertad nutre temores de otros es un hombre que no vale para un carajo, viva en una granja o viva en un palacio.

El miedo individual paraliza, pero sólo el miedo colectivo esclaviza. Sobre este precepto se fundaron casi siempre todos los pueblos, sobre este precepto se dieron a sí mismos unas leyes y una forma de gobierno, sobre este precepto se les dio una economía y un comercio, sobre este precepto se les enseñó a diferenciar lo malo de lo bueno, sobre este precepto se les mandó a salir de sus fronteras para exterminar a otros pueblos, sobre este precepto se les ocultó que para la naturaleza no existen los conceptos falso y verdadero, sobre este precepto, en fin, se condenó a unos hombres al infierno y se expulsó a otros al cielo. De ahí que no exista un solo orden social que no haya nacido de la necesidad de esclavizar, ni exista un solo interés general que no haya nacido de la renuncia total o parcial a la libertad individual.

No. Libre no fue el hombre de ayer ni lo es el hombre de hoy, pues ambos han vivido sugestionados y empujados hacia el temor: al temor a la enfermedad, al temor a dios; al temor a la locura, al temor a la mala opinión; al temor al dolor, al temor a no tener razón; al temor a la necesidad, al temor a morir sin tener siquiera para el cajón; al temor a lo sublime, al temor a no ser parte de un grupo o un montón; al temor al futuro, al temor a todo tiempo anterior; al temor a la risa, al temor al ocio y la diversión; al temor a la cobardía y al temor a sentir alguna clase de temor.

El hombre de hoy, condenado al encierro, ha llegado incluso al extremo de evitar tocar a otro para no caer enfermo; quiere amor, pero en lo posible desde lejos; quiere sentir algo nuevo, pero sin atreverse a renunciar a sus viejos sentimientos; quiere construir, pero sin arriesgarse a destruir; quiere dar su opinión, pero sin animarse a confirmarla con una acción…

El temor colectivo, no el del individuo, es el que ha llevado al hombre a encerrarse entre muros de ladrillo, a sentirse temeroso incluso de sí mismo y a vivir en condiciones bajo las que no habría aceptado vivir ni un solo hombre antiguo. No cabe duda, desde luego, de que el hombre moderno es tan temeroso como el antiguo, al menos en lo que se refiere a su temor como individuo, pero difícilmente podría afirmarse que pase lo mismo al comparar sus temores colectivos, pues así como el hombre antiguo temía las malas intenciones de ladrones o pueblos enemigos, el de hoy teme las de sus propios amigos, las de sus propios vecinos y tal vez hasta las de sus propios hijos. El hombre de hoy, condenado al encierro, ha llegado incluso al extremo de evitar tocar a otro para no caer enfermo; quiere amor, pero en lo posible desde lejos; quiere sentir algo nuevo, pero sin atreverse a renunciar a sus viejos sentimientos; quiere construir, pero sin arriesgarse a destruir; quiere dar su opinión, pero sin animarse a confirmarla con una acción; quiere resolver todos los problemas del pueblo, pero sin preocuparse por vivirlos antes para entenderlos; quiere acercarse a la naturaleza, pero sin rebajarse a untarse las manos de tierra; quiere encontrar el conocimiento, pero sin arriesgarse a bajar a buscarlo hasta el mismo infierno; quiere ser un hombre culto e instruido, pero sin esforzarse por poner sus ojos en un solo libro; quiere gozar de todos los derechos humanos, pero es el primero en mirar a otro lado cuando se los arrebatan a sus hermanos; quiere que haya igualdad, pero basta darle un poco de autoridad para que someta cuanto pueda a su voluntad, y, lo que más lástima da, quiere vivir tranquilo y con seguridad, pero lo primero que ofrece por ello es su propia libertad.

Lo peor del caso es que el problema no es en sí del ser humano, sino del ser humano que junta sus temores a los de su rebaño. Pensemos, o tratemos de pensar, en un hombre que teme contagiarse de una enfermedad, que se aleja de las personas y animales que lo pueden infectar, y que se encierra definitivamente para evitar toda clase de contacto con el resto de la sociedad. Este hombre, sea su miedo fundado o infundado, está actuando de un modo naturalmente humano, pues en el aislamiento y la soledad busca cómo cuidarse de los peligros que cree encontrar en la compañía de los demás.

Pensemos ahora que el temor a caer enfermo no se reduce a un solo hombre, sino a todo un pueblo, que temiendo infectarse de lo que padecen otros reduce el trato con ellos hasta donde su dependencia a ellos le permite hacerlo. Este pueblo, en que cada ciudadano huye del otro presumiendo que está enfermo, es tan necio que como médico se está previniendo, como enfermero se está protegiendo, como sepulturero se está dando entierro y como enfermo está corriendo para no caer muerto en manos del médico, el enfermero o el sepulturero. Está, mejor dicho, escondiéndose de sí mismo, temiendo contagiarse de sí mismo, y condenándose a morir a causa y por motivo de sí mismo. Así es como el temor del individuo, en sí tan inofensivo, termina convertido en un espantoso terror colectivo, del que ningún hombre puede salir cuando así lo ha decidido sino hasta tanto se le diga que puede confiar en la buena salud de los demás seres vivos. El terror colectivo, sea dicho una vez más, es el ingrediente principal de la pérdida de la libertad, y es, además, el primer golpe con que se derrumba todo lo bueno que pueda existir en una sociedad.

