Crónicas marxianas

Ray Bradbury conoce a Groucho Marx

Un buen día un escritor de treinta y cinco años decidió ir a concursar en uno de los programas pioneros de la televisión estadounidense, Apuesta tu vida, que condujo Groucho Marx 1950 a 1961, y cuyo modelo de programa de concurso han seguido todos los programas televisivos del mundo hasta nuestros días.

A mi padre.

Anarquía en la pantalla

Groucho.

“Nunca aceptaría pertenecer a un club que me aceptara como socio”, decía Groucho Marx en un epígrafe multicitado pero aún hoy altamente efectivo: uno se pregunta por qué no lo adoptan como lema los miembros del PRI —y los del PAN, los del PRD… Pocos cómicos hay en la historia del cine mundial tan radicales, insolentes y apabullantes como los hermanos Marx. Sus gags y rutinas siguen siendo imitados aún hoy con impunidad y por lo general con escasa gracia —y más bien por desgracia. “Chaplin era un poco más ambicioso y aprovechaba picarescamente las oportunidades, pero se volvía demasiado despectivo y consciente de sí mismo”, escribe Allen Eyles, el mayor especialista en la biografía cinematográfica de los hermanos Marx.1 Y es cierto, Chaplin acaba por aburrir con su carita lastimera y su gesto autocompasivo. En cambio, dice Eyles, “la obra de los Marx es la más fascinante, sutil y satisfactoria de todas las realizadas por las diversas personalidades cómicas” —algo en lo que estuvieron de acuerdo los propios surrealistas, quienes veneraban como a dioses enloquecidos a los Marx, sobre todo al corrosivo Harpo y sus sorpresivos artilugios bajo la holgada gabardina—, y podemos añadir que, no obstante los largos años transcurridos, el trastocado humor de los delirantes Marx sigue vigente para inteligencias sensibles y poco dadas a la complacencia del domesticado espectador de nuestros días.

La filmografía de los hermanos Marx comprende trece películas, de las cuales sólo cuatro o cinco se conocen en México gracias a la televisión y a la esporádica programación en algunas salas cinecluberas.2 “De Los cuatro cocos a Una noche en Casablanca —dice de ellos Carlos Monsiváis, quizá uno de los primeros grouchomarxistas mexicanos—, los Marx son, con todo, figuras excepcionales e inasibles; ni desoladas ni patéticas ni heroicas ni abrumadas ni vanamente triunfales. Son categóricamente modernos, sátira de las actitudes del porvenir: carencia de ideales, entusiasmo por el cinismo, exhibición de las apetencias. Son un espectáculo y una amenaza para la sociedad que los contiene.”

A pesar de la demoledora contundencia con la que ridiculizaban al establishment de la época —a excepción del religioso—, los Marx fueron adorados por multitudes de estadunidenses prósperos y fieles precursores del American Way of Life. Acaso detonaban en ellos una pizca de íntima rebeldía que desaparecería con la II Guerra Mundial y la cacería de brujas del senador MacCarthy.

Intermedio: Diálogos escogidos

Chico: El lunes vigilamos la casa de Firefly, pero él no salió… no estaba en casa. El martes fuimos al beisbol pero nos engañó: él no fue. El miércoles fuimos al beisbol pero lo engañamos: no entramos. El jueves era juego doble, así que no fuimos, nos quedamos en casa y lo escuchamos por radio…
Héroes de ocasión

Lucho por tu honor, que es más de lo que tú has hecho nunca.
Groucho a Margaret Dumont en Héroes de ocasión

Cásate conmigo y te juro que no volveré a ver a ningún caballo…
Groucho a Margaret Dumont, en Un día en las carreras

Mrs. Claypool (Margaret Dumont): Mr. Driftwood, hace ya tres meses que usted prometió introducirme en sociedad, en todo ese tiempo lo único que ha hecho es ganar un sueldo muy jugoso.
Mr. Driftwood (Groucho): ¿Usted cree que eso es poca cosa, eh? ¿Cuántos hombres supone usted que ganan hoy un salario tan jugoso? ¡Caray, los puede contar con los dedos de la mano, mi buena mujer…!
Mrs. Claypool: Yo no soy su buena mujer…
Mr. Driftwood: No diga eso, Mrs. Claypool, no me importa cuál haya sido su pasado, para mí usted siempre será mi buena mujer. Porque yo la amo. Bueno, yo no pensaba decírtelo, pero, tú, tú… me has obligado a hacerlo. Te amo.
Mrs. Claypool: Eso es algo difícil de creer ahora que lo he encontrado cenando con otra mujer.
Mr. Driftwood: ¿Esa mujer? ¿Sabes por qué me senté con ella?
Mrs. Claypool: No.
Mr. Driftwood: Porque me recuerda a ti.
Mrs. Claypool: ¿De veras?
Mr. Driftwood: Por supuesto. Por eso estoy aquí contigo, porque todo en ti me recuerda a ti. Tus ojos, tu garganta, tus labios. ¡Todo en ti me recuerda a ti! Excepto tú, ¿qué te parece?
Una noche en la ópera

