El hombre hedonista

La era de la cultura liviana

La cultura de la satisfacción se encuentra palpable y presente en todo ámbito del hombre contemporáneo, amenazando con volverlo complaciente de todo cambio, renuente a la reflexión social pero, sobre todo, inútil consigo mismo.

Tiziano, La bacanal de los andrios, 1523–1526. Óleo sobre lienzo, 175 x 193 cm. Museo del Prado.

Así como en la obra pictórica del Bosco y del alemán Grünewald persiste una recurrente necesidad de plasmar las tentaciones demoníacas que el monje ermitaño Antonio Abad franqueó exitosamente, pareciera que el ascetismo —antiguamente recomendado y alabado— no sólo disminuyó sino cesó su función de virtud social para darle paso a la maquinaria moderna de satisfacción continua. Por cualquier lugar donde se mire, ya no hay manera de escapar de la vorágine que la cultura liviana de comprensión casi inmediata ha establecido y permeado en la cotidianeidad; el sociólogo francés Gilles Lipovetsky estableció —brillantemente— en De la ligereza (2016) la inevitable reducción en los objetos de interacción, principalmente aquellos de comunicación, y a su vez un descenso en la complejidad del pensamiento humano para dar paso firme a nuevas formas de satisfacción personal, ególatra y frágil.

El esparcimiento de tales metas en común nace como producto de “una ligereza de los medios […] a través de los objetos, el ocio, la televisión y publicidad, se difunde un clima de diversión permanente y de incitación a aprovechar los placeres inmediatos y fáciles” (Lipovetsky, p. 10). Atrás han quedado las ensoñaciones de colectivos que defendían su liberación —y ni hablar de discursos juveniles como el de La Chinoise (1967) de Godard— dando pie a la época de la “desintoxicación”(ídem) y depuración de todo aquello que representa una carga física y espiritual que no les permite avanzar y ser una versión más light de sí mismos; sin embargo, la insistencia en utilizar palabras o frases que destaquen la autonomía, la liberación —pero eso sí, sin ofender susceptibilidades— ha exacerbado el ego bajo el ritual de compartir absolutamente todo lo que se hace, dice o piensa: encapsulado en un minúsculo aparato móvil que rige la vida y los deseos.

En La era del vacío (1983) el discurso del sociólogo profetizaba la satisfacción como una multiplicación de elecciones materiales a la carta y la indistinción entre horarios de trabajo y tiempo libre; formas ingeniosas de trabajo casero acompañada con una dependencia a cualquier aparato que proporcione gratificación continua, generando una plaga de insatisfacción personal. Traducida en una búsqueda por aprobación imaginaria, “una nueva figura, mucho más inquietante, se yergue, Narciso, subyugado por sí mismo en su cápsula de cristal” (Lipovetsky, p. 33).

Con el uso de algoritmos que predicen el comportamiento, el internet juega a ser un juez omnipotente de los anhelos personales, y es el lugar idóneo para que el consumo florezca mediante un estudio de patrones de compra, correlacionada con los perfiles de los usuarios.

Postrados en la era de la interconectividad, el crecimiento exponencial de la tecnología ha significado un apego emotivo sobre lo inerte y un despliegue de datos personales sin mayor preocupación o miramientos de quienes los postran sobre la red; con cada clic o visita a sitios web se alimenta la llamada “sombra digital” que persigue al hombre moderno y revela datos íntimos sobre su naturaleza. Con el uso de algoritmos que predicen el comportamiento, el internet juega a ser un juez omnipotente de los anhelos personales, y es el lugar idóneo para que el consumo florezca mediante un estudio de patrones de compra, correlacionada con los perfiles de los usuarios.

Aunque parecieran líneas descritas dentro del mundo orwelliano, el exdirector ejecutivo de Google, Eric Schmidt, reveló que “la política del buscador es encontrarse entre los límites de la línea del acosador, pero nunca cruzarla realmente” (Fry, p. 26). La ultrapersonalización de preferencias tienden a alegrar al usuario, que se siente dichoso de encontrar justo lo que necesitaba sin comprender realmente el proceso detrás en la utilización de su información; por ende, la ligereza que ofrece el mundo virtual supone una oportunidad jugosa para la manipulación informática. Con tan sólo unos cambios en la publicidad, las noticias y los productos ofrecidos, la persuasión representa un reciente paradigma para dirigir intereses, “si podemos inferir con sólo conocer los hábitos de compra en el mundo físico, […] imagina lo mucho que podríamos conocer acerca de alguien si tuviéramos un registro de todo lo que hacen en línea” (Fry, p. 27).

