El proyecto civilizatorio está desapareciendo

Entrevista a Jacobo Dayán sobre República de Weimar

La invocación de Weimar ha sido una constante cuando las democracias enfrentan severas crisis. Lo ocurrido en esos años fue único y no se puede extrapolar linealmente a otros escenarios, pero arrojar luces es importante; son alertas de las que se debe aprender para no repetir.

Marcha nacionalsocialista en 1931.

Al término de la Primera Guerra Mundial, y con la derrota a cuestas, en Alemania fue proclamada la república y en la ciudad de Weimar fue redactada y aprobada una Constitución que dio origen a una democracia que existió entre 1919 y 1933. Sin embargo, en ese periodo hubo una gran inestabilidad política, una grave situación económica, crisis social, violencia e inseguridad, lo que finalmente llevaría al término de ese régimen y a la entronización del nazismo.

Pese a aquellas difíciles condiciones, en Alemania se vivió una muy intensa e innovadora experiencia cultural: un florecimiento extraordinario de las artes, la academia y la ciencia. Muchos de sus exponentes expresaron críticamente la realidad de su país, y no solamente ello: advirtieron y hasta adelantaron el horror que vendría después. Éste es el tema del libro República de Weimar. La muerte de una democracia vista desde el arte y el pensamiento (Taurus, 2023), de Jacobo Dayán, en el que muestra que de lo vivido hace un siglo se pueden obtener algunas lecciones para México y el mundo de hoy.

En su libro el autor anota: “La invocación de Weimar ha sido una constante cuando las democracias enfrentan severas crisis. Lo ocurrido en esos años fue único y no se puede extrapolar linealmente a otros escenarios, pero arrojar luces es importante; son alertas de las que se debe aprender para no repetir”.

Profesor de la Universidad Iberoamericana, Dayán se ha especializado en Derecho Internacional, Justicia y Derechos Humanos. Actualmente es director del Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM. Ha colaborado en publicaciones como la Revista de la Universidad de México, Animal Político y El diluvio, así como en el programa radiofónico de Carmen Aristegui.

—¿Por qué un libro como el suyo sobre la República de Weimar, hechos que ocurrieron hace un siglo? Señala que hay puntos de contacto entre aquella realidad y la actual.
—Desde hace unos cinco o diez años empezaron a abundar los libros sobre la crisis de las democracias, acerca de cómo mueren, dada la realidad actual del mundo. Me parece oportuno revisitar una de las emblemáticas muertes de la democracia en el siglo XX, pero no hacerlo desde donde normalmente se hace, que es lo político o lo económico, sino cómo fue vista desde la intelectualidad y el arte.

Me parece oportuno ver esa gran generación de intelectuales, artistas y científicos alemanes y cómo fueron percibiendo la muerte de su democracia, evidentemente no para hacer un paralelismo con el mundo de hoy, aunque sí para hacer una reflexión de cómo ocurrió aquello.

Me parece oportuno revisitar una de las emblemáticas muertes de la democracia en el siglo XX, pero no hacerlo desde donde normalmente se hace, que es lo político o lo económico, sino cómo fue vista desde la intelectualidad y el arte.

—En el libro se revisan muchos de los movimientos artísticos que hubo entonces, como el expresionismo, el dadaísmo, el antiarte, la liberación sexual, el cabaret, el teatro de revista, la Bauhaus, por ejemplo. ¿Cómo se vincularon estos con la política resultante del estado de Alemania tras la Primera Guerra Mundial y el desastre económico?
—Lo que me parece más interesante de todos esos grandes movimientos es que, aparte de que fue una generación de enorme riqueza intelectual y artística, estuvo absolutamente comprometida con su tiempo: la gran mayoría de sus integrantes trataron de plasmar sus angustias sobre su realidad sin contemplaciones.

Entonces había desde movimientos que alertaban sobre la gran violencia que se estaba viviendo hasta denuncias, por un lado, contra el comunismo y, por el otro, contra la erupción de la ultraderecha: el nazismo. Son elementos que están hoy en nuestro mundo: la erupción de las ultraderecha con unas izquierdas moribundas que andan por ahí, además de que no se ha podido crear una nueva izquierda en el mundo entero.

