El cártel de los usuarios

Éste no es un cuento sobre el narco

Quizá el primer cártel de la época moderna fue el de Copilco, que surtía de mariguana a toda la Ciudad Universitaria. Corría la década de los setenta: nosotros, el cártel de los usuarios, más antiguo que ellos —pues los consumidores somos eternos—, aún teníamos ilusiones.

Captura de pantalla del programa Inventario 20.1 de TV UNAM, en las llamadas Islas de Ciudad Universitaria.

Éste no es un cuento sobre el narco, sino apenas un cuento que intenta explicar por qué no hay entre nosotros cuentos acerca del narco. Al menos no en la Federación, donde debieran escribirse, pues fuera de aquí todo lo que se refiere al tema es ficción comercial, añagaza de guión para Hollywood. Sucede que la Guerra del Narco, como todas las guerras del medio siglo pasado, ha sucedido en la televisión. Allí la vemos y a partir de allí tratamos de imaginarla, pues la caja iónica no entrega más que cifras, moralina e imágenes sueltas. Sus protagonistas no han vivido para contarla. Todos los reporteros de la prensa pretenden haber estado en primera fila, pero en realidad hacen sus reportes desde decenas de kilómetros de distancia. Los soldados son lacónicos, no suelen hablar sobre episodios en los que el honor militar puede quedar comprometido. Los sicarios no hablan sino para negar que lo son, para decir ante el juez que son inocentes de todos los cargos. Los sacerdotes, que fueron en otro tiempo quienes más sabían sobre la generalidad de los crímenes humanos, guardan el silencio acostumbrado. Un silencio de esfinges vacías, que no guardan secreto alguno, pues en esta época ya no se cosecha el secreto de confesión. No hay más trigo candeal para esos panes ázimos: la prudencia, la desconfianza, el escepticismo los aleja de los altares. Ni los barones del narco ni sus muchas hembras ocasionales acostumbran ya desahogarse en el confesionario. Prefieren mentir ante los juzgados, cuando son arrastrados ante ellos, para salvar el pellejo. Los políticos, que suelen hablar hasta por los codos acerca de cualquier tema público, sobre éste guardan un misterioso silencio. Ellos son los que más saben sobre el asunto, además de los propios narcotraficantes, pero no van a andar platicando los episodios de la guerra como si fuesen capítulos de una telenovela o de un serial para televisión. Nunca, sobre todo si su imagen pública y su bienestar económico pueden quedar comprometidos.

Quedamos, pues, sólo nosotros, el cártel de los usuarios, el más numeroso y el más opulento de todos, aunque traigamos sólo unos billetes en el bolsillo. Hay mucho ruido en el ambiente; pocas historias alcanzan a delinearse. La narrativa de la Guerra del Narco resulta aún más difícil pues no hay un hilo romántico para engarzar las esquirlas, las fotografías destrozadas, los miembros mutilados. Ésta no es una historia de bandidos ni de piratas, de personajes valientes y generosos que actúan en contra de la burocracia jurídica pero en favor de la justicia universal. El romanticismo, que solía justificar con todos los recursos de la cursilería los actos más aberrantes del animal humano —el incesto, el parricidio, la zoofilia—, hace más de un siglo que está agotado. Por lo demás, nosotros, los usuarios de estupefacientes, tampoco tenemos demasiada curiosidad. Nos contentamos con cualquier basura narrativa, que gustosamente digerimos junto con golosinas y alimentos chatarra. Con tal de que la mercancía no falte en cualquier punto móvil, pero a su manera confiable, sin que nos importe tampoco si el dealer cambia de rostro cada fin de semana.

Los más realistas, los más aguerridos, los más corruptos alcanzaron a obtener un título profesional y se colocaron de inmediato en los escaques de la burocracia, bajo los testículos de papá gobierno, que los apadrinó y los padroteó durante tres, cuatro largas décadas, precisamente hasta los principios de la Guerra del Narco.

Pasaron también las ideologías, como el cómic, como la radionovela, como el confesionario. Los jefes de los cárteles no se toman la molestia de usar una gorra anarquista —aunque son la anarquía en estado puro, en un grado sólo comparable al de la Revolución francesa— y aun se afeitan cuidadosamente las barbas. No se ponen máscara, pasamontañas ni pantaleta de ninguna otra clase en el rostro. No se asignan a sí mismos arbitrariamente grados militares. Se han olvidado del bendito pueblo, esa inagotable mina de justificaciones. Son unos barones del capitalismo salvaje, preocupados sólo en amasar fortunas personales y depositarlas luego en algún paraíso fiscal, esas modernas islas de la piratería financiera. Unos capitalistas globales, que practican el turismo de la violencia abriendo sucursales de su próspero giro lo mismo en Argentina que en Australia, en España que en Afganistán, en toda suerte de países exóticos y semisalvajes donde su mercancía es consumida como cápsulas de proteína, leche agria o boñiga de vaca.

Quizá el primer cártel de la época moderna fue el de Copilco, que surtía de mariguana a toda la Ciudad Universitaria, en Mictlán–Tenochtitlán. Corría la década de los setenta: nosotros, el cártel de los usuarios, más antiguo que ellos —pues los consumidores somos eternos—, aún teníamos ilusiones. Por lo menos, pretextos un poco más sofisticados para drogarnos. Soñábamos con la revolución sexual, con la revolución proletaria internacional, como si se tratase de un licuado de coca–cola y barbitúricos que consumíamos cada mañana, antes de dirigirnos a las aulas, donde sufríamos las aburridas clases de álgebra, de biología, de economía política, todas esas ciencias pequeñoburguesas. De todo aquello sólo nos quedó la pornografía de internet, esa droga al alcance de todas las manos, ya sean de derecha o de izquierda.

