Apuntes sobre lo catastrófico

Como grietas en la pared de un edificio que se mantiene de pie

Lo catastrófico encuentra su origen en el yo enfrentado al vacío de su existencia. Enfrentado a su propio sinsentido.

Levalet, pintura en las calles de París.

1.

Catastrófico es aquello que amenaza nuestra cotidianeidad. O que —cuando menos— amenaza con amenazarla.

2.

En estricto sentido, lo catastrófico se experimenta de forma individual.

3.

Ése es el espíritu detrás de “Primero vinieron…” de Martin Niemöller. Ésa su urgencia. Si lo catastrófico se experimenta en lo individual se vuelve necesario atraer la atención de quienes son ajenos a esa catástrofe y recurrir al temor de lo catastrófico en potencia. No se alude a la solidaridad sino al miedo.

4.

Me llevan a mí —según el maniqueo texto de Niemöller— y es demasiado tarde para hacer algo, porque yo permití que se llevaran a los comunistas, y luego permití que se llevaran a unos obreros, y más tarde permití que detuvieran a unos sindicalistas, y después permití que apresaran a unos curas… y como nada me importó, tarde o temprano vinieron por mí y a nadie le importa. Y los demás lo permiten. Imposible negar la amenaza.

5.

La solidaridad deviene entonces maquillaje de la angustia —justificada o no. No se trata de un sentimiento compasivo por el otro sino del ensimismamiento del uno que ve en riesgo su cotidianeidad. De ahí que se vuelva necesaria, imprescindible, la exageración de la catástrofe, de la siempre particular catástrofe. Lo catastrófico se sobredimensiona para atraer posibles adeptos, a los abajo firmantes, a las buenas conciencias que —imbuidas del temor de perder lo que tienen— habrán de sumarse a la causa.

6.

Sobredimensionar lo catastrófico significa, en última instancia, sobredimensionar el yo. Acusar a la catástrofe —o a sus agentes— de atentar contra nuestra vida, denunciar acoso, amenazas veladas o explícitas, persecución; implica sobredimensionar porque no hay alusión al yo que no devenga en escandalosa exageración. Porque apelar a la dupla solidaridad/miedo intentando convencer al otro —a esos otros que son uno mismo en el texto de Niemöller— de que la vida de uno corre peligro y por lo tanto su vida corre peligro y en consecuencia el orden mismo de la existencia está amenazado, es elevar al uno a rangos que le son ajenos.

7.

Nada más insignificante que el yo. Nada cambia cuando un yo o miles de ellos/nosotros desaparecen. Un millón de muertes es una estadística —dijo el tío Joe. Por ello se vuelve urgente aludir a la solidaridad. Porque sólo si el otro cree en la importancia del yo, el yo tiene posibilidad de sobrevivir.

8.

Poco importa el origen de la catástrofe. Da lo mismo si se trata de un desastre natural, un crimen pasional, una persecución política o de alguien que queda atrapado en medio de una balacera. El margen de acción del sujeto es casi nulo de cara a la catástrofe misma y se reduce a las simpatías que pueda generar antes o después de ella. A la habilidad que tenga para conmover e identificar a otros consigo mismo. En medio de la catástrofe el sujeto se diluye en lo catastrófico.

9.

Ése es el origen de la sociedad, el temor compartido. En consecuencia —a medida que la sociedad creció hasta convertirse en un todo inasible—, el origen de religiones, ideologías, filiaciones y grupos de interés. Perecer acompañados.

10.

Lo catastrófico encuentra su origen en el yo enfrentado al vacío de su existencia. Enfrentado a su propio sinsentido. Lo otro, lo que anunciamos a los cuatro vientos como catástrofe, no es más que lo real impuesto a la farsa social que resulta insostenible. El sarro que se desprende de los dientes tras una o dos cepilladas. Lo demás es moho que surge encima de aquello donde alguna vez habitamos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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