Ellas parirán esquirlas

Terrorismo suicida femenino: estrategia o igualdad

Muchas mujeres se han incorporado a las más diversas causas terroristas, sobre todo en el mundo musulmán, minando un bastión que antes era eminentemente masculino. ¿Es esa una forma de igualdad?, se pregunta la autora.

La única vez que vi iraquíes totalmente intimidados por las fuerzas angloestadounidenses fue en Basora: un racimo de hombres boquiabiertos, atemorizados, alrededor de un ejemplar de la más asombrosa arma moderna del arsenal occidental. Su nombre era Claire, tenía en sus manos una ametralladora y una flor en el casco.
—Nicholas Kristof, “A Woman’s Place”, The New York Times, 25-8-2003

Cuando pensamos en guerras nos imaginamos un montón de hombres bien bragados, con la kalashnikov a cuestas y una voz grave dando órdenes a toda la tropa; la clásica imagen militar que destila testosterona. Las armas, la violencia y las guerras son cosas de hombres y las instituciones armadas serían, así, el último bastión de la masculinidad. Pero en los últimos treinta años casi todas las potencias militares occidentales han aumentado el número de mujeres a sus filas. Punto y aparte de las condiciones, las posibilidades de acceder a puestos de mando o los papeles que les permitan ejecutar, es notoria la gran cantidad de efectivos femeninos en tiempos no signados por guerras a gran escala.

Cuando trasladamos esta noción de bastión central de la masculinidad a otras formas de grupos armados no socialmente legitimados, como el terrorismo, el crimen organizado, la violencia política, se presume que el esquema sigue siendo del todo un territorio masculino, aunque cada vez sea mayor la recurrencia de mujeres que participan visiblemente en acciones terroristas.

Todos los seres humanos, más allá de la biología, pueden reproducir la violencia, aunque culturalmente se enseña que las mujeres por naturaleza tienden a la paz. El vínculo entre la idea de lo femenino y la teoría de la paz puede remontarse en la filosofía política a los principios del siglo XX, cuando Gandhi aseveraba que la natural tendencia femenina hacia el servicio y el sacrificio lograba con el principio de la no-violencia (ahisma) una simbiosis, asumiendo que además el futuro sería de las mujeres si la no violencia fuera la ley que nos guiara. Es pues un don femenino el enseñar el arte de la paz en un mundo violento. Más o menos sobre esta lógica se ciñe el mundo, occidentalizado o no.

Como decía Cesare Lombroso en el siglo XIX, las mujeres que ejercen violencia pueden considerarse doblemente trasgresoras: de la sociedad, al contravenir las normas morales que prohíben el ejercicio injustificado de la violencia, y de su género, al salir del rol que culturalmente se le ha otorgado.1

Es claro, por ejemplo, en las instancias de impartición de justicia, donde las mujeres que cometen delitos son llevadas a juicio con un perfil casi satanizado por haber cometido esa doble transgresión. Poco o nada logra su defensa si no procura que se le reconozca, al menos discursivamente, redibujando su imagen como un ser amenazado, débil y agredido, que fue empujada a la violencia por las circunstancias y que busca ser reinsertada socialmente a su condición femenina normal; es decir, la de la doble norma.

Novias de la causa

Siendo el terrorismo suicida la forma más agresiva de coerción y violencia organizada, ¿cómo fue que las mujeres pasaron de ser operadoras periféricas a ejecutoras primarias? ¿A qué obedecen estos cambios? Y, sobre todo, ¿cuál es su justificación retórica y percepción sociocultural? ¿Existe o no existe igualdad de géneros en la última instancia?

La realidad es que las mujeres han sido parte de insurgencias, revoluciones y guerras desde hace mucho tiempo, desempeñando papeles determinantes en las revueltas rusas contra el zar en el siglo XIX, en las fuerzas militares irlandesas, en la guerrilla Baader-Meinhof alemana, las Brigadas Rojas italianas y el Frente Popular de Liberación Palestina.2 Históricamente los papeles femeninos siempre habían sido de apoyo, razón por la cual resulta interesante repensar el advenimiento de las terroristas suicidas en las últimas tres décadas.

Siendo el terrorismo suicida la forma más agresiva de coerción y violencia organizada, ¿cómo fue que las mujeres pasaron de ser operadoras periféricas a ejecutoras primarias? ¿A qué obedecen estos cambios? Y, sobre todo, ¿cuál es su justificación retórica y percepción sociocultural? ¿Existe o no existe igualdad de géneros en la última instancia?