Pero, decidme, ¿dónde quedaron aquellos conspiradores en cuclillas, que desde los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras bravamente intentaron transformar el planeta? A ojos vistas, bajo las narices de los porros y demás guardias clandestinas financiadas por la Rectoría, diseñaban sobre las rodillas los planes más extravagantes para destruir el Estado mexicano. Los carrujos de mota y las baratas botellas de mezcal daban vuelta entre los huaraches de suela de llanta. Toque y rol: el gobierno estaba podrido, más que maduro para su desintegración; todo era cuestión de semanas, de meses, de años, menos de un lustro y se vendría abajo como una ruinosa casa de putas. En el auditorio Justo Sierra, perpetuamente velado por cortinas de piel de becerro, los meses daban vuelta con el primor de una asordinada caja de música: Vendimiario, Frimario, Pluvioso, Brumario, Nivoso, Termidor. Entre fiestas de recompensa y fiestas de opinión sólo se trataba, pues, de esperar, de tener paciencia y regocijarse mientras tanto bajo las faldas de tablones de las compañeras de clase, debajo de esos suéteres de tortuga bajo los que palpitaban las ubérrimas ubres republicanas. La Rectoría era otra vaca burocrática que maternalmente los protegía, jalándoles sólo de cuando en cuando las orejas, cuando el mezcal los hacía vomitar sobre el pasto, cuando el porro estaba a punto de incendiar la alfombra. Sólo cuando salían de las paredes de aire erigidas por la raza y el espíritu, cuando asomaban las narices infantiles, los ojos enrojecidos y los dedos callosos por la brasa de los Delicados, se daban cuenta de que el Estado mexicano, que ellos consideraban obeso y envejecido, aún estaba en forma, que aún movía el kendo de una manera brutal y abrumadora, que aún apuntaba la boca de las ametralladoras con una azarosa y peregrina precisión, que aún sabía aplicar toques eléctricos con el refinamiento de un pederasta…

La Rectoría era otra vaca burocrática que maternalmente los protegía, jalándoles sólo de cuando en cuando las orejas, cuando el mezcal los hacía vomitar sobre el pasto, cuando el porro estaba a punto de incendiar la alfombra.

Decidme, a dónde fueron. Muchos de ellos se quedaron a vivir para siempre en las Islas Afortunadas, convertidos en porros, cobrando quincenalmente un magro cheque en Rectoría, iniciando a las alumnas de reciente ingreso en los misterios del sexo oral y el anal, del maoísmo, del trotskismo, el guevarismo, arcanas materias que ellas sólo por coquetería fingían desconocer, pues habían adquirido en ellas sólidas bases desde el bachillerato. Los más realistas, los más aguerridos, los más corruptos alcanzaron a obtener un título profesional y se colocaron de inmediato en los escaques de la burocracia, bajo los testículos de papá gobierno, que los apadrinó y los padroteó durante tres, cuatro largas décadas, precisamente hasta los principios de la Guerra del Narco, que es el tema del que estamos tratando, si es que en las volutas y los giros de esta conversación existe algún tema.

Tal fue asimismo la prehistoria del cártel de los usuarios. Honni soit qui mal y pensé: vivimos en una sociedad de consumo y el consumismo es la única religión que no precisa de justificaciones, de dogmas ni de planes salvíficos. Se dirá que somos cínicos, que somos cobardes: más se perdió en Viet Nam, pero lo que ganó allí el capitalismo global fue incalculable: las hectáreas de selva arrasadas con napalm se convirtieron en centenares de miles de kilómetros de ropa maquilada para vestir a millones de personas con indumentaria de bajo precio en todo el planeta, a lo largo de medio siglo. Fuimos pacifistas: tomamos la coca–cola y las papas fritas en lugar del fusil, nos arrellanamos en el sofá para disfrutar los noticieros de guerra como si se tratase, como en realidad lo fueron, de los primeros esbozos de los videojuegos de la década de los ochenta. Amor y paz: mariguana y pornografía. No hay ideología ni secta religiosa que ofrezca algo comparable a estos dos sacramentos, a estos vehículos de comunión. Comparada a las cantidades de dinero que mueve en los pizarrones clandestinos de la Bolsa, la Guerra del Narco es un torpe y sucio juego de niños, desplegado con soldados de plastilina, la cual semeja una helada y repugnante materia fecal. Se los mutila, se los descabeza, se los baña en sangre y en lodo. Es cierto que la maldad humana nunca ha conocido límites, en éste como en cualquier otro campo. Pero qué necesidad hay de traspasarlos, sobre todo si sabemos que eso habrá de convertirse, no a la larga sino de inmediato, en un juego interminable. En la adicción más sorda y extenuante. Habitar la tragedia del aquí y el ahora es más que suficiente.

La soledad es una utopía, al igual que la propia sociedad. Empero, Dios es el superego del solitario y en todo caso el polo que hace posible la sociedad como tal. Carece de toda obligación y sus derechos son inalienables, por encima de cualquier pacto o contrato que haya firmado. Pues, como se sabe, el contrato social es tan ilusorio como el derecho divino de los reyes. El de los usuarios es un cártel de solitarios. Los estupefacientes son los islotes de estos robinsones. Si acaso aquí y allá, los fines de semana o entre semana, el alcohol es una escala que nos permite el abordaje del otro, su asalto y su saqueo, en los excusados de la discotéque o en la escalera de incendios del edificio de oficinas. Ni la abeja ni la hormiga, en su colectividad desoladora y enajenante, conocen esta soledad tan concreta, tan minuciosa. La disciplina de la alucinación nos exime de cualquier lealtad, de toda forma de obediencia. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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