Tal como en el baile de Salomé, el hombre contemporáneo se devela como un ser que desea retirarse uno a uno la complejidad que analizaban sus antecesores. Ante la simplificación de sus compras y representación virtual, es natural que los gustos deban ser lo más descomplicados posibles, porque la especie que se jactaba en ser la de mayor avance ahora imita las tendencias —por menos sentido que posean— y lo que está de moda, pronto lo desechará y dará paso a algo similar a lo anterior con detalles insignificantes que cambian; la cultura sufre los desvaríos del modelo neoliberal de transacción en modelos de entretenimiento.

Para Frédéric Martel la levedad en los productos de amusement se ve reforzado como una guerra entre naciones, luchando por ser la triunfadora en imponer su visión de cultura, conocido como soft power, “presente en el arte […] en la influencia de valores, como la libertad, el individualismo, la movilidad social y la economía de mercado” (Martel, p. 15). En este punto, es relevante destacar que el título de ganador –consecutivo por décadas— lo mantiene Estados Unidos y el imperialismo mediático que ha generado, exportando contenidos a diestra y siniestra, creando una fachada de multiculturalismo que, a su vez, es replicada por los países cuyos productos culturales se ven mermados; no es coincidencia el repentino despertar de la comedia mexicana con copias idénticas de cintas estadounidenses de éxito probado.

Tal como expresaba el periodista Nemesio García, el gran defecto de México es el “encontrarse tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, lo cual no únicamente representa una complicación para nuestra nación, sino que ante la comunicación estrecha globalmente, la interdependencia con Estados Unidos “suscita una atracción y repulsión en las afirmaciones identitarias regionales […] lo que dificulta defender los valores inamovibles de un país, en un ambiente de contenidos globalizados” (Martel, p. 17). De acuerdo con la tesis de Martel, el atemporal éxito del modelo estadounidense equivale a una combinación de poder económico, militar e industrial, sumado a la “creación de masas” y el show business que logra identificar mundialmente. La desventaja de ciertos países ante el entramado mediático —vencedores contra vencidos— apunta a una exposición constante e interiorización de modelos de vida y conducta ajenos a la región de origen; un pobre intercambio de ideas que propicia una conversación desigual y la necesidad de adaptar contenidos locales al placebo mundial, o correr el riesgo de ver su producto excluido.

Globalmente, la necesidad de goce continuo con aquello que no produzca mayor esfuerzo mental ha dejado a su paso una confusión en órdenes de identidad. La discusión sobre el imperialismo cultural aún deja heridas abiertas y su análisis muestra una vertiente que la explica como un producto de la globalización y no necesariamente su víctima (Tomlinson, p. 269). No obstante, se vive la identidad —sexual, nacional, racial— como un proceso de reconocimiento personal, que a su vez está sujeto a organizaciones e instituciones (ídem); para el hombre de la posmodernidad el proceso identitario se ve amenazado por una cascada de productos, perspectivas y valores occidentalizados: el imperialismo no ha sido erradicado del todo sino que ha mutado al reino de las ideas.

La influencia cultural de la simpleza logró ingresar en aquellas localidades que se rehúsan a aceptar el concepto de progreso hegemónico, reavivando la llama de los nacionalismos; “lo que está en juego es la transformación de rutinas, existencia cultural […] y experiencias particulares vistas desde lo global. Como ejemplo, la televisión trae conflictos distantes al espacio doméstico” (Tomlinson, p. 273).

Ante la invasión del espacio personal, queda por definir cuál será el rumbo a tomar para conformar la identidad. Inevitablemente, la globalización ha tomado un papel esencial, que se ve inexorablemente ligado con conflictos étnicos; mezclados con asuntos de política, economía […] y la discusión actual del derecho por la tierra nativa que ahora debe coexistir con lo nacional e internacional (Tomlinson, p. 275). El espacio territorial a su vez se ha visto irrumpido por una posmodernidad atrapada en lo absurdo y el desencanto por la contemplación ascética; a estas áreas el antropólogo Marc Augé bautizó como los no lugares, es decir, un espacio de no identidad, no relacional y no histórico.

