En el nombre del hijo

Transformarse en tiburón

El sábado 20 de febrero del 2016, cuando un atardecer rojizo le dio paso a una noche de luna llena, el instante fue ritual nuevo y pleno. Bauti, mi hijo de seis, por primera vez iba a nadar en aguas abiertas, de noche, junto a los Tiburones del Paraná y en el lago de mi ciudad.

El padre y el hijo al salir del río. Foto de Leonel Almirón.

El padre y el hijo al salir del río. Foto de Leonel Almirón.

La vida es un conjunto de rituales. Actos, acciones, acontecimientos. Vidas fraccionadas en hitos inaugurales: la primera palabra, el primer paso, el primer beso, la primera despedida, el primer gol, el primer bochazo, el primer adiós. Sellos en el cuore, marcas en el alma que se conservan como caricias o como cicatrices. Pero existe también un marketing de la primera vez. Las primeras veces suelen estar sobrevaloradas. Son mejores las terceras o las cuartas, porque uno ya está más relajado y ese peso cultural del estreno ya pasó. Es más, hasta deberíamos esquivar las primeras veces. Por ejemplo, si salís con alguien por primera vez metele un beso de arranque y después aclarale: “Así cuando nos besemos esa presión ya pasó”.

Mientras pasa el tiempo nos amansamos y la sensibilidad aflora. Y cuando llegamos a los cuarenta solemos potenciar ese valor bautismal de la primera vez, tal vez porque a esta altura no nos queden muchas primeras veces.

Pero el sábado 20 de febrero del 2016, cuando un atardecer rojizo le dio paso a una noche de luna llena, el instante fue ritual nuevo y pleno. Bauti, mi hijo de seis, por primera vez iba a nadar en aguas abiertas, de noche, junto a los Tiburones del Paraná y en el lago de mi ciudad, la ciudad que me vio nacer. Al ingresar a las aguas del Lago de Colón, Bauti se convirtió en Tiburón.

Los Tiburones de Arroyo Seco son un grupo de nadadores integrado por deportistas con y sin discapacidad. Sus objetivos son la integralidad, la universalidad y la equidad. Durante todo el año entrenan en una pequeña localidad de la provincia de Santa Fe, en Argentina, y una vez año realizan una prueba, una especie de performance en aguas abiertas. Quienes allí nadan se transforman en Tiburones. “Un gran proyecto de inclusión social entre personas con y sin discapacidad”, repite su mentor, Patricio Huerga. Año a año sus pruebas ganan en masividad, repercusión y transformación. Así, nos estábamos por transformar.

Los Tiburones de Arroyo Seco son un grupo de nadadores integrado por deportistas con y sin discapacidad. Sus objetivos son la integralidad, la universalidad y la equidad. Durante todo el año entrenan en una pequeña localidad de la provincia de Santa Fe, en Argentina, y una vez año realizan una prueba, una especie de performance en aguas abiertas.

Lo alcé, lo abracé fuerte, le hablé en el oído, lo bajé y dio el primer paso en el agua. Desde el costado nos rebotaban los aplausos, los gritos, los flashes y las lágrimas de las casi cuatro mil personas que desbordaban el predio. Bauti se puso las antiparras. Caminamos con un grupo de siete chicos, cada uno con su guardavidas acompañante. Yo era el acompañante de mi hijo. Luego del quinto o sexto paso no metimos de cabeza y a nadar.

¡Vamos! ¡Más patada! Mientras avanzábamos hacia una boya a casi 70 metros, se escuchaban los gritos de aliento de los profes hacia los chicos, las risas de los pibes. Íbamos acurrucados, casi como en una ronda ficticia. Éramos, como dice Patricio Huerga, un nosotros. Y en ese nosotros nos reconocíamos. Un bautismo en aguas abiertas. De noche. A la luz de la luna. Y en mi ciudad. Nadando a la par de mi hijo.

Otro tiburón del Paraná. Foto de Juan Mascardi.

Otro tiburón del Paraná. Foto de Juan Mascardi.

Antes de llegar, adentro del agua, le saqué las antiparras y le dije: “Mirá la luna”. Y nos quedamos flotando. Contemplando los reflejos de luz, las luces del alma.

Es posible que el marketing de las primeras veces sobrevalúa algunos acontecimientos. Soy de los hombres que cree en la construcción de procesos a través del tiempo. Pero hay ciertos ritos de iniciación que nos marcarán para siempre, que serán punto bisagra, que serán un tesoro de amor, un reducto de salvación que nos sostendrá para siempre ante los avatares de la vida. Una mano, una mirada, varias palabras en el oído mientras nos abrazamos y el agua como líquido contenedor. Del agua maternal venimos. Flotamos y quebramos cierta gravedad. Y, en el nombre del hijo, querido hijo, me sumerjo con vos, a la par, en este rito bautismal de ser Tiburón. Hacia el agua vamos. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Blogs

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