Durante la República de Weimar hubo una generación comprometida, con grandes intelectuales y pensadores en el teatro, en la música, en la filosofía: son los años de Thomas Mann, de Albert Einstein y de Sigmund Freud, de Stefan Zweig. Todos ellos estaban comprometidos con su tiempo.

—¿Cuáles diría que son las tres obras principales que representan el espíritu de aquella época? Me llamaron la atención algunas referencias que hace a, por ejemplo, Metrópolis, de Fritz Lang; la ópera Ascenso y caída de la Ciudad de Mahagonny, entre otras.
—En la literatura, La montaña mágica, de Thomas Mann, y probablemente Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, novela que muchos años después fue llevada al cine por Rainer Werner Fassbinder.

En el cine, Metrópolis y, probablemente, El testamento del doctor Mabuse, la última de una trilogía en la que está también El gabinete del doctor Caligari. En ópera, las dos de Kurt Weill y Bertolt Brecht, que son La ópera de los tres centavos y Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny.

En música, la irrupción de Arnold Schönberg y el dodecafonismo, pero también está la ópera de Alban Berg Wozzek. En pintura están las obras de Otto Dix y George Grosz —la portada del libro trae una pintura de éste—, además de los fotomontajes de John Heartfield.

Lo que hizo Mann fue meter a la sociedad europea completa en un sanatorio que se encuentra en Davos —no es casual que actualmente se lleve a cabo en ese lugar la cumbre económica del mundo.

—Me interesó mucho la referencia extensa sobre La montaña mágica y sus dos personajes, Settembrini y Naphta, así como el enfrentamiento que representan: la democracia, la Ilustración y la racionalidad contra el autoritarismo, el fanatismo y la oscuridad. ¿En qué estado nos encontramos hoy en esa disputa?
La montaña mágica es un portento. Lo que hizo Mann fue meter a la sociedad europea completa en un sanatorio que se encuentra en Davos —no es casual que actualmente se lleve a cabo en ese lugar la cumbre económica del mundo.

Lo que hacen esas dos fuerzas —la democrática, racional y humanista, por un lado, y del otro la autoritaria y oscura— es tratar de ganarse la voluntad de Hans Castorp, el personaje principal de la novela. Son discusiones sobre esas dos posturas ideológicas que se vivían en Europa en aquellos años —que, por cierto, se viven en el mundo de hoy.

Es un duelo que me parece descomunal, y en el que Settembrini, el racionalista, el humanista, el demócrata, no se atreve a tirarle a Naphta y dispara al aire. Por su parte éste, conservador, representante de los valores totalitarios —hoy diríamos populistas— del regreso a un pasado glorioso, lo que hace es levantar la pistola y dispararse en la sien. Es decir, Europa se suicidaba ante la impasibilidad de las fuerzas democráticas, que es lo que estamos viendo hoy.

—¿Cómo fue el enfrentamiento de la modernidad contra el conservadurismo y la tradición? Me parece que está un poco ilustrado con el caso de la música con Schönberg, Berg y Webern, que enfrentaron el reclamo de Adolfo Hitler de volver a Beethoven y a Wagner.
—Lo que hubo fue una irrupción que reventó los modelos tradicionales en todas las artes. En la pintura fue el expresionismo y después el dadaísmo; en la arquitectura fue la Bauhaus, mientras que en la música fueron el dodecafonismo, y el teatro total de Brecht, con una ópera mucho más subversiva, además del cabaret.

Fueron años en los que la sociedad estaba en ruptura, y había fuerzas, como el nazismo, que buscaban regresar a la estética tradicional neoclásica. Al respecto, vi una noticia reciente que me llamó mucho la atención: Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, pidió que se dejara de usar el tipo de letra Calibri, que él vincula con los movimientos de derechos humanos —no sé por qué—, por lo que se debe regresar a una tipografía más tradicional, como Times New Roman. Eso ocurrió antes con los nazis, que prohibieron el tipo de letra gótico, que, según ellos, se vinculaba con los judíos, y pidieron regresar a un formato más tradicional. Son momentos en que las sociedades están en ruptura, lo que se manifiesta en las artes, pero también en sus valores éticos.

Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense, pidió que se dejara de usar el tipo de letra Calibri, que él vincula con los movimientos de derechos humanos —no sé por qué—, por lo que se debe regresar a una tipografía más tradicional, como Times New Roman.

