Balada de la mujer ausente

Entremés vacacional por la vía iluminativa

Escenario: un café amplio, pero poco concurrido, del área metropolitana de la Ciudad de México: tres empleados y cuatro clientes. Entre las mesas y sillas disponibles, hay dos sillones de dos plazas. Una mujer madura se acerca para sentarse.

Un hombre en el café. Fotografía de Café contado.

Mujer madura
(Amable)

¿Está ocupado aquí? ¿Puedo sentarme?

Hombre del mundo
(Sonriente, distraído de sus pensamientos por la mujer)

¡Claro que sí! Si yo no soy el dueño del predio.

Mujer madura
(Amable y consejera)

Bueno, es que tal vez podría estar esperando a alguien.

Hombre del mundo
(Sonriente, pero con la mirada sorprendida por un recuerdo insospechado)

Claro, ya entiendo. Es cierto. No, no espero a nadie. La persona que he estado esperando no ha venido en ocho años.

La mujer madura hace una mueca, sin saber qué hacer o decir, y mira su teléfono. Todos los presentes de la cafetería, incluyendo la señora, continúan haciendo sus cosas, pero el Hombre del mundo empieza a hablar solo, como si, a la vez, le estuviera respondiendo a alguien una pregunta que nadie le hizo.

Hombre del mundo
(Sentado, mueve las manos mientras habla en verso,
pero no de manera declamatoria, sino conversando)

Quiero decirte
que solo amo tu recuerdo,
que la flama que vi
la tuve enfrente como un tuerto,
que así como uno ojo ve
y el otro está faltante,
del ausente se explica
que del todo se mire solo un poco,
hambriento fragmento,
por lo cual de recordarte
y esperarte su intensa voluntad,
por más deseosa, es mediocre,
que no falsa, pues faltaba
la luz que muestra el mundo
y todo aclara
sin dejar sombra o quicio incierto.
¡Un café más aquí, en mi asiento,
que el otro está vacío, es tuerto,
solo recuerdo!
Nadie adorar debe a quien,
por ausencia, y no por muerta,
es buena memoria,
pero idea sin mano que la alcance,
más elevada que una nube, pues,
y tan terrestre y poco fiable
como el agua.
¡Venga el café de negro olor,
amargo sueño, negro todo!
Nadie, también, hace justicia
con un solo recuerdo —o más—,
pero es tan sabio dejar que,
con no poder tocarse,
flote en su manto fácil,
pero triste, a plenitud,
pues aunque no se niega
que el umbral es débil,
como una manecilla de reloj
en el desierto,
es tan firme y verdadero  
como decir ya se murió,
y aunque nadie ahí haya,
ver fijo, indudable, al muerto.
Ver al muerto es saberlo ido,
pero verlo tuerto parece,
es cierto, medio ido,
un recuerdo y, en tal caso,
darse rigor:
sin volar disperso con el viento,
pero sin perder el sueño,
es ver morir lo amado
mientras se lo ama, sí,
como la sangre del toro
que mira fijo al vacío
mientras se vacía
vivo, degollado.
Valiente es decir
fue una mentira,
valiente es llorar
con menos miedo,
valiente es ver morir
sin arrojarse al cuerpo
o al simple suelo,
pero más sencillo,
sin valor y muy libre,
despierto,
es decir sentí
y ya no siento.
¡Un café negro, por favor,
que me levanto de este asiento!

Se apagan las luces del café y, al fondo de la escena, iluminado, queda un cadáver bello. El cadáver está en el suelo. Es el de una mujer joven y delgada, vestida como una turista fashion, de piel apiñonada, con pelo castaño oscuro, facciones finas y con unos auriculares por los que se escucha la canción “A thousand years”, de Cristina Perri, y que cubre toda la escena. De pronto, luego de un minuto o más, de arriba del escenario desciende en una camilla el Hombre del mundo, se dirige hacia la mujer como si estuviera dormido, pero está muerto. ®

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Publicado en: Artes escénicas

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