A la naturaleza, todopoderosa en el sol como en la tierra, no le interesa que el individuo viva o muera, ni se ocupa en crear enfermedades a las que le tema, ni mucho menos en disminuir sus fuerzas en consideración a que el hombre no sepa cómo contenerlas.

El miedo individual a la muerte tiene tanto de natural como el miedo colectivo a ella tiene tanto de demencial. Del miedo colectivo a la muerte, de hecho, se ha dicho que es una especie occidental de miedo, entendiendo “occidental” como la parte del hemisferio en que pueden existir hombres valientes a los que se les impide serlo por la excesiva cobardía de sus pueblos. Esto no quiere decir, naturalmente, que en Oriente no exista el miedo a la muerte, sino más bien que tal temor se expresa allí de una manera notablemente diferente. La valentía, dicho de otra manera, se asocia en la mitad de la tierra con el desprecio a la paz, mientras en la otra mitad se asocia con el desprecio a la guerra; aquí la gente ríe de lo mismo que allí se teme, mientras allí la gente goza con lo mismo que aquí se ofende; allí se huye en la noche de lo que aquí se huye de día, mientras aquí se busca una entrada donde allí se haya una salida; allá se da la propia vida por la eternidad, mientras acá se da la ajena por la libertad; allí es valiente quien muere acorralado en un campo de batalla, mientras aquí lo es quien lo hace rodeado de las personas que ama; allí, en fin, se llama valentía a lo que aquí se llama cobardía, y aquí se hace por temor a la muerte lo que allí se hace por amor a la vida. Pero el individuo, aquí y allá, es exactamente el mismo, por más que sea tan distinto cuando se le descubre en su entorno colectivo. El pueblo, tanto de Oriente como de Occidente, es lo suficientemente imbécil como para creer que, si él desaparece, es necesario que con él desaparezca la especie, y que su vida vale tanto como para que la naturaleza se empeñe en acabar con su raza para siempre. Ignora que si hay algo hecho para subsistir es la especie, y que cuando no lo ha logrado es porque no tuvo fuerza suficiente para oponérsele a otra que supo ser más fuerte. No sabe que a la naturaleza le tiene sin cuidado que este o aquel animal pueda ser aniquilado, y que nunca se interesó por crear algo para beneficiarlo o perjudicarlo, para enfermarlo o sanarlo, para hacerlo vivir o matarlo. No entiende que lo único que crea la naturaleza son fuerzas, fuerzas configuradas para luchar entre ellas, sin pararse a considerar si al hacerlo podría perjudicar a ésta o aquélla. Mil veces se le ha dicho, y dos mil más se le ha repetido, que la naturaleza es lo suficientemente sabia para hacer que el universo funcione en armonía y equilibrio, pero todavía no ha entendido que jamás habría llegado a ese equilibrio si distribuyera sus fuerzas en beneficio o perjuicio de un solo organismo.

Ahora bien, si la naturaleza no crea nada en aras de favorecer o perjudicar a determinada especie, ¿es verosímil que cree algo con miras a perjudicar o favorecer a quien a ella pertenece? A la naturaleza, todopoderosa en el sol como en la tierra, no le interesa que el individuo viva o muera, ni se ocupa en crear enfermedades a las que le tema, ni mucho menos en disminuir sus fuerzas en consideración a que el hombre no sepa cómo contenerlas. Es natural, desde luego, que el hombre tenga miedo, pero no es natural que la naturaleza se preocupe por favorecerlo o perderlo. Si es, pues, una fuerza natural la que lo asusta, no le queda más que encontrar una fuerza mayor que la destruya, y en esa tarea, a decir verdad, el miedo de los otros no es que le preste mucha ayuda.

