El animal político y el animal egoísta

Contra los Iros del reino del conocimiento

La existencia del cortesano está justificada en un imperio, donde el poderoso tiene para ofrecer todo un reino, y no en pueblos como el nuestro, donde sus reyezuelos apenas pueden repartir lo poco que hay en sus feudos para darle de comer a los puercos.

¡Que no se tome a mal! Pero precisamente aquello que nadie concede y nadie quiere oír es lo que por eso mismo se ha de repetir más a menudo.
—Goethe, Máximas y reflexiones, 1215.

Animales políticos.

Si hay un principio profundamente arraigado en la mente del intelectual, del académico y del científico, es aquel de que “el hombre es un animal político”, a tal punto que le impide pensar de un modo distinto a como se lo mande quien lo salva de padecer la enfermedad de san Francisco. Por eso es que, quizá sin saberlo, no pasa de ser un animal gregario del conocimiento, que de buena gana acepta ser un criado más de su gobierno y que a cambio de ello apenas aspira a que se le ceda siquiera un pequeño trozo de algún reino… “Pero —acá se nos interrumpirá tajantemente— cortesanos del poder los hubo siempre, y en pueblos tan lejanos como diferentes: los hubo entre los persas como entre los atenienses, entre los romanos como entre los cartagineses, entre los ingleses como entre los franceses, entre los americanos como entre los japoneses, y entre cualquier imperio de Oriente que se quiera poner junto a cualquier otro de Occidente”. Sí. Es cierto. El problema es que, como bien lo señala quien hace ese tipo de razonamiento, la existencia del cortesano está justificada en un imperio, donde el poderoso tiene para ofrecer todo un reino, y no en pueblos como el nuestro, donde sus reyezuelos apenas pueden repartir lo poco que hay en sus feudos para darle de comer a los puercos. Resulta hasta entendible, mejor dicho, que en los países ricos haya intelectuales cortejando a sus políticos, que los opinadores periodísticos alaben cuanto salga de sus hocicos, y que los científicos pongan todos los errores de su ciencia a su servicio. Resulta entendible, desde luego, como también resulta sumamente grotesco que se pretenda hacer lo mismo en estos pueblos, donde al amo del gobierno no le alcanza el erario sino para repartirlo entre sus aduladores más cercanos, donde no tiene más poder que el necesario para que de él se beneficien sus conocidos más inmediatos, donde apenas puede ofrecer algunos puestos de trabajo —de los que, dicho sea de paso, al académico no le interesa sino el salario—, y donde, si acaso tiene algún don de mando, es igual al del renacuajo en el pequeño reino de su charco.

En cambio usted, amigo, tan intelectual, tan académico y tan científico, es tan indigno que no solamente pone su vida al servicio de un miserable político, sino que se conforma con que le arroje el alimento al piso, le pegue en las patas y lo haga bailar como a un simio.

Así que no se entiende cómo es que el opinador colombiano ofrece a tan poco precio lo poco —o lo único— que tiene, ni cómo es que, para curarse momentáneamente del hambre que padece, apela a defender a sus políticos hasta de los alcances de la misma muerte. No se entiende, de veras, que un mendigo dependa completamente de otro para poder llenar su nevera, ni que crea tan poco en su vida como para ponerla al completo servicio de la ajena. Ni siquiera Iro, con toda y su proverbial pobreza de espíritu, se valoraba en tan poquito, pues al menos enfrentó al rey Odiseo para que no le quitara su legítimo lugar de parásito y mendigo. En cambio usted, amigo, tan intelectual, tan académico y tan científico, es tan indigno que no solamente pone su vida al servicio de un miserable político, sino que se conforma con que le arroje el alimento al piso, le pegue en las patas y lo haga bailar como a un simio. ¿Y a cambio de qué? De que pueda pasar la vida holgazaneando como él; de que no tenga que madrugar a trabajar para comer; de que no llegue a conocer el hambre que los demás pobres —o los más pobres que usted— deben soportar y padecer; de que algún día se le permita ascender, así sea como el Putifar de una corte a la que después llegará un José que le arrebatará el amor de su mujer; de que se le estime en lo que realmente es, y no en lo que quizá —de haber pensado por usted— algún día habría llegado a ser, y de que se le haga envidiar la suerte del Diógenes que, más pobre —pero más sabio— que usted, tuvo la gallardía de comer lo que en su mesa había para comer, sin tener nunca que vender su espíritu libre y su honradez, que a fin de cuentas era lo único valioso que tenía para ofrecer.

Aristóteles desayuna cuando le parece oportuno a Filipo, Diógenes cuando a Diógenes.
—Plutarco, Moralia, 604D.

Todo esto viene a cuento luego de observar cuánta unanimidad de pensamiento hay entre los intelectuales, académicos y científicos de nuestro pequeño reino, de todos esos Iros que, al ver venir a su Odiseo, le ceden su puesto, su mugre, sus chiros viejos y su mendicante plato de alimento, y que, no contentos con eso, acaban por cederle hasta su propio pensamiento. Y lo peor es que no lo hacen por temor, sino por la creencia en que, una vez esté en el trono su señor, les dará un plato más grande para que puedan mendigar mejor. Y sí. Es una vergüenza, pero parece que apenas con eso se contentan, pues es el único pago que esperan a cambio de su ciencia, una ciencia que, en otros pueblos, y quizá en otras épocas, opinaba con absoluta independencia, muy a despecho de lo que dijeran políticos, sacerdotes, monederos falsos y hechiceras.