Así surgen movimientos que piden regresar a un pasado glorioso, lo que ocurre desde la extrema derecha; en aquel entonces lo veíamos con el nazismo y hoy lo vemos con Donald Trump, pero también lo vemos en la izquierda: en México, por ejemplo, hoy habla de un retorno glorioso a la época prehispánica.

Es una relectura completamente desapegada de la realidad y que idolatra un pasado. Son movimientos políticos que, como no pueden ofrecer futuro, lo que prometen es pasado.

—En aquellos años también hubo una crítica a la sociedad. En ese sentido usted recupera El proceso, de Franz Kafka, en el que José K es sometido a un juicio sin razón y termina siendo ejecutado ante la indolencia social. Así, hay sociedades que permanecieron en un silencio cómplice ante el horror. ¿Por qué ha ocurrido esto?, ¿qué hay de eso hoy?
—Hay que recordar que en aquellos años hubo un vínculo muy preocupante entre el crimen organizado y la política, aunque esto parezca un fenómeno de nuestros tiempos. Alemania vivía años de gran violencia, de asesinatos, de feminicidios, lo que se manifestaba en las obras artísticas. Así, incluso en pinturas se mostró a gente mutilada, asesinada, mujeres violadas, ante la indolencia de la población, que llegaba a normalizar ese horror. Esto lo vemos hoy otra vez. La diferencia es que entonces los grandes artistas de vanguardia estaban en esos temas, y hoy no necesariamente lo hacen.

Los políticos siguen negando la realidad, mientras que el periodismo de investigación independiente está en el terreno y denuncia lo que ocurre. También así lo hacen hoy artistas marginales, a diferencia de aquellos años, cuando el grueso de la clase artística y hasta expresiones populares como el cabaret y el teatro de revista denunciaban lo que estaba ocurriendo.

—En otra parte del libro anota que en Weimar, entre los artistas, los literatos y los periodistas sí hubo quienes adelantaron lo que venía. ¿En México y en el mundo actual los ha habido?
—Los primeros que percibieron ese terremoto social fueron los artistas; luego fueron los periodistas, que tienen la sensibilidad del territorio, y por último los políticos. Esto lo vemos hoy también: los políticos siguen negando la realidad, mientras que el periodismo de investigación independiente está en el terreno y denuncia lo que ocurre. También así lo hacen hoy artistas marginales, a diferencia de aquellos años, cuando el grueso de la clase artística y hasta expresiones populares como el cabaret y el teatro de revista denunciaban lo que estaba ocurriendo. En el cine hoy no estamos viendo eso más que en obras marginales.

—En el libro hay una cita de un periodista que afirmaba en aquellos tiempos que era necesaria una mínima ética política: simple y sencillamente, decencia. ¿Cómo estamos hoy en ese aspecto? Debemos tomar en cuenta, por ejemplo, que en los últimos siete años el gobierno mexicano se ha dado ínfulas morales para intentar dar legitimidad a sus actos.
—Uno levanta la mirada y eso está prácticamente en todo el mundo, no nada más en México. Lo que tenemos es un abuso del poder en beneficio de particulares, no importa si es de las derechas o de las izquierdas. Lo que ocurría en Weimar y ocurre hoy es que en todo el espectro político lo que se hace es golpear a la democracia. Parece más importante tener el poder o pretender tener la razón que resolver los problemas de la gente.

Lo que tenemos en México es una rebatinga por el poder; lo que importa es la raja política y desde todos lados lo que se hace es golpear a la democracia.

—Al respecto también se menciona una frase del gran jurista alemán Carl Schmitt, quien, en su crítica al parlamentarismo y a la democracia, decía: “Los partidos no se enfrentan discutiendo opiniones, sino como grupos de poder social y económico calculando sus propios intereses y oportunidades de acceso al poder, adquieren compromisos y hacen coaliciones pensando en ello”. Parece que tiene vigencia esta crítica, proveniente de alguien que no precisamente quería a la democracia.
—Correcto. Por eso te decía que desde todos lados se golpeaba a la democracia, porque Schmitt fue un tipo que después acabó justificando al nazismo. Por otro lado, se tenía a la clase política de centro, la del Partido Socialdemócrata, también golpeándola, y con gran corrupción: el régimen anterior al nazismo era absolutamente corrupto, igual que acá. Cuando llegó el nazismo al poder se convirtió en un régimen corrupto peor.

