Dios me escucha

¿Qué ha pasado contigo, Ismael?

Todo comenzó el día en que nació tu hermano ¿no es cierto, Ismael? Ese mismo día dejaste de ser el deseado primogénito para pasar a ser el hijo bastardo de una esclava despechada.

Frederick Goodall, Guiando al rebaño a pastar.

En unos momentos llegarán, son muchos y traen piedras consigo. Te lapidarán y dejarán lo que resta de tu humanidad en medio de la plaza. Las aves carroñeras vendrán a visitarte más tarde, te desmembrarán con calma para luego elevarte a los cielos. No te importa. No temes abandonar esta vida. ¿Qué no percibes el engaño? Has vivido añorando una tierra que no existe, un jardín de infinitas y monótonas voluptuosidades. ¿No te das cuenta de que el paraíso pertenece a este mundo?

Es casi la hora. Los cuervos han llegado puntuales a la cita, merodean el cielo esperando el momento justo para bajar y vaciarte los ojos. Nadie más vendrá, no hay varones honorables que testifiquen a tu favor. Ismael, comprende que nadie te escucha.

Tuviste una larga vida y has dejado una vasta descendencia. Tal vez sea justo que te marches. ¿Recuerdas aún tu infancia? Lo sé, lo sé… la vida fue injusta contigo. Quizá haga falta recordar, especialmente ahora que se acerca el fin.

Todo comenzó el día en que nació tu hermano ¿no es cierto, Ismael? Ese mismo día dejaste de ser el deseado primogénito para pasar a ser el hijo bastardo de una esclava despechada. Por órdenes de tu propio padre fuiste arrojado al desierto junto a tu madre, Dios había pactado con tu hermano y no contigo. Tras semejante condena, un ángel mensajero vino cargado de remordimientos y promesas a salvarte de la muerte, juró que para ti habría también una gran nación y doce príncipes que guardarían tu linaje. Desde entonces fuiste entre los hombres igual que un caballo salvaje, luchando contra todos, pues todos lucharían contra ti. Se te destinó a vivir en conflicto con tu hermano, aquel elegido por Dios y por tu anciano padre. Pobre Ismael, desde entonces te has empeñado en contarle al mundo una historia diferente.

A veces pienso que en tu silencio se encuentra la respuesta a todo. Recuerdo que desde pequeño sólo te atrevías a hablar con el nombre de Dios entre dientes, esa simplista explicación a las maravillas de este mundo.

Pero no todo fue adversidad. Luego de mucho errar por el desierto por fin llegó tu esplendor. Ismael, me parecías tan sabio a tu temprana edad, como si hubieras nacido de cien años. Niño barbado amante de las ciencias, es una pena que tu cana sapiencia fuera tan breve, ¿recuerdas aquella juventud vieja?, cuando construiste un imperio lleno de fuentes y manantiales, cuando hiciste florecer tu tierra y la expandiste alrededor del mar. Tú, que tradujiste libros a tu áspera lengua, dejando tu recuerdo en mi lengua materna, dime… ¿qué fue lo que pasó?

Te quedas mudo ante mis preguntas. A veces pienso que en tu silencio se encuentra la respuesta a todo. Recuerdo que desde pequeño sólo te atrevías a hablar con el nombre de Dios entre dientes, esa simplista explicación a las maravillas de este mundo. Eras un hijo obediente.

Conforme creciste redujiste tu voluntad a la de un ser vengativo y furibundo. Te sometiste a su ley y su mandato iconoclasta, ¿por qué? Quizá fuiste lo suficientemente humilde para reconocer que Dios es superior a tu entendimiento y a tus limitadas formas. ¡Si supieras todo lo que te has perdido! Aun así, te aferraste a tu caligrafía. De otro modo ¿qué otro placer podrías permitirte que el de ver el nombre escrito de Dios?

Más tarde regresó la calamidad: fuiste expulsado del pedazo de paraíso que habías construido. En tus jardines se erigieron cruces y se postraron ídolos, a ti te enviaron de vuelta al desierto. Vino una nueva era, tierras en ultramar fueron conquistadas y persignadas, mientras tú seguías vagando indiferente en el desierto, sordo a las voces del nuevo mundo.

