El cortocircuito de la opinión

Confluencia y oposición de casi todo el mundo

El brote de la protesta feminista en la Ciudad de México ha caído en un maremágnum de opiniones que tiende a verterse hacia distintos lados del espectro político nacional. Más allá de lo que una corriente política, o un caudillo, podrían significar.

En la Ciudad de México, viernes 16 de agosto de 2019. Foto tomada de elcomunista.net

Nunca antes como ahora había sido posible distinguir con tanta claridad —y aceptable nivel de certeza— el estado general de la opinión a escala global. Los foros de portales noticiosos, además de las publicaciones personales en redes sociales, se han vuelto una fuente estupenda al momento de establecer corrientes de opinión, más allá de la definición de “opinión pública” que definiese Joseph S. Roucek más de medio siglo atrás, cuando no existía Internet.

Luego de los clamorosos acontecimientos del pasado viernes 16 de agosto, cuando las feministas tomaron las calles de la Ciudad de México para manifestar su enojo por la grave situación de la violencia contra las mujeres en el país, nos hemos dado de bruces con un fenómeno hasta el momento insólito, si es que no inédito, y que sólo por su complejidad ideológica, a ratos paradójica, ni siquiera me animo a catalogar o nombrar. Apenas consigo bosquejar sus características generales y las posibles connotaciones en lo que a posiciones políticas en este México de 2019 se refiere.

Para los estudiosos de la sociología en el siglo XX la opinión pública funcionaba como una suerte de consenso factible de lograrse a partir de corrientes predominantes de opinión, según determinada época o lugar, algo vinculado a intereses definidos, sentimientos, prejuicios tradicionales, polémicas racionales o irracionales, según la información parcial disponible. Roucek amparaba la definición del concepto “público” como “grupo de personas que comparten intereses semejantes, pero no necesariamente opiniones similares”. No se ha movido un milímetro su percepción de que los públicos están conformados por personas que no por fuerza están próximas físicamente, pero que sí están sujetos, tal y como ocurre como las multitudes en espacio real, a estímulos emocionales, discusión y diferencias pero que, como grupo social, resultan mucho más duraderos que las multitudes.

Las opiniones —íntimas o públicas— siguen funcionando tal y como las definió Roucek, como una conclusión, un juicio establecido, a lo cual se llega sobre la base de una ideología que se apoya en hechos que se discuten y a los que se les califica. Esta opinión representa una actitud, una predisposición adquirida para justificar la posición hacia un asunto o persona específica, en una situación definida. De esta manera, lo que un hombre o colectivo social opine, por ejemplo, del comunismo, podría significar aquello que piensa o siente respecto de la figura de Stalin o Fidel Castro.

Aquí cabría preguntarse si el movimiento feminista actual, una amalgama de fuerzas anárquicas, pertenece todavía o simpatiza todavía con esa ala del panorama ideológico a la que históricamente ha estado relacionada, a saber, la izquierda, la izquierda fundamentalista o el llamado “progresismo” que, en el paisaje mexicano, tomó el poder ejecutivo el pasado diciembre.

En este supuesto, el brote de la protesta feminista en la Ciudad de México ha caído en un maremágnum de opiniones que, con este todavía reciente y poco estudiado contexto de las redes sociales, tiende a verterse hacia distintos lados del espectro político nacional. Más allá de lo que una corriente política, o un caudillo, podrían significar.

En este contexto, las referencias relativas a la autoridad y al estado han dado un vuelco radical: la izquierda, promotora de la protesta civil hasta hace menos de un año, y que tradicionalmente funcionaba como disidencia, ahora está en el poder. Sus discrepantes, enemigos o adversarios, quedaron relegados al papel de opositores inhábiles. Aquí cabría preguntarse si el movimiento feminista actual, una amalgama de fuerzas anárquicas, pertenece todavía o simpatiza todavía con esa ala del panorama ideológico a la que históricamente ha estado relacionada, a saber, la izquierda, la izquierda fundamentalista o el llamado “progresismo” que, en el paisaje mexicano, tomó el poder ejecutivo el pasado diciembre, y el legislativo seis meses antes. Del mismo modo, hay que preguntarse si este poder, catalogado —y promocionado en elecciones— como “de izquierdas”, sigue funcionando según los principios básicos bolcheviques que con tanta ansia esperaban los sectores izquierdistas más radicales, no sólo las feministas.

En cualquier caso, las causas y los efectos sociológicos alrededor de este conflicto —todavía lejos de concluir— revelaron el fin de semana una mezcla inaudita de valores, a ratos confluentes, a ratos opuestos, lo mismo entre aquellos que comparten una misma base ideológica que entre quienes de ordinario discrepan.

Trataré de dar forma a esta virtual paradoja.

