Crónicas del Cerro del 4

De la calle y los encuentros no casuales

En el Cerro del 4, en la Guadalajara profunda, hay ancianas sabias, solidarias, vecinos de amabilidad desusada y un mujer a la que le robaron el nombre —también hay un río de aguas mortales.

El Cerro del 4. Fotografía: Andrés Knig.

I

Voy a la verdulería de doña Gaby. Necesito comprar una ollita que no cueste los cien varos que te cobra Walmart (“¡cien palos me diera Gestas!”, protestara la bisabuela Mamella ante tamaño precio); doña Gaby prometió decirme dónde las venden. Al parecer esto de no hervir las copas menstruales es pasarse, aventurarse una hacia el universo complejo de la infección y la vergüenza (nunca me ha pasado, pero el simposio de amigos metiches fans de copas menstruales convino en ello en el congreso pasado).

Ya en la verdulería me sobrepongo al impulso maquinal de comprar plátanos, plátanos, plátanos. “No puedes seguir así”, me regaño. La última vez salí con medio litro de miel que no necesitaba. Antes, con mangos que debieron durar cinco días y se me acabaron en dos. Supero esta retahíla de anhelos culposos y articulo la pregunta. Efectivamente, dice Gaby, existe una cuantiosa oferta de lugares que venden ollitas en la colonia Nueva Santa María. Específicamente, hay un taller que promete éstos y otros enseres de aluminio recién sacados del horno, algunos adquiribles bajo la módica cantidad de treinta pesitos (“Bueno, a eso me la vendieron a mí, ¿edá? Quién sabe si ya hayan subido de precio”, aclara Gaby, como pensando “Mejor la voy previniendo por si la ven güerita y se la quieren dar al doble de cara”).

Gaby dice que el taller está a cinco cuadras subiendo por la Andrés Tamayo y dando vuelta a la izquierda a la altura de una tlapalería. No tengo ni idea sobre la tlapalería, pero disfruto el camino sonriente y lozana de sol. Nomás me falta saber silbar. Me sumo al flujo de la avenida que lo mismo huele a muerte que a vida. Una veintena de perros callejeros me miran recelosos mientras cuento las esquinas. Desde que me mordió un pastor alemán recuerdo constantemente que esas bestias alguna vez fueron lobos que comían gente. Si me topo con perros, me bajo de la banqueta. Punto. Así se trate de los cinco gramos anémicos de un chihuahueño.

Llevo perdiéndome por Guadalajara y sus alrededores dos décadas; las mismas que me ha tomado asimilar la importancia de pedir indicaciones.

Decido que la peluquería de la esquina número cinco bien podría pasar por tlapalería y giro por esa calle. Llevo perdiéndome por Guadalajara y sus alrededores dos décadas; las mismas que me ha tomado asimilar la importancia de pedir indicaciones. Voy hacia dos señores que platican bajo una lona a nivel de puerta, en la banqueta. Uno vende herramientas. El otro va de paso y lleva a saber qué selección de tripas bovinas en una bolsa de plástico que aprieta contra su camisa de cuadros. Ninguno tiene menos de sesenta años.

Me presento. Ellos me devuelven sus nombres y el saludo. El del sombrero se ofrece a acompañarme al taller que “ya está acá a la vuelta”. Cruzamos la cuadra. Él sigue hablando animadamente, como si la conversación con su amigo no se hubiera interrumpido a pesar del cambio de interlocutora. “Ningún encuentro es casualidá”, sentencia. “¿Usté cree?”, le respondo, con más ganas de oírlo a hablar a él que a mí. “Ei”, asiente, muy a lo Jalisco.

“Un día vi a un muchacho que iba abrazado de otra muchacha”, continúa, “primero pensé que eran novios. Se metieron en la farmacia que está acá en la esquina y luego luego los corrieron. Entonces me di cuenta que él iba navajeado y ella lo iba cargando. Ya ve, lo dejaron malherido. No lo quisieron atender”. “¡Uy! ¡Qué mal!”, mis palabras se quedaron flotando unos instantes. “Ei”, repite, “los metí en mi camioneta y me los llevé al hospital. La muchacha iba bien preocupada. Él alcanzó a llegar, pero ya no supe qué le pasó al final”. “Oiga, pues qué bueno que los ayudó”, comento. “Ei, ya ve. Por eso le digo que no son casualidá los encuentros”, ya se me había olvidado la génesis de la conversación “Por ejemplo, a usted la pude traer al taller”.