Cuando yo tenía tu edad me iba a la cama después de cenar. En ocasiones me iba a la cama antes de cenar. Otras veces me iba sin mi cena e incluso ni siquiera me iba a la cama.
Horse Feathers

¿Qué piensas del problema del tráfico? ¿Qué piensas del problema del matrimonio? ¿Qué piensas en la noche cuando te acuestas, imbécil?
Animal Crackers (El conflicto de los Marx)

Groucho: ¿Hay alguna respuesta al telegrama?
Chico: No señor, todavía no.
Groucho: Bueno, en ese caso, no lo manden.
Héroes de ocasión

No sé lo que tengan qué decir. No importa de cualquier forma. Sea lo que sea, estoy en contra.
Groucho como el rector de la facultad de Huxley en Horse Feathers

Mrs. Teasdale (Margaret Dumont): El futuro de Freedonia está en sus manos. Prométame que seguirá usted las huellas de mi esposo.
Rufus T. Firefly (Groucho Marx): ¿Qué les parece? No llevo en el puesto ni cinco minutos y ya está ella insinuándose… No me importa, pero, ¿dónde está su esposo?
Mrs. Teasdale: Bueno, está muerto.
Firefly: Apuesto a que usted usa eso como pretexto…
Mrs. Teasdale: Estuve con él hasta el final.
Firefly: ¡Ah!, pues no me extraña que haya muerto.
Mrs. Teasdale: Lo estreché en mis brazos y lo besé.
Firefly: Oh, ya veo, entonces fue un asesinato. ¿Se casará conmigo? ¿Le dejó algún dinero? Conteste primero la segunda pregunta…
Mrs. Teasdale: Me dejó toda su fortuna…
Firefly: Así que esas tenemos…
Héroes de ocasión

Un episodio marxiano en México

En su autobiografía —Groucho y yo— Groucho cuenta una anécdota acontecida en nuestro país, atestiguada por Harpo, y que demuestra el carácter humorístico e insolente del genial y verborreico actor descendiente de una estirpe de cómicos y comediantes de la Alemania judía arraigados en Nueva York, y muerto en Los Ángeles el 20 de agosto de 1977.

Hace años fui invitado a México en una gira de buena voluntad. Puesto que todo el viaje era gratuito y ya que viajar ha sido siempre una de mis predilecciones, acepté de inmediato. Era un festival cinematográfico en honor de actrices y actores famosos de todo el mundo. El primer día en la Ciudad de México se nos reunió en un salón enorme donde un representante del gobierno nos explicó en forma interminable dónde se realizarían y cuáles serían nuestras actividades durante la semana. Habló rápidamente en español, pero deteniéndose cada cinco minutos para permitirle a un asistente traducir sus comentarios al francés, portugués, alemán e inglés.

En un momento dado anunció: “Me honra gratamente informarles que a las cuatro de la tarde de mañana están todos ustedes invitados a encontrarse con el Señor Presidente en Palacio.” levanté mi mano. El traductor lo advirtió y me dijo:

—Sí, dígame, señor Marx…
Me apresuré:
—¿Qué garantía tengo de que él será todavía presidente mañana a las cuatro de la tarde?

A partir de ese momento, por alguna extraña razón, nadie en todo el salón me volvió a dirigir la palabra. Ni los del grupo de Hollywood ni los visitantes europeos ni el contingente latino juzgaron prudente ser vistos en mi compañía. Una intervención desafortunada y, de la noche a la mañana, al sur de la frontera, ¡yo era el equivalente de la peste!

Cada noche de la semana hubo un banquete honrado a éste o aquél, pero fuese cual fuese el acontecimiento, siempre me encontré sentado en una pequeña mesa para una persona en el extremo del comedor, lo más alejado de la concurrencia. Todos tenían vino con sus comidas. Lo más que pude conseguir fueron tamales y agua embotellada. Creo que el presidente se llamaba Alemán, o algo así…

Groucho Marx (1890–1977). Foto de Weegee (Arthur Fellig)/International Center of Photography.

