El problema con Facebook

¿Es posible la discusión en esa red social?

En América Latina hay un suelo fértil para el crecimiento de ideas antiliberales y antidemocráticas. Facebook, tal vez sin buscarlo, puede ser un medio que ayude a que se logre el debilitamiento completo de lo que se ha logrado en el proceso democratizador.

Ilustración de Dado Ruvic.

Facebook, ahora Meta, es un ejemplo de mercados que no funcionan, a menos que la preferencia sea por monopolios como la mejor o la más adecuada alternativa a la competencia. El tema no es meramente económico, sin embargo. El tema es acerca de las consecuencias que los monopolios tienen sobre los valores que se asocian con el liberalismo, la democracia y la posibilidad o imposibilidad de ver realizados los valores que caracterizan a esas visiones del mundo político. Como liberal, tal vez libertario para algunas buenas conciencias, Facebook presenta varios problemas.

Es difícil pensar que quienes están al frente de un monopolio les preocupe la libertad de expresión o sean favorables a aquello que pueda reducir o atacar su posición, algo que había considerado Albert O. Hirschman en Salida, voz y lealtad: Respuestas al deterioro de empresas, organizaciones y estados (1970). El Partido Comunista chino es uno de tantos ejemplos que se pueden citar en cuanto al efecto de los monopolios sobre la política y los altos costos de ello. México, durante la época del PRI hegemónico (1946–1995, aunque sea, en realidad, 1929–1995) es un ejemplo muy cercano, uno que se intenta revivir con la visión del monopolio perezoso que se promueve desde Morena y Palacio Nacional. Es un tema que se sigue descuidando en cuanto a los poderes que la Constitución otorga al presidente como cabeza de sistema donde pesos y contrapesos son más un nombre que una realidad. Eso que preocupa en cuanto a los monopolios gubernamentales no siempre se recuerda cuando se discute sobre los monopolios privados.

El problema no es que uno de los objetivos en Facebook sea obtener ganancias lo más grandes posibles, como se acusó recientemente. Eso es una estrategia atractiva. A la “izquierda progresista” le gusta atacar a toda empresa diciendo que preocupa más las ganancias que la seguridad o el bienestar de los usuarios o la “explotación” de sus trabajadores. A final de cuentas, todo es culpa del capitalismo.

A la “izquierda progresista” le gusta atacar a toda empresa diciendo que preocupa más las ganancias que la seguridad o el bienestar de los usuarios o la “explotación” de sus trabajadores. A final de cuentas, todo es culpa del capitalismo.

De una forma u otra, se puede acusar de lo mismo a muchas otras empresas, si no es que a todas. Se olvida que existe legislación que busca evitar esos abusos, siendo que en muchos países se evitan los peores abusos. No es de extrañar eso pues también se tiende a olvidar que no es sencillo resolver todos los problemas que se detecten. Al mismo tiempo, se tiende a olvidar que esa queja sobre las empresas también aplica a los gobiernos en cualquiera de sus tres niveles, en especial cuando se consideran impuestos, seguridad o Estado de derecho. Existen limitantes a lo que se puede hacer cuando la mejor estrategia es, tanto para empresas como para gobiernos, el atacar incendios más que el prevenirlos. Como sea, existe una restricción que Mark Zuckerberg no puede ignorar: necesita recursos para pagar personal y proyectos. Además, en teoría económica básica se asume que, entre otros elementos, toda persona racional prefiere más a menos. Zuckerberg es racional al preferir más dinero a menos para él y su empresa.

El problema reside en la forma en que ese objetivo afecta a quienes usan ese medio, algo que excede a consideraciones meramente económicas. No se puede negar que esa red social ofrece ventajas y atractivos. No es necesario tirar a la basura aquello que funciona. Pero tampoco se puede ignorar que el énfasis de ese medio es privilegiar el que se viva en el momento y olvidar lo que pasó. Si el mindfulness es lo de uno entonces Facebook es una opción muy atractiva y adecuada. Hay otro costo que no siempre se pondera. Ese medio crea un costo de oportunidad: dedicar tiempo a ello se traduce en no dedicar tiempo a otras actividades, entre las que se encuentran informarse, sea sobre la pandemia o sobre la economía o la política. Más allá de ello ¿cuáles son los costos políticos de la forma en que opera Facebook?

