Una historia de vida atravesada por el automovilismo y la emoción, iniciada en una carrera del TC2000 en 2005. El autor une pasado y presente para reflexionar sobre la memoria, los vínculos y el valor humano del deporte.

8 de mayo de 2005. Cuarta fecha del TC2000. Tarde soleada. El mítico circuito sanjuanino El Zonda. A punto de vivir una carrera extraordinaria. Mucha gente acompañando una de las categorías más importantes del automovilismo argentino.
Este fin de semana un contingente de rosquinenses se hizo presente en San Juan. Entre ellos, un niño de apenas tres años, apasionado por los autos de carrera y, sobre todo, de los autos rojos.
—Resolvimos ir a la carrera de TC 2000 a San Juan, en el circuito deEl Zonda, ya que es un circuito que se puede observar bien la carrera y el sonido de los motores no se pierde. Al ver la pasión que Augusto mostraba por los autos nos pareció la mejor opción —dice Julia, que pertenecía al grupo proveniente de Cañada Rosquín y además es la madre del niño de tres años.
Los autos de ese color pertenecían al equipo de Toyota, con sus pilotos Norberto Fontana, “Fontanita” para el niño, y el joven piloto oriundo de la provincia de Salta, Nicolás Vuyovich.
El circuito de El Zonda tenía ese condimento especial que lo hacía un circuito único. Un lugar de grandes batallas para los pilotos. Con gente utilizando las montañas de tribuna, el sonido de los motores hacía que el rugido fuera aún más fuerte. La brisa que corría. El trazado hermoso, con ese puente que te hace rememorar al circuito de Suzuka.
El salteño era una de las jóvenes promesas del automovilismo argentino, con un gran talento a la hora del manejo, y “Fontanita”, que es todo un símbolo para el automovilismo argentino, con su pasado en Fórmula 1 y sus diversas andaduras en el deporte motor. En esta ocasión nos centraremos en el joven de Oran, Salta.
El fin de semana inició con un excelente trabajo de los pilotos de Toyota, marcando el camino a lo que podría ser un gran fin de semana para ellos, pero nunca se podría descartar al último campeón, Christian Ledesma a bordo de un Chevrolet Astra, y también en el mismo equipo empezaba a surgir el nombre de un joven misionero, Carlos Okulovich. Tampoco se podía dejar de lado al Ford de Gabriel Ponce de León, y también a otros animadores del campeonato, como los pilotos de Honda con ese hermoso Civic color amarillo.

Juan Augusto, el niño de tres años que se hizo mención, era la mascota de la calle de boxes.* Pasaba de mano en mano por los pilotos, obteniendo un recuerdo de cada uno de ellos, ya sea una foto o sus tan queridas gorras, tengo fe de que el niño obtuvo muchas.
—Él tenía las figuritas de los pilotos que habíamos impreso de la web del TC 2000. Entonces él se las regalaba a los pilotos, y ellos disfrutaban que apenas un nene de tres años conocía a cada piloto, a sus compañeros de equipo y en cuál equipo corrían.
Pero en los boxes tenía química con tres de ellos, con su tan querido “Fontanita”, Carlitos Okulovich, y Nicolas Vuyovich. Estos últimos eran íntimos amigos, aunque estaban en distintos equipos tenían una gran relación por todos los años en los que compitieron de jóvenes.
Los motores eran como una sinfonía en el Teatro Colón. Semáforo que pasa de rojo a verde, aceleración máxima y a correr. El niño de tres años, cada vez que pasaban, alentaba por el auto rojo. Vuyovich marcaba el camino.
—A Nico lo conocí en el karting cuando yo fui a correr a Buenos Aires, que empecé a correr en el equipo de Miguel Acuña. Nico era más grande y era el referente del equipo. Después fuimos compañeros de equipo en el turismo nacional. Siempre tuvimos una relación muy cercana con él y toda la familia —dijo Okulovich.
La actividad comenzó, los autos ya estaban en pista. Los motores eran como una sinfonía en el Teatro Colón. Semáforo que pasa de rojo a verde, aceleración máxima y a correr. El niño de tres años, cada vez que pasaban, alentaba por el auto rojo. Vuyovich marcaba el camino. Los “rojitos” estaban pegados, el oriundo de Orán y cerca el talento arrecifeño.
La carrera seguía su curso, Martín Basso se adueñaba del último escalón del podio. Los dos autos Toyota escapados, en otra carrera. Detrás, Okulovich buscaba avanzar y prenderse en la pelea con su amigo que lideraba. Aunque después el rendimiento de su Chevrolet Astra mermó y tuvo que abandonar la carrera.