Cada sociedad, en toda la historia de la humanidad, le ha dado su propia interpretación a la palabra “libertad”. Para los griegos de Hesíodo y Homero el ideal de libertad estaba encarnado en el músico y el guerrero, en Heracles y en Orfeo, que fueron tan libres como para que se les permitiera regresar del propio infierno; el persa no podía concebir la idea de la libertad sin asociarla a la idea de la riqueza, si se ha de tener en cuenta hasta dónde viajaron para obtenerla; para el indio antiguo la libertad tuvo mucho que ver con la renuncia a sí mismo, con la renuncia a todo cuanto tuviese que ver con los dolores nacidos en el reino de los sentidos; para el espartano la libertad fue siempre de la mano con el espíritu de guerra aristocrático, con el desarrollo corporal hereditario de un tipo de hombre superior a los demás seres humanos; la libertad, para el ateniense, estuvo siempre asociada a los derechos civiles de la gente, así fuese a expensas de considerarlos un medio más para someterla democráticamente; para el romano, en cambio, el ideal de libertad estuvo siempre emparentado con el ideal republicano, en que el hombre era tan libre como con la fuerza de su brazo le sirviera al suelo patrio; la libertad, para el cristiano, se relacionó con el amor a los demás cristianos y con el odio a quienes no creyeran en Cristo, la virgen y el espíritu santo; para el judío el único libre podía ser el pueblo elegido, y por ello cumplió el mandamiento divino de derramar la sangre de casi todos sus vecinos; el mahometano fue siempre tan libre como se lo permitieron sus libros sagrados, dejando lo demás para los infieles que su santo profeta había condenado; el pueblo británico no se empezó a considerar libre sino hasta que su parlamento le cortó la cabeza al rey Carlos, y el francés, que antes sólo juzgaba libres a sus cortesanos, pasó a reemplazarlos de un momento a otro por sus revolucionarios; el alemán siempre buscó la idea de la libertad en la guerra, aunque siempre que la emprendió acabó por perderla; la Rusia zarista quiso liberarse con la idea socialista, aun cuando el trabajo común de las mayorías no haya alcanzado sino para librar del trabajo a una pequeña casta partidista, y el norteamericano, aun con sus millones de esclavos, halló la libertad en los derechos humanos, y por ella pagó tanto como pudo pagar con lo que fue y robó en otros lados.

Pero a los hombres, por muy extraño que suene, les ha alcanzado siempre con considerarse seguros para juzgarse libres e independientes, aun cuando se les amarre y se les encierre, y aun cuando su misma historia les demuestre que un hombre seguro en una jaula es justo lo contrario a un hombre independiente.

Los hombres, juntos en sociedad, han tenido siempre una definición muy diferente de la palabra libertad, que por lo regular no sólo fue de la mano de su idea de seguridad, sino que quisieron imponer como la única realmente cercana a la verdad. Ahora bien, del hombre, solo, visto por su lado individual, difícilmente se podría pensar que tenga una idea distinta de la libertad a la de su potencia de actuar, o a la de poder caminar por el mundo sin temor a que el americano lo pueda matar, el ruso lo obligue a trabajar, el alemán lo haga bombardear, el francés lo haga colgar, el inglés lo haga decapitar, el mahometano lo haga lapidar, el judío lo haga acuchillar, el cristiano lo haga quemar, el romano lo haga crucificar, el ateniense lo haga envenenar, el persa lo haga torturar, el espartano lo haga emboscar o algún héroe homérico lo enganche a su carro para hacerlo arrastrar. O, en otras palabras, el hombre, solo, por fuera de su sociedad, quiere seguridad, pero no al costo de tener que pagarla con su propia libertad. ¿Qué más tiene pues para pagarla? ¿Su dinero? El dinero lo imprime a placer su gobierno, y difícilmente esté interesado en vender seguridad a tan bajo precio. ¿Su inteligencia? Pocas veces se encuentra quien la valore en lo que realmente cuesta. ¿Su trabajo? Hace años que serían libres casi todos los esclavos. ¿Su amor? Se puede amar la libertad, pero dar el poco amor que se tiene a cambio de ella es una imbecilidad —y una imposibilidad—. ¿Su fuerza? La fuerza de un solo hombre será siempre insuficiente para oponérsela a quienes con su seguridad comercian. ¿Su amistad? Con la amistad no se paga más que por la incertidumbre y la inseguridad. La única moneda que parece alcanzar para pagar por algo de seguridad es, pues, la de la libertad, tanto más cuanto que quien vende seguridad ofrece con ella un poco de fuerza, y que lo último que como vendedor le interesa es que quien compra su mercancía tenga al alcance una manera propia de obtenerla. Es necesario, para que la demanda se mantenga, que exista una relación de dependencia, y a una relación de dependencia no se llega sino privando al otro de su independencia. Pero a los hombres, por muy extraño que suene, les ha alcanzado siempre con considerarse seguros para juzgarse libres e independientes, aun cuando se les amarre y se les encierre, y aun cuando su misma historia les demuestre que un hombre seguro en una jaula es justo lo contrario a un hombre independiente.

Un hombre libre, dicho sea de nuevo, puede tener miedo, pero un hombre que da su propia libertad por dejar de tenerlo es, en todo aspecto, un auténtico pendejo. Es un pájaro en una jaula, que canta a placer de quien lo maltrata; es un león en una prisión, que ruge como se lo manda su carcelero y patrón; es un mono en un mostrador, que brinca y baila para divertir a su pequeño espectador; es, dicho de otra manera, una especie de animal que con su libertad avergüenza a las demás criaturas de la naturaleza. ®

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Publicado en: Ensayo

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