Por lo que podemos ver, por ejemplo, en Venezuela, Rusia, Estados Unidos y México, es que el régimen que desmantela la democracia acaba siendo más corrupto que el anterior.

—Hay algunos personajes de la ficción que representaban realidades de la Alemania de Weimar: los doctores Caligari y Mabuse, y también Mackie Messer, de La ópera de los tres centavos. ¿Qué tenemos de estos personajes en la actualidad?
—Mackie Messer es cualquier capo de la droga mexicano, porque ese personaje mantiene vínculos con las clases empresarial y política, con las policías, igual que hoy. Es perfectamente un personaje del México de hoy.

Igual ocurre con Mabuse, un hombre de varias caras que, por un lado, era un especulador financiero, por otro era un criminal y, por uno más, un tipo con control político. Otro personaje de nuestro tiempo.

—Hay una parte dedicada a los científicos de aquellos años: aparecen Einstein, Born, Heisenberg, Planck, etc. ¿Cómo fue posible el florecimiento de la ciencia en el caos del gobierno de Weimar?
—Lo que se dio en los 15 o 18 años de democracia en Alemania fue la apertura de un régimen muy cerrado, el del Segundo Imperio, que murió al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando se liberaron estas manifestaciones en la ciencia, en las artes, en el pensamiento, en un proceso de transformación social muy profundo.

En México tuvimos nuestra gran generación de intelectuales, por ejemplo, en la Reforma. Esto ocurrió en Alemania en un periodo muy corto, que concluyó con el nazismo, de 1933 en adelante. Terminó porque sus artistas y pensadores fueron encarcelados, asesinados o exiliados.

Eso no se da cada tercer día. En México tuvimos nuestra gran generación de intelectuales, por ejemplo, en la Reforma. Esto ocurrió en Alemania en un periodo muy corto, que concluyó con el nazismo, de 1933 en adelante. Terminó porque sus artistas y pensadores fueron encarcelados, asesinados o exiliados, como ocurrió con los exponentes de la Escuela de Fráncfort, la Bauhaus e incluso con los científicos que acabaron creando el proyecto Manhattan, el de la bomba atómica para Occidente en la Segunda Guerra Mundial.

—En ese sentido, ¿qué nos dice la muerte de Walter Benjamin de aquel periodo tan oscuro?
—No es casual que hoy se esté regresando a leer a Hannah Arendt, a Benjamin, a la Escuela de Fráncfort y a muchos otros, porque eso tiene que ver con el mundo de hoy. Lo que le ocurrió a Benjamin es un claro ejemplo de lo que le pasó a la clase intelectual y artística. Primero dudó en huir, y cuando se decidió a escapar parecía demasiado tarde; logró llegar a Francia y después, ante la imposibilidad de llegar a España, se suicidó, sin saber que al otro día podría haber pasado esa frontera.

Ese caso es muy emblemático: es la persecución, el silencio.

—Sobre eso mismo: otra figura señera de esos años fue Stefan Zweig, de quien se hacen varias citas de sus memorias, en una de las cuales confiesa sentirse defraudado como “los que alguna vez creyeron en las promesas del Estado, defraudados todos nosotros que habíamos soñado con un mundo nuevo y mejor organizado, y que veíamos a los mismos aventureros o a otros nuevos iniciar de nuevo el viejo juego en el que se apostaban nuestra existencia, nuestra suerte, nuestro tiempo y nuestros bienes”. ¿Qué nos dice hoy este autor?
—Pues, de nuevo, que nuestro mundo se parece al de él. También su caso es muy emblemático. La obra artística que resume todos esos años es El mundo de ayer, de Zweig, quien huyó y logró llegar a Brasil con su esposa, y allí, sintiendo que su mundo había muerto, decidió suicidarse.

El proyecto civilizatorio nacido de aquel horror está desapareciendo en estos momentos, y creo que todos sentimos que algo está quebrado y que ese mundo no regresará.