Un elemento fundamental es que se participa voluntariamente en ese juego. Es posible salir en cualquier momento y, en tal caso, buscar medios alternativos para mantenerse en contacto con quien así se desee. Reside en cada persona informarse sobre los costos de oportunidad del medio. Por lo mismo, lo mejor que se puede hacer es comentar sobre los riesgos que se detectan, sabiendo que es decisión de cada persona el continuar o no y si se continúa si se van a exigir mejoras o mayores garantías.

Facebook ofrece algo atractivo: acercar a familias y amistades para poder compartir todo aquello que nos une como parte de diferentes grupos. Los costos de estar en contacto se reducen, en especial porque se pueden mantener diferentes tipos de “conversaciones” con diferentes grupos y en forma casi simultánea. En la época de largas horas laborales y poco tiempo personal, podemos hacer algo con la soledad que a veces nos afecta o romper con las rutinas de la vida cotidiana. Podemos ser algo más cercano a quien nos gustaría ser. Podemos compartir con conocidos y extraños aquello que nos emociona, gusta, disgusta, preocupa, pensamos o sentimos. Hasta podemos formar parte de una comunidad más grande que aquellos grupos a los que pertenecemos, al tiempo que podemos trascender las realidades geográficas que nos limitan. Y podemos participar políticamente, siquiera sea firmando peticiones, para de esa forma ayudar a atacar aquellos problemas que nos preocupan en lo individual y como miembros de sociedades. Podemos ser parte de una comunidad política y, en cierta forma, sentar las bases para una democracia directa. Es en este último aspecto que me centraré.

En la época de largas horas laborales y poco tiempo personal, podemos hacer algo con la soledad que a veces nos afecta o romper con las rutinas de la vida cotidiana. Podemos ser algo más cercano a quien nos gustaría ser. Podemos compartir con conocidos y extraños aquello que nos emociona, gusta, disgusta, preocupa, pensamos o sentimos.

No es sólo lo que se ofrece a usuarios lo que hace atractivo a Facebook, sino lo que ofrece a grupos de la sociedad civil o a grupos de interés, partidos políticos, escuelas, universidades, empresas o gobiernos en cuanto a las posibilidades de estar en contacto con la población en general y, en especial, con poblaciones objetivo. De entre estos grupos, son los grupos de la sociedad civil, los grupos de interés, las empresas y los gobiernos los que adquieren mayor importancia política. Pueden informar sobre lo que venden o sobre lo que hacen para buscar resolver problemas o reducir su incidencia, al tiempo que pueden facilitar el encontrar información sobre productos y sus características o sobre cómo realizar trámites u obtener información oficial. Facilitan las comparaciones y el intercambio de información con usuarios o con la ciudadanía. Lo que comparten lo hacen ateniéndose a las leyes vigentes nacionales e internacionales. En tal caso, con estas acciones pueden contribuir a crear “masas críticas” para temas que de otra forma podrían pasar inadvertidos o que no saldrían de círculos pequeños o cerrados. En cierta forma, se pueden reducir los costos de buscar información y de proveerla, al tiempo que se pueden sentar las bases de lo que sea una agenda pública que tenga posibilidades de terminar como políticas públicas.

