El sueño de Tántalo, la sed en el agua

La fundación mítica de Santa Rosalía

Este poema del geólogo francés Edouard Cumenge bien podría llevar el título “El sueño de Tántalo” o “Los hijos de Tubal–Caín”. Podría considerársele la representación de la fundación mítica de Santa Rosalía.

Panorámica de la fundición de la Compagnie du Boleo, principios del siglo XX.

Este poema puede parecer extraño por su tema, sus paralelismos, sus contrastes, sus giros aparentemente bruscos y sobre todo por su autor, un destacado geólogo, jefe honorario de minas de una empresa extranjera en México a fines del siglo XIX, quien condena metafóricamente a los capitalistas dueños de la empresa y lanza profecías obreristas apocalípticas.

El poema (en verso rimado en el original francés) es tan raro como el mineral que el propio autor descubrió, la boleíta o cumengeíta, así llamada en honor a su nombre.

Eduard o Edouard Cumenge fue el primer director general de la Compagnie du Boléo en la región que después sería Santa Rosalía, Baja California Sur. Permaneció en el cargo sólo nueve meses, de mayo de 1885 a febrero de 1886, cosa rara también, siendo él mismo el autor del estudio mineralógico del yacimiento y el planificador de la explotación, por no hablar de su altísimo prestigio técnico y científico y de su vasta experiencia mundial.

El poema trasluce la decepción y rabia del autor después de haber sido maltratado y desplazado de la dirección del Boleo por el consejo de administración en París.1 No obstante, permaneció vinculado al Boleo hasta el año de su muerte, 1902, viajando constantemente entre Santa Rosalía y París.

Su profecía de una rebelión obrera podría parecer despecho si no se conocieran sus antecedentes. Nacido en 1828, participó con las armas en la revolución de 1848 y en la Comuna de París en 1871: mezcla insólita de espíritu racionalista y temperamento romántico. Personas que lo conocieron lo describen como un gran conversador que animaba las tertulias con relatos, poemas y canciones; noble, cariñoso, bromista a las burlas veras y enérgico. Su profecía de una rebelión obrera no se cumplió pero su suerte marcó como una maldición el destino de casi todos los directores del Boleo que lo sucedieron.

El poema que ahora publicamos bien podría llevar el título “El sueño de Tántalo” o “Los hijos de Tubal–Caín”. Podría considerársele la representación de la fundación mítica de Santa Rosalía. Lo escribió a los 58 años.

Presentación, traducción y notas: Ramón Cota Meza

El Boleo
Paisaje a la pluma

De regreso a la tierra de los cactus y cirios gigantescos, acostumbrando mis ojos a la apariencia pintoresca de esta seductora estancia, veo el mar en el lejano horizonte, el mar Bermejo, un día azul intenso, la tarde rosa y lila, mientras la marea dormita en los rayos del atardecer.

Cuando el viento del norte sopla con furia el fleco plateado de sus olas el verde llega a coronarlas…

En la distancia, la silueta de la isla de la Tortuga rompe la línea del agua contra un fondo lapislázuli, violeta emergente de un nimbo dorado que semeja una joya. A menudo se ven pasar pelícanos grotescos2 en formación de triángulo, perfilándose en el cielo con sus picos gigantescos y su aire resignado.

El negro zopilote describe círculos monótonos, sin aleteos ni graznidos, mientras que en la playa, gaviotas y zarapitos retozan con los peces que, vivitos y coleando, se retuercen frente a un gran tiburón.

Un escuadrón de marsopas salta como en trampolín sobre la ola. Del lado opuesto, el volcán de las Tres Vírgenes con su cráter recién apagado —dicen. Del otro, la áspera montaña, árida y severa, y su triste valle.

En este lugar nunca llueve, sólo la nube de la muerte; el pobre arbusto eleva sus brazos al sol ¡implorando agua! ¡El sueño de Tántalo: la sed en el agua!3 Sin embargo, la savia duerme en su tronco retorcido. Caen algunas gotas, he aquí la mañana que se despierta verde, toda gris ayer.