La protesta feminista presumiblemente estuvo integrada por una mayoría abrumadora de mujeres indignadas, también, en menor grado, por hombres “aliados” y presuntos(as) boicoteadores(as), y aunque la causa directa de la avalancha fuese el todavía oscuro caso de los cuatro policías acusados de violación a una menor, el estallido social fue consistente con otras protestas similares, previas y ya casi tradicionales en la capital mexicana, ésas en que multitudes de jóvenes anarquistas toman las avenidas para exteriorizar el descontento hacia aquello que consideran símbolos del poder, la represión o el control de las masas.

Hasta ahí no hay diferencias importantes respecto de manifestaciones similares acontecidas en otros sexenios. La dicotomía comienza cuando la opinión pública —habitualmente adherida a patrones ideológicos constantes— se desconcierta y reacciona de manera impulsiva, emocional, desapegándose sorpresivamente de esos patrones ideológicos, matizándolos o bien envolviéndolos en un discurso moral, cívico, ajeno al partidismo.

De esta suerte, alguien que ha defendido a capa y espada al nuevo orden en el poder, a la legitimidad y base popular del gobierno actual, puede convertirse, de buenas a primeras, en un defensor de quienes protestan en su contra, y hacerlo con los mismos argumentos y la misma pasión con la que un detractor tradicional del presidente aprovecha para dejar claro que este acontecimiento también desenmascara a un régimen merecedor de manifestaciones y plantones. Lo opuesto también está funcionando: tanto los “chairos” como sus contrafiguras, los “fifís”, pueden coincidir en la repulsa al movimiento, ya bien lo identifiquen como un brote extremista o como un renacer de la cultura antisistema, según sea el caso.

Violencia o no violencia, he aquí el dilema

Independientemente del lado en que se encuentre el defensor o detractor, el referente básico no es otro que el aplauso —o la tolerancia, que vendría siendo lo mismo— haciendo contraste con el repudio a los actos de violencia o destrucción de bienes y monumentos en la ciudad. Para unos, los actos ilícitos de menor importancia serán legítimos siempre que contribuyan a visibilizar el problema mayor, el de los feminicidios fuera de control. La otra corriente tiende a desacreditar a las protestas, apelando a que su volatilidad y contenido violento es un contrasentido ante la petición misma del cese de la violencia.

El presidente López Obrador ha declarado abiertamente su postura en contra de una eventual represión oficial. Incluso, en su mañanera del lunes 19 de agosto, aludiendo a los actos vandálicos en el Ángel de la Independencia del viernes, se aventuró a regañar a quienes provocan destrozos en los monumentos nacionales, recomendando otras maneras, sosegadas, de manifestar su descontento. Ante esto la opinión pública mexicana, polarizada en extremo desde que él llegase al poder —y aun antes—, sufre un cortocircuito difícil de medir. Por una parte el ejecutivo tiende a relajarse ante la necesidad de enfrentar de modo contundente el incremento de la inseguridad —índice que incluye a los feminicidios— pero también se hace laxo ante las manifestaciones violentas y los destrozos públicos que se dan por la latente inconformidad ante ello. En consecuencia, el tema del descontento con la gestión del gobierno versus esperanza hacia la llamada 4T se halla aquí en una encrucijada de criterio múltiple, con bifurcaciones morales que hace muy difícil que un partido o tendencia política logre arrastrar agua para su molino desde este tipo de conflictos.

Éste es un giro interesante, y no menos inquietante, en lo que respecta al estado de la opinión pública nacional, pues aunque hasta el momento las vertientes críticas y los análisis se han ido con lo más obvio —el punto de la aceptación o el repudio respecto de la protesta violenta como respuesta a la violencia misma, o bien respecto de la incapacidad oficial para erradicarlas a ambas— lo más sorprendente, empero, ha sido este fenómeno de pensamiento crítico plural que por primera vez, al menos en gran escala y desapegado de la lucha ideológica a favor o en contra de un modelo de gobierno, ha propiciado que los mexicanos en redes usen sus propios antecedentes éticos, personales, vivenciales, para expresarse y dialogar.

Ya casi en la segunda década del siglo XXI el concepto de “escrutinio público” —también empleado por Joseph S. Roucek en épocas en que las nociones acerca de los estados de opinión se mantenían en áreas de búsqueda analógica, y para tener una idea de lo que la gente pensaba había que recurrir al voto, a los sondeos y predicciones de expertos como Grossley, Gallup o Roper y la Universidad de Denver abría un Centro de Investigación de la Opinión Nacional— se convierte en algo más escurridizo, cambiante y relativo, acaso evasivo en un mundo moderno en el que todos, si tenemos algo que decir, podemos hacerlo también públicamente, a veces consiguiendo más reacciones, argumentos a favor o en contra, insultos o “me gusta” en una publicación de Twitter o Facebook, que en un medio periodístico convencional. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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