No todo lo que se presenta por parte de esos actores agregados o quienes los apoyan resulta claro para los usuarios, ni todo es acerca de cumplir con las leyes o proveer información objetiva e imparcial. Facebook, a pesar de todos los controles que supuestamente tiene y que se dice sigue imponiendo, ha abierto las puertas a la manipulación, la propaganda, la presentación de información parcial o engañosa e incluso ha facilitado el ataque a personas o grupos no aceptables para algunos gobiernos o para Facebook mismo. Todo esto ha sido documentado por diversos medios de comunicación y centros de investigación, entre otros, por lo que no se considera necesario entrar en esos estudios, que además no son algo que se haya iniciado recientemente. Lo que queda claro es que estas limitaciones en el medio han llevado a que la polarización sea algo que no sólo afecta a las élites, sino que también afecte a la ciudadanía. Pensar en un intercambio de ideas tranquilo y respetuoso en Facebook es ilusorio, a menos que el intercambio sea con gente que piensa como uno, algo que difícilmente puede ser considerado como un diálogo.

Like.

A veces pasa inadvertido para el usuario que no se provee información sólo para ayudar a tomar mejores decisiones, para estar mejor informado o que incluso lo que se ofrece como diversión a veces es un medio para obtener información sobre quien cree que va a divertirse. Los actores agregados mencionados, como las empresas, proveen información también para promover causas o ideas que no siempre son lo que pretenden ser. Los casos sencillos, al menos comparativamente, son los terraplanistas o quienes están en contra de las vacunas. Pasa a ser muy complicado cuando se consideran ideas económicas, políticas o sociales sobre las que se conoce o entiende poco o que se basan en argumentos que es difícil negar, como algo a favor de los derechos humanos, pero cuya intención es más que eso. Existen grupos que se presentan como fuente de información objetiva cuando no son otra cosa que propaganda gubernamental, como hacen los gobiernos chino o ruso, algo que parece entenderse bien en México, pero hay ocasiones en que no es tan sencillo diferenciar entre un actor agregado que actúe en forma desinteresada, en la medida que ello sea humanamente posible, y aquellos que no.

Debido a aquello a lo que le doy “me gusta” o lo que comparto, además de las personas con quienes me asocio o los grupos en los que me registro, es posible inferir mi orientación sexual, ideología, religión, filias y fobias, información que resulta de utilidad para Facebook porque es atractiva para las empresas o gobiernos que participan en la red social.

En cuanto a la información que provee el usuario, su uso no siempre parece responder a lo que desea quien usa ese medio, violando uno de los principios básicos del liberalismo: el respeto a la privacidad. Por ejemplo, por razones personales puedo decidir ocultar mi orientación sexual, ideas políticas, religión, gustos musicales u otro tema que no deseo tocar en ese medio. Sin embargo, debido a aquello a lo que le doy “me gusta” o lo que comparto, además de las personas con quienes me asocio o los grupos en los que me registro, es posible inferir mi orientación sexual, ideología, religión, filias y fobias, información que resulta de utilidad para Facebook porque es atractiva para las empresas o gobiernos que participan en la red social. Supuestamente esto ayuda a que se nos ofrezca aquello que sea más relevante para nosotros, siendo que tal vez lo que deseamos sea vernos expuestos a todo tipo de información o ideas, no sólo a aquellas que sean parecidas a nuestra forma de pensar o ver el mundo. El problema reside en que se usa la información que entregamos voluntariamente en formas que no son claras y que no siempre son a partir de nuestro consentimiento. El mayor peligro es que se han registrado casos en que esa misma información ha podido ser usada por gobiernos, no sólo autoritarios, para ir en contra de individuos o grupos que son considerados como “peligrosos”.

Éstos son algunos de los temas que han causado malestar y que han atraído la atención de analistas y comentaristas. Son problemas que, como se comentó, han sido reportados en los medios de comunicación y que han resultado en audiencias públicas recientemente por parte del Congreso de Estados Unidos y del Parlamento en Inglaterra, sin que por ello quede claro que haya una solución eficiente, efectiva y eficaz contra los abusos que se han detectado.

Es en esta asimetría entre Facebook y usuarios como surge el problema político: ¿quién gana y quién pierde con la forma en que se usa nuestra información? ¿Qué tanto de esa información pasa a ser parte de las formas en que empresas o gobiernos buscan modificar las ideas o comportamientos de las personas? ¿Qué tanto éxito se tiene en ello? ¿Qué efecto tiene sobre las libertades y sobre la democracia?

