Descabezamientos y normalidad

La guerra seguirá

La guerra contra el narco no ha terminado desde que comenzó en 2006. Los operativos, las capturas de los grandes capos, los enfrentamientos armados, las extorsiones, las muertes de militares, los desaparecidos, el terror de la población, todo ha continuado desde entonces. Con variaciones de intensidad, cierto, pero sin ruptura.

@DataIntMx monitorea en tiempo real los eventos de violencia en México el 22 de febrero de 2026, tras la captura de Nemesio Oseguera el Mencho.

Luego de despertarse bajo nubarrones negros en el cielo y escuchar detonaciones desde las terrazas de sus hoteles, puede que muchos turistas norteamericanos decidan no volver nunca a Puerto Vallarta o, más aún, a México. Es una pena que en el destino de playa más cercano y asequible ocurran este tipo “incidentes”. El próximo año buscarán otro destino para ir a tomar el sol, quizá en el Caribe. No todos vieron los nubarrones desde la alberca de una terraza. La mayoría los miró desde casa, acaso junto a los suyos; otros desde la calle, camino a un restaurante o la misa del domingo; unos cuantos —consumidos por la impotencia— desde abajo, frente a sus propios carros en llamas. Para millones de mexicanos cambiar de destino vacacional no es una opción. Para nosotros la ciudad en llamas no es un paréntesis en el descanso: es la ciudad de la infancia, de la rutina, de la escuela y el trabajo, de los amigos y la familia.

La captura y posterior abatimiento de el Mencho por parte del Ejército mexicano el domingo 22 de febrero de 2026 en Tapalpa, Jalisco, desencadenó una ola de actos vandálicos y ataques coordinados del crimen organizado en al menos veinte estados de la República. Desde antes de mediodía empezaron a circular imagénes dramáticas de Puerto Vallarta: la zona hotelera envuelta en el humo, vehículos ardiendo a plena luz del día. Pero pronto los incidentes —si es que la palabra alcanza— se extendieron. En Jalisco aparecieron automóviles en llamas bloqueando avenidas y carreteras; negocios, desde los más pequeños hasta los más grandes, consumiéndose en el fuego, y, en algunos puntos, enfrentamientos armados entre criminales y el Ejército. Los objetivos del crimen organizado parecían ser: sembrar el pánico, exhibir su capacidad de acción nacional y entorpecer la respuesta de las autoridades. Incluso cuando comenzó a correr el rumor de que el Mencho había muerto la intimidación no cesó.

Al ver las imágenes y los videos que se multiplicaban, al enterarme de que en mi ciudad también había autos incendiados en las calles, sentí miedo. No pude evitarlo. No era tanto la espectacularidad de los incendios, sino su capacidad de recordarnos quién lleva la iniciativa y cuán frágil es la realidad en la que millones de mexicanos intentamos hacer nuestras vidas. Los videos de personas que corrían en el Aeropuerto de Guadalajara en busca de refugio tras los mostradores y columnas eran inquietantes. Se decía que unos sicarios habían ingresado en las instalaciones. Después se desmintió la noticia. Pero el desmentido no deshizo el miedo colectivo, tan sólo lo confirmó. Bastó la posibilidad para paralizar. La rapidez con la que el pánico se volvió creíble es, en sí misma, una prueba del terror que permea a sectores cada vez más amplios de la población. Días después, la frágil normalidad parece haberse reestablecido en buena parte del país. El tráfico volvió, las oficinas abrieron, los vuelos despegaron. Y, sin embargo, el telar tiene otro rasguño indismulable. Una vez más constatamos que el terror es un arma eficaz en una batalla en la que estamos atrapados aun cuando intentamos ignorarla.

Bastó la posibilidad para paralizar. La rapidez con la que el pánico se volvió creíble es, en sí misma, una prueba del terror que permea a sectores cada vez más amplios de la población. Días después, la frágil normalidad parece haberse reestablecido en buena parte del país. El tráfico volvió, las oficinas abrieron, los vuelos despegaron. Y, sin embargo, el telar tiene otro rasguño indismulable.

El abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cartel Jalisco Nueva Generación, ha generado reacciones encontradas entre analistas y opinión pública. Algunos celebran el final del “abrazos, no balazos” y consideran la eliminación de uno de los criminales más buscados del mundo un triunfo para el Estado mexicano. Sostienen que se abre una ventana de oportunidad para debilitar al cártel más poderoso del país. Añaden, además, que el operativo del domingo pasado dará al gobierno mayor margen de maniobra frente a Washington. Otros lamentan el regreso de una política de confrontación frontal y temen la espiral de violencia que podría desencadenarse. Proponen una estrategia centrada en la legalización de sustancias, la asfixia financiera y la recuperación de espacios que han caído en las garras del crimen organizado. Desafortunadamente, la magnitud del problema dificulta cualquier solución incruenta. Se trata de una plaga que toca las raíces más profundas de nuestra sociedad y nuestro sistema político. La confrontación puede ser necesaria, aunque nunca suficiente: los golpes en el terreno tendrán que acompañarse de un desmantelamiento sostenido de las redes políticas, logísticas y financieras que sostienen a estas organizados, como señala Eduardo Guerrero.

Sea como fuere, y por más lamentable que resulte, imaginar escenarios en los que algún grado de conflicto armado no figure se vuelve cada vez menos creíble. No sólo asistimos a una historia que se repite, sino a una que se oscurece con cada repetición. La guerra contra el narcotráfico, lanzada por Felipe Calderón al asumir la presidencia en diciembre de 2006, inauguró una etapa de confrontación directa con los grupos criminales. El despliegue de tropas federales y la respuesta violenta del crimen organizado convirtieron amplias zonas del país en frentes de guerra. El precio lo pagaron, demasiadas veces, los inocentes. Con todo, entonces persistía la idea de que la violencia estaba contenida en regiones específicas: en las sierras de Michoacán, en la lejana frontera norte, en ciertas franjas de Guerrero. Para muchos, la violencia era algo que se veía a la distancia. Sólo de manera excepcional un episodio mayor irrumpía en alguna de las ciudades “importantes”, para conmoción del país. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto la estrategia de seguridad no cambió: el Ejército permaneció en las calles y continuó la persecución de los líderes de los cárteles.

Sin saberlo, nos habituábamos a lo inaceptable. Aprendimos a considerar normales noticias que no lo eran y, mientras la violencia no nos tocara de manera directa, seguíamos con nuestras vidas. No creo que fuera reprobable que, en medio de tanta brutalidad, hubiera familias que prefirieran mirar para otro lado y proteger su normalidad.

En aquella época las extorsiones telefónicas, los secuestros para hacerse con recursos y los cuerpos colgados de puentes acompañados por narcomantas se volvieron parte de un paisaje con el que la población tuvo que familiarizarse. Quienes éramos niños entonces, probablemente los niños más afortunados, recordamos el temor de nuestros padres a dejarnos salir, las transmisiones de las batallas en el noticiero por las noches, las conversaciones en voz baja sobre los cuerpos aparecidos en algún punto de la ciudad. Sin saberlo, nos habituábamos a lo inaceptable. Aprendimos a considerar normales noticias que no lo eran y, mientras la violencia no nos tocara de manera directa, seguíamos con nuestras vidas. No creo que fuera reprobable que, en medio de tanta brutalidad, hubiera familias que prefirieran mirar para otro lado y proteger su normalidad. Si yo fuera padre, haría todo lo que estuviera en mis manos para que mis hijos crecieran a salvo de esa realidad monstruosa. Pero miles de familias no tuvieron esa elección. La violencia se los tragó antes de que pudieran elegir. Con el paso de los años, ¿cuántas familias no han sido arrebatas de la posibilidad de tener una vida “normal”?

En su momento López Obrador prometió dejar atrás la guerra contra el narcotráfico y atender las causas por medio de programas sociales como Jóvenes Construyendo el Futuro. Puede que haya habido un replanteamiento en la estrategia, pero tan sólo después del “Culiacanazo” en 2020, cuando ante la violencia criminal el presidente dio la orden de liberar a Ovidio Guzmán. Como sea, la guerra continuó. Durante sus seis años en Palacio Nacional las muertes de militares en la campaña contra el narcotráfico aumentaron un 41% y el número total de homicidios superó al de los sexenios de Calderón y Peña Nieto. Más que un viraje estructural, lo que hubo fue, sobre todo, un cambio de énfasis discursivo. Hasta ahora, la presidenta Sheinbaum se ha mantenido en esa misma línea retórica. Ha repudiado la estrategia de confrontación directa y señalado el sexenio de Calderón como ejemplo de sus costos. En sus mañaneras las críticas al “abrazos, no balazos” solían responderse con una remembranza de los episodios más crudos de la guerra contra el narcotráfico. Pese al empeño de los gobiernos de Morena por distinguirse de sus antecesores, la realidad es más obstinada: la guerra contra el narco no ha terminado desde que comenzó en 2006. Los operativos, las capturas de los grandes capos, los enfrentamientos armados, las extorsiones, las muertes de militares, los desaparecidos, el terror de la población, todo ha continuado desde entonces. Con variaciones de intensidad, cierto, pero sin ruptura.

