El naufragio del Hesperus

Diario de un espectador, XXXIII

Viajar, caminar, visitar… Memorias y personajes vivos. Música y lecturas memorables. Entre el espíritu de Lowry, de Barragán y de Procol Harum, el autor del diario narra este fragmento de vida.

Vista del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl desde Cuernavaca.

Atmosféricas. México y Cuernavaca se unen por una carretera esplendorosa. El breve rato en el que, ya superados los andrajos de la capital, se goza del campo limpio es una gozada. Las quesadillas de Tres Marías siguen siendo espectaculares. De allí al plácido y siniestro pueblo de Huitzilac, en donde el general Serrano y acompañantes fueron asesinados parece que por Obregón. A la vera de ese lugar está un viejo rancho equino, heredad de alguno de los de la excursión. Normal bien, ese entrañable lugar. En vano se intenta entrar al Jardín Borda, con la espléndida jardinería de Maximiliano de Habsburgo y de México. Después un café apellidado Bons, con una enigmática pasajera que se une al cortejo. A dos cuadras el palacio de Hernán Cortés cierra, con su férrea y ferruginosa arquitectura, la perspectiva. Las Mañanitas (no) revisitadas con sus jardines pródigos y sus alarmantes pavorreales. No se pudo visitar la Tallera, donde una sola y monumental celosía hizo famosa a una arquitecta muy bella. Ni tampoco el museo Juan Soriano, que se dice que está muy bonito. Luego el Rancho Cortés. Pero eso es otra historia.

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An end has a start. Editors. Esta banda es más que competente. Mucha potencia, ceñidas ejecuciones.

Un nombre de canción genial: “Todo fin tiene un principio”. Frase como de Santo Tomás escribiendo sobre los Novísimos.

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Vuelta a Cuernavaca, a buscar las barrancas de Lowry, la cantina enigmática de este iluminado. Pero llegamos a otra barranca y el portón de la calle está cerrado. Timbramos. Desde el fondo de la privada, a doscientos metros, comienza a verse una figura alta y muy delgada. Después se ve que porta un bastón. Avanza con cuidado, sin ninguna prisa. Es Andrés Casillas, el hombre con toda su leyenda a cuestas. Esperamos tranquilamente, llega, saluda sonriente, abre el cancel. No se podía creer: el mejor arquitecto de México, el más refinado y contenido, el más altivo y humilde, recibía a la comitiva. Salvó el día el hecho de que una musa nos acompañaba. Subir y bajar, volver a empezar; la casa y su estudio se desdoblan, abren los brazos al cariño y la devoción de toda una vida. Nada: la vida sigue, Andrés Casillas trabaja en sus proyectos, dedica un par de libros, se queda absorto. Nos quedó debiendo un Caballito Cerrero bien helado. Larga, larga la vida. Ave, maestro.

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Oído por un interfecto en la mesa de al lado del Madoka. “Todo fue normal mal. Había yo regresado tarde de una borrasca que le dio una tarascada a la noche. Sin llave, tuve que timbrarle al casero. Éste bajó a abrir de muy mala gana. La levantada al día siguiente era muy temprana para el casero y algo menos temprana para su servibar. De allí un terrible malentendido. Muy de mañana, pero no tanto, a las seis y media, me dispuse a salir de la casa. Junto a la entrada estaba la solitaria llave. Pensé, chin, le voy a cerrar con llave porque aquél ya se fue. Así lo hice: cerré con llave y me la eché a la bolsa, ya que el prudente casero debe tener duplicados. Y me fui a mis asuntos. Una hora después recibo el nefasto recado del casero: “Me encerraste en mi casa. Perdí mi vuelo.” Grave caso, preocupación, pena por la molestia y temor de perder casero, celda y negocios. Pero, gracias a la marivigliosa Cazadora todo se compuso ese mismo día.” El del Madoka volvía a poner cara de mortificación mientras narraba lo anterior.

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Jornadas enteras en la casa de Luis Barragán de Tacubaya. Mil veces regresar, pero nomás 998 se ha salido de allí. Las dos veces restantes quedarán bajo un púdico velo. El sol de la tarde vuelve más rosada la terraza, y los aviones del norte ya no pasan, desgraciadamente, por allí, ya que variaron las aproximaciones aéreas a México. Ocasión dorada de yacer a la sombra del gran muro, de ver pasar a algunas arquitectas en flor, de fumar largamente y ver al humo danzar muy quieto rumbo al cielo, porque no hacía ningún aire. Cuentan que el arquitecto, cuando despuntaban las copas de los árboles de alrededor los mandaba podar, para así tener la cápsula terrestre más cercana al cielo. Y puede que tenía, el hombre brújula, razón.

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De los maestrísimos de la añorada banda Procol Harum, que alguna vez tocara en el Auditorio del Estado, antes de que se le cayera el techo encima a Julio de la Peña. “El naufragio del Hesperus”:

Wreck of the Hesperus
Izaremos una bandera sobre el mar embravecido
“Corre presto a tu funeral”, grita la Valquiria
Izaremos una vela o sucumbiremos en esta marejada
“Aquí yace el ataúd” proclama el cementerio, me llama
Y todo por nada, en vano fue la esperanza por siempre apostada
Ningún pensamiento explicado, ningún momento ganado,
toda esperanza perdida por siempre
El momento de un espacio, a un instante de la final caída de la gracia
Ardiendo en lumbre, ciego a la visión, perdido por la ira
Izaremos una bandera sobre el mar embravecido
Temo que una ola inmensa me amenace
Izaremos una vela o sucumbiremos en esta marejada
“Ven, síguenos”, grita el humilde, “Y seguramente verás”. ®
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Publicado en: Apuntes y crónicas

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