Bad Benito, el ruido y la furia

El mensaje en medio de la polarización

El Super Bowl seguirá siendo una plataforma poderosa. La pregunta es si sus protagonistas —artistas, marcas y organizadores— serán capaces de usar ese poder para generar conversaciones más profundas y menos reactivas.

Bad Bunny. Captura de pantalla.
La oscuridad no puede expulsar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar el odio; solo el amor puede hacerlo.
—Martin Luther King Jr.

Tenía pensado otro tema para esta columna, pero después de que tik–tokeros y periodistas se desvivieron por honrar el espectáculo del medio tiempo del Superbowl, con Benito Antonio aka Bad Bunny, me veo en la imperiosa necesidad de manifestarme al respecto.

Primero, debo aclarar que no me tomé la molestia de ver el chou (sic) hasta que vi que las apoteósicas odas a éste, y no acabé de verlo. Debo admitir que después de Lady Gaga ya no pude, quizá sea por un rollo generacional, pero no vi las maravillas de las que todos hablan. Por ello quiero desmenuzar mi opinión a fin de que quede bien fijada mi postura.

Como dato no menor es preciso comparar las Olimpiadas como instrumento de paz y lo que implica el Súper Tazón —como eventos mediáticos, no como justas deportivas.

Las Olimpiadas modernas, impulsadas por Pierre de Coubertin en 1896, nacieron con una idea profundamente política —aunque no partidista—: usar el deporte como un instrumento de paz, diálogo y entendimiento entre las naciones. Inspirado en los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia, donde se decretaba la tregua olímpica (ekecheiria) para detener las guerras durante las competencias, el proyecto moderno buscaba algo similar: sustituir el conflicto armado por la competencia deportiva.

El futbol americano es un deporte casi exclusivamente estadounidense, responde a una liga privada (NFL), está profundamente vinculado a la identidad nacional, cultural y política de Estados Unidos.

El Comité Olímpico Internacional (COI) se define a sí mismo como una organización neutral, independiente y orientada a la promoción de la paz, la cooperación y la educación a través del deporte. No es casual que el olimpismo se base en valores como respeto mutuo, solidaridad, universalidad e igualdad entre naciones. El COI agrupa a 206 Comités Olímpicos Nacionales, en tanto que la ONU tiene 193 Estados miembros. Esto significa que el movimiento olímpico tiene mayor alcance internacional formal que el sistema político mundial.

Esto ocurre porque el olimpismo reconoce territorios, naciones y pueblos que no necesariamente son Estados reconocidos por la ONU, pero que participan bajo el principio de igualdad deportiva: todos desfilan bajo las mismas reglas, todos compiten bajo el mismo marco y no hay veto político formal para participar —al menos en el ideal—. El deporte, en este modelo, funciona como un lenguaje común global.

El Super Bowl, en cambio, nace desde una lógica completamente distinta. Aunque hoy es uno de los espectáculos más vistos del planeta, el futbol americano es un deporte casi exclusivamente estadounidense, responde a una liga privada (NFL), está profundamente vinculado a la identidad nacional, cultural y política de Estados Unidos.

El Super Bowl no busca —ni pretende— construir un espacio de neutralidad internacional. Al contrario, está atravesado por símbolos nacionales —bandera, himno, ejército—, se utiliza como escaparate del softpower estadounidense, funciona como una vitrina del modelo cultural, económico y mediático de aquel país.

Mientras las Olimpiadas intentan diluir fronteras, el Super Bowl las refuerza. Aquí es donde se vuelve relevante el caso de Bad Bunny en el medio tiempo. Cuando un acontecimiento como los Juegos Olímpicos aborda temas sociales o políticos, lo hace —al menos en el discurso— desde un discurso universal: paz, igualdad, derechos humanos, cooperación.

El mensaje busca ser transversal, no identitario. En el Super Bowl, en cambio, cualquier mensaje social se inserta en un contexto nacional altamente polarizado; se lee automáticamente como parte de la disputa ideológica interna, deja de ser universal y se vuelve posicional: estás conmigo o contra mí.

Mientras el olimpismo intenta usar el deporte como un espacio simbólico donde las diferencias se suspenden momentáneamente, el Super Bowl suele amplificar las diferencias existentes.