Tras asumir la presidencia, y de la mano con el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, Sheinbaum ha autorizado el envío de decenas de líderes criminales a Estados Unidos. No obstante, la decisión de ir tras el líder del cártel más poderoso parece anticipar una estrategia más agresiva, en la que algunos quieren ver un quiebre con su antecesor. Ese mismo día, apenas fue confirmada la noticia de que el Mencho había muerto tras su captura, no faltaron analistas que hablaron de una “victoria” del Estado mexicano. Sin dejar de reconocer el riesgo y la valentía de las Fuerzas Armadas, ese juicio puede ser prematuro. Tras el golpe asestado existe la probabilidad de que en las próximas semanas vivamos escenarios de reacomodo violento, sea en forma de disputas internas por el liderazgo del CJNG o por movimientos de otros cárteles que busquen aprovechar la coyuntura. Por otra parte, las fuerzas federales están en medio de un combate contra el Cártel de Sinaloa, organización que está sumida en una lucha intestina desde la captura de el Mayo en julio de 2024. Así, el gobierno podría verse obligado a contener a las dos organizaciones criminales más poderosas del país al mismo tiempo.

Todo eso importa. Sin embargo, como joven, no puedo evitar pensar que mientras algunos discuten la guerra que podría avecinarse, esa guerra tendrá nombre y apellido: será la que la hermana, el hijo, la madre o el padre de alguien tendrán que librar. Con suerte, los demás podremos fingir que nada ocurre y tratar de seguir con nuestras vidas.

No quiero quedarme en el análisis distante. En los últimos días he leído artículos brillantes sobre el “giro” en la estrategia de seguridad, sus efectos en Morena, en la relación con los Estados Unidos de Trump, y hasta en la organización del Mundial de fútbol del próximo verano. Todo eso importa. Sin embargo, como joven, no puedo evitar pensar que mientras algunos discuten la guerra que podría avecinarse, esa guerra tendrá nombre y apellido: será la que la hermana, el hijo, la madre o el padre de alguien tendrán que librar. Con suerte, los demás podremos fingir que nada ocurre y tratar de seguir con nuestras vidas. Tal vez no haya muchas mucho más que podamos hacer. Celebro que, en medio del caos, haya quienes bromean, con esa forma tan mexicana de domesticar la desgracia. Pero ¿por cuánto tiempo más podremos reír? Podría desconectarme de redes sociales o dejar de ver las noticias, sería cómodo, pero entonces sólo estaría ignorando al monstruo que acecha a todos los habitantes de este país. Cada vez quedan menos ángulos muertos: la violencia está ahí, latente, lista para irrumpir cuando menos se le espera.

La experiencia de las últimas décadas nos ha demostrado que el descabezamiento de cárteles fragmenta y multiplica a los grupos criminales. Por lo tanto, es razonable anticipar que en los próximos meses habrá violencia. Si el operativo del domingo se convierte en algo más que un golpe momentáneo contra el crimen organizado, dependerá de que el Estado tenga la capacidad de contener la violencia que pueda desatarse y desmontar, con paciencia estratégica, las redes que sostienen a estas organizaciones. De lo contrario, cualquier “victoria” descansará una vez más sobre la sangre de los mexicanos que quedan atrapados en el medio. Sólo entonces, al cabo de unas semanas o meses, podremos decir que el operativo que devino en la muerte de el Mencho es una “victoria” para México.

El caos del domingo nos recordó que el riesgo no solamente está en los rincones más lejanos del país, donde podemos darnos el lujo de mirar hacia otro lado, también se oculta mucho más cerca de lo que nos imaginamos. Por años hemos aprendido a acostumbrarnos a episodios cada vez más brutales, a aferrarnos a nuestra frágil normalidad, a seguir adelante. Pero, conforme los grupos criminales incrementan su fortaleza, el privilegio de mantenerse al margen del horror se vuelve menos accesible. Cuando grupos armados con capacidades paramilitares se disputan territorios dentro del país la confrontación deja de ser una abstracción política. Para una generación de mexicanos que sólo ha conocido a su país en un estado de guerra recurrente, todavía falta mucho para que la paz aparezca siquiera como una posibilidad en el horizonte. ¿Por cuánto más las personas inocentes pagarán por la maldad, los pactos y las omisiones de unos cuantos? Mientras algunos pueden cambiar de destino el próximo verano, millones seguiremos aquí, aprendiendo a llamar normalidad a lo que no debería serlo. ®

Compartir:

Publicado en: Política y sociedad

Apóyanos:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.