Después de haber tenido un comienzo de año complicado, Nicolás Vuyovich ve la bandera a cuadros y obtiene su segunda victoria, la primera como piloto de Toyota. En el podio estuvo bien acompañado, su compañero terminó segundo y tercero el rafaelino Martín Basso.
Un triunfo que retumbó de San Juan a Salta, la euforia con la cual vivió ese triunfo fue inigualable. El automovilismo argentino se ponía de pie, que un nuevo conquistador llegaba para adueñarse de los corazones del deporte motor.
Este mismo fin de semana se encontraba trabajando para el programa de transmisión radial Vuelta Previa, Jorge “el Bombero” Peliccioni. Él era el encargado de entrevistar a los protagonistas.
—Uno se acuerda de la carrera, la tremenda victoria que se llevó. Nos quedamos con la nota charlando después de su triunfo, que es lo que uno hace cuando apenas llegan allí, al lugar de la premiación, poner micrófono, después charlar con tranquilidad, luego de lo que era la entrega de los premios recuerdo la charla, la alegría de él por su victoria, lo que significaba triunfar con el equipo oficial.
Luego de la victoria los tres pilotos se dirigieron a la conferencia de prensa. Allí se encontraba “Augustito”, como le decía el contingente que lo acompañaba. Desesperado por saludar a Norberto Fontana, quien él ya lo consideraba su amigo. El arrecifeño le hizo ¡upa! y se lo llevó a la conferencia de prensa. Vuyovich en el medio, Basso a la izquierda y a la derecha estaba Fontana con el niño.
—Fontana lo tuvo en brazos y lo sentó junto a ellos en la mesa de la conferencia de prensa —nos contó su madre.
Era imposible no verlo, con su remera color amarillo y su pantalón verde hacía que no pasara inadvertido, en la cabeza ya contaba con la primera de las gorras, Fontana no dudó en dársela.
De manos en manos fue pasando por los del podio; Martín Basso también le dio la gorra de color verde. El último en tenerlo en sus brazos fue Nicolás Vuyovich, que ni le preguntó si quería la gorra, el salteño se la puso en la cabeza al niño mientras él se acomodaba su pelo con su típico mechón de otro color.
Para Augusto era como una navidad adelantada, se había quedado con las tres gorras más codiciadas de todo el autódromo. Julia, la madre, de manera inmediata guardó las tres en una de las bolsas que venía con las pantuflas Boca Raton.
—Uno a uno le fueron dando las gorras autografiadas, y mucho tiempo después todavía se olía el olor a champagne en ellas —relata Julia.
La sonrisa que tenía se podía notar, era el niño más feliz del universo. Luego de que le obsequiaran las gorras se sacaron una foto, la cual quedó grabada y guardada por siempre en los corazones de esa familia rosquinense.
Luego de la carrera cada cual tomaba su rumbo. El triunfador de la carrera se fue a almorzar con su amigo, Carlos Okulovich. Era una rutina que ya tenía armada desde hace muchos años.
—Almorzamos juntos, me acuerdo como si fuese hoy de que se comió un flan con dulce de leche de postre y se quejó porque tenía poco dulce de leche. Le dice al casillero que tenés que pagar vos el dulce de leche, Nico siempre era muy chistoso, muy cómico —dice Carlos Okulovich, mientras tomaba su mate, aún vestido con su buzo antiflama.

Todo era alegría. Los rosquinenses vieron una carrera brillante. Llegaba el momento de retornar hacia el hotel. En ese trayecto encendieron la radio y ahí se enteraron de lo sucedido. Que el avión que trasladaba a Vuyovich había sufrido un accidente llegando a la ciudad de Córdoba. Seis personas habían perdido la vida, entre ellos el piloto que horas antes había ganado la carrera.
—Ese domingo, al salir del autódromo, dimos unas vueltas por la ciudad. Cuando nos enteramos de la noticia entramos en shock, porque uno compartió en los boxes, en la sala de prensa, con todo el equipo y ahí supimos lo valioso que tenía en sus manos Augusto, que eran las tres gorras de ese podio —dijo Julia.
Fue una noticia que sacudió al mundo del automovilismo nacional. Había fallecido uno de los talentos emergentes más grandes del país. Jorge Peliccioni lo comparó con pilotos de hoy.
—Era uno de los mejores pilotos que tenía la Argentina. Y yo hago una comparación llevada a la actualidad. La agresividad de Facundo Chapur con la prolijidad de Matías Rossi. Ése era mi resumen como piloto en este caso de Nico Vuyovich, realmente un extraordinario piloto. Cuando nos enteramos de la noticia fue realmente inesperado. Tenía tal magnitud el suceso que lo estamos recordando en este momento, inclusive cuando han pasado veinte años.
Okulovich había perdido a su amigo, con quien compartió historias de muy chico. Además, dos días después era su cumpleaños, Carlos recuerda aún esa charla después de la carrera.
—Terminando la carrera vino a almorzar al colectivo, ahí brindamos, festejamos un poco por su victoria. El 10 de mayo era mi cumpleaños, entonces le digo de irnos a Buenos Aires. Y Nico me responde que no. Había venido a la carrera con el jefe del equipo y se volvía con él festejando y brindando.
23 de mayo de 2015. Diez años después. La categoría conocida como TN tenía fecha en la ciudad de San Jorge. A unos 40 kilómetros de esa ciudad se encontraba el pueblo de Cañada Rosquín, donde vive el niño que estuvo aquella tarde en San Juan.
Augusto tenía trece años. Estaba entrando en la adolescencia. Carlos Okulovich y él forjaron una relación de amistad en esos diez años que pasaron. Muchas gorras, fotos, remeras y diversos obsequios entre ambos.
Ese mismo año a Carlitos le llegó el regalo más grande. Iba a ser padre. Cuando se enteró de que iba a ser varón no dudó en hacerle un homenaje a su amigo que había fallecido diez años atrás.
—Cuando sabía que iba a ser un varón, pensando un nombre, se me vino él a la cabeza, obviamente se lo propuse a mi señora, le gustó y la verdad que estoy contento de haberle puesto el nombre de Nico, pensando en él, porque me gusta lo que representaba como persona, como deportista, como todo, la verdad que es un nombre que significa mucho para mí.
También ese mismo fin de semana significaba un reencuentro entre los dos después de mucho tiempo. Augusto se había alejado un poco del fanatismo por el automovilismo y Okulovich retornaba a la actividad del TN en esa fecha.