Al tratarse de mujeres y terrorismo, los discursos van cambiando significativamente a través de los años. El primer atentado suicida ejecutado por una mujer data de 1985. Sana’a Mahaydali, miembro del Partido Nacional Socialista sirio, causó la muerte de seis soldados israelíes. Desde entonces más de 15% de los 220 atentados suicidas hasta 2006 fueron perpetrados por mujeres, y a la fecha, de los 17 grupos que han utilizado estrategias suicidas, más de la mitad utilizan mujeres.3

Los grupos terroristas que utilizan a mujeres como mártires suicidas las exhiben como representación del sacrificio y el heroísmo para lidiar así con el cuestionamiento social y moral del comportamiento no tradicional de las mártires. La idea de la “madre”, que ha sido adoptada por muchos movimientos como símbolo de nación, denomina a las terroristas suicidas como las “novias” de la causa, permitiendo así reinsertarlas en un discurso patriarcal.

Vientres explosivos: de ángel de esperanza a ángel de la muerte

Los grupos terroristas no se conducen de manera unilateral, y su justificación retórica va de la mano del grado de conservadurismo y religiosidad de las sociedades de donde emanan. Así, distinguimos entre grupos seculares y grupos religiosos. Fueron los movimientos de izquierda los primeros en incluir mujeres en sus operativos, algunos de ellos retomando discursivamente la causa femenina como forma de cooptación, logrando que su proporción interna de reclutadas alcance más de 30%, como el Partido del Trabajo de Kurdistán, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y los Tigres Tamiles de Sri Lanka, entre otros.4

Casi ninguna mujer llega a puestos de mando dentro del escalafón paramilitar, y debe entenderse que después de la lucha armada vendrá la “otra lucha”, la de inclusión de políticas de género. Muchas mujeres fueron reclutadas por medio de la violencia: jóvenes secuestradas y entrenadas que luego son utilizadas como carne de cañón, aunque muchas reconocen que su permanencia obedece a una razón más básica y fundamental: la infraestructura paramilitar les asegura cobijo, sustento y protección, incluso les permite desarrollar aptitudes y conocimientos que la sociedad no les provee. Mujeres tamiles, por ejemplo, han dicho que inicialmente se involucraron por motivaciones personales antes que por razones ideológicas.5

Las mártires que provienen de grupos religiosos difieren un tanto de las que provienen de grupos seculares. Hawa Barayev fue la primera mujer musulmana chechena que se hizo explotar en el nombre de Alá en junio de 2000.6 Luego de ella, siguieron muchos otros atentados terroristas de corte religioso por parte de mujeres, incluso por parte de grupos fundamentalistas que al inicio condenaron la trasgresión del género y ahora utilizan mujeres en sus atentados, como es el caso de Al Qaeda.

Aunque muchas mujeres alegan buscar un entorno de mayor igualdad, como las Viudas Negras chechenas, las razones del reclutamiento responden más a la necesidad de venganza por pérdidas a causa de los conflictos y a la culpa. Estudios hechos en cárceles chechenas, palestinas e israelíes con mujeres que fallaron en atentados suicidas coinciden en que la culpa es un gran detonador para que las mujeres sean reclutadas en las filas terroristas, y el paraíso alguna vez prometido y por alguna causa perdido es una gran motivación para que vean en el suicidio un escape a la vida que se les tiene destinada.7 Unirse a un grupo terrorista es el punto del no retorno, tan socialmente condenable que lo único que queda para alcanzar la gloria es volverse bombas humanas.

¡Es una mujer!

Aunque las motivaciones de las mujeres para cometer un atentado suicida difieren en razón de la ideología que profesan, la manipulación retórica de cada grupo del que surgen no varía tanto, como tampoco las razones estratégicas para emplear efectivos femeninos.

Las mártires suicidas transgreden más allá de la doble norma —moral y de género— y rompen también la norma biológica de generación de vida por una causa de muerte. Así, el vientre que crea vida, al simular un embarazo cargándolo de explosivos, puede pasar inadvertido entre la población. Por otro lado, se han convertido en un gran golpe estratégico y mediático. No hay que perder de vista que la razón primordial para ejecutar un atentado terrorista no es tanto el daño que se busca infligir in situ, sino las réplicas que como mensaje se pretende enviar; en ese sentido, son los que mayor difusión y atención mediática reciben.

Las mártires suicidas transgreden más allá de la doble norma —moral y de género— y rompen también la norma biológica de generación de vida por una causa de muerte. Así, el vientre que crea vida, al simular un embarazo cargándolo de explosivos, puede pasar inadvertido entre la población.

