El Dios de los sanos

M está, siempre.

Adán, solo. (A partir de Miguel Ángel).

El enfermo no puede salir del otro si lo que ama es volver a sí mismo; el otro siempre tendrá precedencia frente a Él, que todo lo sabe y, sin embargo, todo lo deja sobre una cuerda floja. Pero al sano que calla y se retira, ése ha visto al ángel, a la madre y al reino.

Tú, que escuchas el silencio como a ti mismo, seguramente no conoces las mieses ácidas de una interioridad impedida. E incluso si probaras escucharlas de otro, dirías Qué sencilla y falsa confusión, pues es pobre de espíritu. Pues yo te digo que en esos falsos avernos nunca se toca fondo. Y cuando llorar es la única opción del hombre atado, o dormir, porque también de cansancio duerme el loco, el único anhelo es callarse. Pero el silencio de quien calla y se escucha entre ecos y sombras va acompañado por Dios, aunque Éste sea, lúcida y solamente, el Dios de los sanos. ¿Te has dado cuenta de que Dios ayuda al sano cuando éste se repliega en toda libertad en su interior, pero al enfermo lo sana sólo en la medida en que alguien, con toda su piadosa humanidad, lo asista? El espíritu que requiere de prótesis para alcanzar lo que, mudo y apacible, el buen Dios sabe y busca de él, será como el hombre que, para hablar por sí mismo, lo hace a través de otros. Una interioridad con muletas es un cielo con huecos. Pues el enfermo carece de la interioridad con que la mansedumbre invita a la lectura de las Escrituras y de otras muchas propicias para la meditación. Su interioridad es la de un vasto océano plagado de imperceptibles arrecifes filosos. El mar, tan amplio como su profunda intimidad, no es el quieto horizonte de las cumbres del pecho, sino la falsa idea de que, acaso, es navegable. Tú, más escritor que hombre (porque en tu reino nada te domina y nunca eres vencido), recuerda que el dominio del diablo son los mundos posibles que han nacido, aun siendo bellos, para no consolidarse. Y si deseabas ser libre, pesado enfermo, luego de decir es Mi albedrío, yo soy dueño, verás que el albedrío es un engendro de lo eternamente posible y lo eternamente indeterminado. Y para cuando digas Dios es conmigo entre lo incierto, el albedrío se convierte en una puerta pintada contra la pared, pues la confianza no es sino la cesión de autoridad (tan llena de sí como un día libre) a Aquel que escucha tus sombras. Será Uno y no otro, ni siquiera tú porque te has rendido amorosamente, el que culmine la obra interior. Pero tú, enfermo, ¿sabías que, al rendirte, serías vencido por los chivos indómitos y por los huracanes, y no por la brisa del trigo? De tal modo que si antes de pensar en el albedrío, como el que se cobija pacientemente entre las espinas, creías que estar enfermo o sano era la misma libertad, estás perdido. Pues Dios es claro sólo para el que lo mira claramente, pero el perturbado, cuando menos sabe el camino pues está minado de ruido, en ese mismo instante ¿a qué claridad se acoge? Él es, pues, el Dios de los sanos. Y aunque evoquemos al célebre poseso liberado al momento de pensar que en este día un cierto poseso necesita ser librado, otro dirá: ¡Vaya soberbio: comparar tu frágil jaqueca con el instante mismo en que Dios vencía como Dios! Y es entonces que los milagros son más reales cuando son históricos, que cuando se los necesita. Y aun con las bravatas de los enfurecidos por tal interrogante, la última palabra la tiene Él, más dice: Eres libre, decide y asume. Y si sólo hay despeñaderos y niebla debajo de un amigable y flexible mar en calma, ¿qué se decide, qué se asume? Y el vicio de este círculo se aferra, pues todo enfermo carece de la interioridad en que la plenitud de Su amor se realiza: él necesita de otro, un médium o un galeno, pero otro humano, pues él mismo no se basta. El enfermo no puede salir del otro si lo que ama es volver a sí mismo; el otro siempre tendrá precedencia frente a Él, que todo lo sabe y, sin embargo, todo lo deja sobre una cuerda floja. Pero al sano que calla y se retira, ése ha visto al ángel, a la madre y al reino. Ése reposa suavemente en su ignorancia, pues todo le será reivindicado, los dolores y las alegrías pendientes. Y el enfermo, que nunca pudo callarse como calla el que escucha, se aferra a la paz de las cosas ya vistas, descubiertas, a la dulce apariencia de las convenciones, que no llegan al fondo, pero tampoco estorban. Y todo esto se dice y se conversa, para decirse luego de otra forma, frente al Dios de los sanos. ®

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Publicado en: Narrativa

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