No es necesario dejar volar la imaginación y pensar que vivimos en una gran simulación, en que todo se reduce a propaganda gubernamental o manipulación por parte de las empresas, en que vivimos engañados en todo. No existe el control absoluto, ni siquiera en los sistemas totalitarios. No es necesario buscar engañar a toda persona. Basta con lograr afectar a un número suficiente para lograr algo cercano al objetivo que se haya planteado, como parece fue el caso con algunos miles de votantes en Estados Unidos en el 2016. Ése es un caso curioso porque sin la existencia del Colegio Electoral para determinar al ganador de las elecciones presidenciales esos miles de votantes no hubieran sido relevantes para el triunfo de Donald J. Trump. No es cuestión de absolutos, sino de grado, y del contexto y reglas del juego en que se busque afectar a las personas correctas. De ahí la importancia de los grupos objetivo y de las formas en que Facebook privilegia o castiga cierta información.

Para entender mejor en qué falla Facebook es necesario considerar también el efecto de esa red social sobre la democracia. Sabemos que es una de las ideas políticas más importantes desde el siglo XIX y que modificó los alcances del liberalismo ahora llamado clásico —un dolor de cabeza para quienes creen que sólo existe un tipo de neoliberalismo—.

A grandes rasgos, se puede decir que, en cuanto al liberalismo, Facebook falla en al menos tres elementos: se concentra el poder pues se toman decisiones que no siempre son claras para los usuarios, sin que los mecanismos para corregir esos abusos sean suficientes u operativos, y se viola el principio de privacidad cuando se indaga sobre aquello que la persona no hace público por su propia voluntad. Falla también en tanto que se promueve la polarización y no el debate. El costo político puede parecer pequeño o incluso poco relevante. ¿No acaso el conflicto es parte integrante de la política? ¿No es una cara de la misma moneda, siendo que en la otra cara se encuentra la cooperación? Cierto, la política incluye elementos de conflicto, pero se asume un juego en que todo participante tiene la misma oportunidad de presentar su caso. Si existen barreras de entrada a ciertos discursos que no son “peligrosos” o causen daño entonces no se permite un juego abierto.

Para entender mejor en qué falla Facebook es necesario considerar también el efecto de esa red social sobre la democracia. Sabemos que es una de las ideas políticas más importantes desde el siglo XIX y que modificó los alcances del liberalismo ahora llamado clásico —un dolor de cabeza para quienes creen que sólo existe un tipo de neoliberalismo—. Hasta los regímenes autoritarios gustan de recurrir a la democracia para describir una realidad inexistente. No es algo reciente. Ocurrió con las “democracias” de corte “socialista” o de corte “marxista”. Algunas todavía existen, como Cuba o Corea del Norte, los focos de infección ideológica y fascinación de románticos trasnochados. Son regímenes tan democráticos que la libre expresión o el libre tránsito son imposibles pues se debe estar de acuerdo con el discurso oficial y vivir feliz en una prisión y en la pobreza. Es un efecto curioso de la “descolonización mental” que se promueve desde el Sur el que se siga apoyando a regímenes en que el interés reside en crear o mantener una élite que imponga su forma de ver el mundo, como dejó en claro Evo Morales y su “derecho humano a reelegirse” cuantas veces quisiera —porque él y sólo él refleja la “voluntad del pueblo”, como se dice desde cierto palacio en la Ciudad de México. Lamentablemente, en América Latina hay un suelo fértil para el crecimiento de ideas antiliberales y antidemocráticas. Facebook, tal vez sin buscarlo, puede ser un medio que ayude a que se logre el debilitamiento completo de lo que se ha logrado en el proceso democratizador.