Era imposible que Groucho dejara pasar tan deliciosa oportunidad, así le costara el desprecio de la burocracia mexicana. En otra parte Groucho escribe del trabajo de los cinco hermanos: “Tenemos la teoría de que no hay por qué reprimirse. Cuando vemos a un tipo pomposo con un sombrero de copa que, hinchado por su propia importancia, se pasea orondamente y mirando a todos por encima del hombro, hacemos lo que a todo el mundo le gustaría hacer. Si suprimiésemos esta tendencia no seríamos normales.” Como querían los surrealistas, los Marx vivían conforme a los dictados del deseo. Ellos consiguieron comunicar mejor que otros actores cómicos esta sensación de liberación e inconformismo. En la vida real su actitud era la misma que en sus películas, como lo demuestran las cientos de anécdotas recogidas en varios volúmenes escritos tanto por ellos mismos como por sus biógrafos. En una ocasión, por ejemplo, Groucho y su pequeño hijo fueron a un exclusivo balneario de moda. Después de anotarse en la lista de visitantes, el racista empleado le preguntó si era judío. Groucho respondió afirmativamente, y entonces el empleado decidió negarle la entrada. Lejos de inmutarse, Groucho le dijo con toda seriedad: “Oiga, mi hijo es sólo medio judío, ¿puede meterse en la alberca sólo hasta las rodillas?” Además de su autobiografía, Groucho escribió, entre otros libros hilarantes, Memorias de un amante sarnoso, en donde en una de sus múltiples anécdotas refiere la repulsión que le inspiraban los tamales grasosos y las mujeres malolientes de algún pueblo mexicano, algo que a más de un ente bien pensante le parecería abominable, incapaz de reconocer que todos hemos experimentado alguna vez sensaciones similares con nuestros paisanos de segunda y tercera clase en el mercado, en el pesero o en las oficinas de alguna secretaría de Estado…

Apuesta tu vida…

Groucho: ¿Cuánto tiempo ha estado usted casado?
Concursante: Tres años maravillosos…
Groucho: Olvídese de los años maravillosos y cuénteme de los años miserables…
En You bet your life

Ray y Groucho.

Un buen día, el 24 de mayo de 1956, un escritor de treinta y cinco años decidió ir a concursar en uno de los programas pioneros de la televisión estadounidense, Apuesta tu vida (You bet your life), que condujo Groucho Marx del 5 de octubre de 1950 al 21 de septiembre de 1961, y cuyo modelo de programa de concurso han seguido todos los programas televisivos del mundo hasta nuestros días. El escritor, alto, robusto y bien parecido, pasó al escenario acompañado de una vivaracha anciana de 75 años a la que no le gustaba cocinar, dedicada a cuidar niños y que esperaba vivir otros 25 años. Después de las presentaciones, y antes de pasar al concurso, Groucho —el gran mostacho negro ahora es real, como el humeante puro siempre en su boca— se dirigió al autor que ya empezaba a gozar de cierta fama y prestigio, pero seguramente no imaginaba que se convertiría años después en un escritor de culto.