Considero que hoy también estamos viviendo tiempos en los que el mundo conocido ha muerto; es decir, el proyecto civilizatorio nacido de aquel horror está desapareciendo en estos momentos, y creo que todos sentimos que algo está quebrado y que ese mundo no regresará. No estoy diciendo con esto que hay que suicidarse, sino que hay que entender a aquella generación que tanto peleó y acabó en un fracaso total.

Ahora estoy terminando una segunda parte del libro de Weimar, que es sobre qué pasó con esa generación de 1933 a 1945. Es interesante dar seguimiento a cómo algunos decidieron sumarse al régimen, mientras que la gran mayoría ofreció resistencia dentro y fuera.

—En el libro también se refiere a los grandes directores de orquesta que había, como Bruno Walter, Wilhelm Furtwängler y Otto Klemplerer, entre otros, y a un gran compositor como Richard Strauss. ¿Qué pasó con ellos? Porque algunos se quedaron en el régimen nazi.
—Sí, con posiciones muy distintas: por un lado Herbert von Karajan aliado, Furtwängler con un silencio cómplice, Strauss acomodado y otros abiertamente enfrentados con el nazismo, como Klemperer, al que siguió el gran director italiano Arturo Toscanini.

Fueron tiempos que obligaron a tomar postura, como los nuestros: es difícil mantenerse indiferente o al margen de lo que está ocurriendo.

—Quiero ahondar en eso: a Strauss se le hizo el reclamo frente a su posición de que el arte podría ser ajeno a las circunstancias políticas, al propio Zweig se le recriminó que se tardara en declararse frente al nazismo.
—Igual que Thomas Mann, quien al principio era un monárquico y después se convirtió en un demócrata convencido.

—¿Qué lección dio Weimar al respecto?, ¿se puede ser neutral?
—Yo creo que no se puede ser neutral; serlo es tomar postura por el lado del perpetrador. Allí está una famosa frase de Albert Camus muchos años después, en la que afirmó que uno tiene que ponerse del lado de quienes padecen la historia y no de quienes la hacen.

En estos tiempos hay que tomar postura, y hacerlo en contra del autoritarismo. Esto tiene costos personales y profesionales; en aquel entonces mucha gente tuvo que huir de sus países y sacrificar sus carreras, y hubo quienes decidieron quedarse, como Strauss, a cambio de beneficios personales.

Strauss acabó en un coqueteo muy perverso con el régimen al componer el himno para las Olimpiadas de 1936 en la Alemania nazi. Otros que también obtuvieron beneficios fueron la gran soprano Elisabeth Schwarzkopf y el director Von Karajan.

Guardando proporciones de calidad artística, ahora están nuestros moneros y los periodistas chayoteros, mientras que, por otro lado, los que decidimos mantenernos del lado de la crítica sufrimos costos profesionales y económicos.

Entonces, igual que hoy, los que se mantienen coqueteando con el régimen obtienen beneficios económicos profesionales. Guardando proporciones de calidad artística, ahora están nuestros moneros y los periodistas chayoteros, mientras que, por otro lado, los que decidimos mantenernos del lado de la crítica sufrimos costos profesionales y económicos.

—Hay otra parte: la de los mitos, como el que usted recuerda que levantó Paul von Hindenburg, uno de los principales responsables de la derrota alemana en Primera Guerra Mundial, quien alegó que se había debido a una “puñalada por la espalda”, dada por los judíos y los comunistas. ¿Ha ocurrido algo similar en nuestro país, hay un mito parecido?

—En este caso, lo que tenemos es uno militar otra vez: también la muerte de la democracia se da a través del encumbramiento de las fuerzas armadas. Esto necesariamente acaba mal.

Hindenburg fue un militar que acabó de presidente y entregó el poder después a Hitler creando mitos. Hoy también tenemos muchos: ahí está Trump diciéndonos “Make America Great Again”, y lo que hace es recurrir a un mito.

Por su parte, la 4T ha creado una mitología alrededor del movimiento y ha demonizado el pasado, como si todo en éste fuera negativo, al igual que lo hizo la Alemania nazi. Para desmantelar una democracia lo que se hace es crear un gran mito, un gran enemigo y meter a todos los críticos en esa misma canasta. Eso ocurrió entonces y sucede hoy.