Su madre, tiempo atrás, le había sugerido a Augusto obsequiarle la gorra a Carlos, pero él se negó.
—Le sugerí que le diera la gorra, a lo cual Augusto me respondió: “Es mía, me la dio a mí”. Pero, pasando los años, Augusto, creció y tomó conciencia de los vínculos que se van generando en la vida. Cuando el joven se entera de que su amigo iba a ser padre, y además lo iba a nombrar su amigo que diez años atrás perdió la vida, entendió lo que es el valor de la amistad.
Ese niño que aquella tarde del 8 de mayo de 2005 tenía tres años, diez años después tenía trece y tomó la decisión de obsequiar esa gorra. Hoy, con veintitrés, sigue muy de cerca el automovilismo nacional, ya que por su trabajo camina las calles de los boxes todos los sábados y domingos.
En una tarde nublada y fresca de la ciudad de San Jorge Augusto se dirige al box, donde se encontraba el auto de Carlitos. Se saludan con un abrazo, y el niño que, con tres años era la mascota de los boxes, ese día, con trece, le dice a su amigo que tenía un regalo para él. Entre lágrimas saca la bolsa Boca Raton donde se preservó la gorra por esos diez años.
—Después de que me enteré de que ibas a ser padre y le ibas a poner Nico de nombre, entendí que esto que cuidé por diez años ya no me pertenece. Por eso te la regalo, porque sé que para vos tiene un valor más sentimental.
Luego de que Augusto dijera esas palabras ambos se fundieron en un abrazo. Okulovich se había quedado sin palabras por lo que estaba presenciando. Allí también se encontraba Julia, su madre, que estaba a lágrima tendida en el box.
—Cuando Carlitos cuenta que a su hijo le va a poner Nicolás en homenaje a su gran amigo, él me miró y me dijo: “Esta gorra la debe tener él”, y así fue como ese día se la regaló a Carlitos— relata Julia, mientras se le ponen los ojos llorosos al recordar ese momento.
Ese momento fue cuando todos se dieron cuenta de cuán fuerte es el valor de la amistad. Okulovich aún conserva esa gorra. Nos contó lo siguiente…
—Tener la gorra de Nico, original de su último fin de semana, es un gusto, gracias a tu gentileza. Quiero que sepas que la guardo con el mayor de los amores. También poder mostrársela a mi hijo, contarle la historia del porqué ése es su nombre. Te súper agradezco el gesto, y bueno, quiero que sepas que está en muy buenas manos, y la voy a cuidar con mucho amor.
Porque sí. Ese niño que aquella tarde del 8 de mayo de 2005 tenía tres años, diez años después tenía trece y tomó la decisión de obsequiar esa gorra. Hoy, con veintitrés, sigue muy de cerca el automovilismo nacional, ya que por su trabajo camina las calles de los boxes todos los sábados y domingos. Y, además, es el mismo que está redactando estas líneas con los ojos llenos de lágrimas, y muy orgulloso de poder contarles esta historia que tiene un gran significado para él… ®
* En Argentina, el término “boxes” se refiere principalmente a dos conceptos: los puntos de servicio técnico especializados de la red YPF para el mantenimiento del automóvil (cambio de aceite, filtros y revisión de 27 puntos de seguridad), o los garajes/pits en circuitos de carreras de automovilismo.
