De espectros, muerte y fantasmas

No hablaremos de muerte a los fantasmas, de Daniel Centeno

Todo lo que sabemos de los fantasmas lo sabemos gracias a las historias. Existen, gracias a ellas. De otro modo sólo son ruidos en nuestras habitaciones o luces espontáneas. En cada historia de fantasmas hay una o muchas personas, una gran imaginación detrás que se mantiene viva.

Daniel Centeno.

Nacido en Los Mochis, Sinaloa, en 1991, y radicado en Guadalajara, Daniel Centeno es una pluma joven afín a temas oscuros con una intensa dosis de imaginación más allá de este peculiar universo. Los cuentos de No hablaremos de muerte a los fantasmas (Casa Futura, 2021) son prueba de cómo se plantea otra premisa: ¿Estos seres pueden acaso morir?, ¿le temen a algo en especial?

Centeno no busca que sus personajes provoquen un susto per se, sino profundizar en sus deseos, temores y pérdidas. Un libro oscuro y a la vez con un halo esperanzador.

—¿De dónde viene esta atracción por el tema de la muerte?
—Mi primer recuerdo es la playa. El agua, en todas partes. Me daba miedo y fascinación mirar hacia el horizonte porque entonces me parecía que de verdad el resto del universo estaba lleno de agua. Le pedí a mis padres que me dejaran mojarme los pies, pero acabé zambulléndome. El mar casi me traga. Creo que ya desde entonces siento a la muerte muy cerca; es decir, lo primero que logro precisar de mi vida es que estaba por morirme, que yo casi provocaba mi propia muerte por mi curiosidad. Y más que con la muerte, con la idea de la muerte.

—Un fantasma se supone que debe causar miedo, pero tú buscas ignorar esa prescripción. ¿Qué tan deliberado es para contar tus historias?
—No creo que los fantasmas nos den miedo tanto como nos da miedo la muerte. En mi caso, los fantasmas no me dieron miedo al escribirlos: fueron una respuesta a mi miedo, a esa muerte que sentía en todas partes. Los personajes, incluso incomunicados y derrotados y muertos, tienen algo más. Me parece, pues, que por eso jamás fue mi intención transmitir el miedo a ellos, sino hacer plausible el miedo a la muerte de quienes amamos, a nuestra propia muerte. Luego de escribir esos cuentos algo cambió en la forma en que los veo. Para mí sí ganaron un nuevo significado, muchos, en realidad. Pero, en el fondo, no voy a negar que aunque todos significan posibilidades, creo que todos se engendran en el mismo miedo. Otra vez, la muerte trenzada a la imaginación como la raíz de un árbol.

Y logré cristalizar el primer cuento con una idea aparentemente simple, pero que me parece poderosa: ¿Y si lo fantasma no fuera una cualidad del espíritu, del alma, sino la expresión de un gen? Escribir ese primer cuento me dijo lo que tenía que saber sobre cómo quería abordar ese proyecto.

—¿Por qué precisamente los fantasmas y qué representan para ti?
—Contrario a lo que podría pensarse de alguien que vive escribiendo de la muerte, no suelo escribir de fantasmas. Es decir, tenía un par de cuentitos sueltos por aquí y por allá, pero ninguno en mis proyectos fuertes, sino piezas pequeñas y aisladas. Justamente me parecía, incluso de mis propios ejercicios tempranos, que se caía demasiado en la idea del tormento, de lo embrujado, al pensar en fantasmas. Y un buen día me pregunté qué pasaría si le diera la vuelta, si apostara por nuevos significados para los fantasmas, como quien se cansó de que le digan que las luces en el cielo son estrellas y no una eterna navidad. Todo empezó con la pregunta: ¿Y si los fantasmas sólo pudieran oler, en lugar de ver y oír, como siempre hacen? Y logré cristalizar el primer cuento con una idea aparentemente simple, pero que me parece poderosa: ¿Y si lo fantasma no fuera una cualidad del espíritu, del alma, sino la expresión de un gen? Escribir ese primer cuento me dijo lo que tenía que saber sobre cómo quería abordar ese proyecto.

—¿Cómo construiste a tus personajes para estos cuentos?
—Soy un firme creyente en que nuestros personajes reflejan quiénes somos, no porque se parezcan a nosotros sino porque ilustran perfectamente las cosas que queremos comunicar. En mis anteriores proyectos había ido despojando a mis personajes de certezas, los fui moviendo cada vez más a terrenos que los dejaban indefensos. Y me pareció que convertirlos en fantasmas era una especie de consecuencia lógica, pero también una especie de contraargumento. En ese entonces había leído una novela que me dejó pensando mucho en la muerte de seres queridos, y yo me sentía como uno de mis personajes: incomunicado y derrotado. Sortear a la muerte haciendo posible la fantasmagoria fue mi forma de dar continuación a lo que ya estaba pensando mi imaginación, pero también un modo de tranquilizarme cuando más lo necesitaba.

—Stephen King dijo: “Los monstruos son reales y los fantasmas son reales también. Viven dentro de nosotros y a veces ellos ganan”. ¿Qué opinas, cómo crees que se aplica en tu obra?
—Creo que la mejor forma de contestar esa pregunta es parafraseando a King: “La muerte siempre es real, y la incomunicación también. Siempre ganan, pero no siempre acaban con nosotros”. Creo que la imaginación es el gran testamento que dejamos, haciendo que florezca como una flor de papel por encima del terreno siempre fértil de la muerte. Creo que es todo lo hay dentro de nosotros. Imaginación, y deseos de comunicarnos con otros. Los fantasmas y los monstruos, si es que están dentro, sólo son máscaras que adoptan porque no soportamos mirarlos desnudos. Si lo pensamos, todo lo que sabemos de los fantasmas lo sabemos gracias a las historias. Existen, gracias a ellas. De otro modo sólo son ruidos en nuestras habitaciones o luces espontáneas. En cada historia de fantasmas hay una o muchas personas, una gran imaginación detrás que se mantiene viva. Hay algo profundamente cálido en todos los fantasmas, por eso (en parte, creo, es la razón por la que comparé a mis fantasmas con el calor y el fuego, y no con el frío). Al final, incluso si miramos desnudos a los monstruos, algo en esa transparencia, como me pasó en la playa, nos invita a preguntarnos si existe algo así; quizá porque siempre nos sentimos turbios, y no podemos creer que exista algo tan limpio y nítido como la muerte o el mar. ®

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Publicado en: Libros y autores

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