Dormir sola

Safo de Lesbos

Para Safo, el sufrir y el amar son una dicotomía, un único ser con dos caras: Eros, el dulce animal amargo. Sus poemas lo vuelven tangible, ofreciendo imágenes del dolor físico que viene con el amor.

Safo de Lesbos (c. 630–570 BCE). Pintura de John William Godward (1904).

Se dijo que su verso era tan grande como el de Homero; mientras que él hablaba de las batallas entre los hombres, ella lo hacía del duelo del corazón. Se escribió que evitó las tinieblas del Hades y que no saldrá ni un sol que desconozca su nombre. Platón afirmó que era una negligencia contar sólo nueve musas: la décima era, sin duda, Safo de Lesbos.

Como éstas se han dicho muchas cosas. De hecho, sabemos más sobre su obra por lo que se dice que de ella que por haberla leído: de los nueve tomos de sus poemas que se editaron en Alejandría nos quedan apenas unos retazos de textos. Algunos cantos, varias estrofas y un puñado de versos sueltos que nunca sabremos bien dónde o cómo acomodar.

Sin embargo, ni las polillas ni el fuego ni el tiempo han logrado acallar su eco.

Safo continúa siendo un lugar donde los enamorados pueden encontrarse: ella sabe lo que es amar y lo que es arder en deseo. Aunque le ofrezcan los ejércitos y las naves sólo puede pensar en su amada. En sus sueños ha conversado con Afrodita y es a ella a quien pide auxilio.

Porque ella alguna vez nos hizo una promesa que, de creerla, podría ser la luz frente el miedo: “Te aseguro que alguien se acordará de nosotras”.

Para Safo, el sufrir y el amar son una dicotomía, un único ser con dos caras: Eros, el dulce animal amargo. Sus poemas lo vuelven tangible, ofreciendo imágenes del dolor físico que viene con el amor. El fuego, los brazos dormidos, una sacudida, una sensación que, a pesar de ser espantosa, nos resulta irresistible. Expone el dilema de quienes amamos: queremos lo que no tenemos. Safo siempre evoca a quienes no le pertenecen, a los que están lejos. Como si la felicidad fuese inalcanzable y el amor inconseguible. Por ello, en el ocaso de su vida, cuando las Pléyades se ven en el cielo, Safo duerme sola.

Yo también he dormido sola. Tal vez por eso me resuenan tanto sus versos. He caminado en silencio, hundida en mí misma, divagando en lo que no soy y no tengo. Pero, al leerla, siento que puedo encontrar el lenguaje que he perdido, las emociones que no sabría describir. Buscarle consuelo al vacío que tengo enfrente, a la incertidumbre de nuestros tiempos, a lo efímero. Porque ella alguna vez nos hizo una promesa que, de creerla, podría ser la luz frente el miedo: Te aseguro que alguien se acordará de nosotras.

(Anne Carson hizo la delicada tarea de volver a traducir lo que tenemos de su texto en una preciosa edición titulada If not, Winter, la cual, además, podemos leer en la cuenta de twitter @sapphobot, que suelta de a poco fragmentos del libro. En español, Aurora Luque reunió tanto sus poemas como los testimonios que hablan de la poeta en una bien cuidada edición de Acantilado. Recomiendo ambas ampliamente.) ®

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Publicado en: Éstos son nuestros papeles

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