Parte del atractivo de la democracia es que ofrece un mecanismo por el cual se pueden resolver algunos problemas sociales. Depende de que se acepten ciertas reglas del juego y ciertos valores, como el que se hace lo que decida la mayoría siempre y cuando eso no viole o afecte los derechos de las minorías; que quienes actúen como representantes de la “voluntad popular” sean capaces de ir en contra de esa “voluntad” si lo que se desea pueda resultar en daños y no en beneficios; que, aunque se elija entre élites, no siempre sean las mismas las que gobiernen. En cierta forma, la democracia también depende de un sentido de comunidad, de pertenecer a algo mayor que mis propios intereses o los del grupo o los grupos a los que pertenezco. Aristóteles lo vio con claridad: la política es más que ver cómo obtener un puesto o algunos resultados. Es parte de lo que se ha planteado por parte de quienes han criticado la visión de embudo que a veces se presenta como la visión estrictamente liberal.

Es aquí donde entra en juego Facebook. Al ser parte de ese medio somos parte de una comunidad que puede estar reflejando a la comunidad real a la que pertenecemos y que al mismo tiempo puede afectar las dinámicas en esa comunidad real. Somos parte de redes de amistades y de grupos, virtuales y no. Pero ¿realmente pertenecemos a esos grupos virtuales? Es tan sencillo bloquear gente, dejar de seguir o acabar con una amistad, decir ciertas cosas que no se harían en situaciones cara a cara que se plantea la duda de si es cierto que esos grupos llegan a serlo. Se puede recurrir a Zygmut Bauman y su “sociedad líquida” como la mejor descripción de esa red social virtual. Tal vez las experiencias personales deberían ser objeto de un análisis detallado para entender los efectos que esa fluidez tiene sobre las posibilidades de una democracia directa, en especial por la advertencia de Bauman sobre las redes sociales como una trampa (véase aquí):

El diálogo real no es hablar con gente que piensa lo mismo que tú. Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara. Las redes son muy útiles, dan servicios muy placenteros, pero son una trampa.

La situación es un poco más complicada, pero parece que en esencia se logra más dividir que unificar por medio de la persuasión. Parece que son pocas las ocasiones en que es posible tener intercambios honestos y abiertos con gente que no piensa como uno. Surge una duda, entonces: ¿la posibilidad de un diálogo honesto, en que se busque entender mejor la realidad a partir de lo poco que vemos y conocemos, es imposible en las redes sociales como Facebook? No es cuestión de recurrir a decir que ello es posible en algunas redes especializadas, sino de saber si en esta red es posible lograr diálogos abiertos y respetuosos, basados en la tolerancia. Si se considera lo que plantea Hannah Arendt en su Sócrates se puede concluir que Facebook muestra lo poco probable que es la democracia directa si no existe una estructura que permita debates a partir de conocimiento común y no a partir de información sesgada o el recurso escolástico a la “autoridad” por parte de personas que se autodenominan expertas en todo tema concebible.

Se ha escrito sobre los problemas de control en cuanto a lo que se escribe o comparte en esa red social, las sugerencias que se hacen dadas las tendencias políticas de los usuarios y las consecuencias de la radicalización sobre la vida política, en especial en algunos países. El rigor con el que se revisan las publicaciones en Estados Unidos, Canadá o Europa, algo no siempre confiable, no es el mismo que se aplica en países autoritarios. Es más sencillo que Facebook sea un medio de control o de represión en aquellos países que no forman parte del “club de las democracias”. Y en ese club es más factible que sean tolerados ciertos tipos de radicalismo que otros —no menciono de “izquierda” o de “derecha” porque esas categorías han perdido mucho de su sentido, aunque se insista en que son válidas porque lo fueron en otras épocas cada vez más lejanas a la nuestra—.

Lo que se ha comentado no ha diferenciado claramente en cuanto a un problema doble y relacionado: las características de quienes participan como usuarios, quienes no siempre buscan estar lo mejor informados, y los sesgos de quien permite o privilegia ciertos tipos de información o ciertos tipos de intercambios. Si la gente no está informada y si se privilegia cierto tipo de discurso político entonces es difícil creer que eso promueva un debate democrático. No es que se busque un debate como en un seminario académico, sólo que se puedan ver diferentes aspectos de un mismo problema, que exista la posibilidad de reconsiderar lo que se cree, asevera o conoce. Nada más.