Con los años, nuevos vientos soplaron por la tierra. Aquellos que nunca llegaron a susurrarte que eras el centro de la creación, que Dios fue hecho a tu imagen y semejanza y que de tu boca se creó este y todos los mundos posibles. ¿Nadie te lo hizo saber? ¿Nada te hizo reconsiderar la belleza helénica? ¿Nada puso en marcha tu ingenio en las hélices de un helicóptero? Mi testarudo Ismael, eres un hombre sin renacer.

A partir de ahí detuviste el tiempo. Bendijiste incansablemente el nombre de tu señor de la guerra, mientras que paralelamente el mundo dejaba de escribir el nombre de dios con mayúscula. Te volviste una ventana al pasado, una curiosidad exótica para el aburrimiento blanco. Te sumiste en la literalidad de tu libro sin adentrarte en la belleza de la metáfora. Ismael, ¿de qué te sirven los ojos si solo sabes leer un libro?

Un buen día llegaron aquellos hombres pálidos y descubrieron que eras rico. Te ofrecieron a cambio los avances de la ciencia infiel, por lo que hiciste uso de la comodidad moderna sin reparar. Pero en algún punto habrían de irse. Ismael, eras como un potro salvaje dejado a su suerte.

Entonces, tu más profundo temor se hizo realidad; a casa regresaba tu odiado hermano, aquel que se había educado en Europa. Pataleaste, gritaste, lanzaste rocas y gritaste improperios. Jamás aceptarías compartir tu casa con ese hombre que ya no reconocías, aquel que fue elegido por encima de ti. Por primera vez juntaste a todos tus hijos y los uniste por una vil causa. Como Caín planeaste la muerte de Abel. Pero no, no tuviste la misma suerte: una, dos… tantas veces fuiste derrotado.

No quedó más remedio, te sentaste en tu árido desierto a observar cómo florecía un oasis detrás de aquel muro. Recordaste la sensación de hambre al oler el manjar que se servía del otro lado. Respiraste la envidia y el perfume del fratricidio.

Te desangraste frente a las cámaras, hiciste llorar a tus mujeres y mutilaste a tus hijos. Los convenciste de que el martirio era su pase automático al paraíso, los invitaste al sacrificio prometiéndoles manjares y mujeres blancas.

Pero frente al genio de tu hermano se contrapuso tu astucia de pícaro. Por primera vez observaste el mundo circundante y apelaste a su culpa, buscaste empatía en el resentimiento común hacia Europa y presentaste a tu pálido hermano como su último mensajero imperialista. Te desangraste frente a las cámaras, hiciste llorar a tus mujeres y mutilaste a tus hijos. Los convenciste de que el martirio era su pase automático al paraíso, los invitaste al sacrificio prometiéndoles manjares y mujeres blancas. Mentiste. Convertiste tu causa en la causa última de todas las víctimas del mundo. Te volviste viral, astuto Ismael.

La sangre siguió corriendo. Iracundos y asediados por los excesos del mundo, tus hijos más fieles volcaron sus ojos a la guerra santa. Tomaron rumbos lejanos y tiñeron de rojo al mundo. No se les puede culpar, sus intenciones son las más nobles: complacer a dios, ese mismo que no te escucha. ¡Oh, Ismael! tendrás que pagar por los crímenes de toda tu estirpe, pues unos cuantos hijos apóstatas no han logrado dignificar tu nombre.

¿Y ahora? Sé que no le temes a la muerte, por eso me atemorizas tanto. Sigues en medio de la plaza, inmóvil, indiferente a la belleza de la vida que se te acaba. Yo solo soy un testigo.

Cae la primera roca sobre tu rostro y rompe tu nariz aguileña, ríos de sangre brotan de ella; la segunda golpea tu sien y la tercera impacta en tu sudorosa nuca, vienen más… ¡cuánta gente parece estar libre de pecado! Una roca te ha roto el cuello. Tus ojos amarillentos brillan alentados antes de apagarse, como si las puertas del paraíso se abrieran con sus setenta y dos vírgenes.

Ismael, serás elevado a los cielos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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