La doble moral occidental se encuentra anegada ante el hecho de que sean mujeres y no hombres quienes estén provocando la violencia política dirigida, cayendo una y otra vez en la trampa que les tienden los terroristas. Mediciones de difusión hechas luego de un atentado perpetrado por mujeres arrojaron como resultado que ellas reciben ocho veces más réplicas que uno perpetrado por hombres,8 más y mejor cobertura, personificando cada atentado con nombres, imágenes, historias de vida y testimonios de conocidos.

Ésa es una de las razones por las cuales algunos grupos que inicialmente se negaban a utilizar mujeres kamikaze han cambiado de parecer, escamotean las razones religiosas y de manera pragmática se ciñen a razones seculares y políticas planeadas y ejecutadas cuidadosamente. Otro efecto al interior de las sociedades y de los grupos terroristas es que cuando son mujeres las que ejecutan un atentado suicida, sin importar que un hombre esté al mando, el impacto que causa provoca vergüenza y humillación en muchos efectivos masculinos.

Está comprobado que cada atentando femenino redunda en un aumento del reclutamiento de hombres; cada video de mujeres suicidas exhortando a la causa es un video hecho para cuestionar la masculinidad de los hombres, como lo explicaba el editorial del diario egipcio Al Sha’ab: “Es una mujer quien les ha enseñado hoy una lección de heroísmo, quien les ha enseñado el significado del Jihad. […] Es una mujer que con su pequeño, delgado y frágil cuerpo ha impactado al enemigo”;9 o la exhortación de las mujeres hindúes llamándolos a unirse diciendo que no sean un montón de eunucos,10 o la propaganda chechena que versaba: “El valor de las mujeres es la desgracia de los hombres modernos”.11 Con tan animados exhortos, es natural que luego de cada atentado se eleve el aumento de reclutas.

El cambio de discurso no sólo responde a que, como estrategia performativa, el éxito de la misión está casi asegurado porque no existe tanta suspicacia como cuando se trata de hombres, sino que además redunda en éxito total para todas las fases que involucra el atentado.

Muriendo por la igualdad

¿Los atentados terroristas de mujeres han logrado el cometido de alcanzar una mayor igualdad de género para las sociedades de donde surgen ellas? Desde una opinión occidentalizada, la respuesta es no, y existe poca evidencia contundente que muestre que relacionarse con células terroristas y convertirse en mártires suicidas les haya permitido lograr avances progresistas en las relaciones de género. A pesar de su recurso a la violencia, las mujeres parecen estar igual de atadas a los papeles tradicionales.

Además, ninguna de sus acciones es conducida por sí mismas de manera independiente, pues siempre hay hombres detrás que planean la estrategia, desde el entrenamiento hasta la detonación. Lo que resulta interesante cuestionar es: ¿qué entienden ellas por igualdad? Esta última pregunta indicaría mejor los alcances que logra la utilización de mujeres en atentados suicidas, y aunque la percepción varía en función de la ideología: si lo que proponen es la liberación [femenina] o la liberación de lo físico [el cuerpo] ceñido a las tentaciones y tribulaciones de este mundo, entonces cumplen hasta cierto punto con su cometido.

Si el atentado como acto performativo supone un triple desafío —el de las normas morales, las normas de género y el atentado contra la propia vida—, también logra una forma de igualdad al pretender equiparar la valía de la vida de una mujer con la de un hombre. Y aunque ni sociedades ni grupos radicales les han otorgado mayor reconocimiento, el simple hecho de minar un bastión de la masculinidad —aunque manipulado— para sumarse a la violencia, la mujer logra reconsiderar su posición de género dentro de la sociedad. Moralmente condenable, pero lo logra. ®

Notas

1 Pablo Constantini, “The most astoundingly modern weapon in the western arsenal. Female militarization in the contemporary world”, La Aljaba, segunda época, 2008.

2 Mia Bloom, Female suicide bombers: a global trend, 2007.

3 Cindy D. Ness, In the name of the cause: women’s work in secular and religious terrorism, 2005.

4 Ibidem, 2005.

5 Bloom, ibid.

6 Ness, ibid.

7 Clara Bayles, “Messangers of death: Female suicide bombers”, en http://www.ict.org.il/articles/articledet.cfm?articleid=470.

8 Bloom, ibid.

9 Bloom, ibid.

10 Basu Amrita, Hindu women’s activism and the question it rises, in appropriating gender: women’s activism and politicized religion in South Asia, 1998.

11 Dimitri Sudakov, “Shamil Besaev trains female suicide bombers”, Pravda, 15 de mayo de 2003.

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Publicado en: Destacados, marzo 2011, Terrorismo

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