Entiéndase que este espacio descrito existe y convive con las sociedades actuales, pero se caracteriza por ser un lugar de paso como las “vías aéreas, ferroviarias, autopistas, medios de transporte, aeropuertos, hoteles, parques y supermercados” (ídem), dejando entrever que la práctica del viajero contemplativo que generaban memoria histórica sentando las bases de la sociedad y la cultura ha sido reemplazado por un mundo de consumo. “La experiencia de la soledad y posicionamiento del individuo ante su entorno, que se comprometía a contemplar, es ya un placer melancólico […] sustituido por vistas instantáneas del hombre dominando el espacio y no dejándose envolver en éste” (Augé, pp. 90–91).

El idioma predilecto de los no lugares es la rapidez con la que se entra y se es expulsado, con incesantes mensajes que le devuelven la mirada al pasajero y que independientemente del lugar geográfico le presentan —la mayoría de las ocasiones— un mensaje en inglés, marcando la universalidad y predominancia del anglosajón sobre el resto del mundo. Es en la “sobremodernidad” donde, recalca Augé, las contradicciones se hacen presentes; el individuo, en su afán por personalizar cada elemento con el que interactúa, se enfrenta “a un anonimato, puesto que no tiene nombre pero es identificado como pasajero, usuario o cliente. Aquí no hay sociedad orgánica, es lo contrario a la utopía” (Augé, p. 114). La liberación soñada y la libre elección del destino es una mentira sustentada en la proliferación de productos que a distancia parecieran distintos entre sí, pero que guardan gran similitud.

Mientras las formas de relación con otros y el entorno se vuelve vulnerable apoyándose en lo tecnológico y la rapidez de los sistemas, la civilización exprés pareciera no darse cuenta de la liviandad que aqueja los sistemas de enseñanza, económicos, políticos y de entretenimiento; “la cáscara de afuera permanece sin cambios aparentes, pero lo que se encuentra dentro es completamente diferente […] lo que se está creando es una sociedad nunca antes vista, cosmopolita y global”

La cultura posmoderna crece a pasos agigantados, sin dejar ninguna nación detrás. Uno de los factores —o incluso el de mayor trascendencia— que favorece el camino hacia la unificación, es la globalización, debatido calurosamente por detractores y defensores. El tiempo de la soberanía y la independencia nacional está contado, es insostenible el pensamiento de una modernidad alejada de nuestro entorno personal, que influencia aspectos de nuestra vida y las tradiciones sistémicas sufren una metamorfosis (Giddens, p. 3). Mientras las formas de relación con otros y el entorno se vuelve vulnerable apoyándose en lo tecnológico y la rapidez de los sistemas, la civilización exprés pareciera no darse cuenta de la liviandad que aqueja los sistemas de enseñanza, económicos, políticos y de entretenimiento; “la cáscara de afuera permanece sin cambios aparentes, pero lo que se encuentra dentro es completamente diferente […] lo que se está creando es una sociedad nunca antes vista, cosmopolita y global” (ídem).

Con cada cambio de estructura se erigen conceptos autocreados, o lo que el historiador Yuval Noah Harari denomina ficciones colectivas en Sapiens. De animales a dioses. Cuyo propósito, además de asegurar nuestra supervivencia como especie, recae en categorizar y dar orden a la comunidad que se habita. En la era dorada de la posmodernidad el hombre se ha autoimpuesto el hedonismo cultural, avalado en un sistema de producción capitalista, que ya no permite trazar una división entre lo privado y lo público, lo real de lo ficticio. Conociendo históricamente que nos transformamos conjuntamente, “moviéndonos periódicamente a través del tiempo homogéneo, […] como una comunidad sólida que avanza de un lado a otro” (Anderson, p. 4). La cultura de la satisfacción con propósitos de estandarización se encuentra palpable y presente en todo ámbito del hombre contemporáneo, amenazando con volverlo complaciente de todo cambio, renuente a la reflexión social pero, sobre todo, inútil consigo mismo. ®

Referencias

Anderson, B. (1983). Comunidades imaginadas. México: Fondo de Cultura Económica.
Augé, M. (1992). Los no lugares, espacios del anonimato: una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa.
Fry, H. (2018). Hello World: being human in the age of algorithms. Londres: W.W. Norton & Company.
Giddens, A. (1999). Runaway World. Londres: Profile Books.
Harari, Y. N. (2014). Sapiens: a brief history of humankind. Toronto. Random House.
Lipovetsky, G. (2016). De la ligereza. Barcelona: Anagrama.
Lipovetsky, G. (1983). La era del vacío. Barcelona: Anagrama.
Martel, F. (2011). Cultura mainstream: cómo nacen los fenómenos de masas. Madrid: Santillana.
Tomlinson, J. (2003). Globalization and cultural identity. Londres: Pinter.

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Publicado en: Ensayo

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