Groucho: ¿Así que tú eres Ray Bradbury?
Ray Bradbury: Sí, señor.
G: ¿Y de dónde eres, Ray?
R: Soy de un pueblito llamado Waukegan, Illinois.
G: ¿De Waukegan, eh? ¿Cuándo naciste?
R: Hace treinta y cinco años. [Bradbury nació el 22 de agosto de 1920.]
G: ¿Treinta y cinco años? Jack Benny nació en Waukegan en ese tiempo. ¿Tú conociste a Jack Benny?
R: No, yo no lo conocí pero mi mamá fue a la escuela con él. [El famoso comediante, actor y locutor radiofónico y de televisión Jack Benny nació en 1894… A los diecisiete años trabajó con la mamá de los Marx en una comedia teatral. Murió en 1974.]
G: Mírala, pobrecita. ¿Y qué clase de trabajo haces, Ray?
R: Soy escritor [I’m a writer].
G: ¿Que tipo de jinete [Groucho quiere confundir writer con rider]? De pony express, motocicleta o de qué?
R: Escritor: e s c r i t o r.
G: ¡Qué refrescante! Un escritor que sabe deletrear. Seguramente no eres un jinete… ¿Qué más has escrito aparte de recaditos al lechero?
R: Unos cuantos libros, uno llamado Crónicas marcianas [1950]; otro que se llama Las doradas manzanas del sol [1953]; Farenheit 451 [1953], todos en la editorial Doubleday; muchos cuentos cortos para el New Yorker, The Post, Colliers Magazine, y cosas por el estilo.
G: ¿Con que eres un escritor exitoso? ¿Has hecho algún otro tipo de trabajo aparte de ciencia ficción y cuentos?
R: Sí, hice el guión de Moby Dick para John Houston.
G: ¿Oh, de veras? Con ese trabajo pescaste una ballena… [Groucho dice “A whale of a job”: una ballena de trabajo]. ¿Eres casado, Ray?
R: Sí, sí lo estoy.
G: ¿Y en dónde conociste a tu esposa, recuerdas eso?
R: Ella trabajaba en una librería, aquí en Los Ángeles; un día entré a ver libros y ella pensó que me los estaba robando.
G: Pensó que pertenecías al club mensual de rateros, ¿eh? [Groucho juega con la rima entre crook, ladrón, y book]. ¿Qué fue lo que te atrajo de tu esposa?
R: Es muy hermosa, extremadamente inteligente y lee muchísimo.
G: ¿Y esto lo supiste sólo de verla parada en la tienda?
R: Después de un rato de platicar con ella me enteré de que conocía todos mis libros y cuentos cortos, y eso me cautivó.
G: ¿Así que, a fin de cuentas, te casaste con esta chica para llegar a casa por las noches y platicar de ti?
R: Inevitablemente en eso terminó, por cierto.
G: ¿Y no encuentras que eso pueda ser aburrido después de un tiempo?
R: No, incluso me parece muy refrescante.
G: ¿Nos describes brevemente uno de tus cuentos, para tener una mejor idea de tu trabajo?
R: Escribí un cuento de ciencia ficción en el Saturday Evening Post hace algunos años, llamado “The Veldt” [así se le llama a las sabanas del África meridional; es un cuento contenido en el libro The Illustrated Man, de 1951, en el que Bradbury inventa el concepto de realidad virtual generada por una máquina]; es la historia de dos niños que tienen un cuarto con una gran pantalla de tele, de pared a pared, en la que acostumbran ver programas sobre África. Un día los padres entran y tratan de apagar la televisión, pero los niños, por medio de algún sistema mecánico…
G: ¿Qué sistema era ése?
R: Era un secreto, no puedo decirlo, ¡no sabía!
G: Es lo que yo sospechaba.
R: Al final del cuento, cuando los padres entran al cuarto para apagar la tele, los niños hacen que los leones salgan de la pantalla y se coman a los padres… Fin del cuento.
G: Bueno, es un cuento muy sentimental, una mezcla un poco de Alicia en el País de las Maravillas y Mujercitas, ¿no?
(Traducción de Marisa Whitsell)

De iaz. a der., Ray Bardbury, la señora concursante, el presentador del programa y Groucho, en You bet your life.

Después del diálogo Groucho empieza con el concurso, Movie Quiz: Ray y la anciana deben responder a las preguntas de Groucho sobre trivia cinematográfica. A tres de cuatro preguntas Ray responde acertadamente: una sobre La comezón del séptimo año, con Marilyn Monroe, otra sobre una novela de Ernest Hemingway, Por quién doblan las campanas, y una más, Adiós, Mr. Chips. A la cuarta le falla la memoria y la pareja gana solamente 170 dólares —quizá una cantidad no tan despreciable en aquellos días. [Los videos de las películas de los hermanos Marx y del programa de televisión pueden conseguirse en tiendas especializadas. Por desgracia, no están subtitulados.] ®

Notas
Este artículo se publicó en el suplemento cultural de Crónica en 2003 y después en mi libro El dilema de Bukowski, en 2004.
1. Allen Eyles, The Marx Brothers. Their World of Comedy, traducción de Juan Tovar, 1966.
2. Los cuatro cocos (1929); El conflicto de los Marx (1930); Pistoleros de agua dulce (1931); Horse Feathers (1932); Héroes de ocasión o Sopa de ganso (1933); Una noche en la ópera (1935); Un día en las carreras (1937); El hotel de los líos (1938); Una tarde en el circo (1939); Los hermanos Marx en el Oeste (1940); Tienda de locura (1941); Una noche en Casablanca (1946), y Loca de amor (1949), con una de las primeras apariciones cinematográficas de una candorosa Marilyn Monroe.

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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