Sólo tenemos dos días en la vida: no vale la pena pasarlos arrastrándonos bajo bribones miserables.
—Voltaire, Oeuvres, ed. Beuchot, 26, p. 116.

El hombre, o al menos el de este tipo, no es ningún animal político. Mentira. Este hombre es un animal egoísta, que sacrifica sus mejores instintos a sus míseras ambiciones políticas. Su condición de ser humano estará siempre muy por debajo de su espíritu parasitario, que lo empuja a vivir esperando a que otros lo mantengan con su trabajo. Es un holgazán, al que no le importa entregarle su dignidad a quien lo pueda alimentar, y al que le da igual que lo tenga que pagar haciéndose disoluto por delante o haciéndose disoluto por detrás. Cree en la política como la mujer vanidosa cree en su modista, y por ella sería capaz de entregar su misma vida, siempre y cuando se le mande al infierno impecablemente vestida. Habla a boca llena de la ciencia, pero de ella no le interesa más que lo que le sirva para hacerse a un lugar en el potrero de viejas vacas de feria, que creen que sus tetas son las más bellas que jamás haya acariciado la lechera. Ama la vida, pero la suya, y quizá la de su familia, pero si hay algo en lo que jamás pensaría sería en sacrificársela a la diosa justicia. No es Sócrates, desde luego, y quizá, si hubiese vivido en su tiempo, habría hecho parte de los hombres piadosos y buenos que lo condenaron a beber una copa de veneno. Tampoco es Diógenes, y nunca se rebajaría a cargar palos y zurrones para castigar con ellos a jóvenes políticos y viejos ladrones. De haberse visto en el lugar de Antígona de seguro habría obedecido la orden de no sepultar a su familia. Tampoco es Catón, y antes habría implorado compasión que abrirse las entrañas para no caer en manos de su opresor. Si se le pidiera, como a Mucio Escévola, poner la mano izquierda por su patria en la candela, se apresuraría a firmar la renuncia a ella con la derecha. Habría sido el primer romano en renegar de sus dioses patrios para observar los nuevos ritos del dios cristiano. Se habría hecho católico en el imperio del español Carlos, pero entre los suecos de Gustavo se habría hecho luterano. En la guerra civil inglesa sería el primer defensor de la monarquía, y luego de la derrota sería el primer parlamentarista. En Francia se habría hecho matar por la causa de la casa de Borbón, luego por la de la Revolución, después por la de Napoleón, y por último otra vez por la de Borbón. Entre los norteamericanos habría tenido miles de esclavos, y hubiese sido un gran hacendado blanco, para luego ponerse a luchar por la liberación de todos los negros injustamente esclavizados. En Rusia habría sido un gran zarista, pero después de 1917 se habría hecho despellejar a tiras por los comunistas. Y en Alemania habría sido el nacionalista más fanático, para que diez años después se le despertara el espíritu democrático.

Todo lo que dicen lo celebro; si luego lo contradicen, lo celebro también; que uno dice que no, digo que no; que dice que sí, digo que sí; en resumen, yo mismo me he impuesto como obligación ser constantemente de su misma opinión. Ahora este negocio es con mucho el más lucrativo.
—Terencio, Eunuco, II, 2.

Ese es el tipo de animal político al que pertenece nuestro querido académico, intelectual y científico, y ese es el tipo de animal político que hoy alza su voz por los “confinamientos preventivos”, opinión por la que los demás, por supuesto, le deben estar profundamente agradecidos. ¿Que con eso se arruinarán y se empobrecerán? ¡Qué importa! Si van a seguir vivos. ¿Que acaso perderán su trabajo? Que se hagan, como ellos, animales ilustrados, sin gusto alguno por el trabajo, y asunto solucionado. ¿Que no tendrán cómo seguir educando a sus hijos? Que los eduquen para barrer baños y trapear pisos, cosa que no cuesta nada y sí es un oficio muy necesario para el buen vivir de los animales políticos. ¿Que no quieren ponerse a mendigar por un pedazo de pan? ¡Tras de hambrientos, con dignidad! ¿Que viven muchos, en un espacio muy pequeño, para soportar un solo día más de encierro? Que compren una casa con un buen espacio de recreo. ¿Que no se les puede pedir que compren una casa nueva, cuando ni siquiera tienen una vieja? Pues que regresen a vivir a sus veredas, se pongan a cultivar la tierra, y dejen la bendita quejadera. ¿Que si hoy se quejan es porque sus amigos, los otros animales políticos, los saquearon durante más de dos siglos? ¡Pues acaso quién dijo que gobernar era sencillo, o que para hacerlo es necesario que los animales políticos renuncien a los privilegios que sus antepasados han conseguido! ¿Que entonces sólo se les debería pagar según sean capaces de trabajar? ¡No más! El ignorante jamás entenderá que el trabajo nunca irá con las necesidades espirituales de las personas de calidad. ®

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Publicado en: Ensayo

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