En cuanto a los usuarios, llama la atención que, a pesar de esos problemas, a partir de cierta edad no abandonan esa red social. Se podrán quejar o considerar que existen limitaciones en la calidad del debate, pero prefieren seguir ahí, tal vez asumiendo que son inmunes a los problemas. El problema principal reside que Facebook es el escenario virtual de las discusiones que antes ocurrían en un bar, taberna o antro. Domina la masa amorfa realizada en una persona que se manifiesta con ventiscas de conciencia y gran seguridad en lo que cree saber. Lo importante es ser escuchado y tener que decir algo, incluso cuando no se tenga algo que decir. Es divertido que a veces “decir algo” no sea otra cosa que repetir lo que dice alguna de las cabecitas parlantes en temas de política en el medio favorito, sin que en el proceso haya ocurrido una consideración sobre aquello que se repite. Las virtudes del silencio o de un intercambio cuidadoso sobre un tema no son bien vistas. ¿Cómo es posible, entonces, el intercambio de ideas como propusiera John Stuart Mill y como retomara Jürgen Habermas, pensadores que no solicitan algo complicado? No es posible porque no es un medio para el intercambio de ideas. El aquí y ahora es lo importante, no una visión que vaya más allá del evento de la semana. Es en ese sentido que Facebook pasa a ser una traba para el desarrollo de la democracia.

Lo importante es ser escuchado y tener que decir algo, incluso cuando no se tenga algo que decir. Es divertido que a veces “decir algo” no sea otra cosa que repetir lo que dice alguna de las cabecitas parlantes en temas de política en el medio favorito, sin que en el proceso haya ocurrido una consideración sobre aquello que se repite.

No se puede esperar que todo debate sobre temas de política en esa red social parta de las ideas de Brian Barry en su Political Argument (1965) o de los principios que se siguen en filosofía, pero ¿todo va, entonces? ¿La anarquía epistémica a la Paul K. Feyerabend (Contra el método, 1975) es lo que importa? Parece que sí. La cercanía de Facebook con los “reality shows” no deja de ser interesante. ¿Qué tan lejos se encuentran esos debates de taberna virtual respecto a las teorías de conspiración cuando con base en poca o ninguna evidencia empírica se construye toda una explicación sobre lo que pasa en la economía, la política o lo social? O tal vez el objetivo, sin que haya sido planeado, sea que todo este ejercicio de intercambios sea para dejar salir el exceso de presión y permitir la realidad siga igual porque no se pueda hacer un esfuerzo por modificar esa realidad, aunque no deja de preocupar que esta forma de “debatir” permita el aumento de los idiotas respecto a los no idiotas, por retomar una propuesta de Carlo Cipolla (Las leyes fundamentales de la estupidez humana, 1976), lo que hace menos probable que se mantenga o se consolide una democracia.

Esto lleva a considerar el papel de Facebook en dificultar el intercambio abierto de ideas y el privilegiar conflictos como forma de relacionarnos en el ámbito político. Si se privilegian ciertas ideas y si lo importante es mantener enganchada a la persona porque eso genera mayores ganancias ¿se ha confundido un objetivo aceptable en un ámbito para incluirlo en otro ámbito en que no es aceptable ese objetivo? Eso es el problema que tal vez se debería considerar, sea como usuario de esa red social. Si participo en un juego cuyas consecuencias son negativas ¿tiene sentido participar en ese juego?

No se puede asumir que Facebook es un medio que permita el diálogo político. Y sin embargo se usa para ello. Los resultados distan de ser benéficos para el liberalismo o para la democracia. No parece que se vaya a resolver ese problema, si es que existe una solución. Cada quien deberá decidir si vale la pena seguir en ese juego o no. En lo personal, no le veo sentido a ser parte de algo que es contrario a los valores que me importan. ®

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Publicado en: Política y sociedad

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