En otro tiempo llovía mucho en el Boleo, un edén todo frondoso en lugar de este desierto. No hubiéramos reconocido el manto de cobre si el volcán no hubiera vomitado sus sulfuros, si las aguas no hubieran sepultado la tierra en un murmullo de tobas y conglomerados. Por miles de años cactus y cirios presionaron sobre las cenizas, la toba y la lava de las Vírgenes, lenta, melancólicamente.

Pero a este sueño suceden otros; sentado en mi balcón escucho el murmullo de las huelgas,4 el mar tendiéndose en el horizonte, el mar Bermejo, un día azul intenso, la tarde rosa–lila, mientras las olas duermen al borde del crepúsculo, pero a veces un rayo encarnado lanza un reflejo de fuego, como en un teatro… ¡Nos muestra el infierno!

En otro tiempo llovía mucho en el Boleo, un edén todo frondoso en lugar de este desierto. No hubiéramos reconocido el manto de cobre si el volcán no hubiera vomitado sus sulfuros, si las aguas no hubieran sepultado la tierra en un murmullo de tobas y conglomerados.

Los pelícanos siempre se siguen en línea, pero un nuevo monstruo surge ahora en el perfil del mar; con su espantoso hocico escupe chispas y lanza un ronco grito al sol de la mañana, despertando de repente a la naturaleza que yacía dormida sin cesar.

Otro gran cirio se eleva al cielo junto a los especímenes antiguos. ¡Su enorme y negro tronco retorcido es la vela del altar de Belcebú!

Pero serán castigados… ¡El castigo de aproxima, hijos de Tubal–Caín!5 Oh, poeta, podrías haber dejado a la naturaleza seguir su curso antiguo. ¡Se vengará…! ¡El sueño de Tántalo, la sed en el agua! Ella te dará suficiente hasta que mueras.

¡Oh, máquinas y hornos, cuánto han trabajado sin parar! ¡Oh, fundadores, oh mineros!, algún día un salvaje afilará su hacha al fragor de las calderas, y los cactus gigantes y los enormes cirios, ¡alzarán sus grandes y angustiados brazos como las cenizas de las Vírgenes! ®

—Eduard Cumenge, Jefe Honorario de Minas.
Santa Rosalía, 1º de diciembre, 1886.
Del libro Cuentos negros y cuentos azules, publicado en partes por Javier Cota en su muro de Facebook.

Notas

1 Los desencuentros de Cumenge con los banqueros empezaron en 1884, cuando presentó su estudio sobre el Boleo en París. Su madre escribió entonces: “Mi hijo está literalmente abrumado. El asunto de la minas de [Baja] California da lugar a muchas reuniones con los Mirabaud. Estos caballeros lo siguen y lo acosan. Monsieur [Edmond] Rothschild quizá se unirá a ellos después de que un ingeniero suyo […] confirme los experimentos […] Todo el día de ayer estuvo muy agitado […] no durmió, abrumado por las preocupaciones. Triunfa en toda la línea pero se desgasta, ya no tiene el buen semblante que tenía cuando regresó a casa” (Carta a su yerno, 27 de diciembre, 1884).
2 El pelícano será una referencia constante de Cumenge como símbolo de la generosidad, la disciplina, el espíritu de sacrificio y la resignación. En 1886 creó el Club des Pélicans con los otros cuatro ingenieros franceses fundadores del Boleo, a los que hace referencia al final del poema.
3 Tántalo, hijo de Zeus, condenado a permanecer hundido hasta la barbilla en un lago sin poder beber su agua.
4 Giro aparentemente arbitrario pero consistente con la profecía al final del poema.
5 Personaje bíblico asociado a la mineralogía, en concreto al cobre, al bronce y a la fabricación de armas.

Compartir:

Publicado en: Apuntes y crónicas

¿Quieres apoyar el proyecto de Replicante? Aquí puedes donar desde un dólar mensual:
patreon.com/replicante

Suscríbete gratis a Replicante:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.