Se hace un breve silencio. Sonrío. Le agradezco por haberme llevado al taller y por el final de nuestro intercambio. Lo miro alejarse con la bolsa de carne tambaleándose a un costado de su cuerpo. Al final la ollita costó treinta pesos. Felices casualidades.

II

En la colonia Buenos Aires hay un río de muerte; el agua corre entre matas y piedras. De ahí bebieron las gallinas y el perro. Por en medio pasó el hombre con la bolsa de tostadas y la mujer que cargaba tierra en una cubeta, renqueando. La mujer sueña con tener un terreno grande para sembrar papayos y limones. “Ya estoy vieja, pero todavía quiero cosas. Por eso cargo mi tierra, para mis plantas”, suspira y vence poco a poco la pendiente empedrada. Las aguas negras besan el borde de su falda.

La corriente es una línea coloide que nace bajo una piedra frente a la casa de don Rafa, el vecino de setenta años que llora al alba la muerte de su esposa hace dos días. “La última noche no me dejó dormir. Eran unos ronquidos ¡fuertísimos! Cuando amaneció se calló y creí que ya se había dormido. Le toqué el brazo. ‘¡Vieja! voy a ir al mandado’ y nada que me contesta. ‘¡Vieja! ¡Vuelvo al rato!’, y nada. La voltié y vi que ya estaba muerta. Todavía estaba calientita”. La escoba salpica sus escaleras mientras la azota contra los charcos en los que el río descansa.

“Gracias. ¡Te invito a que juntos participemos para construir una mejor colonia!”, respondió el asistente del candidato independiente cuando le escribimos las quejas de los vecinos.

Las aguas tartufas brotan como la sangre de una arteria rebanada y se alejan rodando. Son transparentes, pero los vecinos saben que antes tomar té de calcetines que beber de aquel afluente. El cerro parece dividido en dos mitades, la de la derecha y la de la izquierda del navajazo líquido. Ya van días, el agua ha empezado a dejar un surco.

“Enterados, lo arreglaremos lo antes posible”, dijeron los del partido político cuando les enviamos las fotografías. “Gracias. ¡Te invito a que juntos participemos para construir una mejor colonia!”, respondió el asistente del candidato independiente cuando le escribimos las quejas de los vecinos.

Nada crece alrededor, los pasos se acostumbran a esquivar. El río corre. Ya viene otra vez el alba.

III

Sobre un partido político que amedrenta a una líder comunitaria apartidista del Cerro del 4 para obligarla a ser plurinominal.

Hoy la mujer fuerte lloró al borde de la sima. Hace días secuestraron un ala de su libertad. Su nombre.

Lo raptaron con fijeza; sin mayor interés por el método. El despojo, rito. El asedio, medio. La amenaza, mirando todo desde abajo. Ellos se llevaron el nombre y con él la tranquilidad de caminar por su calle, por su colonia construida al margen del abandono institucional, sostenida con vigas de humana resistencia.

Señalaron el pequeño templo de flores que sus manos y otras manos han levantado para los niños, para las mujeres que cuidan del huerto. Señalaron los años. Señalaron la camioneta en la que ella habría de subir. Señalaron que estaba sola. Señalaron el asiento y cerraron la puerta.

La mujer fuerte no se deja elogiar. La mujer fuerte no quiere poder; sabe en dónde está su fuerza. Ellos insisten.

La mujer fuerte ama a su gente. La mujer fuerte conoce de qué lado está su corazón. Ellos amenazan.

La mujer fuerte alega que ya está vieja; que la dejen en paz. La mujer fuerte sabe lo que los lobos quieren. Ellos muerden. Le arrancan la firma; pisotean la manta de la democracia.

Le sonríen, como si ella fuera su cómplice. La dejan de vuelta en su casa, que ya no es tan suya, con los jirones entre los dedos.

¿Cuántos ojos tienen los lobos? ¿Cuántas zarpas? ¿Cuántas raíces, cuántos árboles de fresca sombra están dispuestos a derrumbar?

La mujer fuerte nos trajo los retazos de manta. Resulta que cada uno de nosotros tenía un poco de hilo y una aguja en el bolsillo. Ya nos pusimos a zurcir. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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