Por eso, cuando un artista introduce mensajes de identidad, migración, diversidad o crítica social en el Super Bowl, el impacto no es conciliador, sino confrontativo. No porque el mensaje sea inválido, sino porque el escenario no es neutral, el público no es homogéneo, el evento no nació para construir consensos, sino espectáculo y consumo.

El riesgo es claro: confundir visibilidad con unidad. Mientras el olimpismo intenta usar el deporte como un espacio simbólico donde las diferencias se suspenden momentáneamente, el Super Bowl suele amplificar las diferencias existentes. En ese sentido, un mensaje que busca la inclusión puede ser percibido como imposición cultural o ideológica.

El contraste es contundente. Las Olimpiadas: el deporte como diplomacia y tregua. El Super Bowl: el deporte como identidad nacional y disputa cultural. Ambos son poderosos, pero no comunican desde el mismo lugar ni producen el mismo efecto social.

El Super Bowl se ha consolidado como uno de los espectáculos mediáticos más influyentes del mundo. No es solamente un partido de futbol americano: es un escaparate cultural, político y simbólico capaz de marcar la agenda pública. Cada año su espectáculo de medio tiempo alcanza a millones de personas y, con ello, se convierte en un espacio donde el entretenimiento convive —cada vez con mayor claridad— con mensajes sociales y políticos.

El medio tiempo protagonizado por Bad Bunny es un ejemplo claro de esta tendencia. Celebrado por muchos como un acto de visibilización cultural, identidad latina e inclusión, el espectáculo fue leído también como una postura política explícita en un contexto social profundamente polarizado. Lo que para unos representó orgullo y resistencia simbólica, para otros fue una provocación ideológica fuera de lugar.

Ahí es cuando surge la pregunta central: ¿estos mensajes realmente generan conciencia social o terminan reforzando la división entre posturas irreconciliables?

En teoría, el arte y la cultura tienen la capacidad de abrir diálogos, de tender puentes entre realidades distintas. Sin embargo, cuando se insertan en un evento de consumo masivo como el Super Bowl —cuyo público es plural, diverso y no necesariamente politizado— el mensaje corre el riesgo de ser interpretado no como una invitación a reflexionar, sino como una toma de partido.

Beyoncé, Kendrick Lamar, Shakira o incluso gestos simbólicos fuera del escenario —como las protestas de jugadores de la NFL— han demostrado que el Super Bowl funciona como un amplificador de tensiones sociales ya existentes. La diferencia es que hoy, en la era de las redes sociales, la reacción es inmediata y extrema.

El caso de Bad Bunny dejó en evidencia esta fractura. Mientras sectores progresistas aplaudieron el discurso de diversidad y crítica social, grupos conservadores reaccionaron con el rechazo inmediato, acusando al espectáculo de “politizar” un evento deportivo.

La conversación pública no giró en torno al fondo del mensaje, sino a la confrontación: estar a favor o en contra. El resultado fue un debate más emocional que racional, más identitario que reflexivo.

Este fenómeno no es nuevo. Beyoncé, Kendrick Lamar, Shakira o incluso gestos simbólicos fuera del escenario —como las protestas de jugadores de la NFL— han demostrado que el Super Bowl funciona como un amplificador de tensiones sociales ya existentes. La diferencia es que hoy, en la era de las redes sociales, la reacción es inmediata y extrema: aplauso o cancelación, orgullo o indignación, sin matices.

El problema no es que existan mensajes sociales en el entretenimiento, sino la forma en que se comunican y el contexto en el que se insertan.

No porque el mensaje sea incorrecto en sí mismo, sino porque su recepción depende de un clima social marcado por la polarización política y mediática. En ese escenario, el espectáculo deja de ser un espacio común y se transforma en un símbolo más de la fragmentación social.

El Super Bowl seguirá siendo una plataforma poderosa. La pregunta es si sus protagonistas —artistas, marcas y organizadores— serán capaces de usar ese poder para generar conversaciones más profundas y menos reactivas. Porque cuando el mensaje se pierde entre gritos, likes y descalificaciones, lo que queda no es conciencia social, sino ruido.

Y el ruido, lejos de unir, divide. ®

Compartir:

Publicado en: Medios

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.