—Hay otra cita que me parece clave, en la que se refiere que entre 1919 y 1923 Alemania se estaba convirtiendo en una democracia sin demócratas.
—Igual que hoy. No basta con tener una institucionalidad de construcción democrática, porque la Alemania de Weimar era una democracia muy frágil —como la tuvimos aquí entre 1997 y 2018— que careció de demócratas y en la que, otra vez, lo que había era un pleito por el poder y poca gente defendía la verdad, la justicia y la institucionalidad.

—En aquellos años, después del intento de golpe de Estado de Adolfo Hitler, de muchísimas declaraciones y acciones suyas, de sus libros, ¿alguien se dio por sorprendido de que al llegar al poder hiciera lo que hizo?
—Lo que se creyó es que era un loco que no iba a llegar al poder y que, incluso si llegara, lo podían controlar. Hubo varias voces que se levantaron, pero no fueron escuchadas. Fue como en años recientes, cuando se decía “cuidado con Trump”, “cuidado con Netanyahu”, “cuidado con Orbán, con Bukele, con López Obrador, con Bolsonaro, con Milei”, pero la gente acaba por no escuchar.

—En el libro se menciona la procuración de justicia en la República de Weimar e incluso en el nazismo, cuando hubo una gran permisividad no sólo con la corrupción sino con los crímenes contra líderes de izquierda. ¿Cómo contribuyó esto al dramático cambio político?
—Ninguna democracia muere con un Estado de derecho sólido, y lo que se tenía entonces —y se tiene hoy en las democracias que se van quebrando, incluyendo las más sólidas, como Estados Unidos— era una perversión del aparato de justicia, en el que se empieza a aplicarla a partir de cálculos políticos.

Entonces, en la República de Weimar se vivieron años de gran violencia, corrupción, impunidad y control político de la justicia. No es nada distinto a lo que está pretenden hacer Trump en Estados Unidos, Bukele en El Salvador, Erdogan en Turquía, Putin en Rusia y a lo que está pasando en México.

Con lo anterior no estoy diciendo que vaya a ocurrir lo mismo que en Alemania, sino que, si los síntomas permanecen, las democracias no resisten. ¿Qué pasa después? Pues quién sabe: en Alemania ocurrió el nazismo, en Italia otra cosa y otro régimen en el estalinismo, pero nada de lo que sucede posteriormente es positivo.

—Tal vez otra lección que nos dejó Weimar es la falta de unidad para enfrentar esos asedios a la democracia. En el libro se recuerda esa postura de parte de los comunistas respecto a la socialdemocracia para presentar un frente contra el nazismo, en parte porque tenían varios agravios, y no supieron observar la amenaza común.
—Creo que la lección es que hay que priorizar. Al respecto hay una frase de Winston Churchill, ya durante la Segunda Guerra Mundial, que a mí me gusta mucho: lo criticaban por ir a pactar con Stalin. Lo que respondió fue que si para derrotar al nazismo tenía que pactar con el diablo, estaba dispuesto a ir al infierno.

No estoy diciendo que vaya a ocurrir lo mismo que en Alemania, sino que, si los síntomas permanecen, las democracias no resisten. ¿Qué pasa después? Pues quién sabe: en Alemania ocurrió el nazismo, en Italia otra cosa y otro régimen en el estalinismo, pero nada de lo que sucede posteriormente es positivo.

Ante un mal mayor es necesaria la unidad, y cuál más que un régimen autoritario que está desmantelando la democracia, por lo que hay que hacer a un lado de manera temporal los agravios del pasado.

La muerte de una democracia.

Si en la Alemania de Weimar eso hubiera ocurrido, probablemente la historia sería otra. Pero hoy lo vemos otra vez: en México, si a la marcha contra la violencia acudirá la ultraderecha, muchos no van; en Venezuela no hay que apoyar a un movimiento de derecha en contra de Maduro, aunque éste sea el enemigo mayor.

En México el problema es la erosión democrática —o ya la muerte democrática— y la gran violencia; el resto podemos discutirlo después, pero primero está el rescate de lo más relevante: la paz y la democracia, como en aquellos años de Weimar tendría que haber sido detener el ascenso del nazismo.

—¿Se está construyendo esa unidad en México?
—No lo veo. Habría que observar qué acaban haciendo los jóvenes de la Generación Z, pero lo que veo hoy es una sociedad completamente fragmentada y polarizada. ®

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Publicado en: Libros y autores

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